Anatomía de un maestro en Salónica: Dani Ponz y la felicidad de entrenar
En Salónica, cuando cae la tarde y el aire del Egeo comienza a enfriar las calles en plena primavera, Dani Ponz reconoce haber vuelto a sentir algo que durante meses creyó haber perdido: el deseo de competir. No la necesidad enfermiza de ganar a cualquier precio y que termina por consumirlo todo, sino esa pulsión íntima del entrenador que todavía encuentra sentido en cada entrenamiento, en cada corrección compartida con un jugador como quien desvela un secreto, en cada futbolista joven que aprende a interpretar el juego una centésima antes segundo antes que la sesión anterior.
Grecia, hace un año, iba a ser otra cosa. Un paréntesis. Un refugio lejos del ruido mental que le dejó la salida del Eldense y los años de desgaste acumulado durante dos décadas en un viaje constante entre banquillos, colegios y kilómetros de carretera. El valenciano aterrizó en el PAOK para dirigir el área de Desarrollo Individualizado de la Academia del club heleno, convencido de que todavía podía enseñar fútbol sin vivir encadenado al recuerdo del marcador del último domingo. Pero el fútbol, como el mar, rara vez dan la oportunidad de quedarse quieto demasiado tiempo.
En noviembre, con el PAOK B colista en una Segunda División griega convertida en trituradora por la reestructuración de la competición, el club llamó a la puerta de su despacho. Y Ponz, sin pensarlo demasiado, aceptó para regresar, mucho antes de lo previsto, al banquillo. Otra vez se ponía, cara a cara, con la presión. Otra vez, a sentir, el vértigo de cada partido.
Lo que vino después fue una de esas historias silenciosas, fraguada en la distancia, que rara vez ocupan titulares ni llegan a oídos de los lugares de quienes habitan los estadios que dejó atrás, pero que explican mejor que ninguna otra de qué pasta está hecho este oficio: trece victorias, tres empates y seis derrotas; casi dos puntos por partido; la permanencia conseguida con holgura; jóvenes futbolistas preparados para dar el salto al primer equipo; y, quizá lo más importante, un entrenador que volvió a reencontrase con su propia naturaleza. La de un Dani Ponz que, dentro de la industria sin sentimientos del fútbol, sigue creyendo que un campo de fútbol es un aula y, cada futbolista, una oportunidad para seguir creyendo en el ser humano.
“Aquí he vuelto a disfrutar”: Salónica el refugio para volver a sentir el fútbol
Grecia apareció cuando más necesitaba respirar. Después de años de fútbol de barro, desgaste emocional y la herida todavía reciente de Elda, Dani Ponz encontró en Salónica algo más valioso que un contrato: tiempo. Tiempo para volver a mirar el fútbol sin rabia. Tiempo para compartir vida con su familia. Tiempo para reencontrarse con el entrenador que siempre había sido.
“De venir de una frustración y una tristeza aquí me he encontrado lo opuesto, una felicidad y alegría a todos los niveles que ayudan a cambiarlo todo en tu propio yo, que te reconcilia contigo mismo y todo vuelva a fluir.”
En Salónica, el fútbol se vive con una intensidad que parece venir alimentada directamente desde el mar. El fútbol se vive con pasión, con ruido, con intensidad y con conversaciones eternas acerca del PAOK, sobre el sistema de juego en el último partido, en cualquier cafetería asomada al mar. Pero, por contrario que parezca a la idea que tenemos del fútbol y aficionado griego, hay algo más difícil de encontrar: calma. Una calma que, en sus primeras semanas, le ha resultado extraña para alguien como Dani Ponz que, durante más de veinte años, ha vivido atrapado en el vértigo de los resultados de cada fin de semana y estar siempre instalado en la sensación constante de estar jugándose mantener vivo su sueño de ser entrenador cada domingo. Así llegó a Grecia, buscando precisamente eso: un lugar donde poder respirar.
Su desembarco en el PAOK no fue el de un entrenador obsesionado por regresar al banquillo, sino el de un profesor que necesitaba volver a encontrarse con su vocación y con aquello que le había hecho amar el fútbol. Su proyecto inicial en Salónica estaba muy lejos del foco competitivo y del estrés del marcador del fin de semana. Su tarea consistía en desarrollar el área de trabajo de desarrollo individualizado en la Academia del club, una estructura formativa gigantesca y que el PAOK considera estratégica para garantizar el futuro del club y, a su vez, convertirse en referencia en su zona. Allí, entre sesiones de vídeo, diseñando entrenamientos específicos, creando itinerarios de desarrollo y progreso a cada jugador de la cantera a partir de entrenamientos, conversaciones con chicos jóvenes que desean hacerse un sitio en el mundo del fútbol, Ponz volvió a encontrar un entorno en el que estar cómodo y miradas agradecidas de los jugadores ante cada una de las pautas ofrecidas.
“Ha sido un contexto distinto el que he vivido aquí en PAOK. Me he encontrado con gente muy motivada y dispuesta a poner todo de su parte para ayudarnos a sacar nuestra propuesta adelante”, explica. “Los primeros meses mi trabajo estuvo más centrado en la vertiente formativa y en el trabajo de desarrollo individualizado.”
Grecia apareció en el horizonte en de Dani Ponz como un entorno en el que encontrar una pausa necesario tras el desgaste emocional acumulado. La salida del Eldense todavía dolía porque el fútbol, para alguien que ha construido una carrera en los banquillos desde el barro y el pluriempleo, no es solo fútbol. Es tiempo robado a la familia, es la sensación de vivir superando exámenes cada fin de semana, es estar permanente en contacto con un entorno competitivo que termina generando rozaduras. Y Ponz, necesitaba volver a mirar el deporte que ama desde la distancia, desde otro lugar. Salónica, le ha ofrecido en estos meses algo parecido una reconciliación
“Estoy muy contento y feliz con la vida en Grecia tanto para mí como para mi familia. La experiencia estos meses ha sido algo único que irá con nosotros el resto de nuestra vida. Y, en lo profesional, algo increíble el formar parte de un club tan enorme como es PAOK”.
Habla del PAOK, del trato recibido y el apoyo, con una mezcla de admiración y de sorpresa de quien, una vez dentro, ha descubierto una estructura que intuía grande, pero no tanto, especialmente, al descubrir la dimensión social del club, la pasión con la que se vive el fútbol en cada rincón de la ciudad y, en su labor profesional, la profundidad de su cantera. “PAOK tiene, sin duda, la mejor cantera de Grecia. El trabajo de scouting que realizan es increíble y la convicción en la línea de trabajo que llevan desarrollando en los últimos años ha sido brillante”. Dani Ponz lo enuncia no desde la cortesía, sino desde el reconocimiento absoluto de alguien acostumbrado a vivir el fútbol desde abajo y que, con la mirada experta que le dan los años, sabe identificar cuándo un proyecto tiene raíces profundas. Para el PAOK la cantera no es un complemento, es su identidad. Una concepción del trabajo con los más jóvenes centrado en lo formativo, construyendo personas y jugadores que requieren tiempo, madurez, cometer errores y aprendizaje constante. Una filosofía que calza con la forma que Dani Ponz interpreta la labor del entrenador.
Los resultados de las categorías inferiores de la Academia explican, por sí solos, el trabajo que se lleva a cabo: el equipo sub-19 y el sub-15 campeones de Grecia, mientras que el sub-17 subcampeón, a lo que hay que añadir la presencia constante de jugadores en las categorías inferiores de la selección helena. Pero más allá de los títulos, lo que de verdad seduce al técnico valenciano es la sensación de estar en un entorno en el que todos reman en la misma dirección.
“La temporada ha sido muy buena y, sobre todo, dentro de un contexto de trabajo muy bonito e ilusionante”.
Quizá por eso, cuando el club le planteó a finales de octubre dar un paso adelante y asumir al banquillo del PAOK B, no sintió vértigo ni quiso escapar de la presión del resultado. El equipo estaba hundido en la tabla, colista de Segunda División en una temporada que se antojaba clave ya que la categoría estaba en reestructuración. Al final de la temporada, el 40% de los equipos en liza descenderían, lo cual convertía, de nuevo, cada fin de semana en una pequeña final. Ponz sintió que debía aceptar el reto de reemplazar a Nikolaos Karageorgiou, un veterano entrenador con mucha experiencia en la máxima categoría en los banquillos de Grecia, porque entendía que esa propuesta formaba parte del mismo proyecto formativo en el que llevaba meses inmerso. Pero, sobre todo, porque hay algo de lo que un entrenador nunca escapa: un partido en domingo.
“Lo que he vivido este año en el PAOK B me ha recordado mucho a lo que fue el primer año en Unionistas de Salamanca”, reconoce. “El equipo venía de no competir muy bien y, de repente, todo cambia”.
Sentarse en el banquillo trajo de vuelta esa adrenalina que había dejado escondida. La que se siente en la banda y en cada entrenamiento cuando un técnico descubre, en la mirada de los jugadores, que el grupo está empezando a creer en la idea. Así asumió Dani Ponz el reto que le planteó PAOK, sabedor de que enseñar es, en muchas ocasiones, ser capaces de competir sin dejar de ser fieles a uno mismo.
“Nosotros no podíamos dejar de ser valientes”: el rescate competitivo del PAOK B
El refugio que encontró en la Academia de PAOK en Salónica duró poco. En el mes de noviembre el PAOK B era colista y el club necesitaba de Dani Ponz algo más que un formador. Necesitaba que volviese a sentarse en el banquillo para sostener un proyecto sin que, ni él ni el equipo, fueran en contra de su esencia. Ponz aceptó el reto sabedor que no se trataba solo de salvar la categoría, sino de proteger el futuro de toda una Academia.
“Entendíamos que el modelo podía ocasionarnos problemas. Lo importante era que los chicos crecieran siendo competitivos desde la valentía”.
Entrenar a un equipo y educar a un grupo de futbolistas jóvenes para que sepan moverse en un entorno hostil son cosas muy diferentes. Entrenar tiene el objetivo de ganar partidos, mientras que educar implica ser capaz de sobrevivir sin traicionarse. Lo que encontró Dani Ponz cuando aceptó hacerse cargo del PAOK B era un equipo colista, una competición convertida en una trituradora de proyectos y un vestuario lleno de chicos que, hasta entonces, apenas habían visto otra realidad que la de ser dominadores en su paso por las categorías inferiores y, de pronto, se encontraban en un terreno hostil en donde, cada domingo, le aguardaban equipos repletos de jugadores curtidos en mil batallas.
El contexto de la Segunda División griega esta temporada 2025/26 era feroz, con casi la mitad de los equipos que, al terminar, se verían una división más abajo. Un entorno competitivo para el que un filial, construido con jugadores de diecinueve y veinte años, que va a tener que ser capaz de competir en campos muy incómodos, con la grada rival encima tratando de amedrentarles, un terreno de juego que dificulta la propuesta y partidos en los que cada duelo supone chocar contra un muro.
“Cuando aceptamos el reto, siendo colistas y con la cantidad de equipos que no superarían la criba, sabíamos que el nivel de exigencia era máximo desde el minuto uno”, recuerda Ponz. “Trabajar en un club como el PAOK siempre supone una exigencia semanal enorme y que, para poder sacar la situación adelante, íbamos a tener que dar, como mínimo, el doscientos por cien cada día”.
Ahora, terminada la temporada, habla de las primeras semanas con serenidad, pero detrás de sus palabras asoma la tensión de ese inicio. Un momento clave ya que tuvo que hacer frente a un problema que no era únicamente el del puesto en la clasificación. Había un desafío que no podía dejarse para luego: proteger el modelo formativo del club por mucho que el corto plazo y la sonrisa amenazante del descenso acecharan con derribarlo todo. Muchos equipos, en situaciones similares, se habrían decantado por renunciar al romanticismo y abrazarse al pragmatismo del balón largo, repliegue intensivo y el modo sálvese quien pueda activado. Sería como aferrarse al viejo manual al que recurre el entrenador con miedo que no quiere correr el riesgo de afrontar lo nuevo. Dani Ponz entendió, desde el primer entrenamiento, que el mayor error que podía cometer sería pedirle a esos chicos que esperaban anhelantes sus primeras palabras dejaran de reconocerse a sí mismo con una propuesta de juego que fuese contra lo que llevaban años absorbiendo en la Academia.
“Nosotros no podíamos dejar de ser valientes” dice. Y ahí traslada a la perfección su manera de entender el fútbol y su aplicación en Grecia. “Los chicos llevan años en un entorno donde se le enseña que crecer como futbolistas implica tomar riesgos, convivir con la pelota y ser protagonistas. Cambiarles el modelo habría sido hacerles competir desde el miedo”. Enseguida Dani Ponz comprendió dónde estaría la clave para cimentar el éxito de la temporada: “creímos que cambiar el modelo nos generaría más problemas que soluciones. Lo más importante, en esos primeros días, era convencer a los jugadores de seguir creyendo en la forma de jugar que les había llevado hasta el PAOK B y estar a un paso de la Primera División”.
En una Segunda División muy física, áspera y, en muchos aspectos, anclada en conceptos futbolísticos de otros tiempos, el PAOK B salía a competir como un elemento extraño. Mientras la gran mayoría de sus rivales lo apostaban todo al juego directo, a las disputas aéreas, las segundas jugadas y los partidos cerrados hasta el agotamiento, los jóvenes liderados por Dani Ponz aparecían desde otra perspectiva: dominar la pelota, acumular posesión, salir jugando desde la zona defensiva y asumir riesgos desde la pelota, en definitiva, jugar con la despreocupación con la que deben jugar quienes están empezando a asomar a la vida adulta.
“El fútbol aquí, en muchos partidos, podía recordar al de hace unas décadas”, explica. “Campos irregulares, equipos muy fuertes físicamente, mucho balón parado, mucho juego directo… Y nosotros estábamos en otro plano completamente opuesto”.
A veces, salía mal como no puede ser de otra manera. Había partidos en los que los futbolistas veteranos “olían sangre y miedo”, como él mismo reconoce, y castigaban el menor error con la crudeza con la que los adultos tratan de dar lecciones adolescentes, tratando de ser ese personaje revelador que les da una enseñanza de lo dura que es la vida que les acompañará por los restos. Pero, aun así, en esas tardes en la que el equipo volvía con una derrota, una goleada a sus espaldas y viendo el reflejo de su fragilidad en el cristal del autobús de regreso a Salónica, Dani Ponz insistía, con más convicción y firmeza si cabe, en la importancia de no apartarse del camino. Porque el objetivo no era solo salvar la categoría, era hacer crecer a los futbolistas. Y crecer, madurar, sentirse capaz solo puede hacerse habiendo transitado lugares incómodos.
“Los chicos han madurado muchísimo en la toma de decisiones y en la gestión de sus emociones”, explica. “Mantener el modelo le ha dado muchas horas de vuelo y ayudado mucho en su confianza”.
Es probable que ahí resida la clave de lo logrado que no se descubre mirando los datos de las trece victorias, tres empates y seis derrotas que transformaron al colista en un equipo competitivo. Tampoco lo entenderá quien solo tenga en cuenta la media de casi dos puntos conseguida por encuentro. Lo importante del trabajo de Dani Ponz en PAOK no está en los números, está en demostrar que ser capaces de competir en cualquier campo y ante cualquier rival, no está reñido con seguir formando y ayudando desde el nosotros. Porque el entrenador valenciano siempre tiene presente a todos: cuerpo técnico, jugadores, a la gente del club, a la actitud de todo el grupo; sabedor de que el mayor error que puede cometer es el de quedarse a solas narrando un relato que solo protagoniza él y que no escucha nadie.
“Los chicos demostraron una predisposición y un compromiso en cada sesión de trabajo y ante lo que le planteamos ante los que solo puedo quitarme el sombrero”.
El trabajo en un filial es todo un desafío y está cargado de complejidad, mucho más de lo que puede parecer a quienes lo contemplamos desde afuera. A lo largo de una temporada han vestido la camiseta del PAOK B hasta cuarenta y cinco jugadores distintos. El primer equipo, inmerso en tres competiciones, reclamaba continuamente a los jóvenes para poder completar entrenamientos, convocatorias o para cubrir las necesidades inmediatas. Un filial es un equipo en un permanente ir y venir de jugadores. Lo que podría haber sido en un inconveniente mayúsculo para alguien con apenas unos meses en el club se convirtió en una gran ventaja su labor en el área de Desarrollo Individualizado. Mientras dirigía al filial por las mañanas, Dani Ponz continuaba trabajando por las tardes con los futbolistas de las categorías inferiores. “Conocía a todos y sabía en qué punto exacto de maduración estaba cada chico y si estaba preparado para subir y quién necesitaba aún más tiempo los que nos dio la posibilidad de reaccionar rápido cuando había necesidades”.
En sus palabras a la hora de describir su trabajo hay mucho de maestro de escuela por lo que implica observar, escuchar y entender cuándo un alumno está preparado para dar el siguiente paso. Por eso, cuando se habla de seguir avanzando y hacer balance de lo conseguido, saca a relucir más lo que falta por mejorar que lo conseguido en una enumeración de tareas pendientes para el próximo curso. Habla de defectos defensivos muy consustanciales al fútbol griego, conceptos tácticos que es necesario mejorar y profundizar en su comprensión, de defender mejor el área, de crecer en bloque medio, de dominar situaciones de transición en defensa y en ataque… Habla, Dani Ponz, como lo que es: alguien incapaz de acomodarse.
“Siempre regreso a casa con la sensación de que hay algo que podríamos haber hecho mejor”, reconoce convencido. “Mientras siga teniendo esta percepción, estoy seguro de que seguiré creciendo y teniendo intactas las ganas de seguir entrenando”.
Convertir un contexto límite en un espacio de aprendizaje colectivo ha sido fundamental para entender lo logrado por el PAOK B. El empeño de Dani Ponz en enseñar, y no solo en sobrevivir, le ha permitido exponerse a un entorno donde la convivencia diaria con futbolistas que miran el fútbol con los ojos abiertos creyendo que todo es posible. Chicos atentos a cada corrección, a cada vídeo, a cada conversación como si en ello les fuera el futuro. “Como esponjas” que repite una y otra vez el míster.
“Los chicos son esponjas”: enseñar fútbol y vida
Dani Ponz nunca ha dejado de ser maestro. Da igual que esté en un aula de primaria, en un vestuario de Unionistas o en la ciudad deportiva del PAOK. Su manera de mirar al futbolista sigue siendo profundamente pedagógica: detectar fortalezas, acompañar procesos y enseñar a tomar decisiones.
“Ver sus miradas cuando les enseñaba vídeos, cómo atienden, cómo quieres aprender… eso te reconcilia con el fútbol”.
Los recuerdos de lo vivido en competición los últimos meses al frente de PAOK B, no impiden que Dani Ponz al relatar su experiencia en Grecia termine llegando al mismo lugar: la Academia. Su mente le lleva allí como quien regresa a ese espacio en el que encontrar la calma necesaria. Porque, aunque el banquillo del filial le haya devuelto al pulso de la competición y la adrenalina de los noventa minutos de partido, hay algo en el trabajo diario con los jóvenes futbolistas que le llevan a años atrás cuando comenzó a dedicarse a esto. Ahí, lejos de los focos, es donde el trabajo de Dani sigue encontrando el fútbol más puro.
“Después de tantos años trabajando con adultos, volver a trabajar con jóvenes te lo hace todo más fácil. Los chicos a estas edades son auténticas esponjas. Están deseando mejorar, quieren aprender en cada ejercicio y no se cansan de preguntar”.
Mientras habla uno ve que Dani Ponz no ha dejado de ser maestro. Es entrenador sí, pero siempre un maestro va consigo. A la hora, por ejemplo, de analizar conceptos tácticos, estructuras defensivas u ofensivas e incluso construyendo itinerarios para habilitar procesos de mejora individual, siempre, lo hace desde el punto de vista de quien entiende que para que un aprendizaje sea real, estimulante y despierte el deseo de seguir creciendo debe hacerse acompañando, no imponiendo.
En PAOK encontró el ecosistema perfecto para poder desarrollar esa manera de entender el fútbol formativo. La Academia del club funciona como una pequeña universidad del juego que, volvió a cobrar fuerza en el club hace dos décadas durante la presidencia de Theodoros Zagorakis, uno de los futbolistas campeones de Europa con Grecia en 2004 y mejor jugador del torneo. Todo responde a una metodología definida, estructurada y perfectamente coordinada. Dani Ponz insiste varias veces en ello. No llega a Grecia para abanderar una revolución personal ni para clavar una bandera propia. Llega para integrarse a una cultura de trabajo previa que ya está definida y en la que él, junto a su equipo de trabajo, puede implementar una herramienta de trabajo como es el área de Desarrollo Individualizado.
“La metodología no la pongo yo”, explica. “La marca el director técnico de la Academia, Vasilis Mittas. Nosotros somos una parte que ejecuta acciones dentro de esa filosofía que el club tiene muy bien definida”.
Dani Ponz llegó a Salónica con la humildad que le daba su experiencia en las aulas de quien sabe que formar personas y futbolistas solo puede hacerse con éxito dejando el ego a un lado. “Se trata de sumar nuestro conocimiento dentro de una estructura como es PAOK”. El área de Desarrollo Individualizado aparece, entonces, como una especie de laboratorio dentro del organigrama de trabajo del club heleno. Un espacio en el que el jugador deja de ser únicamente una pieza colectiva para convertirse en una persona concreta, con necesidades específicas y sólo suyas, con talentos y habilidades propias y, también, con unos miedos que son suyos que deben ser atendidos de manera individualizada.
“Nuestra tarea es hacer seguimiento de los jugadores para hacerles un seguimiento a nivel futbolístico, físico y psicológico”, concreta Ponz. “Aquí, por ejemplo, hemos incidido mucho estos meses en la necesidad de hacer mucho hincapié en el trabajo de fuerza porque detectamos que era uno de los déficits que detectamos en gran parte de los jugadores como una necesidad global. Pero, luego, está el atender lo específico de cada uno de los chicos en base a los ítems que marcamos a la hora de valorar, corregir y mejorar, en las tres áreas”.
El Desarrollo Individualizado no consiste únicamente en mejorar perfiles físicos o corregir movimientos sobre el césped. Es más que eso, se trata de aprender a pensar en el juego. En ayudar a que un futbolista que aún es adolescente comprenda quién es dentro del campo y quién quiere llegar a ser fuera de él. Todos los chicos presentes en la Academia viven el fútbol con una mezcla de presión, esperanza y temor a quedarse fuera que en España quizá, asociamos a la grandes canteras. Ponz lo explica de forma muy gráfica “Para los chicos, estar en la cantera de PAOK tiene el mismo valor que para cualquier chaval en España pueda tener formar parte de la cantera de Real Madrid, Barcelona o Atlético”.
Entender esa visión cambia mucho la manera de entender la actitud con la que los jugadores se enfrentan a cada entrenamiento. Porque saben perfectamente dónde están y lo cerca que parecen estar del fútbol profesional cuando, cada día, lucen en su ropa y atraviesan la puerta de un campo de entrenamiento donde aparece el escudo de PAOK, el club más poderoso del norte de Grecia. Saben también, esos chicos, que el camino puede torcerse en cualquier momento, e incluso borrarse. Así, todos ellos deben convivir a diario con la ilusión de alcanzar su sueño y el vértigo de que este puede escaparse en un instante, en una mala pisada, en un mal gesto.
“A los futbolistas no hace falta convencerles de nada”, dice Ponz. “Ellos se autoconvencen por sí mismos porque saben lo cerca que están de conseguir la oportunidad de ser futbolistas profesionales”.
Ahí es donde aparece el verdadero trabajo del maestro Dani Ponz en la Academia: gestionar expectativas sin apagar sueños, mostrar que el fútbol como profesional, como la vida, no es una línea recta y que deberán estar preparados para enfrentarse el resto de su vida: un mundo incierto. Que habrá lesiones, suplencias, cesiones, errores, años grises… Que de entre los compañeros con los que comparte corrillo habrá quienes alcancen el primer equipo, otros no lo harán e irán a otros equipos, otros tan siquiera. Pero sabiendo que ninguna de esas cosas les definirá al completo como persona.
La labor de Dani Ponz tiene mucho de aula, con la diferencia de que esta es al aire libre y sobre un campo de hierba. Compatibilizar el trabajo en la Academia con el banquillo de PAOK B le ha obligado a vivir en una coordinación permanente. Las mañanas le pertenecían al filial y las tardes a la Academia. Pero lejos de suponer una carga, esa doble función le ha permitido conocer a todos los futbolistas del club casi al detalle. En su cabeza aparecen los nombres de quienes están preparados para subir un escalón, el de quienes necesitan un poquito más de tiempo, los de quien poseen el talento para resolver un partido y los de quienes deben aún aprender a soportar la frustración. Esa mirada transversal sobre toda la cantera le ha permitido ofrecer la oportunidad de dar el salto al filial de muchos chicos de la Academia y hacerlo desde un lugar invisible pero fundamental: la naturalidad. El reflejo de un trabajo hecho con mimo, atendiendo al detalle que comenzó mucho tiempo antes del debut.
El discurso de Ponz nunca versa exclusivamente alrededor del resultado. Incluso teniendo la excusa perfecta de una temporada brillante para regodearse. No. Su discurso sigue hablando de aprendizaje, de procesos y de crecimiento. Habla de jugadores que son capaces de entender mejor el juego, que tomen mejores decisiones, que aprendan a manejar la presión, que aprendan a convivir con las expectativas ajenas sin dejar de ser, ante todo, ellos mismos. Porque para alguien como él, enseñar fútbol no es solo enseñar a jugar sino a entender la vida, a madurar.
Esa mirada cargada de pedagogía, su incapacidad para sentirse del todo satisfecho, es la que le empuja a revisarse continuamente. A mirar incluso sus éxitos con pensamiento crítico. A regresar cada noche a su casa pensando en todo aquello que podría hacer mejor para ayudar a sus chicos.
“Siempre siento que podría haberlo hecho mejor”: La autoexigencia como forma de vida
Incluso después de una temporada con resultados brillantes, Dani Ponz continua hablando más de lo que le falta que de lo conseguido. Hay entrenadores que recurren al éxito presente y pasado como un lugar en el que refugiarse. Él, al contrario, lo utiliza como un punto de partida. Quizá porque ha pasado muchos años viviendo el fútbol como un rival al que medirse cada semana.
“Mientras siga llegando a casa pensando que podría haberlo hecho mejor, seguiré creciendo”
Hay entrenadores a los que continuamente escuchamos trayendo de vuelta sus victorias, mostrando sus medallas. Dani Ponz, por el contrario, habla de sus errores incluso cuando acaba de firmar una gran temporada. Por ello traslada la sensación extraña en el fútbol moderno: la de alguien que todavía no se ha dejada contaminar la mirada. En Salónica ha vuelto a ganar partidos, ha rescatado al PAOK B en una situación crítica y ha recuperado algo fundamental: la alegría de entrenar. Pero ni siquiera ahora, con la temporada ya finalizada, se permite instalarse en la complacencia.
“Siempre que llego a casa siento que podría haberlo hecho mejor”, reconoce. Lo dice sin dramatismo, como una costumbre adquirida después de muchos años viviendo el fútbol desde el subsuelo, con la maleta siempre lista y la sensación continua de estar opositando a entrenador cada semana. En el fondo, Dani Ponz sigue siendo el entrenador que enlazaba su jornada escolar con tardes de entrenamiento y noches en blanco preparando la próxima clase, el siguiente entrenamiento mientras el resto de la casa ya dormía. Una mirada de quien mira el fútbol como un oficio, no como un escaparate.
En Grecia, en la distancia, ha podido llevar a cabo una reconciliación consigo mismo. Porque antes de la experiencia en Salónica, estuvo Elda. Lo que ahora es una felicidad tranquila, hace un año era una herida. La salida del Eldense, con el que tuvo la oportunidad de alcanzar el fútbol profesional español entrenando en Segunda División, le dejó un poso amargo del que no le da vergüenza mostrar: “Para llegar hasta allí, tuvieron que salir muchísimas cosas bien durante muchos años”, explica. “Venía de contextos muy exigentes en los que el balance de lo conseguido, entre rendimiento y posibilidades así como exigencia fueron muy difíciles de conseguir. Venía con la sensación de estar jugándome mi carrera domingo a domingo. Y cuando las cosas no salen, claro que duele”. No lo disfraza ni apea a excusas ni injusticias. Simplemente acepta el golpe como parte del viaje.
Dani Ponz, dentro de su evolución como técnico, ha entendido que el fútbol no premia siempre el trabajo, pero sí que termina definiendo a quien es capaz de continuar haciéndolo después de caer. “Los entrenadores debemos estar preparados, desde el comienzo, para los vaivenes”, dice. “Es fundamental para quien quiere hacer carrera como entrenador estar formado en afrontar las malas situaciones y tener herramientas para poder levantarte. Pero, igualmente hay que estar preparado para cuando las cosas van bien, que quizá sea más complicado porque has de evitar acomodarte, lo cual requiere de mucha voluntad”. En sus palabras aparecen de forma recurrente palabras relacionadas con la idea de movimiento y la interpretación de la figura del entrenador como una persona que debe estar preparada para vivir una reconstrucción permanente. Como si el verdadero peligro no fuese una derrota el próximo partido, sino perder el deseo de aprender.
De ahí que la experiencia en PAOK haya terminado teniendo un valor mucho más profundo. Llegó a Grecia buscando distanciarse de la presión pero acabó encontrándose con ella pero desde otra mirada. Primero, desde el trabajo individualizado con los jóvenes de la cantera. Después, nuevamente desde el banquillo junto a la adrenalina del domingo. En ambos escenarios descubrió que seguía disfrutando. “Lo del Desarrollo Individualizado ha sido casi terapéutico”, admite. “Centrarte en ayudar a crecer a un futbolista, sin la presión del marcador, te trae de vuelta la parte más bonita del fútbol”. Y sí, llegó la llamada desde los despachos para asumir el banquillo del filial. Vuelta al ruido competitivo, a la presión, al estrés, a la electricidad de la competición que sigue activa aunque se intente aislar de ella. Pero Dani Ponz sonríe al explicarlo: “Los entrenadores somos un poco como vampiros. En cuanto vuelves a probar la competición, entras al trapo con todo”.
Quizá sea cierto. Porque en la hora de conversación, mientras hemos hablado de análisis, informes y planificación para los próximos meses, da la sensación de que el fútbol le ha devuelto a su lugar. Ha dejado atrás la ansiedad para encontrar espacios para una serenidad distinta, más consciente. En Salónica ha comprobado que sigue teniendo el gen de la competición, que es capaz de sacar el máximo a un plantel incluso fuera, que su disciplina de trabajo da sus frutos en otros contextos y que su capacidad para que su idea conecte con los jugadores sigue intacta, incluso en otro idioma. Pero, lo más importante, quizá Dani Ponz ha tenido la oportunidad de ver que el fútbol no es siempre una carrera imparable hacia delante, sino que también es necesario detenerse un momento para recordar, por qué empezaste.
Cuando la tarde cae sobre Salónica, mientras Dani Ponz prepara la cena viendo cómo el mar comienza a reflejar las luces de la ciudad, nos recuerda que en Salónica ha vuelto a hacer lo que lleva más de dos décadas haciendo ya sea en el colegio o en un campo de barro. Mirar con detalle a los demás para encontrar la manera de ayudarles a ser un poquito mejores. Aunque él, mientras termina de dar los últimos detalles a su plato de esta noche, siga pensando en la forma en que podría haber ayudado más y mejor en una vocación que sigue intacta.

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