Las faltas de ortografía de Ange Chibozo que dejaron en evidencia a la Inteligencia Artificial

Ilustración sobre la despedida de Ange Chibozo y el uso de la Inteligencia Artificial en los mensajes de los futbolistas.
Cada verano cientos de futbolistas cambian de equipo. Sus despedidas empiezan a parecerse demasiado. El caso de Ange Chibozo invita a preguntarse si el problema está realmente en la Inteligencia Artificial o en cómo la utilizamos.

Los aficionados del fútbol, como los amantes, desean que las despedidas de sus jugadores sean una pequeña representación teatral. Anhelan que asomen las lágrimas aunque no lleguen a caer, exigen la presencia de abrazos eternizados para las cámaras y comunicados con perfume y carmín que prometan un «hasta pronto» cuando todos saben que significa un «adiós». A lo largo de los años cada futbolista ha encontrado su forma de marcharse. Algunos lo hicieron con un silencio incómodo, otros con una rueda de prensa y unos pocos con cartas que todavía permanecen en la memoria de los aficionados.

La Inteligencia Artificial no escribe despedidas impersonales. Escribe exactamente las despedidas impersonales que le pedimos que escriba.

Ahora las despedidas empiezan a parecerse demasiado unas a otras. Basta con abrir Instagram cualquier tarde de julio. Fondo negro. Una fotografía del jugador con la camiseta del club. Un texto impecablemente ordenado que comienza agradeciendo la confianza recibida, continúa recordando el crecimiento personal vivido y concluye deseando la mayor de las suertes a la entidad «que siempre ocupará un lugar especial en mi corazón». Cambian el escudo, el nombre del estadio, los colores del equipo y poco más.

No es difícil imaginar qué hay detrás de muchas de esas publicaciones. Un prompt. «Escríbeme un mensaje elegante para despedirme de mi antiguo club.» Y la Inteligencia Artificial hace exactamente aquello para lo que fue diseñada: ofrecer una respuesta correcta. Correcta, sí pero también intercambiable. Por eso resulta tan curioso que el debate haya nacido precisamente con Ange Chibozo. Su incorporación a la SD Ponferradina se anunció el pasado 10 de julio. Sin embargo, su despedida de Unionistas no llegó hasta dos semanas después, cuando el extremo decidió publicar un largo mensaje en su perfil de Instagram.

Texto de despedida de Unionistas publicado por Chibozo en sus redes sociales
Despedida de Ange Chibozo de Unionistas publicada en su perfil de instagram @josuechibozo

Lo primero que llama la atención no es lo que dice. Es cómo lo dice.

"Antes de empezar a hablar de mi nueva etapa, quiero escribir sin traductor y ningún filtro lo que realmente pienso…"

A partir de ahí aparecen tiempos verbales que se cruzan, concordancias imposibles, expresiones construidas a medio camino entre varios idiomas y una posdata tan desarmante como reveladora:

"Que no me ríes si hay muchos errores."

Ningún corrector ortográfico aprobaría ese texto y, probablemente, ChatGPT tampoco. Y, sin embargo, cuesta recordar una despedida reciente que sonase tan auténtica. Cada error parece una prueba de que quien escribe está haciendo un esfuerzo real por acercarse a la gente que le acogió hace un año. No hay frases grandilocuentes. No hay literatura ni unos párrafos que parecen escritos por un profesional de recursos humanos. Hay algo mucho más difícil de fabricar: vulnerabilidad.

Curiosamente, el mensaje menos perfecto, lanzado por la persona menos esperada acaba siendo el más humano. Quizá por eso la conversación no debería centrarse en si los futbolistas utilizan o no Inteligencia Artificial. La verdadera cuestión es otra. Es hasta qué punto conocemos y sabemos utilizar la Inteligencia Artificial. Seguramente no sepamos, pero la hemos incoporardo en nuestro día a día antes siquiera de saber como funciona. Como si le diésemos un coche a alguien que no sabe ni conducir ni las normas de tráfico.

Culpamos a la herramienta de una pobreza narrativa que, en realidad, es nuestra. La Inteligencia Artificial no decide escribir textos genéricos sino que somos nosotros quienes le damos instrucciones genéricas. Si un futbolista escribe simplemente «hazme una despedida para mi antiguo club», el resultado será prácticamente idéntico al de cientos de compañeros que han formulado exactamente la misma petición. Pero si añade, por ejemplo, el recibimiento de la afición cuando llegaron a Tenerife, cómo aplaudió y apoyó al equipo pese al mal comienzo o un mal partido, que nunca olvidará el ambiente del Reina Sofía en cada partido o que Salamanca fue el lugar donde volvió a creer en sí mismo cuando su carrera parecía detenerse, entonces la máquina deja de parecer una fábrica de clichés para convertirse en una herramienta de memoria.

Comparativas para analizar el uso de la inteligencia artificial por los futbolistas en sus cartas de despedida

La diferencia nunca ha estado en la Inteligencia Artificial. Siempre ha estado en el contexto. Es una enseñanza que trasciende el fútbol. Nos ocurre a todos. Pedimos a la tecnología respuestas extraordinarias después de haber formulado preguntas mediocres. Esperamos originalidad sin aportar experiencias. Queremos emoción sin compartir emociones. La IA devuelve, ni más menos, la calidad de la conversación que mantenemos con ella. Quizá por eso los aficionados reaccionan con tanta frialdad ante algunas despedidas por la sospecha de que detrás haya un algoritmo. Lo hace porque siente que nadie se ha detenido un minuto a pensar en ellos.

Una despedida siempre ha sido un ejercicio de reconocimiento. Una forma de decir: lo que vivimos juntos no volverá a repetirse. Cuando desaparecen esos detalles concretos, el mensaje deja de pertenecer a una ciudad, a un estadio o a una afición. Podría enviarse exactamente igual desde Ponferrada, Ferrol, Soria o Castellón. Pierde el nombre propio. Raúl Prada, por ejemplo, consiguió evitar esa sensación porque en su despedida había recuerdos, nombres y momentos imposibles de copiar y pegar al hablar de lo que ha pasado con su lesión a lo largo de la temporada. No era necesariamente mejor escritor. Simplemente estaba contando algo que sólo podía haber vivido él. Y ahí reside la paradoja.

Mientras seguimos discutiendo si la Inteligencia Artificial está deshumanizando el fútbol, un extremo beninés acaba de recordarnos, con un puñado de faltas de ortografía, que el ingrediente más difícil de replicar por cualquier algoritmo es la imperfección. Quizá Eduard Punset habría disfrutado especialmente con esta contradicción. Durante años defendió que la tecnología no sustituiría aquello que nos hace humanos, sino que nos obligaría a descubrir qué era exactamente lo que nos diferenciaba de las máquinas.

Tal vez ese momento ya ha llegado. Y resulta que la frontera entre una despedida olvidable y otra capaz de permanecer en la memoria no la marca la Inteligencia Artificial. La marca alguien que decide escribir, aunque sea con errores, aquello que ningún algoritmo podría inventar por sí solo: un recuerdo verdadero y una emoción sentida.

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