El legado de Mario Simón en Unionistas: cuando reconocer al jugador vale más que un sistema

Mario Simón: El hombre que volvió a ver al equipo

Unionistas no cambió por un sistema ni por un fichaje. Cambió porque alguien devolvió a sus jugadores la posibilidad de escucharse. En un vestuario arrasado, Mario Simón reconstruyó algo más frágil que el juego: la confianza. Hacerlo le ha permitido a llegar a las tres últimas jornadas con la permanencia conseguido y la oportunidad de devolver al equipo la esperanza de estar en la Copa de la próxima temporada.

Un equipo sin espejo

La temporada de Unionistas de Salamanca no se explica en una estadística, ni en un sistema, ni siquiera en una alineación cantada de carrerilla. Se explica con algo más difícil de medir: un cambio de mirada. Un pequeño cambio en la dirección de lo que se mira y cómo se mira, imperceptible, con el poder de cambiarlo todo. Eso es lo que ocurrió cuando Mario Simón llegó al banquillo blanquinegro tras la salida de Oriol Riera, en un momento en el que el equipo no solo estaba a cero en puntos, sino también en confianza. No trajo fichajes. No revolucionó el dibujo ni prometió una revolución cargada de discursos grandilocuentes. Trajo algo más sencillo: la convicción de que, antes de conseguir que el equipo jugase bien, sus jugadores debían sentirse vistos.

Porque lo prioritario, entonces, no era corregir desajustes tácticos, ni hacer una pretemporada exprés, sino reparar los vínculos rotos. Las organizaciones —una empresa, un hospital, un club de fútbol— suelen fracasar no por falta de recursos, sino por la incapacidad de convertirlos en algo vivo. Protocolos hay muchos. Talento, también. Pero la distancia entre lo que se tiene y lo que se consigue suele estar en la calidad de las relaciones. Cuando esas relaciones se erosionan, todo lo demás empieza a fallar: se relajan los compromisos, se fragmenta el grupo, cada uno empieza a jugar su partido y mirar por lo suyo. Ese es el ejemplo que dejó Oriol Riera: un vestuario que no se reconocía, y que debía aprender a mirarse de otra manera

El paisaje después de la tormenta

Unionistas de Salamanca en las primeras jornadas era, en esencia, un equipo que había perdido la capacidad de escucharse. Demasiado ruido externo, demasiada mirada puesta en lo que ocurría fuera —medios, relato institucional, el peso del pasado reciente— y muy poca atención a lo esencial: los futbolistas que cada fin de semana tenían que sostener todo aquello. La consecuencia fue silenciosa pero devastadora: la invisibilidad. No la desaparición de los jugadores, que se detecta con facilidad, sino algo peor: estar y no ser reconocido. Así empezó a señalarse a Unai Marino en la portería, a Iván Moreno ser el jugador referencia que liderara la causa y que no era, a ver a Pere Marco como un tiburón sin dientes. No se les señalaba porque hubieran dejado de ser válidos, sino porque nadie les devolvía la mirada hacia lo que hacían ni hacia lo que podían mejorar, se les veía como causas perdidas.

Sucede en las ciudades, en las aulas, en los vestuarios. Jugadores que empiezan a dudar de su valor porque nadie lo nombra. Esfuerzos por mejorar, por acercar al equipo al logro, que no encuentran eco. Eso sucedió en Unionistas en el ya lejano mes de agosto e inicios de septiembre, con un técnico, tratando con desdén los jugadores a los que debía entrenar: “Vamos muy justos. Lo dije y lo llevo diciendo… si no hacemos lo que tenemos que hacer no te da… Vamos justos de jugadores arriba. Se han estrenado jugadores en la categoría, otros llevan pocos partidos, otros que vienen de descender”. Y cuando eso ocurre, el rendimiento no cae de golpe: se va apagando.

Mario Simón y el poder de nombrar las cosas

Mario Simón entendió rápido, al aceptar el reto de ponerse al frente de Unionistas de Salamanca, que su primera tarea no era táctica, sino emocional. No se trataba de ordenar piezas, sino de devolverles peso. “Tengo jugadorazos”, repetía. Y no era una frase motivacional. Era una intervención. Nombrar es dar existencia. Reconocer es construir realidad. A partir de ahí, el mensaje fue coherente y sostenido: todos importan. El titular y el que espera. El que decide partidos y el que aparece cinco minutos. No como consigna, sino como práctica diaria. Elogio público, reparto de foco, decisiones que reforzaban la idea de que nadie estaba fuera del sistema.

Un ejemplo perfecto fue Gastón Valles. Llegó al equipo con el aroma de delantero titular indiscutible, pero tardó más de un mes en posar en el once inicial. No porque no valiera, sino porque el reconocimiento no es un privilegio sino un proceso. Y en ese proceso, todos debían entender su lugar dentro de un engranaje que empezaba a girar de nuevo.

El pasado sábado, ante el Real Madrid Castilla, Mario Simón volvió a lanzar un mensaje. Sentó a Salvi Carrasco para devolver a Marco Coronas a la portería tres meses después. No solo tomó una decisión deportiva, sino que lanzó un recordatorio: aquí nadie desaparece del todo. Y ese tipo de gestos, repetidos en el tiempo, construyen algo que no aparece en las crónicas pero sí en el juego: la sensación de pertenencia. Marco Coronas no es un portero espectacular. Su virtud no es parar, sino no fallar. Su silencioso papel es ayudar a sostener al equipo sin acaparar miradas. Su regreso al once no fue un premio, sino una consecuencia de un clima de trabajo que reconoce a quien cumple.

Marco Coronas bajo palos ante el Real Madrid Castilla

El compromiso de no dejar nadie atrás

Un equipo empieza a competir de verdad cuando deja de jugar solo. La gran aportación de Mario Simón no fue inventar un estilo, sino activar una inteligencia que ya estaba ahí: la colectiva. Esa red invisible que se crea cuando los jugadores se reconocen, se entienden y empiezan a coordinarse sin necesidad de pensarlo todo.  El fútbol, en ese sentido, es una microsociedad. Un sistema complejo donde el todo siempre es más que la suma de las partes. Puedes medir los goles de De la Nava, el despliegue de Juanje o la consistencia de Álvaro Gómez. Pero lo importante ocurre entre ellos, en lo que no se puede aislar. Ahí es donde aparece esa especie de lenguaje silencioso: una mirada, una orientación del cuerpo, un desmarque que alguien anticipa medio segundo antes.

Eso no surge por inspiración. Se entrena. Se repite. Pero, sobre todo, se construye sobre un clima que lo permita. Nadie interpreta bien al compañero si no le presta atención. Y nadie presta atención a quien no reconoce. Por eso la inteligencia colectiva no es solo una cuestión táctica. Es relacional.

En el fútbol moderno se habla mucho del talento como si fuera una condición aislada. Pero el talento, sin contexto, se queda en promesa. Lo que marca la diferencia es la capacidad de un jugador para integrarse en un sistema, para entender qué necesita el equipo de él y cuándo. Ahí entra la voluntad. La voluntad de formar parte de algo compartido. De aceptar un rol, entenderlo y hacer lo que los demás esperan de uno sobre el terreno de juego. De entender que, a veces, aportar no es brillar, sino sostener. Y eso solo ocurre cuando el jugador siente que forma parte de algo que merece la pena, aunque no sea el protagonista en la foto o, tan siquiera, disponer de las oportunidades que le gustaría disponer, sino de darlo todo en la que se le presente.

Unionistas, poco a poco, fue construyendo eso. Desde la fragilidad inicial hasta un equipo capaz de sostenerse, competir y acabar mirando hacia arriba. No porque de repente tuviera más talento -que también con las incorporaciones llegadas en el mercado de invierno: Vadik, Serpeta, Chibozo, Mounir o Salvi- sino porque empezó a utilizarlo mejor. Porque cada pieza encontró su lugar dentro de un engranaje que funcionaba. Hay una idea que atraviesa toda la temporada: el reconocimiento como motor. Y con el regreso de Marco Coronas, esa idea volvió a ponerse en valor.

Reconocer no es halagar sin criterio. Es ver al otro, aceptar su diferencia, entender qué puede aportar y darle un espacio para hacerlo. Es una tarea exigente, porque obliga a salir de uno mismo y a mirar de verdad. Pero cuando ocurre, cambia todo.

Unionistas pasó de ser un equipo que dudaba de sí mismo en otoño a uno que se sabía capaz de todo en primavera. Y esa transición no se explica solo desde el juego, sino desde algo más profundo: un grupo que volvió a sentirse visto. Mario Simón no convirtió a sus jugadores en otros. Hizo algo más difícil: consiguió que se convirtieran en sí mismos, pero juntos.

Y quizá por eso, ahora que llega la recta final con los tres últimos encuentros por disputarse -y probablemente los últimos del entrenador y de buena parte de la plantilla-, el legado de Mario Simón no será un sistema, no será un resultado. Será un clima y una forma de mirar en el que la clave para corregir el devenir de la temporada se enmendase aprendiendo a escucharse de nuevo.

Y en un fútbol cada vez más obsesionado con lo individual, ahí está la verdadera rareza. Y, probablemente, la clave de la permanencia y de lo que esté por venir en este final de temporada.

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