Unionistas en Valdebebas: El camión de limpieza y el adiós al playoff
Unionistas compitió en Valdebebas como quien cruza la calle convencido de que todo está bajo control… hasta que un camión de agua fría te recuerda que la vida no funciona así. Buen partido, buenas sensaciones y un gol que cayó como un chorro inesperado, de esos que te dejan empapado y mirando alrededor sin entender qué ha pasado. No es el final del camino, pero sí una advertencia: antes de soñar, conviene mirar a ambos lados.
🦑 Lunes de Calamares | Chorreo de realidad
Me preparé para el partido con una visita relámpago al supermercado. Un paso por caja con cara de culpa; bolsa de cacahuetes, regalices, pizza precocinada, un par de refrescos y postres de chocolate. Un menú adolescente con Jimena y Sergio de coartada. Acababa de guardar la tarjeta, llenar la bolsa y despedida de quien ya ha cumplido con la misión cuando, en ese abrir y cerrar de puertas, me la encontré de frente.
Antes de que dé tiempo a procesar nada, ya estaba dentro del ascensor con más cara de culpable. Botón del -1 para continuar con mi huida hacia adelante. O hacia abajo, según se mire de un delito que yo solo conocía. Han pasado más de veinte años. Y, aun así, ahí estaba. Exactamente igual que en el recuerdo. Por eso no la saludé, por la sencilla razón de que hay batallas que uno pierde una vez… y decide no volver a jugarlas.
Aquella que me asaltó, justo en la previa del partido de Valdebebas, fue una tarde de junio en la que Salamanca olía a tormenta. Yo iba a la biblioteca a jugarme terminar la carrera en un examen de Historia de la Antropología. Un todo o nada. Aprobar o quedarme señalado de por vida como el incapaz de terminar una carrera, como al que “no le dió”.
Iba crecido esa tarde con mis Converse blancas nuevas, Levi’s recién estrenados rumbo a una tarde de estudio con la seguridad impostada de quien cree, con veinte años y pocas luces, que el mundo le debe algo. Recorrí los quinientos metros que separaban mi casa de la biblioteca con el discman echando humo, con el Club de los Poetas Violentos diciéndome que era mi momento. Barbilla alta, con una mezcla de chulería con una cojera inventada para parecer interesante a nadie más que a mi mismo. Y entonces la vi.
La había conocido el fin de semana anterior en un botellón de esos en los que no sabes ni de quién es la casa pero entras igual. Hablamos, mucho. Lo suficiente como para decidir, sin ningún tipo de prueba, que estaba delante de la mujer de mi vida. A esa edad todo es así: rápido, intenso y profundamente equivocado.
Habían pasado apenas unos días, la vi de lejos caminando por la otra acera y, con un grito de quien está perdido, en el monte la llamé. Se paró en seco. Se dió la vuelta despacio, con miedo y, al verme unos metros más allá, sonrió. Y yo, claro, me vine arriba. Bajé de la acera con la determinación de quien va a cruzar un océano por amor. Me quedé entre un coche y una furgoneta esperando mi momento. Y entonces pasó.
Un camión de limpieza, de esos que no perdonan, decidió que yo formaba parte del alcantarillado municipal. Un chorro de agua a presión directo a la cara, al pecho, al alma. Me estaba ahogando en una tormenta artificial, viendo mi vida pasar a cámara lenta. En cuanto pude volver a abrir los ojos vi su cara. Vi al conductor pidiéndome perdón. Vi a una señora aguantándose la risa. Y a dos chavales que no se la aguantaban. Cuando todo terminó, volví a mirarla. Ella no paraba de reír.Y ahí entendí que aquello ya estaba perdido.
Crucé como pude, fingiendo una dignidad que se me escapaba por los bajos del pantalón. Las Converse empezaban a desteñir, los Levi’s sangraban azul y mis apuntes pasaron a convertirse en jeroglíficos imposibles. Hablamos lo justo para confirmar el desastre y borrar cualquier atisbo de esperanza. Y me fui. Corrí de vuelta a casa empapado, humillado y con la certeza de haber perdido una oportunidad que iba a ser imposible que volviera. Lloré. Sí, lloré. Por ella, por el examen que iba a suspender y por esa sensación de que la vida te había dado una bofetada sin venir a cuento. Suspendí y no volví a verla. Desde entonces, cada vez que me creo invencible, recuerdo aquel día. Y, por si acaso, miro a ambos lados antes de cruzar.
El sábado noche, en Valdebebas, Unionistas hizo un poco eso de no mirar. Porque el partido era de esos que invitaban a creértelo. Una primera hora seria, ordenada, compitiendo de lujo, con ocasiones de gol y la sensación de que Mario Simón había dotado al equipo de argumentos. Era uno de esos días en los que el equipo te dice: “oye, que igual sí”, incluso después del shock inicial de ver a Marco Coronas de vuelta al once inicial por el intocable Salvo Carrasco, y a Carlos de la Nava esperando en el banquillo con su violín para dejar su sitio a Masllorens.
Pero claro, en el fútbol, como en la vida, no basta con parecer que puedes llevarte el partido, hay que hacerlo. Unionistas tuvo las suyas, varias, como le ha pasado varias veces en la temporada, de las que cambian partidos. De las que te ponen por delante y te permiten jugar a otra cosa. Pero no entraron primero porque Pere Marco volvió a demostrar que en el arte del remate de primeras es un tiburón pero cuando le toca definir… la sangre la provoca en los ojos de quienes le miran. Y cuando no entran… ya se sabe cómo suele acabar esto.
El Castilla, que en estas lides es bastante más práctico, encontró su momento. Y cuando le llegó la oportunidad, no dudó en cambiar el libro de estilo para encontrar el mismo combo de golpes que muchos rivales ya habían puesto en práctica para noquear a Unionistas. Centro al área, segunda jugada y balón dentro. 1-0 y los jugadores y aficionados blanquinegros sintiéndose bajo un chorro de agua fría. Pero de los de verdad. De los que no te esperas. De los que te devuelven empapado mientras pensabas que estaba todo controlado. De los que te dejan mirando alrededor con cara de “¿pero esto cuándo ha pasado?”.
Y ahí, con ese gol, se fueron, también, las opciones de playoff. No de golpe, porque el fútbol es muy de alargar la agonía y las matemáticas aún no descartan la probabilidad, pero sí con un zarandeo lo suficientemente fuerte como para entender que lo de que la temporada se alargue unas semanas más ya no depende de uno. Como aquella tarde de junio de la que hablaba.
Lo bueno es que el sueño no acaba aquí. Que queda la Copa, que tampoco es mala manera de alargar la ilusión y seguir dándole sentido a todo esto. Pero hay días que te definen más por lo que no haces, goles, que por lo que haces. Y el sábado fue uno de esos. Toca asumir que, a veces, por muy bien que vayas vestido y por mucho que te creas el rey de la pista… la vida pasa con un camión y te empapa.
Sin embargo, la clave está en lo de después. En si optas por quedarte allí, chorreando y haciendo el ridículo… o en si, aunque sea empapado, sigues caminando a perseguir lo que deseas. Eso sí, sin olvidar mirar a ambos lados antes de cruzar.

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