La realidad viene sin instrucciones

Lunes de Calamares | Jornada 4

Unionistas consigue ante la UD Ourense su primera victoria de la temporada y deja una curiosa paradoja: todos vimos el mismo 3-1, pero probablemente cada uno vio un partido diferente. Vamos con un Lunes de Calamares con sabor a victoria.

Primera Federación | Jornada 4
Unionistas de Salamanca 3-1 UD Ourense
Estadio Reina Sofía | Salamanca
19 de septiembre de 2026

Una caja de herramientas e instrucciones para armar correctamente a Unionistas 2026/2027

Por fin. Se consiguió la primera victoria que nos permite dejar de mirar la clasificación con cara de susto. Unionistas ganó y, por primera vez esta temporada, el lunes llega sin la necesidad de organizar una comisión de investigación para averiguar qué demonios nos ha pasado, aunque siempre habrá alguien para encontrar indicios que reabran el caso.

El sábado por la mañana salió el último sol del verano para dar la bienvenida al otoño con esa educación tan castellana de avisar primero con una mañana agradable antes de empezar a meternos, poquito a poco, el frío en los huesos. Unionistas decidió que ya era la hora de empezar a sumar puntos y ganó 3-1 al Ourense. Esto, después de las tres primeras jornadas, merece ser celebrado y analizado, porque en Unionistas somos perfectamente capaces de ganar 3-1 y discutir durante hora y media sobre si hemos ganado de la manera correcta. Eso también es fútbol popular.

El equipo volvió a ponerse por delante en el marcador. Otra vez Álvaro Gómez. Otra vez de penalti. Hay futbolistas que parecen tener una relación especial con determinadas situaciones y Álvaro, de momento, parece haber decidido que el punto de penalti es su lugar de residencia. Hubo, contra pronóstico, cambios en el equipo inicial. Carlos de la Nava volvió para poner un poco de música a la mañana, como si en lugar de fútbol hubiésemos decidido programar las estaciones de Vivaldi en el Reina Sofía. Arnau Casas apareció como escudero de Ale Marcelo en el centro del campo y Gorka Rivera ocupó el perfil izquierdo en el centro de la defensa. Pero si hubo un nombre que estuvo empeñado en que el partido terminase bien fue Hugo de Bustos.

Hugo lo intentó una y otra vez desde el extremo izquierdo hasta que la insistencia tuvo premio. En el fútbol hay días en los que uno corre, corre y corre para terminar exactamente donde estaba. Y hay otros en los que correr, intentar regatear a tu par insistentemente, sirve para algo. El sábado sirvió.

Unionistas consiguió, gracias al tanto de Álvaro, llegar al descanso por delante en el marcador y con la sensación de que el equipo rival no podía hacerle daño. Sin embargo, la UD Ourense consiguió empatar al inicio del segundo tiempo y durante unos minutos en los que Unionistas volvió a pasar de 220 a 120 voltios, justo cuando el partido requería estar enchufados. Ya nos conocemos. Cuando el rival aprieta, uno empieza a mirar al banquillo, al marcador, al reloj, al compañero de al lado y, si tiene tiempo, también a la Virgen de la Vega.

Pero entonces apareció Ale Marcelo. Hasta ese momento había jugado como quien tiene un evento importante después del partido y no quiere que se le arrugue la ropa, se le manchen los zapatos ni se le vaya el olor de su fragancia a consecuencia del sudor. De repente, en un acto de rebeldía contra sí mismo, decidió arrancar con la pelota en los pies y conducir. Primera conducción del partido, líneas rotas del rival, balón a la izquierda para Hugo de Bustos, centro al área y allí apareció Pau Ferrer para hacer 2-1 apenas dos minutos después de haber encajado el empate.

Un suspiro de alivio recorrió la grada. No fue exactamente una celebración. Fue más bien ese sonido que hace uno cuando llevaba un rato en apnea, aguantando la respiración sin darse cuenta. La grada ya estaba empezando a masticar una nueva frustración como quien intenta comerse un torrezno seco sin tener nada para acompañarlo. Pero esta vez no, Unionistas no estaba dispuesto a bajar los brazos y, además, seguía estando Hugo de Bustos.

En el tercer gol volvió a aparecer el extremo. En un balón pasado al segundo palo, Hugo saltó con todo en una acción en la que más de uno habría decidido prudentemente mantener los pies en el suelo y conservar las rodillas para otra ocasión. Remató y el balón golpeó en el larguero. Entonces apareció Pau Ferrer, que protegió la pelota de espaldas y decidió regalarle una asistencia, como si fuese Pau Gasol, a Dani Morer que marcó el 3-1 como un base que anota una bandeja a tablero. Ahora sí, la victoria parecía asegurada.

Todos vemos el mismo partido. O eso creemos

Con el marcador a favor y dos goles de ventaja, por un momento, también se acabó el debate. Bueno. Más o menos. Porque en la grada hubo protestas incluso con el 3-1 en el marcador. Algunos no entendían que Unionistas frenase determinadas salidas de balón para jugar hacia atrás, que los centrales pisasen la pelota y que, en algunos momentos, el equipo pareciese más interesado en que corriese el reloj que en correr él. Otros, probablemente, pensaban que después de tres derrotas consecutivas cualquier método que consiguiese que el marcador se quedase como estaba era perfectamente válido y que ya habría tiempo para discutir si aquello era fútbol, ajedrez o una sobremesa especialmente larga.

Y aquí es donde aparece una cuestión que me parece bastante más interesante que discutir si Unionistas jugó bien, regular o como el culo. ¿Cómo es posible que dos personas que han visto exactamente el mismo partido salgan del Reina Sofía hablando de dos partidos completamente distintos? La respuesta, seguramente, tenga algo que ver con esa vieja manía que tenemos los seres humanos de pensar que vemos la realidad tal y como es. No la vemos. Vemos nuestra versión. Parece lo mismo, pero no lo es.

Dos aficionados pueden contemplar la misma jugada, por ejemplo que Luis Alcalde decida, al estilo de José María Bakero, jugar hacia atrás en un contragolpe, y llegar a conclusiones completamente diferentes. Uno ve una pérdida de tiempo innecesaria. El otro ve una decisión inteligente para proteger una ventaja. Uno ve miedo en ese gesto y otro ve control.  El problema en esa diferencia de interpretación es todo lo que han puesto alrededor. Porque cada uno llega al partido con sus propios recuerdos, sus prejuicios, sus expectativas, sus enfados y sus esperanzas. Si vienes de tres derrotas, probablemente una mala cesión te parezca el comienzo de una catástrofe. Si vienes de ganar 3-1, quizá esa misma cesión sea una mera anécdota. La pelota es la misma. La película que nos montamos alrededor, no.

Esto explica buena parte de las discusiones que tenemos en el fútbol y fuera de él, pero como aquí hemos venido a hablar de Unionistas y no a arreglar el matrimonio de nadie, vamos a quedarnos en el Reina Sofía. El problema aparece cuando confundimos nuestra representación de la realidad con la realidad. Ahí es donde empieza el lío. Tendemos a pensar que sabemos más de lo que sabemos. Que entendemos más de lo que entendemos y que, si nosotros hubiésemos estado allí, seguramente habríamos hecho las cosas de otra manera.

Unionistas también viene con manual de instrucciones

Es el maravilloso pecado del exceso de confianza. Nos pasa a todos. Y probablemente uno de los lugares donde mejor se entiende sea en IKEA, a donde tocó rendir visita una vez acabado el partido. IKEA tiene una cosa extraordinaria: consigue que una persona que no sabe distinguir un tirafondo de una aceituna con anchoas se convierta, durante aproximadamente cuarenta minutos, en ingeniero industrial. Compramos un mueble que vimos montado en la tienda. Nos parece sencillo conseguir ese mismo resultado. Abrimos la caja en casa y allí están las piezas, los tornillos, unas maderas que parecen todas iguales y un manual de instrucciones dibujado por alguien que piensa que no hacen falta más explicaciones. Y entonces ocurre, miramos las instrucciones, las entendemos y, un segundo después, las ignoramos porque nosotros ya sabemos. Ese tornillo seguramente va aquí, esta pieza debe ser para el otro lado. Esto no puede ser tan complicado y tiramos p’alante.

Una hora después tenemos delante una cosa que, según el catálogo, era una estantería y que en nuestra casa parece un tendedero para murciélagos. Lo divertido es que durante todo el proceso hemos estado convencidos de saber lo que estábamos haciendo. Eso hacemos muchas veces con la realidad. Tenemos unas instrucciones, unas piezas y una idea de cómo debería quedar el mueble, pero en algún momento dejamos de seguir las instrucciones y empezamos a montar nuestra propia versión.

Con Unionistas pasa exactamente lo mismo. Cada uno tiene su idea de cómo debería jugar el equipo, qué jugador debería estar de inicio y dónde, qué debería hacer Javi Medina, cuándo hay que tocar la pelota y cuándo correr a galope hacia la portería rival.  El sábado, con 3-1, había gente contenta y gente protestando. Seguro que todos tenían algo de razón. El fútbol no consiste en encontrar una verdad absoluta sino en aceptar que estamos mirando el mismo partido desde sitios diferentes. Eso no significa que todo valga ni que todas las opiniones tengan el mismo fundamento. Significa simplemente que conviene recordar que también nosotros llevamos nuestros propios tornillos en el bolsillo.

Después de tres derrotas, quizá veíamos al equipo desde un sitio y, hoy, después de la victoria lo vemos desde otro. Un resultado es capaz de cambiar la percepción. El sábado pudimos celebrar y volver a casa para comer tranquilos. Pudimos pasar el domingo sin discutir si había que cambiar al entrenador, al director deportivo, al presidente, al utillero o al señor de la megafonía.

Al menos hasta hoy lunes. Ya sabemos cómo funciona esto. Aunque el resultado nos ha dado un poco de paz, el juego nos ha dejado algunas preguntas. Y la semana, conociéndonos, traerá nuevas comidillas de taberna, alguna discusión en redes y probablemente un diagnóstico definitivo sobre el futuro del club elaborado por alguien que ha visto cuatro minutos de un resumen. Pero hoy podemos permitirnos algo mucho más sencillo: haber llegado el lunes sin tener que montar nada.

Aunque seguro que alguno ya está pensando que la estantería está mal colocada. Nos vemos el próximo lunes.

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