Indios fuera: Salamanca, 1978

Hace casi medio siglo, Rubén Cano escuchó cómo una parte de la grada del Helmántico le gritaba «indios fuera» mientras defendía la camiseta de la selección española. Marcó un gol, respondió con un corte de mangas y acabó renunciando a jugar con España tras vivir otro episodio similar unos meses después. El fútbol sigue sin resolver del todo aquella vieja pregunta: ¿cuándo deja de ser una provocación y empieza a ser algo más?

Rubén Cano, delantero del Atlético de Madrid e internacional con España en los años setenta.

Nos gusta recordar las noches de fútbol por una remontada, un gol increíble o por una derrota que se graba a fuego en la memoria. También hay noches que se recuerdan por causas menos amables como fue la del 13 de diciembre de 1978, en el estadio Helmántico de Salamanca. Una fecha que debería recordarse por conmemorar la primera vez que la selección absoluta de España disputó un encuentro en el estadio Helmántico, con un salmantino como Vicente Del Bosque en el campo, pero que también es recordada por otro incidente menos agradable.

España recibió a Chipre en un encuentro clasificatorio para la Eurocopa de 1980. Ganó por cinco goles a cero. El salmantino Vicente del Bosque, que aquella noche formaba parte del equipo titular de Ladislao Kubala, fue uno de los goleadores. También marcaron Asensi y Santillana, por partida doble. El partido, que sobre el papel no parecía destinado a ocupar un lugar especial en la historia del fútbol español, dejó una escena que su protagonista todavía recuerda: un delantero saliendo del banquillo en el descanso para disputar la segunda parte, escuchando, cada vez que tocaba la pelota, insultos desde la grada que optó, cuando anotó un gol, por celebrarlo con un corte de mangas dirigido a quienes no paraban de insultarle. El delantero se llamaba Rubén Cano. Había nacido en Argentina, era hijo de un español y jugaba en el Atlético de Madrid. Y aquella noche estaba defendiendo, como había hecho en otras diez ocasiones hasta ese momento, a la selección española.

Un gol contra la grada

Rubén Cano había llegado a la selección después de haber disputado tres encuentros con la selección Argentina a principios de los años setenta que no tenían carácter internacional absoluto. En 1977 recibió la llamada de Kubala proponiéndole jugar con el combinado español y optó por España para continuar su carrera como jugador internacional, con la que consiguió clasificarse para el Mundial de Argentina de 1978. Su gol en Belgrado ante Yugoslavia, en un partido recordado por el ambiente hostil en el que los jugadores tuvieron que lidiar, había sido decisivo para sellar el billete mundialista. Después llegaría la decepción del campeonato, marcado para España por la eliminación y por el fallo de Cardeñosa ante Brasil.

Tras el Mundial, la selección retomó su camino hacia la Eurocopa. En diciembre le tocó jugar en Salamanca. Cano comenzó en el banquillo y entró en la segunda parte. Fue entonces cuando empezó a escuchar los gritos.

«Indio, fuera», le decían.

En una reciente entrevista publicada en Jot Down, el futbolista recordaba la indignación que le produjo escuchar aquello mientras vestía la camiseta de España. No entendía que una parte del público se volviera contra él precisamente cuando estaba defendiendo a la selección con el número 15 a la espalda. Así que tomó una decisión: si marcaba, contestaría. Marcó en el minuto 66. Cano, un jugador temperamental y que no se amilanaba ante nada, contestó con un corte de mangas después de que su paciencia hubiese llegado hasta el límite. La grada, lejos de dar por terminada la disputa, respondió con más y más silbidos. El partido terminó convirtiéndose, al menos para Cano, en algo distinto de un encuentro de clasificación. Ya no se trataba de ganar a Chipre, sino de entender por qué su decisión de defender a España se convertía en un motivo de hostilidad para algunos de los aficionados que acudían a verla.

Aquel gesto le costó críticas. Cano reconoció su responsabilidad en la celebración, pero también explicó que había reaccionado después de llevar muchos minutos soportando los insultos en un encuentro, aburrido de por sí, en el que los aficionados no encontraron una forma mejor de pasar los minutos. Atacando con el doble sentido de un término «indio» que de forma se dedicaba en aquellos años a quienes procedían de Sudamérica y a los jugadores del Atlético de Madrid por la cantidad de jugadores procedentes de esa zona en los años setenta: Ayala, Panadero Díaz, Heredia y el propio Rubén Cano. En marzo de 1979, El País recogía sus palabras sobre aquellos momentos de nervios y la promesa que se había hecho de dejar atrás su imagen de jugador polémico. La historia, sin embargo, no acabó con el pitido final en Salamanca.

El problema de llamarlo folclore

La explicación que Rubén Cano ha ofrecido acerca de su lectura de lo sucedido en distintas ocasiones merece ser escuchada. Nunca interpretó aquellos gritos como una agresión racista en sentido estricto. Para él, tenían que ver con la rivalidad deportiva, con su condición de jugador del Atlético de Madrid y con una época en la que las aficiones trasladaban a la selección sus disputas entre clubes. En una entrevista con El País publicada en 2013, recordaba que los futbolistas sudamericanos escuchaban habitualmente aquello de «indios fuera» en los estadios españoles. Lo entendían como parte del folclore del fútbol, una manera de poner nervioso al contrario. Lo que no comprendía era que sucediera cuando jugaba con la selección.

La distinción que hacía Rubén Cano es importante pero deja una pregunta abierta en el aire. ¿Basta con que quien insulta considere que está participando en una rivalidad deportiva para que el insulto deje de tener otras implicaciones? ¿Es suficiente con que la intención declarada sea provocar al contrario para que las palabras pierdan el peso y significado de lo que evocan?

No hace falta atribuir a Cano una interpretación que él mismo rechazó, como tampoco corresponde decidir desde el presente qué pensaba cada uno de los espectadores que aquella noche gritaban desde las gradas del Helmántico. Los espectadores que formaban parte de un país que, estaba dando sus primeros pasos de salida del franquismo, apenas una semana antes, el 6 de diciembre de 1978, ratificó mediante un referéndum en el que el 88% de quienes fueron a votar ese día dieron el «Sí», con un número de votantes que en la provincia de Salamanca superó las 200.000 personas alcanzó el 73% de participación. Pero sí podemos observar que una expresión utilizada para hostigar a un futbolista por su origen puede funcionar como arma deportiva y, al mismo tiempo, apoyarse en prejuicios que van mucho más allá del fútbol. Una cosa no excluye necesariamente la otra.

El fútbol ha tenido una extraordinaria capacidad para convertir en costumbre comportamientos que, vistos desde fuera, resultan difíciles de justificar. Se insulta porque siempre se ha insultado. Se repite un cántico porque lo cantaba el padre o porque lo cantan los compañeros de grada. Se aprende que hay palabras que pertenecen al estadio, como si el cemento y las localidades numeradas pudieran establecer una frontera moral, un espacio aparte que pone en suspensión nuestros criterios morales, alrededor de lo que decimos. La palabra folclore ayuda a explicar cómo se transmiten esas costumbres. No debería servir, sin embargo, para declararlas inocentes.

Cuarenta y ocho años después

El pasado 24 de octubre de 2026, el estadio Reina Sofía volvió a ser escenario de una situación que obliga a detenerse en estas cuestiones. Durante el encuentro entre Unionistas y Bilbao Athletic, el acta del partido recoge lo siguiente: «En el minuto 91 de partido se activó la primera fase del protocolo antirracismo al comunicarme el dorsal 28, Ilyas El Arbaoui, del equipo visitante, que el jugador número 11, Álvaro Gómez, del equipo local se había dirigido a él en los siguientes términos: “moro de mierda”. Este hecho no fue presenciado por ninguno de los miembros del equipo arbitral. Una vez anunciado por megafonía, se reanudó el juego». El acta dejó constancia de la denuncia, pero también precisó que ninguno de los integrantes del equipo arbitral había escuchado ni presenciado directamente los supuestos insultos.

Conviene detenerse en esa diferencia. La denuncia de un futbolista no equivale a una constatación arbitral de los hechos. Tampoco la ausencia de testigos entre el equipo arbitral demuestra que el incidente no ocurriera. Con la información disponible, no corresponde dar por probado lo que el acta no confirma. Pero hay algo que sí ha sucedido: un jugador ha comunicado que se ha sentido insultado por una expresión de carácter racista y el protocolo previsto para estas situaciones se ha activado. Eso es lo que sabemos. Y es suficiente para plantearnos qué fútbol queremos construir cuando aparezcan situaciones semejantes.

La historia de Rubén Cano no demuestra que lo sucedido en el Reina Sofía responda a los mismos motivos. Las circunstancias son diferentes y sería injusto convertir una denuncia todavía no acreditada en una condena anticipada. Lo que conecta ambas historias es una pregunta más amplia: la facilidad con la que el fútbol puede convertir el origen de una persona en un argumento para atacarla.

En 1978, Cano se sintió incomprendido porque jugaba para España y, aun así, una parte del público le recordaba que había nacido en Argentina. En 2026, la denuncia de El Arbaoui nos devuelve a una escena en la que un futbolista habría utilizado el origen de otro para dirigirse a él de forma despectiva. Entre una historia y otra han cambiado los protocolos, la sensibilidad social y la manera en que los clubes y los árbitros deben responder ante estas situaciones. El hecho de que hoy exista un procedimiento específico para activar una alerta antirracista es, por sí mismo, una diferencia relevante respecto a aquel tiempo. Pero contar con un protocolo no resuelve automáticamente el problema que lo hace necesario. Las normas pueden establecer cómo actuar cuando se produce una denuncia. No pueden, por sí solas, modificar las costumbres, las complicidades y las justificaciones que permiten que determinadas expresiones sigan circulando.

Once inicial de la selección española con Rubén Cano en el mundial de Argentina 1978.
Rubén Cano, segundo empezando por la izquierda en la fila inferior en posa con sus compañeros antes de un partido del mundial de Argentina 1978

La selección de todos

Después de Salamanca, Rubén Cano volvió a encontrarse con una situación parecida en Vigo, durante un amistoso contra Portugal. Según relató, volvió a escuchar los mismos gritos. El futbolista terminó pidiendo a Kubala que no lo convocara más. Había llegado a la selección con la ilusión de defender una camiseta que sentía suya y acabó apartándose porque no quería seguir jugando en aquellas condiciones. Nunca volvió a vestirla.

Este desenlace nos deja una atmósfera bastante triste. No porque un futbolista tenga la obligación de soportar cualquier cosa por representar a un país, sino porque quienes acudían a ver a la selección consiguieron que uno de sus jugadores dejara de sentirse parte de ella. La selección nacional tiene una particularidad: sobre el campo desaparecen, al menos durante un tiempo, las camisetas de los clubes. El delantero del Atlético, el centrocampista del Madrid y el futbolista del Barcelona comparten vestuario y persiguen un objetivo común. Es una de las pocas ocasiones en que el fútbol invita a imaginar una comunidad que no necesita renunciar a sus diferencias para reconocerse en algo compartido.

Rubén Cano descubrió que aquella promesa tenía sus límites. Para algunos espectadores, seguía siendo el jugador del Atlético, el argentino, el indio. La camiseta que llevaba puesta no bastaba para cambiar la mirada con la que lo juzgaban. La duda es si actualmente, cinco décadas después, quedan reductos, ha desaparecido o sigue siendo norma esa visión de los componentes de la selección entre los aficionados, Quizá por eso su historia aún conserva algo de poder para incomodarnos. No nos permite refugiarnos en la idea de que el problema siempre está en el otro estadio, en otra ciudad, en otra afición o que ya ha desaparecido porque no se habla de ello. Tampoco nos deja despachar cualquier episodio con la tranquilidad de quien cree que todo se reduce a cuatro exaltados que no representan a nadie.

El fútbol es una representación bastante fiel de las sociedades que lo rodean, incluidas sus contradicciones. Puede ser un espacio de encuentro, de solidaridad y de pertenencia; también puede proporcionar una coartada para decir en voz alta cosas que en otros lugares se pensarían dos veces antes de decir nada. La misma grada, que en muchos momentos nos ofrece un espacio de encuentro y hermandad con numerosos desconocidos como, por ejemplo, en la celebración de un gol, también puede convertir a otro desconocido en alguien que no merece estar allí.

¿Hemos cambiado?

Casi medio siglo separa el corte de mangas de Rubén Cano en el Helmántico de la activación del protocolo antirracista en el Reina Sofía. Es mucho tiempo. Sería absurdo negar los cambios que se han producido en la forma de reconocer y abordar la discriminación en el deporte. También lo sería dar por hecho que las palabras han perdido su capacidad de herir porque ahora disponemos de más herramientas para señalarlas. A lo mejor hemos avanzado en lo que estamos dispuestos a tolerar públicamente, a identificar mejor determinados comportamientos y a exigir que se señalen como algo negativo. Pero el progreso no consiste únicamente en disponer de un protocolo, del mismo modo que la ausencia de una sanción no convierte automáticamente una conducta en aceptable.

Sería bueno, una muestra de madurez social, dejar de utilizar la rivalidad deportiva, aunque también podríamos incluir la política, como excusa para todo. En comprender que el adversario no pierde su condición de persona cuando se enfrenta a nosotros. En aceptar que el insulto no se vuelve inocente porque lo pronuncien miles de voces, ni tampoco porque se haya repetido durante décadas o porque quien lo recibe lleve una camiseta con tros colores y escudo diferentes a la nuestra. No sabemos qué ocurrió exactamente entre Álvaro Gómez e Ilyas El Arbaoui en los últimos minutos del partido del sábado. Será necesario esclarecerlo antes de extraer conclusiones sobre ese episodio concreto. Pero sí conocemos la historia de Rubén Cano y sabemos cómo terminó: con un futbolista renunciando a la selección porque se había cansado de escuchar que no pertenecía del todo a ella.

En diciembre de 1978, el público del Helmántico vio a Cano marcar un gol y hacer un corte de mangas para responder a quienes lo insultaban. Es probable que muchos de aquellos espectadores no pensaron que estuvieran haciendo nada especialmente grave, simplemente divertirse creyendo que aquello formaba parte del juego, que el delantero se había ganado la respuesta o que todo quedaba perdonado al abandonar el estadio. Rubén Cano, sin embargo, se marchó con otra idea. La de que no merecía la pena seguir jugando para quienes lo recibían de aquella manera.

Casi cincuenta años después, la pregunta no es si hoy somos mejores que quienes ocuparon aquellas gradas. Es más incómoda: ¿qué queda de nosotros en las palabras que hemos elegido durante un partido para tratar al que tenemos enfrente?

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Rubén Cano, delantero del Atlético de Madrid e internacional con España en los años setenta.

Indios fuera: Salamanca, 1978

El 13 de diciembre de 1978, Rubén Cano escuchó cómo una parte de la grada del Helmántico le gritaba «indios fuera» mientras defendía a la selección española. Marcó contra Chipre, respondió con un corte de mangas y terminó renunciando a jugar con España. Casi medio siglo después, su historia nos devuelve una pregunta sobre fútbol, rivalidad y convivencia.

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