El día que nació la Liga, un Emery estaba bajo los palos
Cuando uno mira fotografías antiguas se puede descubrir que hay cosas que solo pueden ser explicadas mucho tiempo después. He estado revisando esta semana imágenes de esos futbolistas pioneros que pusieron en marcha la primera liga de la historia y todo resulta extraño: las camisetas, los pantalones hasta la rodilla, los campos sin gradas, jugadores desacostumbrados a posar delante de una cámara, uno revisa las imágenes de aquellos onces iniciales y parecen más fotografías de una excursión de fin de curso que la previa de un partido oficial. También he repasado los nombres. Entre ellos, revisando los de aquellos que jugaron el primer partido de la historia de la liga aparece un nombre que se ha quedado pegado al fútbol español durante estos casi cien años.
El 10 de febrero de 1929, el fútbol español estrenó el campeonato de Liga. Diez equipos fueron llamados a inaugurar aquella competición que hoy parece tan antigua como previsible cuando, en su tiempo, muchos auguraban que la competición no tendría recorrido porque lo que de verdad movilizaba a los espectadores era la Copa del Rey que, por entonces, otorgaba a quien la vencía el título de Campeón de España. El Real Unión de Irún estaba entre ellos. Había ganado cuatro Copas y pertenecía, por méritos propios, a aquella aristocracia futbolística que estuvo presente en el nacimiento del campeonato. Antonio Emery, el portero del Real Unión que recibió el primer gol de la historia de la Liga, es el punto de partida de esta historia.
En el campo de Sarriá, el Espanyol recibió al Real Unión. Pitus Prat marcó el primer gol de la historia de la Liga. Pero bajo los palos del equipo que recibió aquel tanto había otro nombre que acabaría sobreviviendo al propio partido. Emery. Antonio “Pajarito” Emery. Casi cien años después, ese apellido Emery sigue relacionado con el mismo club en el terreno de juego, como en los despachos.
Antonio Emery y el nacimiento de la Liga
El Real Unión perdió aquella tarde por 3-2. Pitus Prat había abierto el marcador y Luis Regueiro, uno de los grandes nombres de aquel fútbol que todavía olía mucho a cuero, sudor y barro pero que, poco a poco, empezaba a tomar el cariz de negocio, consiguió darle la vuelta al encuentro con dos goles. Oramas respondió con otros dos y dejó la primera victoria de la historia liguera en Barcelona.
El resultado importa menos ahora que el nombre que aparece al repasar aquella alineación. Antonio Emery. La crónica publicada al día siguiente por Mundo Deportivo no fue especialmente amable con él. El portero estuvo lejos de transmitir la seguridad de otras tardes. Se le reprocharon sus salidas y su falta de agilidad en determinadas acciones. El fútbol, incluso en 1929, tenía poca paciencia con los porteros.
Sería injusto definir el desempeño de Antonio Emery como cancerbero solo por lo sucedido aquel día en Sarriá. Fue aquella una mala tarde dentro de una carrera que había dejado una huella mucho más profunda en Irún. “Pajarito” había defendido la portería del Real Unión durante doce años. Fue el guardameta de los equipos que conquistaron las Copas de 1924 y 1927, manteniendo su portería imbatida en ambas, y formó parte del Real Unión que llegó a disfrutar de la máxima categoría del fútbol español.
El club solamente jugaría cuatro temporadas en Primera. Había conseguido su plaza gracias a las victorias en esas Copas del Rey. La liga fue formada por diez equipos que fueron seleccionados entre los vencedores y finalistas de la Copa disputadas hasta entonces. Antonio Emery estuvo bajo los palos en todas esas temporadas del Real Unión de Irún en Primera División.
Así que hay una manera distinta de contar aquella primera Liga. Pitus Prat marcó el primer gol. Sí. Pero aquel día también estaba allí Antonio Emery, uno de esos hombres que aparecen en las fotografías antiguas desconocedor de lo que depararía el fútbol en el futuro para su familia. Y el futuro, para su apellido, iba a ser extraordinariamente largo.
Francisco Emery: fútbol, UGT y exilio
Si miramos en detalle la vinculación del apellido Emery con el Real Unión de Irún descubrimos que antes de Antonio estuvieron sus hermanos Francisco y también Román. Y aquí la historia empieza a desviarse del campo de fútbol. Francisco Emery también vistió la camiseta del Real Unión en donde jugaba como defensa y también levantó una Copa. La de 1918. Pero su recuerdo no ha quedado ligado únicamente a los domingos de fútbol.
Francisco fue sindicalista ferroviario de la UGT y militante socialista en Irún. La historia que vino después de aquel fútbol fue bastante menos amable que una final de Copa. La Guerra Civil, la derrota republicana y la represión le obligaron a exiliarse en Francia. Allí pasó por un campo de concentración, en Septfonds. Regresaría a España en los años cuarenta, pero el regreso tampoco significó el final de sus problemas. En 1952 volvería a ser detenido por formar parte de la ejecutiva clandestina del PSOE. En una familia de futbolistas había, por tanto, otra clase de resistencia.
Mientras Antonio se ponía los guantes, Francisco se la jugaba, como en el terreno de juego, defendiendo ya no a su equipo de los ataque del rival, sino la vida por unas ideas. El apellido Emery empezaba a contar algo más que una historia deportiva para narrar también la historia de una ciudad fronteriza como Irún, un nudo ferroviario clave en España, para presentarnos una generación y un país que convirtió demasiadas veces la vida de sus ciudadanos en un partido en el que perder podría tener consecuencias bastante peores que un descenso.
Juan María Emery y el Real Unión que empezaba a quedarse atrás
Después llegó Juan María. El hijo de Antonio que heredó el oficio de portero. El fútbol tiene estas cosas. Hay familias que heredan casas, negocios o tierras. Otras heredan un puesto bajo los palos.
Juan María Emery defendió al Real Unión cuando el club ya no era aquel equipo que había compartido el nacimiento de la Liga con el Madrid, el Barça, el Athletic, la Real Sociedad o el Espanyol. En la temporada 1958-59 jugó en Segunda División. Aquella campaña terminó con el descenso a Tercera. Pero Juan María tendría una carrera mucho más larga lejos de Irún. Alavés, Burgos, Logroñés, Deportivo de La Coruña, Sporting de Gijón, Recreativo de Huelva y Granada aparecen en su trayectoria. El apellido seguía viajando mientras el Real Unión empezaba a quedarse atrás.
El Real Unión, del esplendor a la supervivencia
Quizá esa sea la parte más extraña de la historia. El Real Unión había nacido prácticamente en la primera fotografía del fútbol español y, sin embargo, el fútbol no esperó a que siguiera siendo importante. Después de aquellas cuatro temporadas en Primera llegó el descenso a Segunda. En 1942 cayó a Tercera. Volvería a Segunda en 1958 y otra vez en 1964. En ambos casos, la visita duraría apenas una temporada.
El gran Real Unión de los inicios de siglo XX fue convirtiéndose poco a poco en otra cosa. Aquella vieja crónica de la primera jornada de liga, ya apuntaba que era un equipo que estaba lejos de días de gloria que había vivido pocos años antes. René Petit, veterano y reconvertido como delantero, parecía ser el único que demostraba conservar cierto nivel. Aun así, a base de orgullo y trabajo el equipo consiguió mantenerse con vida en la máxima categoría en esas primeras ediciones.
En un club que podía presumir de haber ganado Copas cuando todavía no existían los grandes imperios futbolísticos. En un nombre que recordaba haber jugado en Primera cuando la Primera no sabía tan siquiera lo que era. Todo fue cambiando. En el fútbol, en España, el deporte se profesionalizó y,más adelante, se convirtió en un fenómeno de masas. Apareció la televisión, los grandes contratos, las ciudades deportivas, los agentes, los derechos audiovisuales, multinacionales, academia, los clubes en multipropiedad. Con tanto cambio alrededor el Real Unión seguía, en su modestia, siguiendo siendo el Real Unión. A veces, sobrevivir también es una forma de grandeza.
2009: el día que el Real Unión volvió a desafiar al Madrid
En 2009, el viejo club volvió a llamar a la puerta de la actualidad para recordar que seguía existiendo. Lo hizo por la vía habitual por donde obtuvo su grandeza en los albores del fútbol español: la Copa. Ese año tuvo que medirse con el Real Madrid en los dieciseisavos de la Copa después de haber dejado por el camino al CD Lugo, Sant Andreu y Barakaldo. En el partido de ida en el stadium GAL el Real Unión ganó 3-2 en Irún en un duelo que es muy recordado porque el centrocampista Rubén De la Red se desplomó sobre el campo a causa de unos problemas cardíacos. El joven futbolista que venía ser campeón de Europa con España apenas unos meses antes no volvió a vestirse de corto y tuvo que poner fin a su carrera deportiva.
Después llegó el Bernabéu. Cualquier equipo modesto habría podido considerar que lo logrado en el partido de ida ya había sido suficiente gesta. Pero el Real Unión tenía otros planes. En el Santiago Bernabéu dió la cara perdiendo por 4-3, sí, pero el tercero gol del equipo anotado por Eneko Romo en el último minuto convirtió aquella derrota en una de esas noches que permanecen en la memoria de un club mucho después de que el marcador haya dejado de importar. El Real Madrid quedó fuera y Real Unión siguió adelante. Unos meses después, impulsado por la energía de semejante gesta consiguió regresar al fútbol profesional después de cuatro décadas y, hasta el momento, por última vez en su historia.
Unai Emery regresa al club de su abuelo
Mientras tanto, otro Emery hizo carrera lejos de Irún. Unai, el nieto del “Pajarito” Antonio. El fútbol también le había llevado a los terrenos de juego, aunque no alcanzaría allí la dimensión que conseguiría después desde el banquillo. Real Sociedad, Toledo, Racing de Ferrol y Lorca. Después vendrían los banquillos de Valencia, Sevilla, París, Arsenal. Villarreal y Aston Villa. Y una colección de títulos que terminaría convirtiendo aquel apellido en uno de los más reconocibles del fútbol europeo. Cinco Europa League, una Liga francesa, una Copa del Rey, Copas de Francia, una FA Cup y un largo etcétera después, Unai Emery había conseguido llegar a un lugar al que muy pocos entrenadores españoles han llegado.
Entonces, desde la élite del fútbol europeo, decidió mirar hacia atrás. Hacia Irún. Hacia el club de su abuelo y de toda su familia. Hacia aquel Real Unión que había conocido tiempos mejores y que llevaba décadas intentando encontrar la manera de sobrevivir y, en algún momento, acercarse de nuevo a llevar su nombre al fútbol profesional.
El apellido que había estado bajo los palos cuando nació la Liga regresaba ahora acompañado de todo lo que había evolucionado el fútbol durante casi un siglo. Ya no era solamente un juego de once contra once, dos porterías y una pelota, El fútbol se había convertido en inversión, infraestructura y conexiones entre empresas como V Sports y el Aston Villa. La llegada de Unai abría al equipo irundarra la posibilidad de que jugadores procedentes del fútbol inglés encontraran en Irún un lugar donde aprender algo que no siempre se enseña en las academias inglesas ni en sus equipos filiales: competir lejos de casa, jugar contra hombres mayores en edad y enfrentarse a un fútbol menos protegido que el de las categorías inferiores..
El Real Unión podía mirar de nuevo a Inglaterra, como ya hiciera en el pasado. Por eso hay algo hermoso en esta historia. El fútbol que hoy viaja entre Birmingham e Irún tiene un antecedente mucho más antiguo. Aquel Real Unión de los primeros años del siglo XX ya miraba hacia Inglaterra. El fútbol británico era entonces la referencia desde la que llegaban ideas, entrenadores y maneras de entender el juego. Hasta tal punto era así que el Real Unión de Irún, en el año 1923, llegó a publicar un anuncio en un diario deportivo de la época The Athletic News para ofrecer un puesto de trabajo: “Se busca entrenador de primera clase para un importante club de España”. Una iniciativa promovida por el jugador René Petit y apoyado por el entonces entrenador del Athletic de Bilbao Mr. Pentland. De esa forma llegó el técnico Steve Bloomer, san Esteban como le llamaban en Irún, que llevó, con Antonio Emery en la portería, al Real Unión a conquistar la Copa del Rey de 1924 Casi cien años después, el camino se ha invertido.
Lander Emery: los guantes vuelven a pasar de generación en generación
Desde hace unos meses, el apellido Emery ha vuelto a aparecer junto al Real Unión. No es el de Unai ni el de Igor, presidente del club. Ahora hay un nuevo nombre que aparece cuando uno lee el once inicial. Es Lander Emery, 23 años, hijo de Unai y bisnieto de Antonio “Pajarito” Emery, cuyo oficio es, naturalmente, portero. Es difícil encontrar una imagen que resuma mejor la historia de este club. Un joven de 23 años se coloca los guantes en Irún mientras su bisabuelo, casi un siglo antes, defendía esa misma camiseta cuando la Liga española todavía cabía en diez equipos. Quizá Lander no llegue nunca a tener la carrera de su bisabuelo y su nombre aparecerá en la alineación de un equipo de otro lugar y el Real Unión volverá a tener otro portero. Así funciona el fútbol.
El 10 de febrero de 1929, Antonio Emery recibió tres goles en Sarriá. El primero lo convirtió Pitus Prat en el primer goleador de la historia de la Liga. Casi un siglo después, un Emery vuelve a ponerse bajo los palos. Tal vez esa sea la verdadera historia. No que una familia haya conseguido permanecer ligada a un club durante cuatro generaciones sino que, mientras el fútbol cambiaba de arriba abajo, mientras unos equipos se convertían en multinacionales y otros desaparecían de los mapas, el Real Unión siguió necesitando a alguien que se pusiera los guantes cada domingo. Y, por alguna razón, siempre hubo un Emery dispuesto a hacerlo.
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Antonio Emery recibió el primer gol de la historia de la Liga bajo los palos del Real Unión en 1929. Casi un siglo después, el apellido Emery sigue ligado al club de Irún.

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