Unionistas 2-1 Tenerife: Olmedo, lluvia y el regreso de los "extraños familiares"

El Reina Sofía amaneció pasado por agua, con paraguas rotos, caras largas y ese gesto de lunes que se nos pone cuando llueve en Salamanca. Y aun así, entre chaparrones, viejos conocidos y un Tenerife que siempre trae recuerdos que duelen un poco, Unionistas ganó. No fue un partido bonito, pero sí uno de esos que te recuerdan por qué seguimos viniendo: por la nostalgia compartida, por los fantasmas que vuelven y por esa alegría torpe que llega empapada, pero llega.

🦑 Lunes de Calamares | Extraños familiares

La alegría siempre aparece vestida de vino y agua. De vino para celebrarla y de agua porque, cuando llega de verdad, suele hacerlo empapada, despeinada y la pose un poco torcida. Como el sábado en el Reina Sofía. Fue una tarde de chaparrones, paraguas en las papeleras doblados por el viento y gente entrando al estadio con cara de lunes con la que se presenta el fútbol cuando llueve. Y aun así, con gesto serio, muy de meseta, Unionistas ganó.

El sábado tocó sufrir porque el rival dominó mucho, aunque sin entrar a matar, lo que obligaba a arremangarse como quien tiene que atender un desatranco y salir contentos a casa con la sensación de haber salvado la llama de la esperanza hasta el final de la temporada. El playoff ya sabemos que es ese amigo, al que llamas, escribes y le insistes con que vaya a tu boda aun sabiendo que no va a ir pero al que, por si acaso, le sigues guardando el  sitio. Lo que queda ahora es la Copa. Que no es un plan de sol, calorcito y terraza sino un plan para un miércoles de diciembre contra un Primera, con helada garantizada y menú de bocadillo de lomo. Pero del que puedo dar fe que es mejor que unas vacaciones con pulserita.

En la previa del partido, entre ronda y ronda fuimos llenando la tarde con la memoria de nuestra Unión Deportiva Salamanca, recordando los partidos contra el Tenerife, jugadores que vimos y que vistieron ambas camisetas, hasta que llegamos a ese último partido de 2013. Y ahí, el silencio, media vuelta, mientras mascullaba al cielo “para qué mientas la madre”. Varias veces tocó repetir la escena, porque otra vez ahí estaba el Tenerife. Ascendido, feliz, celebrando la vida con trescientos chicharreros de esos que parecen vivir permanentemente en carnaval. Ellos iban de fiesta mientras nosotros, estábamos con el traje de faena. Con el gesto de quien le toca trabajar mientras el resto celebra, con la actitud de dehesa de “sí, sí me alegro por ti… pero… no molestes”. Más pendiente del partido que de dejarse llevar a las incitaciones de graderío rival que andaba con ganas de confraternizar.

Y entre la lluvia  aparecieron los “extraños familiares”.Que es una de las cosas más bonitas que tiene el fútbol. Exjugadores que ya no son tuyos pero que tampoco han dejado de serlo del todo y que vuelven de pasada a la que fue su casa. Gente con la que compartiste rutina emocional sin llegar a conocer jamás. Como ese señor al que ves todos los días en el autobús y cuya ausencia un martes cualquiera te descoloca. Ahí estaban Chapela, Cris Montes, Gastón Valles… y hasta De Miguel flotando en la conversación aunque no estuviera. Cris dejó un par de conducciones de esas que te hacen pensar automáticamente en 2022. Chapela salió al campo con esa desidia que ya le conocíamos que le venía a veces y que le hacían jugar como quien, sabiendo el final, vuelve a ver El Sexto Sentido. Y luego estuvo Gastón.

Qué gran partido el de Gastón en favor de Unionistas sin jugar para Unionistas. El uruguayo que cuando se fue en enero lamentamos su salida porque pensamos que se nos iba a caer de nuevo al pozo un equipo que empezaba a ver la luz, hizo el último servicio a la causa. Sus agarrones, sus protestas y sus encontronazos con Farru fueron probablemente sus últimos servicios a los que fueron sus compañeros. Hay gente que nunca aprende a irse del todo. Gracias por tanto, Gastón.

Luego estaba el asunto del fútbol, claro. Marco Coronas siguió en la portería porque a veces el mayor elogio para un portero consiste simplemente en no liarla. Y eso, visto lo visto últimamente, ya empieza a parecer una virtud revolucionaria. Mario Simón recuperó además aquella defensa invernal con Gorjón al lateral y Vadik al centro de la zaga. Fue como esos grupos de música que vuelven a reunirse porque sus aventuras en solitario no terminaron de funcionar.

Y el invento salió razonablemente bien aunque tuvieron que hacer sus ajustes porque aquello no acaba de tener el sonido de antes. El culpable Jeremy Jorge, que volvió loco a Gorjón, a Olmedo y a cualquiera que pasara cerca. Olmedo especialmente vivió una tarde de esas en las que uno parece discutir permanentemente consigo mismo y, peor aún, con Vadik que no paró de llamarle al orden en cada parón.

Estaba la cosa tan tensa en esa zona que Mario Simón, para poner paz, mandó cambiar de banda a Víctor Olmedo y lo llevó a la izquierda. La idea era calmar las aguas y en el primer balón que tuvo llegó el error. Pérdida absurda, gol del Tenerife que igualaba el gol de churro logrado por Mounir, y puesta en el foco esa reacción tan humana de pedir falta con la misma convicción con la que Jimena me niega haber vuelto a dibujar en la pared mientras me pide que le lave las manos manchadas de colores.

Pero el fútbol tiene estas cosas. A veces te hunde y a veces te devuelve la oportunidad, poco después, para ver qué haces con ella. Y Olmedo respondió bien. Muy bien. Llegó arriba, apareció en la transición y marcó el segundo gol con un toque sutil con su pierna izquierda para equilibrar la balanza moral de la tarde. El dos de Unionistas pasó de villano a héroe en cuarenta minutos y se pudo marchar a casa sin pagar una ronda.

A partir de ese gol el Tenerife apretó poco. O quizá Unionistas supo defender mejor de lo que solemos admitir. Chibozo regresó para delirio de la grada, el equipo resistió y hasta el árbitro decidió colaborar mirando para otro lado en un penalti de Juanje que era más claro que los enfados en un “no me pasa nada” seguido de un portazo.

Y así, entre agua, vino y viejos conocidos, Unionistas sigue vivo en la lucha por la Copa .Que no es poca cosa. Porque al final uno también va al fútbol por esto: por encontrarse con fantasmas conocidos, por abrazar nostalgias absurdas y por seguir compartiendo rutina emocional con sus amigos y, también, con un montón de extraños que, partido tras partido, temporada tras temporada, terminan pareciéndose muchísimo a la familia.

Superviviente Blanquinegro. Crónicas del fútbol que resiste.

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