Mérida 1-1 Unionistas: El "Aquarius" de Mario Simón y la pegatina de la ITV

etalle de un coche antiguo con bufanda de Unionistas y pegatina de la ITV, metáfora de la salvación y clasificación copera.

Unionistas viajó a Mérida con el abrigo puesto en pleno mayo, como quien mira por la ventana y no se fía del sol. Partido prudente, de esos que se juegan con sudadera y miedo a que refresque, y que aun así deja al equipo vivo para jugarse la Copa en la última jornada. No fue una verbena, fue más bien una excursión organizada: poco riesgo, algo de frío y la sensación de que, pese a todo, seguimos aquí. Y eso, a estas alturas, ya es mucho.

🦑 Lunes de Calamares | Una excursión organizada por Mario Simón

Llevo una semana imitando a mi abuela, mirando a cada momento por la ventana antes de salir de casa. Veo sol, pero algo me dice que no debo fiarme. Miro el calendario, pero con la prudencia de tener la sudadera cerca porque sé que, en cuanto me venga arriba y guarde el nórdico, me agarrará el frío y tendré que pasar las noches durmiendo abrazado a la almohada como quien si mi cuarto fuera el campo base del Himalaya. Así estaba Salamanca esta semana. Tiempo traicionero. De ver, que hay osados que ya iban luciendo pantorrilla, pero con miedo. Y así jugó Unionistas en Mérida: con el abrigo puesto en pleno mayo.

Mario Simón planteó el partido como si aún estuviéramos en febrero. Nada de que el equipo se desmelenase poniendo el modo de verbena para perseguir un playoff que, de entrada, se antojaba inalcanzable. Bastante tenía ya el cuerpo con llegar vivo a la última jornada para apurar las opciones de disputar la Copa de la próxima temporada. Este es un argumento que encaja bastante con la personalidad del entrenador. Porque Mario Simón no tiene pinta de ser la persona de la que esperas que te organice una despedida de soltero. Tiene más bien pinta de ser el que no te avisa hasta el último momento de si va a ir o no, que se pasa el día dando largas y, cuando se presenta en la fiesta, lo primero que hace es preguntar si no hemos comprado Aquarius, si no sería mejor cenar pronto y que lo idóneo es recogerse antes de las doce para dejar reservado el desayuno del hotel.

Y ojo, que hablo con conocimiento de causa. A mí me llevaron una vez a una despedida de soltero que perfectamente podría haber diseñado Mario Simón. Era en un camping de Guijuelo, en marzo, que ya es un lugar y una fecha que te invitan poco a la aventura. Éramos cuatro personas contando al novio. Dormimos en literas dentro de un bungalow que olía a humedad emocional. A las once de la noche ya estábamos todos acostados después de compartir un porro, un paquete de regalices y un pack de Cruzcampo en oferta. Al día siguiente hubo paseo en barca, tiro con arco a distancia de guardería y escalada en un rocódromo que parecía la estantería de mi salón. La única descarga de adrenalina fue descubrir que el agua caliente duraba exactamente cuatro minutos.

Así salió Unionistas al Romano José Fouto. Con mentalidad de excursión organizada por el ayuntamiento en un autobús con banda sonora de José Luis Perales. Con la idea de no cometer locuras sin perder los papeles. Marco Coronas, que es un portero que parece pedir permiso hasta para estirarse, apareció con manguitos en Mérida a las cinco de la tarde, como quien teme que refresque. Pasó la primera media hora reclamando agua con la desesperación de un ciclista del Tour subiendo el Tourmalet y hartándose a preguntar cuánto queda. Y arriba, Chibozo, convertido en delantero centro titular tratando de cazar la suya en una contra, corría muchísimo pero casi siempre hacia donde no tocaba. Como ese amigo que baja al bar convencido de que hay quedada y descubre demasiado tarde que la cancelaron en el grupo de WhatsApp hace tres días.

El problema es que el partido no salió como quería el míster. Porque una cosa es ser prudente y otra dejarle las llaves del partido al rival mientras tú te dedicas a mirar si viene lluvia mirando al móvil en vez de al cielo. Unionistas tardó veinte minutos en pisar el centro del campo con cierta dignidad ante un equipo que no pareció, ni de lejos, el Brasil del 70. Veinte minutos ante un Mérida que jugó más al modo romano, muy de restos arqueológicos y piedra antigua. Mucho saque de banda al área, mucho balón colgado y mucha sensación de que aquello tenía mucho de asedio pero poco de fútbol. Pero claro, en una de esas hilvanaron tres movimientos con cierto estilo que hizo que Benny Dibrani el gol y Unionistas se quedó mirando con la misma cara que ponemos todos cuando el camarero trae la cuenta sin haberte terminado el pincho.

Pero el fútbol a veces te regala cosas que no mereces. Y Unionistas se encontró un penalti de esos que aceptas a favor como cuando te encuentras un billete de veinte euros en tu viejo abrigo. Lo transformó Álvaro Gómez y, mientras caminaba hacia el balón, se aparecieron todos los fantasmas de los penaltis fallados este año. El empate permitió llegar vivos al descanso, que ya era bastante viendo el panorama sin haber tirado a portería en toda la primera parte.

Luego vino un segundo tiempo algo mejor, aunque tampoco para sacar pecho y pedir una estatua a ninguno de los presentes. Unionistas mejoró porque empeorar, mejor dicho hacer menos, era complicado. Entraron De la Nava, Vadik y Masllorens y el equipo dio esa sensación que traslada quien sale del baño colocándose la camisa con gesto de alivio, tras un buen apuro. Al menos hubo intención: Olmedo lo intentó, Mounir agitó cosas y el equipo acabó presionando arriba más por orgullo que por verdadera sensación de peligro. Pero la realidad era otra: a Unionistas se le veía con los dientes mellados sin nadie capaz de fabricar ese “uy” que te levanta del asiento y hace que derrames la cerveza.

Así que empate. Y a jugarse la Copa en la última jornada, que es uno de los mejores premios posibles para un club como el nuestro. Un miércoles de diciembre, un Primera División, bocadillo de lomo frío, olor a humedad en la bufanda y esa sensación maravillosa de estar perdiendo el tiempo correctamente. Mucho mejor plan que cualquier resort con pulserita.

Ahora queda el último partido. En casa. Y eso debería ser una fiesta. Pero una fiesta de verdad con sol, calor, pantalón corto y hombros al aire. No una organizada por Mario Simón en un bungalow de Guijuelo. Una con ruido, cerveza caliente, abrazos a desconocidos y la sensación de que, pase lo que pase, seguimos aquí. Que viendo cómo ha sido la temporada, bastante hemos hecho de llegar con el sueño de la Copa a la última jornada aunque lo hagamos como quien va con el coche temblando a la ITV pero, a buen seguro, encontraremos la forma de que nos sellen el papel, salir con la pegatina puesta en el cristal y seguir, un año más, resistiendo.

Superviviente Blanquinegro. Crónicas del fútbol que resiste.

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