Miguel Montes Torrecilla: un futbolista que aprendió a mirar el fútbol desde fuera
Antes de convertirse en uno de los nombres más reconocibles de los despachos del fútbol español, Miguel Montes Torrecilla fue futbolista. Salamanca, Juan Manuel Lillo, tres ascensos, Primera División, una rodilla y un ordenador comprado con su primer sueldo forman parte de una historia que empezó mucho antes de que dejara de jugar.
Miguel Montes Torrecilla fue futbolista de la Unión Deportiva Salamanca durante una etapa decisiva de la historia del club. Formó parte del equipo que, bajo la dirección de Juan Manuel Lillo, logró regresar a Primera División y protagonizó el histórico 0-5 ante el Albacete en el Carlos Belmonte.
El ordenador
Un primer sueldo puede ser un capricho, un gesto o un símbolo. En el caso de Miguel Montes Torrecilla fue una intuición: la compra de una máquina que aún no sabía que acabaría definiendo su vida.
Hay un hecho que define nuestro orden de prioridades vitales y que solemos recordar de por vida: en qué gastamos nuestro primer sueldo. Habrá quien lo entregó íntegramente en casa, quien se diera un capricho y optase por comprarse unas zapatillas a las que tenía echadas el ojo, unas vacaciones, una cena con la pareja… Son muchas las opciones, si pensamos en un futbolista rápidamente la mente nos lleva a pensar en un coche, un anillo de oro o la televisión más grande del mercado. Son innumerables las posibilidades pero, si nos vamos cuatro décadas atrás, descubriremos una decisión sobre en qué invertir el primer sueldo que, sin saberlo, definirá el futuro de nuestro protagonista.
A mediados de los años ochenta, en la confluencia de la Rúa Mayor con la calle Palominas, mucho tiempo antes de que esta calle se convirtiera en una vía destinada a absorber el flujo continuado de turistas que, cada día, recibe la ciudad de Salamanca. Tiempos en los que esta calle formaba parte del paisaje cotidiano de los salmantino en su ir y venir a sus quehaceres cotidianos, en esa esquina que hoy ocupa una de tantas franquicias que inundan las calles de cualquier ciudad, había una sucursal bancaria. En ella, hace cuatro décadas, entró Miguel Montes Torrecilla, con su primer sueldo recibido como jugador del Salmantino, con una idea bastante poco habitual para un muchacho que acababa de empezar a ganarse la vida jugando al fútbol.
No iba a pedir dinero para comprarse un coche. Tampoco para celebrar que, por fin, después de tantos años corriendo detrás de un balón, empezaba a cobrar por hacerlo. Se paró ante la ventanilla para indicarle a la persona que, amablemente, le atendía que quería un ordenador. El sueldo que recibía como jugador del Salmantino no alcanzaba para pagarlo de una vez. Así que Miguel hizo algo que, visto desde hoy, parece casi una premonición de la vida que terminaría construyendo: llevó su nómina al banco y pidió un préstamo. Tendría que devolverlo poco a poco, mes a mes, hasta terminar de pagar aquella máquina que para él no era un capricho, aunque todavía no pudiera saber exactamente para qué la necesitaría.
Salamanca era entonces una ciudad más lenta, en la que sus habitantes parecían reconocerse entre sí y donde un chico podía moverse con total tranquilidad alrededor de las calles que conocía. Miguel tenía apenas unos años más de los que hoy tienen muchos futbolistas que ya han puesto un pie en la elite o estan cerca de hacerlo cobrando sueldos que, ayer, hoy y siempre nos dejan con los ojos desorbitados. Eran los años ochenta y Miguel, todavía inmerso en la adolescencia y sin haber alcanzado la mayoría de edad, empezaba a entender que el fútbol podía ser algo más que ese juego en el que siempre estaba atrapado desde que salía del colegio hasta que llegaba la hora de acostarse.
Su primer ordenador llegó antes que muchas otras cosas. Antes de contrato profesional. Antes de vivir uno de los tres ascensos que disfrutaría y que no olvidará jamás. Antes de verse a pie de campo con el Helmántico lleno en el regreso a Primera División. Antes de que Juan Manuel Lillo apareciera en su vida y cambiase para siempre su manera de entender el fútbol. Mucho, mucho antes incluso de que Miguel supiera, ni yan siquiera intuyese, que acabaría dedicando buena parte de su vida a los despachos.
Aquel ordenador fue, sin saberlo él, una primera herramienta de trabajo que acabaría convirtiéndose en una extensión de sí mismo veinte años después. Hay en esa decisión algo que resulta extraño cuando se conoce la historia completa. Porque Miguel Torrecilla no recuerda aquellos años como alguien que estuviera pensando en convertirse en otra cosa una vez terminara su etapa como futbolista. Al contrario. Si uno le escucha hablar de su infancia, todo parece conducir al mismo lugar: al balón.
En la plaza de San Juan de Sahagún, por ejemplo, su punto de partida. Miguel salía del colegio Francisco Vitoria y, una vez sonaba el timbre que indicaba la salida, corría hacia allí con otros niños para hacerse con el mejor rincón para patear al balón sin el peligro de romper ningún cristal. En el patio no les dejaban jugar al fútbol por lo que, todos los chavales del colegio, estaban deseosos de que llegase el final de cada jornada escolar. Ese momento, esa carrera era suficiente para colmar cada día.
A los once años Miguel medía el tiempo por la duración de un partido. Su madre, viendo que su hijo no regresaba a casa, tenía que ir a buscarlo porque perdía la noción del tiempo. Algunos días ni siquiera se acordaba de ir a casa para comer mientras hubiese alguien dispuesto a patear junto a él la pelota. Había fútbol y, después, más fútbol. Los torneos de fútbol sala de 24 horas eran otra forma de prolongar aquella obsesión hasta la madrugada. Miguel se apuntaba a todos. No importaba la hora, ni el cansancio, ni que al día siguiente hubiera colegio. Solo quería jugar, siempre.
En su casa había, además, tenía un ejemplo demasiado poderoso para ignorarlo. Su hermano Juan Antonio Montes Torrecilla, seis años mayor que hizo carrera en Primera División jugando 251 partidos en la máxima categoría, había debutado con la selección española sub-18 cuando Miguel tenía once años. Lo veía ponerse aquella camiseta, viajar a campeonatos internacionales y regresar a Salamanca con camisetas de otros países los que se había enfrentado. Miguel recuerda a la perfección, un par de botas que su hermano le trajo después de un campeonato disputado en Francia. El recuerdo del día que se las puso y la sensación de vivir un momento mágico al ponérselas, aún iluminan el rostro de Migue,l como una Dorothy con sus zapatos de rubíes en el Mago de Oz.
A los trece llegó el fútbol once y federado con su llegada a los Trinitarios. Por aquel entonces, el equipo no llevaba el nombre de la escuela sino que se conocía como Balmasa. Dos años después, la Unión Deportiva Salamanca lo incorporó a su cantera. Entonces el juego comenzó a adquirir otra dimensión. Seguía siendo un adolescente, pero aparecía algo que hasta entonces había eludido al considerarlo una cosa de adultos: la responsabilidad.
A los diecisiete debutó con el primer equipo en Copa del Rey, ante el Cristo Olímpico de Palencia, de la mano de una leyenda en el banquillo de la Unión Deportiva Salamanca como era José Luis García Traid. El técnico zaragozano, que una década antes, había llevado por primera vez la UDS a Primera División y a asentarse en la categoría, le dió la oportunidad de estrenarse. Poco después llegó para Miguel el servicio militar al que se sumó de forma voluntaria para evitar tener que salir de Salamanca y poder, en la medida de posible, compatibilizar el servicio a la patria con los entrenamientos con el Salmantino.
Por entonces, apareció ese primer sueldo. No era mucho. Miguel jugaba en el Salmantino, en Tercera División pero ya cruzó un umbral. El que separa al niño al que el fútbol le quitaba el sueño para empezar a ser el hombre al que comenzaban a pagar por jugarlo. Como ya hemos dicho seguro que sus compañeros de vestuario encontraron otras maneras de gastar aquel dinero. Miguel, por su parte, fue al banco y pidió un crédito para comprar un ordenador.
Todavía no sabía que acabaría pasando un cuarto de siglo trabajando en los despachos del fútbol. A buen seguro tampoco sabía que aquella máquina terminaría teniendo una utilidad que entonces no podía imaginar. Lo único que sabía era que quería aprender y que ese ordenador le daría la oportunidad de hacerlo. Había algo en aquella tecnología nueva que despertaba su curiosidad y reclamaba su atención.
El fútbol, en esos años finales de los ochenta, todavía estaba a un universo de distancia de convertirse en una industria en la que los ordenadores ocuparían mesas de despachos, las secretarías técnicas trabajarían con bases de datos y los jugadores serían analizados desde ángulos que entonces parecían propios de otro mundo. Miguel, por aquel entonces, aún era un central joven del Salmantino que ya había empezado a mirar el fútbol de otra manera.
Poco después Ricardo Rezza se cruzaría en su carrera. Miguel tendría diecinueve años y la Unión Deportiva Salamanca volvería a ofrecerle otra primera vez: el debut en Segunda División. Fue en enero de 1990, en la Creu Alta, ante el Sabadell. Lo recuerda con la mezcla de ilusión y angustia propia de quien llevaba demasiado tiempo soñando con un día así y, cuando finalmente lo consigue, descubre que también pesa la responsabilidad al ver como en ese efímero debut el árbitro, Pérez Cabeza, le mostraba la tarjeta roja y el camino del vestuario cuando aún quedaba toda la segunda parte por disputarse.
Rezza era un entrenador de carácter fuerte. Había sido central, el mejor que nunca vistió la camiseta de la Unión Deportiva Salamanca. Conocía el fútbol, conocía Salamanca y no había secretos para él a la hora de moverse en aquella posición en la que jugaba Miguel. Así después de los entrenamientos, cuando los demás se marchaban, el técnico argentino y Miguel se quedaban a solas sobre el terreno de juego. Un entrenador y un chico de diecinueve años. Un central enseñando a otro central. Rezza le descubrió el trabajo individual, la necesidad de detenerse después del entrenamiento para corregir un gesto, una posición, la importancia de saber interpretar con profundidad el juego. Era una idea sencilla, pero para Miguel suponía abrir una puerta que hasta entonces estaba oculta para él, una puerta ciega del fútbol por las que muchos no atraviesan porque no encuentran el mentor que se la mostrase.
Llegado el año 1990, con su debut y esa primera temporada con el primer equipo, aún no había aparecido Juan Manuel Lillo, faltaban los ascensos, las promociones, los viajes, el 0-5 de Albacete, la Primera División, Bebeto, la ley Bosman, Mendizorroza y la rodilla. Todavía faltaban muchas de las cosas que terminarían convirtiendo a Miguel Montes Torrecilla en quien acabaría siendo. Pero algunas cosas ya empezaban a asomarse por allí.
La trayectoria de Miguel Torrecilla nos muestra que una vida profesional no empieza cuando se consigue el trabajo que terminará definiéndola. A veces empieza mucho antes en los lugares menos relacionados con esta. En el caso de nuestro protagonista empezó en una plaza, en un vestuario, en un ejercicio de entrenamiento después del entrenamiento o en una sucursal bancaria. En una inexplicable decisión que llevó a un joven futbolista de dieciséis años a comprarse un ordenador. En ese momento no lo sabía, pero ahí estaba empezando a construir su futuro
La ciudad antes de Lillo
Salamanca en la década de 1980 era un mapa de plazas, colegios y campos donde el fútbol era juego, obsesión y descubrimiento. Allí empezó a formarse el chico que aún no sabía que sería profesional.
Miguel Montes tenía quince años cuando la Unión Deportiva Salamanca lo incorporó a su cantera. Había llegado desde los campos de los Trinitarios, después de años en los que el fútbol había sido una ocupación tan seria como podía serlo para un muchacho que todavía tenía que volver a casa a la hora de comer. Pero entrar en la UDS cambiaba algo. Ya no bastaba con querer jugar. Había que aprender a hacerlo bien.
"Cuando llego a la Unión Deportiva Salamanca es cuando siento que puedo empezar a tomarme el fútbol un poco más en serio. Aunque seguía siendo un adolescente no muy consciente de lo que podía venir por delante, ya sentía que la responsabilidad era otra".
La primera prueba llegó con diecisiete años cuando García Traid lo hizo debutar con el primer equipo en la Copa del Rey Fue en una eliminatoria frente al Cristo Olímpico de Palencia. No era todavía el momento de los grandes escenarios ni de los contratos que permiten a un futbolista sentirse profesional. Era algo mucho más pequeño y, precisamente por eso, más importante. La primera vez que aquel chico que había pasado tantas tardes jugando en una céntrica plaza de Salamanca jugando al balón se ponía la camiseta del equipo de la ciudad.El fútbol empezaba a dejar de ser una promesa.
Pero la vida, caprichosa, aún tenía otros planes para él. Después del debut llegó una pausa vital por la que muchos jóvenes tuvieron que pasar, obligatoriamente, hasta hace no hace tanto: el servicio militar. Miguel optó por hacerlo de manera voluntaria en Salamanca para no tener que marcharse lejos. Durante un tiempo, la carrera que empezaba a dibujarse quedó suspendida en una especie de pausa administrativa, como si alguien hubiese puesto el partido en el descanso justo cuando empezaba a comprender de qué iba aquello. El fútbol seguía avanzando.
Llegó el primer sueldo con el Salmantino que trajo consigo aquel ordenador conseguido gracias al crédito de una sucursal bancaria de la calle de la Rúa. Llegó también el convencimiento que hasta entonces había permanecido oculto detrás del juego: podía intentar ganarse la vida con aquello. Terminó la mili y, con diecinueve años, llegó el momento que convirtió la posibilidad en oficio.
Ricardo Rezza estaba en el banquillo de la Unión Deportiva Salamanca. El argentino, un ídolo en la capital del Tormes en sus cuatro temporadas como jugador blanquinegro, se había puesto al frente del equipo en sustitución de Caturla. A su llegada en la décima jornada el equipo merodeaba los puestos de descenso a Segunda División B en una plantilla con tres uruguayos: Jacinto Cabrera, Miranda y Raúl Fernández. El equipo
Llegado el mes de enero de 1990, el equipo parecía haber enderezado la situación y comenzaba a mirar la posibilidad de entrar en la pelea por un puesto de promoción a Primera División. Llegaba un partido ante un rival directo como el Sabadell en La Creu Alta. Miguel Montes, defensa central, debutante en Segunda División. El escenario tenía algo de examen, una reválida que le daría acceso a considerarse a todos los efectos futbolista profesional. Había ilusión, por supuesto, pero también una tensión que después él sería capaz de reconocer con la distancia que solo concede el tiempo. Quería demostrar que pertenecía a aquel lugar. Quería validarse pero no tardó demasiado en descubrir que el fútbol profesional también podía castigar esas ganas. Al comienzo de la segunda parte recibió la segunda amarilla y fue expulsado.
"Se mezcló la ilusión enorme por el hecho de jugarlo pero terminé un tanto angustiado porque me expulsaron al comienzo de la segunda parte por una entrada en la que me gano la segunda amarilla», recuerda. Y añade algo que quizá explique mejor aquel momento que cualquier crónica del partido: «Entiendo que fue fruto del estar tensionado por el debut y el peso de la responsabilidad te lleva a cometer esos errores cuando uno comienza y está deseando validarse en el mundo del fútbol".
Había entrado en el fútbol profesional, en su primer partido descubrió una de sus primeras reglas no escritas: el futbolista debe ser capaz de soportar el peso de sus propias expectativas. Jugó cinco partidos aquella segunda mitad de temporada para, la campaña siguiente, salir cedido al Palencia, en Segunda División B. Necesitaba acumular minutos, endurecerse a base de golpes con delanteros rivales que dejan huella a sus marcadores, pasar los domingos lejos de casa. Necesitaba hacerse futbolista.
En su carrera como jugador Miguel siempre se muestra agradecido a los meses que compartió con Ricardo Rezza. El argentino tenía mucho carácter como ya había exhibido en su desempeño como futbolista de la Unión Deportiva Salamanca y Sporting de Gijón. Conocía a la perfección la ciudad. Había jugado, además, en la misma posición que aquel muchacho al que tenía delante. Su manera de entrenar era muy exigente, dura, áspera. Llegó imponiendo un código de comportamiento al vestuario, algo que hoy parecería muy elemental y rudimentario, que entonces, 1989, podía resultar extraño: descanso, disciplina, horarios, nada de noches largas.
Miguel no recuerda esos meses por las prohibiciones sino por el aprendizaje acelerado de la mano de uno de los mejores defensores que jugaron en España en la década de 1970. Los recuerda, especialmente, por lo que ocurría cuando el entrenamiento terminaba. Mientras los demás recogían sus cosas y abandonaban el campo camino del vestuario pensando en qué hacer acabada la sesión, Rezza se quedaba con él. Sobre el campo de entrenamiento quedaban apenas un entrenador y un central. Dos hombres a solas sobre el césped cuando ya no había nadie vestido de corto.
"Él se quedaba conmigo a entrenar a solas después de las sesiones de preparación. Hacíamos entrenamientos individuales, él y yo solos".
Hay algo casi de labor artesanal, una labor de alfarería en aquella escena. En aquellos años los clubes de fútbol no contaban con departamentos de rendimiento, ni existía el GPS. NO visionado de vídeos individualizados ni pantallas llenas de datos. Había un entrenador que había jugado de central y un chico de diecinueve años dispuesto a quedarse un rato más, sabedor de que lo que se el máster como central que se le ofrecía no volvería a sacar plazas. Rezza le enseñaba a defender y, sin saberlo quizá ninguno de los dos, también le estaba enseñando a aprender.
"Te puedes imaginar lo que significa para un chico de 19 años, recién llegado al primer equipo, que el entrenador, que está con esa mano dura en la gestión del grupo, dedicase tiempo y esfuerzo en ayudarme a mejorar".
Miguel habla de aquellos entrenamientos como entrar en una nueva dimensión a la hora de conocer todo lo que conlleva ser defensor central y la palabra futbolista. Hasta entonces todo lo que sabía del fútbol lo había jugando. Ahora llegaba una nueva etapa en la que tenía que aprenderlo estudiándose a sí mismo. Rezza le mostró la importancia de la mejora específica, de trabajar aquello que un jugador necesitaba corregir, de entender que un entrenamiento no terminaba necesariamente cuando el grupo se iba al vestuario.
"Me descubrió el trabajo individual con el jugador, buscar la mejora específica de habilidades y de conocimiento del juego", recuerda.
Era una enseñanza sencilla y, vista desde Salamanca treinta años después, casi fundacional. Miguel empezaba a descubrir que un futbolista podía entrenar su propio fútbol. Que su cuerpo podía ser materia de estudio y que era fundamental reconocer las propias limitaciones. Supo entonces que había cosas que no iban a mejorar simplemente por jugar más partidos.
Todavía faltaban Juan Manuel Lillo, las visualizaciones, el yoga, las meditaciones, los libros de entrenamiento viajando dentro de una bolsa de viaje y aquella obsesión por el rendimiento individual que acabaría acompañándolo durante toda su carrera. Pero, en aquella media temporada con el primer equipo, algo ya había comenzado. Rezza le había enseñado a quedarse cuando los demás se iban.
Y Miguel, que había pasado media infancia intentando jugar un partido más antes de que su madre fuera a reclamarle para que volviese a casa, parecía especialmente preparado para entender aquella lección. Primero había querido jugar más, ahora empezaba a querer mejorar más. El salto definitivo todavía estaba por llegar. El año siguiente seguiría aprendiendo fuera de casa gracias a su cesión en Palencia para regresar a Salamanca y encontrarse con una Unión Deportiva recién descendida a Segunda División B que necesitaba volver a construirse casi desde los cimientos.
Al poco aparecería un entrenador de veintisiete años. Un hombre demasiado joven para algunos, demasiado pequeño físicamente para imponer respeto a primera vista y, sin embargo, con una personalidad capaz de ocupar todo un vestuario. Juan Manuel Lillo estaba a punto de entrar en la vida de Miguel Montes Torrecilla. Con la llegada del técnico tolosarra, el fútbol dejaría de ser solamente algo que se jugaba para empezar a ser algo que pensar y vivir.
El año que se volvió a empezar
El descenso a Segunda B obligó a la UDS a mirarse al espejo. Para Miguel, recién regresado de su cesión, fue el inicio de una pregunta distinta: quién podía llegar a ser él.
En la primavera de 1991 la Unión Deportiva Salamanca perdió su sitio en el fútbol profesional. El descenso a Segunda División B no fue solamente una caída de categoría. Para un club que todavía conservaba la memoria reciente de sus años en Primera División, significaba regresar a un lugar que parecía haber quedado atrás cuando a mediados de 1980 el equipo había vivido una caída en picado desde Primera a la tercera categoría. Tres años costó salir del pozo para, en tan poco tiempo, volver a verse en él. La camiseta seguía siendo la misma, el Helmántico continuaba en el mismo sitio y Salamanca seguía esperando los domingos. Pero alrededor del equipo había aparecido una pregunta incómoda: qué hacer después de, parecía que de forma definitiva, haber dejado de ser aquello que se creía que se era.
Miguel Montes Torrecilla regresó de su cesión en Palencia para encontrarse con esa pregunta. Era la temporada 1991-92 que comenzaba con la tercera etapa de Felipe Mesones al mando del banquillo. Duró la primera vuelta del campeonato porque Neme, primer jugador salmantino que fue internacional con la selección española en la década de 1960, tomó el relevo. En el vestuario todavía quedaban jugadores que representaban una generación anterior: Cervantes bajo los palos, Janovic, Jorge Alonso, El Ghareff. Frente a ellos aparecían algunos de los jóvenes que empezaban a asomar desde dentro del propio club. Miguel estaba entre estos últimos y era sabedor que no era una pieza alrededor de la que construir nada. Era uno de los chicos que esperaba su momento.
"Yo en ese momento tenía un perfil muy bajo en la plantilla. Era de los jugadores más jóvenes junto a Emilio Vega y Carlos".
La temporada, sin embargo, avanzó en una dirección que podía hacer pensar que el regreso al fútbol profesional iba a ser inmediato. La UDS fue campeona destacada de su grupo por delante del Lugo y el Sporting de Gijón B. Entonces, para ascender de categoría, todavía no bastaba con terminar primera. El campeón debía someterse a otra prueba: una liguilla de promoción en la que, al final, esperaba el verdadero premio del ascenso. Linense, Girona y Villarreal fueron los tres obstáculos que aparecieron delante en esa fase final.
La Unión Deportiva Salamanca volvió a poner en evidencia algo que se había visto durante toda la temporada. Ganar con cierta solvencia los partidos en el Helmántico pero evidenciando una caída de rendimiento cuando tocaba jugar fuera. Como visitantes todo se complicaba en exceso. El equipo había sido construido para volver, en un solo año, a Segunda División por lo que llevaba sobre los hombros el peso de ser favorito. Había estado prácticamente toda la temporada en la primera posición y la exigencia era evidente. Pero cuando llegaba el momento de abandonar el Helmántico, algo se desajustaba.
El gol se hacía pequeño y los partidos se cerraban demasiado pese a la evidente diferencia de nivel entre plantillas. La UDS encontraba dificultades para llevar fuera de Salamanca la autoridad que mostraba en casa. En la liguilla de promoción volvió a suceder. Las victorias locales mantenían vivo al equipo, pero los desplazamientos fueron otra historia. Contra el Girona, además, llegó la lesión de Cervantes, que dejó la portería en manos de José Ángel para los dos últimos partidos. En el último encuentro, la UDS consiguió derrotar al equipo catalán, pero la derrota sufrida en su campo había dejado demasiado estrecho el camino al no depender de sí mismos. En aquella pelea en la jornada final estaba implicado el Villarreal. En la visita al Madrigal se vivió un episodio muy recordado por los presentes: el apagón. Un partido de esos que con el tiempo terminan ocupando un lugar propio en la memoria de un club aunque el resultado no acompañe. La UDS perdió 2-1 y terminó viendo cómo el Villarreal se quedaba en la jornada final con el ascenso.
El fútbol profesional, por tanto, seguía igual de lejos que en septiembre cuando arrancó la competición. La temporada había comenzado con la obligación de volver y terminó obligando al club a hacerse otra pregunta. Había que cambiar cosas. La plantilla necesitaba una limpieza importante. El proyecto que había intentado devolver a la UDS a Segunda División no había dado el resultado esperado por lo que algunos futbolistas se marcharían para aligerar la siempre economía de guerra del conjunto charro. Otros, los menos, continuarían. Entre los que seguirán estaban aquellos jóvenes que todavía no tenían demasiado peso dentro del vestuario como Miguel. Para él, aquel fracaso tenía una dimensión distinta.
"El impacto para el club fue grande pero para los jugadores que veníamos de la cantera el impacto fue menor porque recién estábamos llegando al equipo".
Es una frase que explica bien aquel momento. Mientras la Unión Deportiva Salamanca estaba intentando averiguar qué quería ser. Miguel, simplemente, estaba intentando averiguar qué podía llegar a ser él. Todavía no sabía que ambas preguntas terminarían encontrándose. El verano de 1992 trajo a Salamanca una decisión que, vista desde hoy, parece mucho más arriesgada de lo que probablemente parecía entonces. El club puso el equipo en manos de un entrenador de veintisiete años: Juan Manuel Lillo.
El entrenador elegido había dejado una buena impresión en el Helmántico durante la temporada anterior, cuando dirigía a la Cultural Leonesa. Pero una cosa era llamar la atención desde fuera y otra muy diferente entrar en un vestuario que acababa de fracasar en su intento de regresar a Segunda División. Lillo era demasiado joven y tendría que lidiar con futbolistas mayores que él que tenían sobre sus espaldas partidos en categorías profesionales. Otros habían conocido vestuarios en los que el entrenador era una figura distante, autoritaria, construida alrededor de los años y de la experiencia.
Ahora llegaba un hombre que apenas había cumplido los veintisiete. Se acercaba el momento de que Juan Manuel Lillo, en su primera charla, no les pidiera una carrera más o ser más agresivos en los duelos, sino que les pidió que el trabajo que tenían por delante consistía en entender el fútbol de otra manera. Miguel todavía no podía saber lo que todo eso implicaría ni tampoco que muchos de los jugadores que en ese momento estaban a su lado formarían una de las generaciones más reconocibles de la historia reciente de la Unión Deportiva Salamanca.
En esos momentos lo único que sabía era que el club acababa de perder dos veces. Había perdido el tren del ascenso y perdía posiciones en la parrilla de salida para la temporada venidera. Ahora tocaba intentar algo diferente. Nadie en la UDS sabía todavía que no estaba contratando solamente a un entrenador sino que lo que llegaba era una idea. Y una idea, cuando encuentra a las personas adecuadas para llevarla a cabo, puede terminar cambiando la historia.
El hombre que hizo de la UDS su proyecto de autor
Con 27 años, Juan Manuel Lillo llegó a Salamanca con una idea más grande que él mismo. No venía solo a entrenar: venía a cambiar la forma de entender el fútbol.
Juan Manuel Lillo llegó a Salamanca con veintisiete años en un momento donde en el fútbol, como en todo el universo profesional de aquellos años, la edad era una forma de medir su autoridad, aquello no era un detalle. Había futbolistas en el vestuario que eran mayores que él. Jugadores que llevaban más años de fútbol profesional a sus espaldas, que habían conocido otros entrenadores, otros vestuarios y otras maneras de mandar.
Lillo llegó al vestuario de la Unión Deportiva Salamanca con otra cosa Una idea clara acerca de cómo quería hacer su labor.
"La llegada de Juanma Lillo fue una revolución en cuanto a método de trabajo. En cuanto a la forma de gestionar el grupo. Su impacto en la plantilla fue enorme, en un plantel en el que había varios jugadores mayores que él en edad. Era algo impropio en el fútbol de aquellos años".
La Unión Deportiva Salamanca venía de perder la oportunidad del ascenso la temporada anterior. Había sido campeona de su grupo y vió cómo se había quedado sin ascenso pese partir con el cartel de favorita. El club necesitaba volver al fútbol profesional para reconducir una economía siempre en el alambre, pero si quería conseguirlo tenía que decidir qué clase de equipo quería construir para conseguirlo.
Lillo no llegó para completar una plantilla sino que lo hizo para empezar a construirla. Con él aparecieron algunos futbolistas que ya conocía de León, como Jandri y Alfonso Moreno. Roberto Olabe había estado a sus órdenes en el Mirandés también fue reclutado después de pasar un año en blanco en el Deportivo Alavés. Desde el Real Madrid Castilla llegaron Ángel Medina y Luengo, y desde el fútbol vasco y navarro acabaron en Salamanca Juan Luis Sukunza y Puado. En Salamanca permanecieron algunos de los veteranos que debían ser sostén del vestuario, como Balta, Sito, Rodolfo, Manolo Peña y Javier Higuera y David. Junto a ellos completarían la plantilla algunos de los jóvenes de la casa como Carlos y el propio Miguel.
Visto el plantel entonces y ahora el equipo no parecía todavía, ni mucho menos, un equipo destinado a hacer historia alguna. Más bien podemos decir que la confección de la plantilla parecía una rara mezcla. Pero las mezclas, cuando encuentran un tiempo suficiente para asentarse, pueden acabar convirtiéndose en otra cosa. Lillo necesitaba conocer a los jugadores y éstos precisaban descubrir qué quería aquel hombre que, en apariencia, no tenía la edad suficiente para ser entrenador en un club de la tradición de la UDS.
"Su forma de dirigirse al jugador, la manera que tenía de explicarte las cosas y la vivencia del grupo" fue, recuerda Miguel, una de las grandes diferencias respecto a lo que habían conocido hasta entonces.
La diferencia que los jugadores vivieron desde el primer día con Juan Manuel Lillo No era solamente una cuestión de pizarra y su famoso 4-2-3-1. El gran cambio que representaba la figura del entrenador radicaba en su manera, muy diferente de lo que se venía aplicando hasta entonces en el fútbol, de relacionarse con el futbolista. Había explicaciones donde lo habitual es que no hubiese nada más que órdenes. Había conversaciones en las que lo que se planteaba era una búsqueda permanente para encontrar el sentido que había detrás del trabajo que se hacía. Lillo nunca estuvo interesado en decirle al jugador dónde debía colocarse, sino en conseguir que entendiera por qué debía hacerlo allí. Todo aquello, en un vestuario de principios de los noventa, suponía una verdadera ruptura.
Miguel lo recuerda ahora, tres décadas después, con una mezcla de precisión y afecto. Porque la revolución de Lillo no consistió en entrar en el vestuario y cambiarlo todo de golpe. Consistió en una tarea, fraguada día a día, palabra a palabra, ejercicio tras ejercicio, que trataba de conseguir que los jugadores quisieran acompañarle en la idea de juego que les exponía.
"El impacto de su llegada es muy fuerte. Estábamos todos en shock. Pero la capacidad de Juanma de comunicarse y llevarse al grupo a su lado fue enorme".
Esa capacidad para convencer y acercar su mensaje resultará decisiva. Juan Manuel Lillo no necesitaba solamente futbolistas que entendieran su modelo. Necesitaba personas dispuestas a sostener la convicción en la idea y en el modelo en los malos momentos. La mejor ayuda que encontró el técnico estaba dentro del propio vestuario. Balta y Sito, especialmente, ejercieron una función que quizá no aparece en las estadísticas de aquella época, pero que Miguel considera fundamental: fueron los hombres que ayudaron a que los que llegaban pudieran entrar en una familia que ya empezaba a formarse. Junto a ellos fue fundamental el trabajo en los despachos tanto de Enrique Miguel como Antonio Hidalgo apostando, viendo lo que se estaba fraguando, en mantener la apuesta y dejar trabajar sin presiones.
Las temporadas siguientes llegarían otros jugadores como Antonio Díaz, Martín Vellisca, Igoa, Joan Barbará, Quico, César Villafañe, Josema o Aizpurúa. Jugadores distintos, con historias distintas, llegados desde lugares muy diferentes, pero que terminarían formando parte de la misma fotografía. No todos llegaron a la vez, y eso es importante reseñarlo porque si la UDS de Lillo alcanzó los resultados que todos recordamos lo es porque gran parte del grupo permaneció.
"Si te paras a mirar con detalle, salvo ese primer año de su llegada, en la plantilla hubo muy pocos cambios de temporada en temporada, apenas se incorporaban cuatro o cinco jugadores como mucho. Él apostaba por mantener mucho el bloque".
Desde el recuerdo de aquellos años que tenemos puede resultarnos que mantener el bloque era una decisión sencilla, pero como ahora no lo era tanto ya que, cada verano, se pedía una revolución en la plantilla para acercar el objetivo del ascenso. El fútbol siempre ha tenido prisa, no es una cuestión que haya surgido ahora. Un entrenador llega, necesita resultados, pide jugadores. Un jugador falla, llega otro. Una temporada termina y la siguiente empieza con una plantilla distinta.
Lillo hizo otra cosa. Esperó. Dejó que los futbolistas crecieran. Que Balta fuese Balta tanto en el césped como fuera. Que Sito fuese Sito. Que Rodolfo y Miguel aprendieran a jugar juntos en el centro de la defensa y que Roberto Olabe comprendiese el peso que tenía a la hora de sostener el equipo. Que Jandri entendiera que su golpeo en el balón parado ayudaría a que el equipo diera muchos pasos hacia delante. Que los que iban llegando encontraran un grupo al que sumarse y no un vestuario que, cada verano, empieza de cero.
Aquello produjo algo difícil de fabricar desde un despacho: una memoria compartida. Los mismos jugadores comenzaron a acumular entrenamientos, partidos, derrotas, viajes y victorias. Aprendieron qué hacía el compañero antes de que lo hiciera, dónde iba a aparecer, qué necesitaba el compañero de uno cuando el partido se torcía. Y, mientras lo iban haciendo, cada uno de ellos, sin darse cuenta, fue creciendo.
Miguel lo resume con una sinceridad que contiene buena parte de la historia de aquel equipo:
"Muchos de nosotros no habríamos jugado nunca en Primera División, yo el primero, si Juanma no hubiese liderado aquel proyecto de la Unión Deportiva Salamanca".
En esa frase Miguel habla de una generación de jugadores que quizá, individualmente, no parecía destinada a llegar donde acabó llegando. El mérito del proyecto no fue convertir a once jugadores desconocidos en estrellas locales sino ser capaces de conseguir que un grupo de futbolistas alcanzaran juntos su mejor versión. Si fue posible es porque la dirección deportiva de la UDS les dio tiempo y Lillo les dio una idea en la que creer. Ellos se dieron entre sí algo muy importante y que pocas veces se pone en liza: convivencia. Fueron años compartiendo vestuario, aprendiendo juntos de las victorias y las derrotas, cientos de semanas en las había que volver a intentarlo, horas y horas de charlas escuchando al mismo entrenador. Fueron años en los que Miguel descubrió que cuando llegaba el domingo que si el partido se ponía difícil debían seguir intentándolo porque, a su lado, había otro compañero que, como él, llevaba mucho tiempo peleando a su lado por recorrer un camino como para tirar la toalla.
La primera temporada de Lillo ,1992-1993, fue, en ese sentido, una especie de ensayo general. Con una plantilla que podemos calificar de transición el entrenador observaba y los jugadores aprendían a ver, cómo una derrota en el último partido de liga les privaba de ser campeones de grupo y enviaba a un grupo de promoción en donde ya no partía como favorita teniéndose que enfrentar con Hércules, Gimnástica Torrelavega y Las Palmas. Comenzó bien la última etapa con una victoria a domicilio en Las Palmas pero apareció el Hércules de Alicante de Quique Hernández, que era un vendaval ofensivo encabezado por Rodríguez, un delantero que acabaría la temporada firmando 32 goles. El equipo alicantino no tuvo rival y logró el ascenso con holgura. Lillo y sus hombres, pese a la decepción tomaron buena nota de lo vivido.
Acabada la temporada algunos marcharon y otros muchos se mantuvieron. En ese paso, de la primera a la segunda temporada, poco a poco empezó a aparecer la verdadera estructura del equipo. El corazón estaba ahí, en una defensa y un medio del campo que se mantendría hasta alcanzar la cima de la Primera División. Ahí estaba Miguel Rodolfo, Sito, Jandri, Medina, Sukunza… a los que se sumarían Joan Barbará, MArtín Vellisca, Villafañe… No fue una lista de nombres sino un grupo que se forjó sin que nadie anunciase lo que se estaba creando. Hombres que van llegando a un lugar, se reconocen, se acostumbran unos a otros y, cuando quieren darse cuenta, llevan media vida compartida, en este caso alrededor de una pelota de fútbol.
Un grupo que jugaba como quería Lillo con una idea que iba mucho más allá de un sistema, de ese 4-2-3-1 por el que sería reconocido en los mentideros del fútbol español.
"Juanma consiguió ganarse mucho al grupo", recuerda Miguel.
Quizá ahí esté la explicación más sencilla de todo porque un entrenador puede imponer una forma de jugar durante unos meses y conseguir instaurar una disciplina. Alcanzar que los jugadores le obedezcan es posible durante unos meses, pero lograr que durante cuatro años un proyecto se sostenga alrededor de una misma idea y un mismo hombre se necesita algo muy distinto. Es necesario que los jugadores crean y Juan Manuel Lillo lo consiguió con creces. Logró que los jugadores creyeran primero en él, luego en el equipo y, por último, en ellos mismos. Por eso Miguel recuerda aquella Unión Deportiva Salamanca como un proyecto de autor.
"El proyecto se basó todo alrededor de Lillo, en su manera de sentir el fútbol, la frase “se juega como se vive”. Consiguió a través de ese grupo de jugadores que fuimos su base formar el embrión para impulsar todo lo que vino después".
El hombre que dirigía el proyecto que apenas alcanzaba el metro setenta conseguía que su presencia ocupase mucho más espacio. Miguel lo recuerda así:
"No alcanza el metro setenta pero internamente es una personalidad arrolladora que le convierte en un gigante".
La historia de la Unión Deportiva Salamanca de Lillo pudo empezar porque el mismo Lillo no necesitó parecer grande. Simplemente tuvo que trabajar por conseguir que los demás, sus jugadores, se sintieran capaces de serlo. La Unión Deportiva Salamanca arrancaba su periplo en Segunda B. Todavía no había conseguido ningún ascenso, antes de conseguirlo, incluso, debería vivir el sabor amargo de quedarse fuera en la liga de ascenso. Las celebraciones aún tendrías que esperar pero, en esa primera campaña, ya había algo que no estaba allí un año antes. Una identidad, una manera de jugar y un grupo que empezaba a conocerse. Y algo más, la creencia de que podían llegar más lejos juntos de lo que probablemente habrían llegado separados.
El fútbol todavía necesitaba tiempo para darles la razón pero ellos ya sentían que se tenían unos a los otros. Un equipo empieza exactamente ahí.
La extravagancia de lo nuevo en el fútbol viejo
Miguel descubrió que el fútbol el trabajo no acaba cuando se regresa al vestuario al terminar un entrenamiento.
Miguel Montes Torrecilla siempre trató de escapar de los límites preconcebidos acerca de lo que implica ser futbolista. No porque quisiera dejar de serlo o no le gustara su profesión. Al contrario. Jugaba de central en una Unión Deportiva Salamanca que empezaba a crecer alrededor de una idea, pero mientras sus compañeros aprendían a interpretar el juego que proponía Juan Manuel Lillo, Migue, además, se interesaba también por todo aquello que ocurría alrededor del juego.
Miguel quería conocer cómo funcionaba el cuerpo para poder entender el suyo propio y sacarle mayor rendimiento. Trataba de profundizar acerca de cómo la cabeza le ayudará a manejar distintas situaciones de estrés sobre el terreno de juego y a mejorar en su capacidad para decidir mejor. Miguel aprendía acerca del impacto de los hábitos en el desempeño, el poder de una buena preparación, la importancia del desdeñado descanso y los ejercicios de recuperación. En definitiva, estaba interesado en conocer todo que un futbolista podía hacer cuando no tenía el balón en los pies y que le ayudará a sortear sus limitaciones.
En aquellos años algunas de las prácticas que Miguel llevaba a cabo todavía resultaban extravagantes. Se convirtió en un obseso del stretching, es decir, de los estiramientos. Miguel alargaba cada sesión quedándose a estirar un rato más después de cada entrenamiento. Aprendió la importancia del trabajo preventivo y del trabajo de fuerza acudiendo a entrenar de la mano de Jaime Cintrón su musculatura en el gimnasio que este tenía próximo al parque de La Alamedilla.
"A los quince años, recién había entrado en la Unión Deportiva Salamanca, me detectaron una escoliosis lumbar y tuve que hacer mucho trabajo de prevención con el doctor Garrido. Luego ese trabajo me lo llevé para casa. Posteriormente, continué haciendo ese trabajo en el gimnasio junto a Jaime. Estas circunstancias me marcaron mucho y me sirvieron de aviso para saber que tenía que cuidarme mucho, que tenía esas descompensaciones como la escoliosis y el hecho de tener una pierna más larga que la otra Este trabajo de desarrollar la musculatura a la hora de saltar, de chocar, de competir año tras año llegando a acumular más de trescientos partidos fue clave para que pudiera tener una carrera como futbolista ya que a nivel muscular y a nivel lumbar, mi gran déficit, tenía que tener mucho cuidado y mucho control".
Miguel no sólo desarrolló su musculatura sino que, práctica que aún mantiene, descubrió de la mano de Juan Manuel Lillo el yoga. El poder la meditación y las visualizaciones. Lillo incorporó un especialista en yoga para trabajar con la plantilla e introdujo términos como meditar y visualizar, que hoy forman parte del día a día de muchas personas y de los deportistas de alto rendimiento. Pero en aquellos inicios de los noventa parecían cosas importadas de otro mundo, pequeñas rarezas introducidas en un vestuario de fútbol por un entrenador de veintisiete años que, además, no parecía dispuesto a pedir permiso para hacerlo.
Miguel se dejó llevar ante la propuesta de Lillo de utilizar estos recursos novedosos dentro de un vestuario. Quizá porque ya había aprendido con Rezza que un futbolista podía crecer si dedicaba tiempo a aquello que necesitaba mejorar. Cinco años después aquel ordenador que había comprado con su primer sueldo había empezado a representar una manera de estar en el mundo. Ya no era un síntoma de extravagancia sino de la curiosidad de Miguel por entender cómo funcionan las cosas. Por una inclinación natural hacia todo aquello que sucedía un poco más allá del césped.
"Juanma fue una persona que introdujo muchas cosas que hoy parecen normales pero que en aquella época eran bastante extrañas para el fútbol», recuerda Miguel. «Trabajamos aspectos relacionados con la prevención y también nos introdujo en el yoga, la meditación, las visualizaciones…".
La visualización era quizá la más difícil de explicar a los que no formaban parte del equipo que, a la primera, comprendió la utilidad de lo que se llevaba a cabo. No consistía en sentarse a imaginar que uno iba a ganar sino que era una cosa más profunda. Miguel, junto a sus compañeros, aprendieron a recorrer mentalmente el partido antes de jugarlo. El partido empezaba antes de que empezara.
"Nos enseñaba a visualizar situaciones antes de que ocurriesen», explica. «Yo recuerdo que antes de ir a Las Palmas empezábamos por imaginar cómo iba a ser el viaje. Visualizamos cómo iba a ser el trayecto en avión, el hotel en el que nos íbamos a alojar, lo que haríamos al llegar. Luego estaba la llegada al campo, cuál sería el ambiente el Insular con las gradas repletas de aficionados con las camisetas amarillas, incluso escuchábamos el el “pío, pío” de la afición cuando su equipo nos estuviese apretando".
Miguel, que reconoce que aún hoy pone en práctica el yoga y las visualizaciones, algo que le ha ayudado mucho en su carrera posterior, no estaba viendo el partido, lo estaba ensayando. Es una diferencia pequeña, pero importante que evidencia cómo entonces, quizá sin ser del todo consciente de ello, Miguel estaba empezando a observar el fútbol desde fuera mientras todavía seguía dentro.
Mirar el fútbol desde fuera no era una tarea que se limitaba a los días de partido. Miguel llevaba preparándose desde los dieciocho años siendo uno de los pioneras en comenzar a formarse online. Empezó a entrenar a niños y niñas a fútbol sala en el colegio Maria Auxiliadora. Al comienzo era una forma de echar una mano que fue dando paso a una curiosidad cada vez más evidente. Mientras jugaba, también entrenó en categorías inferiores de la Unión Deportiva Salamanca, en categoría alevín donde Jorge Alonso, quien llegara a ser una de las perlas de la cantera que llegó al primer equipo y tuvo una dilatada carrera como futbolista, fue uno de sus pupilos.
Sacar la mirada lejos del césped le obligaba a hacerse preguntas distintas. Un futbolista se limita a ejecuta acciones mientras que la labor de un entrenador consiste, sobre todo, en hacerse entender. Para explicar por qué un jugador debe ocupar un espacio, debe saber primero por qué ese espacio importa. Para corregir un movimiento, tiene que haberlo observado. Para enseñar una decisión, antes hay que haber pensado sobre ella. Miguel en esos años empezaba a acostumbrarse a mirar.
"Empecé a entrenar con 18 años a niños. Tenía un equipo alevín y aquello me ayudó muchísimo porque me obligaba a entender el juego desde otra perspectiva".
Mientras otros futbolistas podían terminar el entrenamiento y empezar a pensar en otra cosa, Miguel continuaba dándole vueltas. Leía, preguntaba y observaba. Los libros de entrenamiento, liderazgo y gestión deportiva empezaron a ocupar un espacio cada vez mayor en su equipaje. No era todavía un proyecto profesional. No había una secretaría técnica esperándole al final del camino. No había una carrera paralela diseñada de antemano. Entre sus referencias estaba Jorge Valdano. También otros autores y entrenadores de los que iba recogiendo ideas. Miguel no buscaba únicamente saber más de fútbol. Empezaba a interesarse por la manera en que otros pensaban el fútbol.
Eso también explica una pequeña obsesión que aparece en sus recuerdos de aquellos años: la formación. Se sacó el título de Técnico Deportivo mientras continuaba jugando. Leía durante los viajes mientras el autobús les llevaba hasta el lugar del siguiente partido, en los hoteles. Mientras el resto del equipo esperaba el avión, él tenía un libro entre las manos y de ese modo empezó a adquirir una segunda mirada.
"Yo siempre he tenido mucha curiosidad por el fútbol y por cómo mejorar. Ya como jugador leía mucho, compraba libros de entrenamiento y me interesaba por lo que hacían otros entrenadores".
Ampliado todo lo que ahora sabemos sobre Miguel, la imagen de aquel muchacho que entró en una sucursal bancaria de la calle de la Rúa para pedir un crédito y comprar un ordenador con su primer sueldo ya no parece tan excéntrica. Empezamos a entender que ese ordenador era una herramienta necesaria para aprender. Pero es momento de hablar de ascensos, de una eliminatoria de promoción inolvidable y de un grupo de jugadores que iba a descubrir hasta dónde podía llegar. Queda recorrer la Primera División con un Miguel chocando con los rivales, defendiendo centros al área, para seguir conociendo a un jugador que empezaba a mirar el fútbol desde la grada.
Ascender y volver a ascender
El regreso de la Unión Deportiva Salamanca a Segunda División fue posible gracias a la experiencia vivida el año anterior y la apuesta del club en perseverar en la idea.
La segunda temporada, 1993-1994, de Juan Manuel Lillo al frente de la Unión Deportiva Salamanca comenzó a fraguar una historia que solo podremos entender una vez conocida toda la trama. El equipo ya no era una herencia recibida, tampoco era el que terminaría por ser, pero aquel grupo había empezado a reconocerse en una forma de jugar y, sobre todo, en una forma de estar juntos. Al bloque de inicio con Balta, Sito, Miguel, Jandri, Olabe, Medina y Sukunza, se sumarán otros jugadores grabados a fuego en la memoria de todos los aficionados salmantinos: Joan BArbará, Martín Vellisca, Quico y Josema.
La llegada de las nuevas incorporaciones ponía por delante la exigencia de comprobar si mantener la apuesta por el técnico y una plantilla armada alrededor suyo serviría para ganar. La respuesta tardaría un año en llegar.
La temporada 1993-94 fue una carrera de obstáculos marcada primero por la lesión de Balta, el líder del vestuario. Un contratiempo que le abriría a Miguel Torrecilla las puertas de la titularidad y empezar a formar una dupla con Rodolfo que se mantendría durante las siguientes temporadas. El campeonato de grupo volvió a quedar al alcance de la mano, pero la promoción de ascenso a Segunda División volvió a exigirle al equipo algo más que fútbol. En el horizonte volvió a aparecer el equipo de Las Palmas. Después, el Levante. Y entre medias, como si la Segunda División B hubiese decidido que aquella UDS necesitaba una última prueba antes de dejarla marchar, apareció el Barakaldo.
En el conjunto vasco estaba Zamarripa. Un delantero de esos que obligan a un defensa a recordar durante noventa minutos que el fútbol también se juega con los codos, con el cuerpo y con la paciencia. El Barakaldo convirtió los dos partidos en un combate. La UDS tuvo que aprender a sobrevivir en partidos que no siempre podían jugarse como quería.
Quizá aquello también formaba parte de la enseñanza. Lillo podía hablar de espacios, de movimientos, de asociaciones, de la interpretación del juego. Pero después llegaba el día del partido y enfrente estaba Zamarripa. Había que ganar cada duelo, había que aguantar, esperar la oportunidad y aprovecharla. Sin embargo, el Barakaldo se salió con la suya sacando un empate del Helmántico y llevándose el partido de Lasesarre. Parecía que, una vez más, el ascenso iba a tener que esperar.
La UDS no se descompuso. El partido ante Las Palmas en casa sería definitivo. Después de lograr la victoria en la jornada inaugural sacar el partido adelante cambiaría el horizonte, ahora tan gris, que se barruntaba. Se consiguió, no sin su dosis de suspense, gracias a una parada salvadora de Roberto Olabe en un uno contra uno ante Toni Robaina en el minuto 90 que se convirtió, en lajugada siguiente en el gol redentor de Quico que llenó de alivio las gradas de un Helmántico que acaban de tener el corazón encogido en un puño.
Después, con el equipo ya liberado. llegó el doble duelo ante el Levante. En medio de aquel camino apareció una de las armas que terminarían acompañando a aquel equipo durante buena parte de su historia como fue el balón parado y un nombre, Jandri. siempre asociado a esas acciones. Da igual el nombre de la jugada. Aquella Unión Deportiva había aprendido también que un partido podía decidirse en un instante trabajado cientos de veces durante la semana. En Valencia un penalti puso por delante a la UDS y, con ese gol, quince días después de sentir que el equipo estaba fuera se lograba el ascenso con un partido por disputarse gracias a la derrota como local del Barakaldo ante Las Palmas. Así llegó el ascenso a Segunda División.
La UDS volvía al fútbol profesional con Miguel tenía veinticuatro años. Había llegado a la cantera cuando todavía era un niño. Había debutado en Copa con diecisiete. Había pasado por el Palencia. Había jugado cinco partidos en Segunda. Había visto fracasar una promoción. Y ahora estaba otra vez dentro de un vestuario que acababa de conseguir aquello para lo que había sido construido.
El equipo era diferente al que un año antes no había conseguido el objetivo. Ya no era unos jugadores que esperaban a que ocurriera algo sino un grupo que había conseguido que ocurriera. Miguel lo recuerda desde una perspectiva que probablemente solo puede tener alguien que ha crecido al mismo tiempo que el club.
"Los ascensos yo los comparo a todo el mundo que me pregunta con ganar una Champions para una ciudad como Salamanca», dice. «La sensación de llevar al equipo de tu ciudad al fútbol profesional es algo difícil de explicar".
La afirmación parece exagerada hasta que uno recuerda la ciudad. Salamanca no era, ni es, Madrid, Barcelona o Bilbao. No era una ciudad en la que conviviesen distintos equipos profesionales disputándose el espacio emocional de sus habitantes. La Unión Deportiva Salamanca era el equipo de la ciudad. El que estaba allí cada domingo. El que permitía que una generación entera de niños aprendiera los nombres de los jugadores antes de aprender los nombres de algunos futbolistas de Primera.
Cuando la UDS ascendía, no ascendían únicamente veinticinco hombres. Ascendía la ciudad detrás de ellos. Solo así era posible que aquellas celebraciones tuviesen una dimensión que Miguel todavía recuerda con dificultad para encontrar las palabras. El grupo había llegado hasta allí poco a poco y casi sin darse cuenta. No eran estrellas pero sí compañeros.Y , con el tiempo, se convirtieron en amigos.
En Segunda División aquella sensación se hizo todavía más evidente.Había un núcleo de catorce o quince jugadores que llevaba demasiado tiempo compartiendo cosas como para limitar la relación al vestuario. Salían juntos, cenaban juntos y sus parejas se conocían. Los desplazamientos se convertían en pequeñas excursiones colectivas. Miguel recuerda una escena que explica mejor aquel equipo que cualquier clasificación cuando rememora a un grupo de treinta personas entrando juntas en un restaurante. Los futbolistas junto a sus parejas buscando una mesa que fuese lo suficientemente grande para que cupieran todos.
"Éramos un grupo muy unido. Un bloque de catorce o quince jugadores que llevábamos varios años juntos y nuestras parejas también se conocían. En Salamanca salíamos todos juntos a comer, a cenar o disfrutar un rato de la noche en la ciudad. Podíamos ser treinta personas entrando a cenar en un restaurante".
Hay equipos que se forman porque coinciden once jugadores en el mismo campo. Aquel se formó porque sus vidas coincidieron también fuera de él. Eso era lo que Lillo había intentado construir y proteger a toda costa. El tiempo y la continuidad en las relaciones que generan la posibilidad de que un jugador conociera al otro no solamente por la posición que ocupaba en el campo, sino por la persona que había detrás.
Mientras los jugadores crecían y el grupo maduraba, el fútbol también los iba llevando más lejos. La Segunda División les esperaba poniéndoles frente a ellos una nueva dificultad como la de sobrevivir en una categoría en la que tener que vérselas con equipos como el Real Mallorca, Rayo Vallecano, Osasuna, los filiales del Real Madrid, Athletic y FC Barcelona… Sobrevivir en aquella Segunda, siendo un recién ascendido, sería un logro cargado de épica. Pero la UDS encontró la manera. No tuvo una temporada sencilla, ya que un equipo de su dimensión nunca conseguiría tenerlas. Pero aquel grupo estaba formado por jugadores que ya sabían jugar juntos , sabían sufrir juntos, sabían celebrar juntos y, sobre todo, sabían que todavía podían ser capaces de llegar un poco más lejos.
El equipo, aquella temporada 1994-1995 siguió creciendo. También Miguel. Aquel central que había aprendido a entrenarse después del entrenamiento empezaba a convertirse en un futbolista hecho. Ya no era el muchacho subido al primer equipo desde el Salmantino. Era uno de los hombres que sostenían aquella estructura. Y entonces, en el mes de junio de 1995, llegó el momento que terminó de cambiar la escala de todo. Una ciudad, Albacete, y un estadio, Carlos Belmonte.
El partido de ida había dejado al Albacete por delante con dos goles de ventaja. La UDS necesitaba remontar un marcador que se antojaba imposible. Nadie creía en que el equipo fuese capaz de obrar el milagro. Durante la semana, Lillo había repetido una idea hasta convertirla en una especie de mantra. “Había que marcar antes que ellos”. No importaba demasiado lo que dijera el marcador, ni la diferencia de nivel en las plantillas, tampoco la falta de experiencia. Había que salir a buscar el primer gol.
Miguel recuerda aquellos días con la nitidez con la que se recuerdan las semanas en las que uno intuye que algo está a punto de suceder. El viaje hasta Albacete, el ambiente de concentración total en el autobús, la llegada al estadio, el césped del Carlos Belmonte, las caras de sus compañeros. En el vestuario del Carlos Belmonte había un grupo de futbolistas que llevaba varios años caminando juntos que iniciaron su camino en Segunda División B. Habían perdido, ganado y logrado un ascenso. Ahora estaban a apenas noventa minutos de distancia de Primera División. No podían siquiera imaginar que aquella noche iba a convertirse en uno de los capítulos más importantes de la historia reciente de la Unión Deportiva Salamanca.
No sabían que jugarían una prórroga, ni que acabarían marcando cinco goles, ni que Urzáiz se convertiría en el héroe inesperado. Nadie en su sano juicio apostó a que aquel grupo terminaría celebrando el ascenso sobre un césped que, unas horas antes, parecía demasiado grande para ellos. Dentro del vestuario lo único de lo que estaban seguros era que habían llegado juntos hasta allí.
Miguel Montes Torrecilla, aquella noche de junio, estaba en el túnel de vestuarios, sabedor de que la única posibilidad de acercarse a conseguir lo imposible pasaba por seguir juntos, una vez más, durante los noventa minutos. Delante suyo, el césped del Carlos Belmonte. Al otro lado, un Albacete que todavía no sabía que aquella noche iba a recibir la visita de un grupo más unido que nunca. Ponerse por delante en el marcador era todo lo que necesitaban. Después ya verían.
El 0-5
Hay partidos que no se explican: se recuerdan. El 0-5 en el Carlos Belmonte fue una epifanía colectiva, el día en que la UDS y Salamanca podía hacer posible lo imposible.
El 0-2 sufrido en el Helmántico había sido un mazazo. No porque el Albacete hubiese pasado por encima de la Unión Deportiva. Precisamente por lo contrario, el equipo salmantino no se sintió inferior. El partido de ida había dejado una de esas derrotas que duelen más porque durante los noventa minutos no ocurrió nada y, sin embargo, el marcador, con el pitido final, señalaba que el partido terminaba con ese lastre de dos goles que dejaron un estadio a reventar con la decepción pintada en el rostro de todos los aficionados.
El Albacete tenía jugadores que para aquellos futbolistas de la UDS pertenecían todavía a otra dimensión como Zalazar y Dertycia, y con Benito Floro en el banquillo. Hombres a los que habían visto por televisión como protagonistas del llamado “queso mecánico” mientras ellos todavía intentaban abrirse camino desde Segunda B. Ahora les tocaba remontarles dos goles en su campo.
Durante la semana, Juan Manuel Lillo hizo algo que quizá parecía absurdo. No habló demasiado de remontadas, ni mucho menos de marcar cinco goles, tampoco pasó la semana hablando de grandes gestas de la historia del fútbol. Hizo algo mucho más sencillo, reducir el problema al enunciado de una sola frase. Un pequeño objetivo a cumplir: «Marcar antes que ellos». Esa fue la frase que una y otra vez repitió durante los días de preparación del partido de vuelta.
"Recuerdo perfectamente que toda la semana el mensaje era únicamente ese. “Solo tenemos que marcar antes que ellos aunque solo queden cinco minutos para acabar”.
Toda la temporada quedaba reducida a ese objetivo. Eso era todo lo que el entrenador les proponía. Nada de marcar tres goles en noventa minutos, ni estar pendientes del resultado. Solo necesitaban marcar antes que el Albacete. La frase fue entrando poco a poco en el vestuario hasta convertirse en una especie de refugio. Si aparecía el primer gol, el partido cambiaría. Si el partido cambiaba, entonces habría tiempo para pensar en lo siguiente.
Pero el primer paso era conseguir hacer un gol antes que el rival y para lograrlo el mejor método iba a estar en continuar siendo ellos mismos.
"Ese fue el mensaje que fue impregnando, poco a poco, en cada uno de nosotros. En tener tranquilidad, en seguir creyendo en la forma de jugar que llevábamos haciendo durante tres años".
Esa era la gran ventaja que tenía la Unión Deportiva Salamanca. Tres años de trabajo, de perseguir una idea y ponerla en práctica en innumerables entrenamientos. Tres años de viajes, de derrotas en partidos que se daban por ganados, de conversaciones sinceras, de cenas compartidas. Tres años en los que Sito, Balta, Sukunza, Vellisca, Jandri, Medina, Quiroga, Quico, Olabe, Josema, Antonio Díaz… se habían ido haciendo mejores futbolistas juntos.
Esa noche no saltaron al campo solo once camisetas moradas portadas por once jugadores, sino que sobre el césped estaba la memoria de un recorrido de mil días compartidos. Junto a ellos, en una esquina del estadio, doscientos aficionados salmantinos habían cometido la imprudencia de acudir al Carlos Belmonte creyendo en el imposible. No parecía un número de personas suficiente como para plantearse un “por qué no”. Aquel 27 de junio de 1995 saltó al Carlos Belmonte un once que en Salamanca se canta de carrerilla: Olabe, Sito, Josema, Torrecilla, Balta, Díaz, Medina, Vellisca, Quiroga, Barbará y Quico. Estos hombres, en el minuto cuarenta vieron llegar el momento que cambió la noche. Bajo la lluvia de un chaparrón veraniego Toni Quiroga sufrió una falta junto al córner derecho del ataque charro en una acción que parecía no reportar peligro alguno. En ese momento, se puso en marcha la maquinaria del balón parado del conjunto de Juan Manuel Lillo.
Martín Vellisca se acerca a poner el balón en el área valiéndose de su golpeo a pierna cambiada. El Albacete opta por colocar una barrera de tres jugadores en una acción lateral. El área, mientras tanto, se puebla de jugadores peleando por los espacios. Vellisca golpeó la pelota buscando el segundo palo. La pelota cruza por el aire todo el área pequeña mientras el guardameta Juan Francisco Molina solo puede acompañar con la mirada la trayectoria y allí, en las alturas, emerge Miguel Montes Torrecilla para asestar una cabezazo al esférico. Gol. 0-1.
El hombre que años atrás había pedido un crédito en una sucursal de la calle de la Rúa para comprarse un ordenador acababa de marcar el primer gol de una de las noches más extraordinarias de la historia de la Unión Deportiva Salamanca. El milagro aún no se había producido pero se abría la posibilidad de que se llegase a producir. Desde ese momento, el partido comenzó a inclinarse.
"Trabajamos mucho el balón parado y sabíamos que ellos sufrían en ese tipo de acciones de balones colgados al área".
Miguel recuerda especialmente otra cosa, las caras de sus rivales. Los jugadores del Albacete empezaron a mirar el marcador a cada instante. La grada empezó a inquietarse. El 0-1 había hecho algo más que reducir una diferencia en el marcador, había instalado el miedo en el equipo y la afición local.
"Ellos estaban muy nerviosos viéndose por detrás en el marcador. Ahí empiezas a ver que el mensaje de Juanma tenía sentido. Lo ves en la cara de los jugadores, en el nerviosismo que hay en la grada".
La UDS ya no necesitaba visualizar la remontada, la estaba viendo delante suyo, Pero todavía faltaba una vuelta de tuerca. Tras una segunda parte sin ocasiones claras pero con la sensación permanente de que el Albacete, a cada minuto que pasaba, se estaba volviendo un equipo de cristal llegó un instante definitivo. El partido se acercaba al final.
El Albacete resistía en un campo cada vez más encharcado. El marcador seguía 0-1, el tiempo se había cumplido. El reloj marcaba el minuto 93 de partido. El guardameta Molina golpea la pelota hacia el campo de la Unión Deportiva Salamanca y, tras varios rechaces, la pelota queda franca para que Josema inicie una carrera por banda izquierda. Nada más atravesar la línea del centro del campo, el lateral derecho Manolo Salvador le hace una entrada por detrás. El árbitro señala la falta. Una acción que pasará a ser una de esas jugadas que, años después, parecen haber sido colocadas por un guionista demasiado aficionado al fútbol. Se produce la falta y, con los nervios del momento, se produce una pequeña tangana en la que se regalan empujones entre unos y otros que termina con la expulsión del jugador que había cometido la infracción. El tiempo sigue corriendo.
Brito Arceo anotaba las incidencias en su libreta a la par que consultaba su reloj. Josema se coloca para golpear el balón. Para sorpresa de todos, en vez de colgar el balón al área decide jugar en corto con Martín Vellisca, Este, a su vez, le devuelve la pelota a Sito que está sobre el círculo central. El jugador salmantino, ahora sí, golpea la pelota hacia el área en un balón que coge mucha altura en dirección al punto de penalti. El guardameta Molina salió a por la pelota con los puños en alto pero aparece Ismael Urzáiz para poner la cabeza y anticiparse golpeando primero la pelota. El balón supera al guardameta mientras traza una parábola. Santi Denia, último hombre de la defensa, apareció para intentar despejar a un metro de la línea de gol. No alcanzó a tocar la pelota. Gol. 0-2 y el partido se va a la prórroga.
"Esa jugada, la expulsión, que Sito la lanzase al área y el árbitro Brito Arceo no pitase el final, porque podía haberlo pitado en cualquier momento porque ya se había cumplido el tiempo".
El Albacete acababa de perder no solo la ventaja y a un jugador. Había perdido la tranquilidad y su ánimo estaba quebrado para afrontar un tiempo extra para el que no se habían preparado. La UDS veía que tenía treinta minutos más para continuar persiguiendo lo que, noventa minutos antes, era imposible. La confianza de los jugadores salmantino era total. Además, ahora partían con la ventaja de jugar con un hombre más, El partido les había abierto una puerta que nadie esperaba para alcanzar la Primera División.
Los cambios de Lillo en la segunda parte habían dado aire al equipo. Ismael Urzáiz se había convertido en un coloso en un partido que cambiaría para siempre su carrera. Esa que le llevaría a ser leyenda en San Mamés y vestir la camiseta de la selección española. Carlos había aportado unas piernas frescas para galopar por la banda derecha en un campo cada vez más pesado por la lluvia.
El Albacete, cuando aún siquiera se había señalado el inicio de la prórroga, ya estaba empezando a retroceder. La grada, que apenas unos minutos antes aun cargada de ansiedad se veía celebrando la permanencia, se había vuelto contra los suyos. Miguel lo percibía desde el césped.
"El inicio de la prórroga siguió siendo igualado pero percibimos en el campo como la afición del Albacete estaba muy nerviosa".
Entonces Urzáiz, de nuevo de cabeza, esta vez a la salida del primer córner del que disponía el equipo salmantino en la prórroga marcó el tercero. Corría el minuto 110, Antonio Díaz botó el córner desde la banda izquierda. De nuevo el recurso de lanzar a pierna cambiada para colocar la pelota entre el área pequeña y el punto de penalti. Por allí se coló Ismael Urzáiz para, completamente solo, dar el golpe de gracia definitivo a su ex equipo con un remate de cabeza que cruzó para entrar junto a la base del poste izquierdo de la portería rival. La celebración, con todos los jugadores de rodillas, abrazando al delantero invitaba a pensar que el milagro estaba allí.
El Carlos Belmonte, con ese gol, se convirtió en otra cosa. Ya no era el estadio del equipo que tenía todo a favor para mantener la categoría en un noche plácida. Pasó a ser el lugar donde una Unión Deportiva Salamanca escribía la página que había venido buscando y que se convertiría en la más épica en sus noventa años de historia.
Después llegaron los goles de Antonio Díaz y Martín Vellisca para terminar grabando en la memoria de Salamanca un 0-5 que todos recuerdan. Cinco goles en el campo de un equipo que contaba con jugadores internacionales como Zalazar o Bjelica. A jugadores contrastados en primera como Menéndez o Dertycia y varios jóvenes llamados a ser las estrellas del fútbol español en los años venideros como Fernando Morientes, Santi Denia y José Franciso Molina.
Jugadores que solo habían visto jugar por televisión y que ahora estaban allí, en el césped, viendo cómo aquel grupo de futbolistas que apenas un año antes jugaba en Segunda B acababa de marcarles cinco goles en su estadio. Miguel lo recuerda con una palabra que quizá sea la más precisa de todas.
"Nosotros vivimos ese 0-5 como un éxtasis".
No hay mejor manera de explicarlo que con ese término, muy en boga en los noventa: éxtasis Ese 0-5 no fue solo ganar una eliminatoria de promoción contra todo pronóstico. Fue descubrir, durante unos minutos en una ciudad tan poco dada a la ilusión como Salamanca, que la realidad podía ser más generosa que cualquier previsión.
Una semana antes habían perdido 0-2 en Salamanca. Nadie daba un duro por ellos y para muestra que apenas doscientos aficionados se aventuraran a viajar para acompañar al equipo en Albacete. Siete días después, aquellos mismos jugadores por lo que nadie daba nada regresaban a la ciudad del Tormes con un ascenso a Primera División.
"Veníamos de haber perdido la ida con un resultado duro con ese 0-2 en contra y acabamos ganando 0-5 en el campo del equipo de Primera División".
Acabado el partido ya no hubo fútbol. Lo que llegó fue una celebración que empezó sobre el césped del Carlos Belmonte y terminó en la Plaza Mayor de Salamanca al día siguiente con más de treinta mil personas agolpadas para recibir al equipo. Salamanca llevaba once años deseando volver a ver a su equipo en Primera División. A lo largo de esa década había visto pasar futbolistas, entrenadores, sufrir descensos y promociones que se quedaban en nada. Había aprendido a no fiarse demasiado de las promesas del fútbol.
Miguel todavía habla de aquella noche sin convertirla en una hazaña individual. Eso quizá sea lo más revelador, Podría, durante la conversación, haber hablado de su gol, recrearse en ese cabezazo en el minuto cuarenta sin el que nada de lo vivido hubiese pasado. Pero no lo hace. Cuando mira hacia atrás, vuelve al grupo.
"Fue algo que sigue siendo histórico y que forma parte de la historia del fútbol en Salamanca, de la ciudad en sí".
Y enseguida devuelve el mérito a donde cree que corresponde.
"El éxito que vivimos aquel día fue posible gracias al bloque".
Ahí vuelve a aparecer la figura de un Juan Manuel Lillo erigido, durante la celebración, en un nuevo héroe local. El ideólogo de un proyecto que había apostado todo por no desmontar las piezas sobre lo que estaba construyendo arrastrado por las urgencias de otros. El técnico que no quiso hacer del no convertir el vestuario en una sala de espera sino que fuese un espacio donde los jugadores pudieran conocerse y crecer juntos. Dejando que acumulasen sinsabores y derrotas suficientes para saber qué hacer cuando llegue la siguiente oportunidad.
"Si se pudo conseguir fue por el bloque que habíamos formado desde el inicio y que Juanma Lillo no consintió que se rompiera limitando el número de refuerzos que se sumaban cada año a cuatro o cinco jugadores".
El 0-5 del Carlos Belmonte sigue siendo mucho más que un resultado. Aquella Unión Deportiva Salamanca desapareció, los periódicos que contaron la historia envejecen en los archivos y muchos de los que lo celebraron ya no están con nosotros. Pero, aun así, aquella noche del 27 de junio de 1995 permanece en la memoria de Salamanca y en la de Miguel Montes Torrecilla.
El chico que había llegado a la Unión Deportiva con quince años y que, con su primer sueldo, optó por comprarse a crédito un ordenador llegaba a la Primera División. Aquel chico que se quedaba, al acabar el entrenamiento, junto a Ricardo Rezza para aprender el oficio de central y, después, para trabajar su físico vivía en el Carlos Belmonte, junto a sus compañeros, cómo un sueño se hacía realidad.
Todo sucedió porque consiguieron algo en apariencia sencillo. Marcar antes que ellos. Después, simplemente, ya no hubo manera de detenerlos.
El fútbol no perdona en Primera División
El regreso a la élite no fue solo un ascenso: fue una reivindicación. Salamanca volvió a ocupar el lugar que creía suyo y Miguel vivió el sueño desde el césped.
Durante unos meses, Salamanca pudo permitirse pensar que el sueño que estaba viviendo era para siempre. La Unión Deportiva había vuelto al fútbol profesional. Había pasado por Segunda como quien atraviesa un camino que ya conoce y, después de tres años de construir un grupo, había llegado hasta Primera División con una goleada a la que nadie aún conseguía encontrarle una explicación.
Albacete había sido el último obstáculo pero ahora los obstáculos tenían otros nombres. En el horizonte de la temporada aparecía un FC Barcelona entrenado por un tal Johan Cruyff en el que Pep Guardiola llevaba la batuta en el centro del campo. El Helmántico aguardaba con ganas el ver al Real Madrid de Jorge Valdano con Laudrup, Raúl y Zamorano, el Valencia de Pedja Mijatovic con Luis Aragonés en el banquillo, el Deportivo de Jhon Benjamin Toshack con Fran y Bebeto como estrellas, o el enésimo proyecto de Jesús Gil en el Atlético de Madrid con Radomir Antic en el banquillo y una plantilla en la a los nombres de Simeone, Pantic, Kiko o Penev se habían unido varios de los damnificados en Albacete como Molina y Santi Denia.
El fútbol que Miguel Montes y sus compañeros habían perseguido desde que comenzaron a darle patadas al balón siendo niños dejaba de ser una posibilidad para convertirse en una realidad semanal. El Helmántico volvía a recibir a los grandes y volvía a aparecer en el mapa de Primera. Una máxima categoría que tenía una particularidad que nadie había conseguido explicar del todo. No perdonaba.
"Si las áreas no existieran, la diferencia no habría sido tan grande".
Miguel lo dice hoy con la tranquilidad de quien ha tenido tres décadas para comprender lo que entonces ocurría delante de sus ojos. En el centro del campo, la UDS podía competir con muchos de los equipos. Podía tener la pelota, discutirle el partido a equipos con presupuestos muy superiores. Pero el fútbol se decide en las áreas, una zona muy concreta del terreno de juego. Allí estaban los futbolistas que necesitaban una ocasión para marcar, los defensas que sabían cómo impedirlo y los porteros capaces de desviar una pelota que se dirigía imparable al fondo de la red.
Durante 42 jornadas, la clasificación fue una cuerda que apenas permitió descansar. Solo en ocho de ellas la Unión Deportiva estuvo fuera de los puestos de descenso o de promoción. El resto del tiempo vivió con la sensación de que cualquier paso en falso podía devolverla al lugar del que acababa de salir. Los 82 goles recibidos supusieron una carga que ningún equipo habría sido capaz de soportar. Y, sin embargo, durante la primera mitad de aquella temporada hubo momentos en los que Salamanca creyó.
Pese a que el equipo no consiguió el primer triunfo hasta la séptima jornada en Vallecas, una goleada por 1-4 con tres goles de Claudio Barragán para un equipo que, en las seis jornadas anteriores apenas había firmado dos goles a favor. El Valencia, en su visita al Helmántico, también se llevó cuatro un mes después. El Sevilla también recibió cuatro en su paso por Salamanca.
Por momentos, aquel grupo que había aprendido a ganar junto en Segunda parecía capaz de hacer lo mismo en Primera. El buen juego que desplegaba por momentos el equipo era suficiente para alimentar la esperanza. Y quizá también para hacer más dolorosas algunas noches. Como el 3-3 en Albacete, después de ir ganando por dos goles hasta el minuto 80. El empate, también a tres goles, la jornada siguiente en casa ante la Real Sociedad habiendo conseguido ponerse 3-1. Cada vez que el equipo intentada asomar la cabeza la categoría volvía a recordarle dónde estaba. Un ejemplo, Jandri, un excelso lanzador de penaltis desde su llegada a Salamanca, falló ante el Espanyol en el último minuto con empate a dos goles dejando al equipo sin una victoria que habría sido bálsamo para encarar la segunda vuelta del campeonato.
En Primera, cualquier detalle decide un partido. Un error podía convertirse en dos puntos menos. Una ocasión fallada podía quedarse dando vueltas en la cabeza durante toda la semana. Mientras todo eso giraba sobre la cabeza de jugadores y aficionados, cuando la sombra de la duda, se cernía sobre el equipo llegó el Deportivo de la Coruña. Aquel Deportivo de Bebeto, Mauro Silva, Djukic, Donato, Liaño, Aldana, Fran y Manjarín El equipo gallego salió de su visita en una noche de sábado fría y lluviosa en Salamanca con un 0-5 del Helmántico. Fue uno de esos partidos que no necesitan explicación en la pizarra ni en una tabla de datos. El resultado bastaba para comprender la diferencia de categoría.
Bebeto marcó dos goles aquella noche y, durante los noventa minutos de aquel partido que se hicieron eternos, hizo con Miguel lo que quiso. El central salmantino lo recuerda sin dramatismo. No intenta rebajar al brasileño ni exagerar su propia desgracia. Simplemente reconoce lo que vio.
"Bebeto me hizo un traje. Era un jugador de un nivel extraordinario y aquel día estuvo muy inspirado".
Miguel salió del partido con la cabeza gacha, sabedor de que había pasado quizá su peor noche como central enfrentado a uno de los tres mejores delanteros del mundo en aquel momento. Pero ocurrió algo después. Cuando terminó el encuentro, Bebeto buscó a Miguel porque quiso regalarle su camiseta. La escena podría haberse interpretado de muchas maneras. En un vestuario derrotado, después de un 0-5, recibir la camiseta del futbolista que acaba de hacerte sufrir durante noventa minutos fue interpretado, por algunos de los compañeros de Miguel, como un gesto de arrogancia y humillación del brasileño. Miguel lo entendió de otra manera.
"Yo lo interpreté como un gesto de respeto hacia mí. Él había hecho un partidazo y, al terminar, vino a buscarme para darme su camiseta. Para mí aquello fue un reconocimiento".
Miguel no esconde que Bebeto había sido infinitamente mejor. Reconocía que le había superado evidenciando la diferencia de nivel entre uno y otro. El fútbol profesional obliga a muchos futbolistas a tomar verdadera conciencia de quiénes son y el lugar que ocupan unos y otros. Miguel supo reconocer quién estaba delante suyo con el número once a su espalda.
La Primera División no solo iba a poner a prueba a los futbolistas de la plantilla de la Unión Deportiva Salamanca. Iba a poner, a su vez, al grupo ante una gran prueba. La temporada avanzaba y la clasificación indicaba que las posibilidades de mantener la categoría se reducían con cada jornada que pasaba. Las derrotas empezaron a pesar más y, llegada la segunda vuelta, los resultados negativos dejaron de tener la consideración de accidentes.
Llegó un momento en que el club decidió que había que cambiar algo. Juan Manuel Lillo dejó de ser el entrenador de la Unión Deportiva Salamanca el 25 de febrero de 1996. El cese llegó después de una derrota en casa contra el Rayo Vallecano. El hombre que había llegado a Salamanca con veintisiete años se despedía del equipo con treinta. El hombre que había construido aquel grupo, había enseñado a visualizar lo que tenían por delante a sus jugadores, quien había conseguido dos ascensos consecutivos y de, durante tres años y medios, llenar con su voz y su menuda presencia el vestuario ya no estaba.
El proyecto de la Unión Deportiva Salamanca de Juan Manuel Lillo, que hasta entonces había sido una preciosa historia de crecimiento colectivo, introdujo una palabra nueva en su argot. Culpable. Era una palabra que aquellos jugadores no estaban dispuestos a aceptar. Los jugadores sabían a ciencia cierta que el equipo no alcanzaba para el nivel de exigencia de la Primera División pese a los refuerzos de Claudio Barragán, Stinga, Del Solar o Iturrino que habían llegado a principio de temporada. La clasificación no mentía, y cada partido era un ejercicio de sufrimiento que se prolongaba durante noventa minutos. Pero había una diferencia entre reconocer que el equipo estaba en dificultades y aceptar que todo lo construido durante los años anteriores podía reducirse a una mala racha.
Entonces ocurrió algo poco habitual. Los jugadores escribieron un comunicado como respuesta a una decisión de la directiva que no compartían. Era la respuesta de un grupo que sentía que se estaba tocando aquello que consideraba era parte de ellos. El equipo emitía un grito de protesta y dolor por verse, de un día para otro, sin su entrenador, sin una forma de trabajar, sin la historia a la que habían dado forma juntos.
"Si la cosa iba a salir mal tenía que ser también todos juntos".
La frase resume probablemente mejor que ninguna otra lo que había significado Lillo para ese grupo de jugadores. Estaban en Primera División porque llevaban compartiendo y defendiendo una idea sobre el césped durante varios años. Al igual que habían ganado juntos, querían también perder juntos. Miguel lo recuerda sin necesidad de convertir aquella decisión en una batalla épica.
"El comunicado fue una manera de defendernos como grupo y de defender también a Juanma. Habíamos vivido muchas cosas juntos y no queríamos que, cuando las cosas se torciesen, se rompiera todo aquello".
Era la última defensa de una forma de entender el camino de un equipo que equipo no había nacido en Primera. Había nacido en Segunda División B en campos sin ningún Por eso el cese de Lillo no significaba solamente cambiar de entrenador sino que indicaba el reconocimiento de que una época estaba terminando. El hombre que había convertido aquella plantilla en un proyecto de autor ya no estaba en el banquillo.
La UDS seguiría jugando y tendría aún una decena de partidos por delante. El calendario no se detenía por la memoria de nadie. El club recurrió a un símbolo como Jorge D’Alessandro para tratar de infundir la energía necesaria para que la llama de la salvación durase lo máximo posible. No lo consiguió como tampoco mejoró el rendimiento que el equipo había tenido hasta entonces.
El fútbol profesional terminó separando a aquel grupo de jugadores que habían formado un grupo único en la historia del fútbol salmantino. Con el adiós de Juan Manuel Lillo, Sito, Rodolfo, Quico, Vellisca, Quiroga y el propio Miguel tuvieron que preguntarse cuánto de aquella Unión Deportiva Salamanca podía sobrevivir ahora que el hombre que había ayudado a construirla ya no estaba allí.
La UDS que dejó de parecerse a sí misma
La libertad de movimiento cambió Europa y también cambió la UDS. Lo que antes era un bloque se convirtió en un grupo que empezaba a resquebrajarse.
El grupo de jugadores que había conseguido llegar juntos a Primera División supo, con la salida de Juan Manuel Lillo y el descenso que iba a ser imposible conservar ese vestuario. El grupo que había crecido durante cuatro años empezó a deshacerse. Llegaba el momento de aprender a decirse adiós. El fútbol profesional había sido amable con ellos durante un tiempo permitiéndoles pasar de Segunda B a Segunda y de Segunda a Primera casi como quien sube una escalera construida entre todos. Pero el descenso cambió las reglas.
La Unión Deportiva Salamanca volvía a Segunda División y el fútbol estaba cambiando alrededor. La Ley Bosman acababa de abrir unas puertas que hasta entonces habían permanecido cerradas. De repente, el mercado se ensanchó y Salamanca fue uno de los lugares donde aquella transformación se pudo contemplar casi sin filtros. Si Lillo había construido su equipo desde dentro, Bosman parecía darle permiso al club para construirlo desde fuera.
João Alves llegó al banquillo. El técnico portugués, quien en su etapa de futbolista era conocido como luvas pretas es considerado el mejor jugador que vistió la camiseta de la Unión Deportiva Salamanca en sus noventa años de historia, asumió el cargo sabiéndose una apuesta personal del presidente Juan José Hidalgo, Valiéndose de los plenos poder otorgados por el propietario del club irrumpió como una avalancha. Diez jugadores procedentes de Portugal llegaron junto a él haciendo del mercado luso una prioridad para aquella nueva Unión Deportiva Salamanca. Miguel recuerda aquel contraste como si hubiese cambiado de vestuario de un día para otro.
"Fue un shock. Una rareza para la que no estábamos preparados para exponernos".
Hasta entonces, los extranjeros habían sido excepciones ya que el cupo estaba limitado a tres jugadores extranjeros por equipo. Stinga, Del Solar y Diego Latorre habían sido quienes ocuparon esas plazas el año anterior. Ahora con la ley Bosman en vigor eran mayoría merced a que los jugadores originarios de un país de la Unión Europea dejaban de tener la consideración de extranjeros tratando de favorecer la libre movilidad de trabajadores en el espacio común europea. En el vestuario quedaban Joan Barbará, Sito, Vellisca, Aizpurúa, Iturrino a los que se habían sumado un veterano como Loren y una joven promesa que llegaba como cedido: Míchel Salgado. Alrededor de ellos aparecía un grupo de futbolistas extranjeros que les igualaba en número.
No era una cuestión de nacionalidades sino que empezaba a fraguarse una nueva forma de entender el fútbol profesional. Aparecía una nueva forma de relacionarse, el portugués era el idioma que se oía en el vestuario, cambiaban las jerarquías. En definitiva, se estaba fraguando un nuevo vestuario.
"El jugador español en ese momento no era un jugador que saliese al extranjero. Cuando un jugador de Primera División se marchaba fuera era toda una noticia".
Miguel recuerda a Martín Vázquez marchándose al Torino, o el caso de los también jugadores de Real Madrid Butragueño y Míchel yéndose a México que no eran solo noticias. Era un titular tras otro copando la portada de los diarios, un acontecimiento apenas dos años antes. Ahora, en cambio, los extranjeros llegaban a Salamanca gracias a la desaparición de las fronteras.
La desaparición de esas fronteras, por contra, levantó barreras en el vestuario. La primera fue el idioma y, la segunda, la confianza.La segunda, la confianza. João Alves había sido futbolista de la Unión Deportiva Salamanca y conocía la ciudad pero su vuelta estuvo marcada por una actitud que Miguel recuerda como desconfiada. Se mostraba receloso con todo y con todos. Dudaba de la gente del club, de la dirección deportiva, de los servicios médicos e incluso de Sito, el capitán. Sito perdió el brazalete no porque hubiese dejado de ser uno de los referentes del vestuario, sino porque Alves tomó la decisión de entregárselo a Miguel. Una decisión unilateral en la que Miguel se vió atrapado en medio.
"Sito me decía que tenía que aprovechar la situación y que no me preocupase, que la situación venía derivada de su amistad con los médicos del equipo".
Era una situación delicada pero todavía quedaba un espinoso asunto por tratar. El dinero de las primas. Los recién llegados tenían unas condiciones distintas y más favorables que las de aquellos que continuaban de la plantilla del año anterior. El fútbol siempre ha tenido sus pequeñas contabilidades internas. Los futbolistas saben quién cobra qué, quién tiene qué contrato, quién ha firmado por cuánto. El problema no era tanto lo que la diferencia en el importe decía sino que marcaba una diferencia de estatus en relación al lugar de procedencia de cada uno y de la consideración que el club le daba a unos u otros. Quién era visto como alguien que formaba parte de un proyecto nuevo y quién era una rémora de otro ya caduco. El ambiente en el vestuario no era el que Miguel había vivido en los últimos cuatro años.
"Se iba enrareciendo conforme vamos sabiendo que todos los que llegan tienen una prima de ascenso diferente a las de los que ya estábamos. Un ambiente muy complicado".
En el vestuario sucedían cosas extrañas. Llegabas al vestuario y, de repente, todo el mundo se callaba, nadie hablaba. Eso, para un equipo que unos años antes podía meter a treinta personas en un restaurante después de un partido, era casi una forma de silencio absoluto. En medio de todo aquello aparecieron dos jugadores recién llegados que, cada uno a su manera, empezaron a tender puentes. Uno era Loren y el otro, Míchel Salgado. Loren pertenecía al grupo de los no extranjeros recién llegados, un veterano con carácter, que ayudó a mantener cierta conexión entre las partes.
Míchel Salgado era diferente. Llegaba con una personalidad que parecía ocupar más espacio del que físicamente necesitaba. Venía del filial del Celta, ya era internacional sub-21 y tenía una energía que empujaba al resto.
"Míchel Salgado, con su personalidad y mentalidad arrolladora, fue un jugador muy importante en aquel vestuario. Era un jugador que empujaba mucho a los demás, ayudó enormemente".
Pero todavía faltaba por aparecer Andoni Goikoetxea. Su llegada al banquillo no arregló mágicamente los problemas deportivos generados en los dos meses al frente de Joao Alves, pero acometió la labor fundamental de intentar reconstruir un vestuario que era una bomba de relojería.
"Andoni lo mejor que hizo fue, más allá de sus conocimientos futbolísticos que son muchos, hacer una muy buena gestión de grupo. Su principal labor fue la de unir el grupo".
Miguel, como capitán, terminó sentado con Antonio Hidalgo para hablar de las primas. No como una negociación individual sino como una cuestión colectiva. Llegó al despacho reivindicando que las condiciones debían ser las mismas para todos. Para los nuevos y para los veteranos. Si su propuesta era aceptada podía comenzar a hablarse de reconstrucción y conseguir que el equipo tomase la senda adecuada para lograr los resultados deseados. Volver a hacer equipo antes de volver a hacer fútbol fue el punto de partida.
Mientras en el vestuario empezaba a imponerse el sentido común, los resultados empezaron a acompañar. Es curioso ver cómo en el fútbol un conflicto se resuelve o aparece en función de un detalle que escapa al común de los aficionados. La Unión Deportiva había empezado la temporada muy mal, alejado de las posiciones de privilegio y mirando de reojo el descenso. La credibilidad en el proyecto estaba por los suelos, más aún saliendo a la luz la división imperante en el vestuario. Pero llegó un momento en que se dejó de perder y la victoria apareció como una rutina semanal. Después de cada victoria resultaba un poco más fácil sentarse junto al compañero que había llegado de otro país.
"La realidad es que esa situación se fue llevando porque se dieron los resultados. Si los resultados no se hubiesen dado, aquel vestuario era una bomba de relojería".
El fútbol volvió a transformar, de la noche a la mañana, un vestuario dividido en un otro ganador. La UDS pasó toda la segunda vuelta sin perder y cuando llegó el final de la temporada, aquel grupo que unos meses antes apenas hablaba estaba viajando hacia Vitoria para tratar de lograr el ascenso directo con una victoria en Mendizorroza. Miles de salmantinos acompañaron al equipo aquella tarde de domingo en la que se conseguía retornar a Primera División apenas un año después. Una goleada por 0-4 devolvía a Salamanca a la máxima categoría. De nuevo, la ciudad se lanzó a la calle para celebrar lo conseguido.
Con la perspectiva que deja el tiempo lo más interesante de aquella temporada no fue que la UDS aprovechase una nueva legislación para traer catorce extranjeros, sino que a partir del testimonio de Miguel Montes Torrecilla descubrir lo difícil que resulta construir una identidad cuando los hombres que deben compartirla todavía no saben si pertenecen a la misma historia. Ese fue el mérito de Andoni Goikoetxea conseguir que todos optasen por poner su granito de arena por devolver a la UDS a Primera División y vivir lo que es celebrar un ascenso en Salamanca.
Aquella UDS de la temporada 1996-1997 había aprendido a ganar de una manera distinta a como lo lo había hecho con Juan Manuel Lillo. Ya no se trataba de un vestuario formado por un grupo de amigos. Era una cosa muy diferente, más grande, más propia del fútbol moderno que hoy conocemos. Esa temporada no solo la UDS, sino el fútbol español, habían entrado en una nueva etapa a partir de la Ley Bosman y el dinero de las televisiones.
Por su parte Miguel Montes Torrecilla, que había empezado su carrera aprendiendo a ser central, acababa de vivir desde dentro una de las primeras consecuencias de aquel cambio. Las fronteras habían desaparecido y ahora, tanto para continuar su carrera como futbolista como más adelante, debería descubrir cómo convivir sin ellas.
La salida
La Unión Deportiva Salamanca había sido su casa, su escuela y su identidad. Pero incluso las historias más profundas tienen un punto de ruptura. La salida de Miguel Montes Torrecilla no fue un adiós ruidoso, sino una despedida silenciosa, de esas que llegan cuando el fútbol te obliga a aceptar que el camino sigue, aunque ya no sea en el lugar donde aprendiste a ser futbolista.
El 15 de junio de 1997 en Mendizorroza Miguel Montes Torrecilla volvía a celebrar un nuevo ascenso con la Unión Deportiva Salamanca. Era la tercera vez que lo hacía. Tenía entonces veintisiete años y llevaba doce dentro de la Unión Deportiva Salamanca.
Cuando llegó, a mediados de los ochenta, el fútbol todavía era algo que se jugaba con las botas sucias, la rodilla magulladas y con los sueños intactos. Ahora acababa de regresar a Primera División por segunda vez en su carrera, después de haber vivido desde dentro todo aquello que había sucedido alrededor del club: el descenso recién llegado de su cesión, Lillo, los ascensos, Albacete, el golpe de la Primera División, la salida de Juanma, la Ley Bosman, los portugueses, el nuevo vestuario, Goikoetxea y otra vez un ascenso.
Parecía lógico pensar que su lugar seguía siendo la UDS. Pero el fútbol profesional tiene instaurado el hábito de recordarle a uno que nada le pertenece. Terminada la temporada, Miguel se sentó con Balta y Enrique Miguel para hablar de cuáles eran los planes del club para la siguiente temporada. Él aún tenía contrato en vigor y quería conocer cuál iba a ser el camino a seguir por el club para el regreso a la máxima categoría.
No hubo demasiadas vueltas. La Unión Deportiva tenía unos planes en los que Miguel no aparecía en un puesto destacado de la lista. Por delante suyo en su ubicación el club ya tenia acordada la incorporación de varios futbolistas: Pavlicic, Marco Lanna y Sergio Corino. Además, Loren seguiría en el equipo y tendría una posición de privilegio respecto a Miguel. Había demasiados centrales por delante suyo. Miguel sería, den entradoa y desde una posición optimista, el cuarto. No le estaban echando, le estaban diciendo la verdad, no veían qué lugar podía ocupar en el proyecto pero si quería continuar tendría su sitio aunque partiría en clara desventaja en relación a sus compañeros. Aquella honestidad fuese precisamente lo que permitió que la conversación terminara sin resentimiento.
"Me dijeron que para la siguiente temporada iba a ser el cuarto central. Habían fichado a Pavlicic, Marco Lanna y Corino, además de Loren, y entendí que mi participación iba a ser muy reducida".
Miguel, desde los quince años, era futbolista de la Unión Deportiva Salamanca, la perspectiva que veía por delante era la de ser futbolista en la Unión Deportiva Salamanca. La idea le dejaba un regusto amargo. Todo lo que ofrecían era, con suerte, un lugar en el banquillo de cuando en cuando, una ficha y, si había suerte, unos minutos en las primeras rondas de la Copa del Rey. Un lugar totalmente residual para un futbolista que estaba en el momento de madurez de su carrera.
Tomé en ese momento una decisión que quizá diga más de Miguel que cualquiera de sus ascensos. Podía haberse aferrado a su contrato en vigor y haber optado por quedarse. Podía haber aceptado ese rol de cuarto central y sentarse a esperar una oportunidad, pero también tenía ya suficiente experiencia para saber que una carrera puede hacerse demasiado corta cuando uno empieza a esperar que otro decida cuándo vuelve a ser importante. Así que se marchó.
"No quería quedarme allí siendo el cuarto central. Quería seguir jugando y tener un papel importante".
El destino elegido fue Elche. El equipo ilicitano regresaba a Segunda División con la intención de construir un proyecto solvente en esa campaña 1997-1998. Entre la lista de jugadores estaban viejos conocidos como Claudio Barragán y su amigo Sukunza. Miguel llegaba para ser el central titular junto a Alejo, otro central con mucha experiencia,
"Fue una decisión difícil porque llevaba muchos años en Salamanca, pero entendí que era el momento de buscar otro camino".
En la decisión final de marchar a orillas del Mediterráneo estuvo muy presente Carlos Gil. Secretario técnico por entonces del equipo ilicitano que como jugador, vistió la camiseta de la UDS durante tres temporadas. Fue él quien le convenció de ir aunque, apenas unos días después de la llegada de Miguel Montes Torrecilla puso pies en polvorosa y se marchó del club.
Miguel cerraba una etapa vital con su salida de Salamanca. Como ocurre cuando uno marcha hizo balance del camino recorrido y lo vivido. Los entrenamientos a solas con Rezza para aprender a defender, las charlas con Lillo donde el fútbol se convirtió en algo que se piensa y no solo se juega, los lazos con quienes fueron sus compañeros, las derrotas, las victorias, los ascensos, lo rápido que un vestuario puede disolverse… Y mientras todo eso sucedía también en el balance estaban sus entrenamientos con los niños enseñándoles el valor del deporte, su deseo de un aprendizaje permanente, los libros que se apilaban a su lado. Miguel se veía a sí mismo, volviendo la vista atrás, movido por una curiosidad que no parecía la de un futbolista cualquiera que era la que le marcaba los pasos de lo que vendría después.
Miguel se fue de Salamanca sin saber que ese sería el primer paso para la carrera profesional que hoy disfruta. El chico que había pedido dinero al banco para comprarse un ordenador con su primer sueldo estaba abandonando el club donde había pasado doce años de su vida, Se iba sin saber que pronto viviría del fútbol sin ponerse unas medias ni calzarse unas botas. Ni se le pasaba por la cabeza que un día acabaría tomando decisiones sobre futbolistas, entrenadores, plantillas y proyectos.
Solo sabía que ya no quería ser el cuarto central y que era la hora de marcharse. Salamanca quedaba atrás para continuar un camino movido por el deseo de seguir siendo allí la persona que quiere ser.
La rodilla
Hay lesiones capaces no solo rompen un ligamento, un menisco, un hueso sino fracturan una vida. La de Miguel llegó cuando menos lo esperaba y lo obligó a reinventarse.
Después de Salamanca llegaron los nuevos destinos a los que el fútbol te va llevando. Primero Elche, después dos años en León defendiendo el escudo de la Cultural en los que Miguel siguió haciendo quince años: entrenar, competir, viajar, jugar. Ya no estaba en casa pero estaba dentro del fútbol. Había cambiado el escudo, el estadio, los compañeros y las carreteras que conducían hasta los partidos. No había cambiado lo esencial. Seguía siendo futbolista.
Hasta que apareció su último destino: Guadix. Tenía treinta años. A esa edad un futbolista empieza a darse cuenta que el camino que le queda es más corto del que lleva recorrido. Por lo que la urgencia por seguir dentro acelera la toma de algunas decisiones.
"Al acabar mi segunda temporada en León se me complica el mercado porque alargo mucho la decisión. Me estaban llegando intereses de Numancia de Soria, Badajoz y el Real Jaén pero nada concreto. Llegó agosto y la única propuesta formal fue la de Guadix, un proyecto muy pequeño en Segunda División B. La oferta era interesante para conocer otro grupo en el que nunca había competido para, también, abrirme posibilidades para ese mercado de Andalucía que siempre es muy importante."
En el equipo granadino de Guadix se reencuentra con Carlos Pollo, junto al que creció en la cantera de la Unión Deportiva Salamanca y que terminará siendo clave en su carrera. En diciembre, con el equipo en la zona baja metido en los puestos de descenso, el cuerpo de Miguel Montes Torrecilla que hasta entonces le había respondido a lo largo de toda su carrera falla. Miguel sufre una lesión en su rodilla en la que se rompe los ligamentos de su rodilla y ambos meniscos. Una tetrada. Un diagnóstico cruel que pintaba el futuro muy oscuro donde la única luz estaba en el presente con una recuperación que, siendo optimistas, le iba a llevar, al menos, un año entero.
Durante aquel año de recuperación apareció una pregunta más incómoda. ¿Para qué volver? No era solamente si la rodilla iba a responder, sino si el fútbol le seguiría abriendo una puerta para regresar.
"La recuperación fue larga. Estuve prácticamente un año parado y durante ese tiempo empecé a pensar mucho en qué quería hacer después."
Mientras empezaba sus trabajos de recuperación pensando en volver, Miguel seguía haciendo algo que llevaba años haciendo. Pensar en fútbol, leer sobre fútbol, ver fútbol. Seguir unido a su deporte pero desde esa segunda mirada que había empezado a desarrollar mientras todavía jugaba no había desaparecido. Al contrario. Ahora tenía más espacio.
Entonces sonó el teléfono. Al otro lado estaba Sukunza. Uno de aquellos hombres con los que había compartido la Unión Deportiva Salamanca de Lillo, y también estaba Carlos Pollo. Le contactaron para decirle que había un presidente que quería conocerle. No quería preguntarle cómo estaba la rodilla para valorar sus opciones de firmar como central. Quería hablar del fútbol que se juega sin botas. Ese que no se mancha de barro entre informes, llamadas y kilómetros en la carretera para ver un partido tras otro. El Novelda buscaba a alguien para llevar la secretaría técnica y habían pensado en Miguel.
La propuesta llegó cuando todavía estaba intentando decidir si quería volver a ser futbolista. De repente, alguien le estaba ofreciendo otra posibilidad que no la veía como una nueva carrera, tan siquiera era una decisión. Era un camino nuevo que se le presentaba delante al que Miguel, sin saberlo, llevaba años acercándose. Desde que emprendió el camino ehacia la calle de la Rúa en Salamanca para comprarse aquel primer ordenador. Desde los libros que llevaba en los viajes. Desde los equipos de niños que entrenaba y desde las innumerables conversaciones sobre fútbol. Desde aquella costumbre de mirar el partido desde fuera mientras todavía estaba dentro. Ahora el fútbol parecía devolverle la mirada.
La llamada del Novelda fue importante porque me hizo plantearme que quizá podía dedicarme al fútbol desde otro lugar".
No hace falta contar todavía qué sucedió después. Eso pertenece a otra historia. Durante los siguientes veinticinco años, Miguel Montes Torrecilla acabaría sentado en despachos de Salamanca, Vigo, Sevilla, Zaragoza y, finalmente, al otro lado del Atlántico. Conocería entrenadores, jugadores, presidentes, mercados y vestuarios desde una posición completamente distinta.
Pero aquella historia todavía no había empezado. ya que solo había un hombre de treinta años recuperándose de una rodilla destrozada que sostiene, incrédulo, su teléfono mientras escucha una propuesta del todo inesperada llegada desde Novelda. Al colgar Miguel sabía que había una decisión por tomar. Ell fútbol le estaba ofreciendo otra manera de quedarse. Miguel no empezó a trabajar en los despachos cuando dejó de jugar, empezó mucho antes. Empezó aquel día, en una sucursal bancaria de Salamanca, cuando siendo adolescente decidió gastar su primer sueldo en algo que nadie le había pedido que comprara. Un ordenador. Lo que parecía una extravagancia, veinticinco años después, quizá fue la primera piedra sobre la cimentar una carrera que todavía no sabía que iba a tener.
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