Salamanca Athletic: el equipo que nunca llegó a existir y la residencia de ancianos
Hay relatos que parecen exagerados una vez que pasa el tiempo o que, con el paso de los años, se adornan con todos los recursos de la imaginación. Lo que pasó con el proyecto Salamanca Athletic quizá pueda entenderse como el caso contrario. Cuanto más se mira con la distancia del tiempo, más inverosímil parece y, sin embargo, gracias a la hemeroteca podemos comprobar que se trató de algo real.
Los medios de comunicación locales mayoritarios en la ciudad de Salamanca se afanaban por presentar el proyecto como el fútbol profesional que nunca se fue, los protagonistas, quienes vivían el día a día, hora a hora del aterrizaje del proyecto en algo tangible vivían una realidad diferente. Los anuncios de fichajes se sucedían, las fotos de presentación se sucedían y las declaraciones desde la estructura deportiva del club trataban de vender un optimismo exagerado. Pero, si se miraba con atención, se percibían de inmediato las grietas. Eran detalles, señales que estaban ahí presentes y que solo había que detectar y unir porque, por mucha voluntad y empeño que se pusiese en ello, las piezas no terminaban de encajar. Los jugadores, tardarían poco en comprender que estaban siendo protagonistas de algo muy distinto a lo que, a través del teléfono, les habían prometido.
Un equipo sin hogar: Bienvenidos al geriátrico del Helmántico
Una de las primeras dificultades con las que tuvo que lidiar el recién nacido Salamanca Athletic fue la de encontrar un lugar donde concentrar a la plantilla. Parece un detalle sin importancia pero que no lo era en absoluto. Más aún siendo un club recién creado que necesitaba ofrecer alojamiento a futbolistas procedentes de puntos muy distintos de España y, hacerlo además, en unas condiciones de provisionalidad absoluta. Desde la dirección deportiva no se iban a destinar partidas de gasto para costear alquileres de larga duración sin tener la confirmación de que el proyecto iba hacia delante.
Muchos de los jugadores que se fueron incorporando a la plantilla habían llegado a la capital del Tormes solos, sin compañía alguno, como quien aterriza en un planeta desconocido. Otros habían llegado rescindiendo su contrato vigente con otros clubes para sumarse a la, en apariencia, ambiciosa apuesta que estaba haciendo Juan José Hidalgo por devolver el nombre de la Salamanca al fútbol profesional a la mayor brevedad posible. Todos esperaban encontrarse al llegar, dentro de las carencias propias de los comienzos, una estructura mínimamente profesional que les diese la bienvenida y le hicieran una acogida lo más amable posible. Encontraron otra cosa.
La increíble rutina de Aitor Pastoriza: "Nos pidieron ayuda con los ejercicios de movilidad"
Aitor Pastoriza recordaría, años después, el suceso con una mezcla de resignación e incredulidad: “Cuando llegamos a Salamanca nos dijeron que nos iban a alojar en una residencia con la manutención y con todo pagado. Pero cuando llegamos allí, vimos que había una parte de razón, se trataba de una residencia… pero de ancianos. Un geriátrico.”
El lateral gallego salido de la cantera del Celta de Vigo, llegó a Salamanca procedente del Coruxo en lo que pretendía ser un salto adelante en su carrera tras haberse asentado profesionalmente en la categoría. No se recuperó del palo y optó, al final de esa campaña donde terminó jugando en el Noja, por poner fin a su sueño de futbolista para dedicarse al negocio familiar.
La sorpresa inicial de verse alojados en una residencia de ancianos dio lugar a unas rutinas extrañas en la que los futbolistas compartían los espacios comunes con el resto de residentes. Coincidían con ellos en los pasillos, en el comedor y en otras zonas comunes que terminaron generando interacciones de los más curiosas: “Las chicas que trabajaban en la residencia nos pedían ayuda para hacer algunos ejercicios de movilidad con los ancianos”. Una frase que da lugar a una imagen que podría formar parte de una película de Berlanga pero que, en realidad, define de forma precisa la atmósfera que envolvía al Salamanca Athletic.
El proyecto de Juan José Hidalgo aspiraba, sin haber saltado al terreno de juego, a jugar en Segunda División B y estar en la pelea por ascender de categoría, al tiempo que sus jugadores convivían con personas recién jubiladas y pacientes con distinto grado de dependencia. Una situación que difícilmente podrá encontrarse en ningún otro lugar del fútbol profesional en España. Y, aún así, muchos de los jugadores decidieron seguir adelante antes de poner pies en polvorosa. Esperando que la situación mejorase, que la solución prometida se materializase a la mayor brevedad. Confiando en la palabra de quienes le decían que lo que estaban pasando era algo provisional hasta que la situación se normalizase. Convencidos de que el apretón de manos, las promesas y los pactos de caballeros tiene valor y están para cumplirse.
Entrenar sin saber para qué: Campos prestados y sospechas sin contrato
En el mundo del fútbol no hay mayor frustración para un futbolista que ejercitarse a lo largo de la semana sabiendo que, cuando llegue el partido del fin de semana, no va a participar. Esa era la sombra de la sospecha que se cernía en cada sesión de entrenamiento del Salamanca Athletic. Los jugadores acudían a cada sesión que se les citaba y, cada una de ellas, en vez de contribuir a disipar las dudas, las aumentaba. El nuevo equipo carecía de instalaciones propias en las que poder desarrollar una pretemporada con normalidad. Cada día parecía una descubierta por las instalaciones municipales salmantinas. Hoy se entrena aquí, otro allá, el siguiente en el otro punto… en un deambular continuo por campos prestados y horarios de entrenamiento del todo improvisados.
Las condiciones distaban mucho de ser lo que podrías esperarse de un proyecto llamado a pelear por un sitio en el fútbol profesional. El técnico, Gustavo Siviero, intentaba normalizar la situación y quitarle hierro al asunto. Al fin y al cabo su labor era la de ser entrenador y el equipo, entrenar, se puede decir que entrenaba. El argentino se afanaba en prepara partidos, generar automatismos. En definitiva, intentaba construir un equipo aunque no estuviese claro si, en algún momento, llegaría a disputar un encuentro oficial.
Los jugadores, muy disciplinados, hacían lo que se presupone que debe hacer un futbolista en una pretemporada: correr, entrenar y esperar. Pero en esa rutina sin consolidar surgían infinidad de dudas, nuevas preguntas y cuestiones por resolver. ¿Dónde estaban los contratos a firmar? ¿Alguien sabía por qué aún no se habían firmado? ¿Por qué no recibían la llamada de ninguna gestoría para acudir a estampar la firma? ¿Por qué todo era un vuelva usted mañana? ¿Por qué todos los días aparecía alguien a prometer algo que no se cumplía al día siguiente? Entre tantas preguntas sin respuesta el ambiente comenzó a cambiar, lo que ayer era ilusión hoy se estaba convirtiendo en una inquietud creciente dentro de cada miembro de la plantilla
Las primeras fugas del equipo fantasma: El pragmatismo de Urtzi Iturrioz
Algo no funcionaba en Salamanca y muchos comenzaron a darse cuenta. Una vez vistas las orejas al lobo hubo quienes tomaron la decisión de marcharse cuanto antes e intentar encontrar un acomodo competitivo antes de una solución de emergencia.
El primero en decidir volverse por donde había venido fue el guardameta vasco Urtzi Iturrioz. El cancerbero había llegado convencido de que el proyecto iba a salir adelante. Venía con experiencia en la categoría de bronce además de haberse formado en las prestigiosas canteras vascas, más aún para la demarcación de portero, como son las de la Real Sociedad y del Athletic Club de Bilbao. Iturrioz no era un joven ingenuo, ni un soñar, su pragmatismo vasco y su conocimiento del fútbol modesto le hacía conocedor de las verdades que se ocultan detrás de las palabras bonitas y los bolígrafos brillantes que asoman de los bolsillos de quienes visten camisa y chaqueta en el mundo del fútbol. Por eso empezó a sospechar y, tiempo después, resumía con la contundencia de un manotazo en la cara de un portero del norte: “Cuando el Salamanca Athletic me fichó me aseguraron por activa y por pasiva que el equipo iba a poder salir a competir. Pero, tras estar allí una semana y entrenarme con el equipo, vi con claridad que no había certeza alguna en lo que decían y opté por volver a casa. Me parecía la decisión más sensata y segura.”
La situación de incertidumbre generada alrededor del Salamanca Athletic y las primeras deserciones daban lugar a un componente muy peligroso. Muchos jugadores se estaban ejercitando sin contrato alguno por lo que, en caso de sufrir algún tipo de lesión, corrían el riesgo de quedarse no solo sin equipo, sino de una mínima protección que les diera cobertura en caso de una lesión de gravedad. El riesgo era enorme, desproporcionado, y conforme iban avanzando los días del caluroso verano parecía aún más temerario correrlo. “No teníamos contrato. Al menos nos daban casa y comida gratis.” La frase, dicha con cierta ironía, una vez que lo vivido queda ya lejos en el tiempo, evidenciaba lo que se estaba viviendo. Los jugadores permanecían en Salamanca porque aún querían creer y porque, quizá, tenían miedo de asumir tan pronto que se habían equivocado y que habían sido engañados. La confianza, ya sin dique que la contuviese, se iba escapando por el sumidero y parecía pronta a agotarse.
Pape Diamanka descubre la realidad
La historia de Pape Diamanka resulta especialmente significativa ya que probablemente era el jugador con mayor proyección de toda la plantilla. Recordamos que era internacional absoluto con Senegal y un futbolista del Rayo Vallecano. Por tanto, se trataba de un jugador con mucho mercado y que, a buen seguro, manejaba otras alternativas.
Diamanka llegó a Salamanca convencido de que se incorporaba a un proyecto serio. No conocía demasiado sobre la desaparición de la Unión Deportiva Salamanca, menos aun de la compleja relación entre Juan José Hidalgo y gran parte de la ciudad. Simplemente había escuchado una propuesta atractiva y se había dejado convencer por los cantos de sirena de un club que aparecía cargado de ambición. Un proyecto que se vendía como ganador en las conversaciones en las agencias de representación. El jugador creyó que tenía ante sí una buena oportunidad para relanzar su carrera. La realidad apareció rápidamente.
«Los jugadores nos enteramos allí, en la residencia de ancianos donde estuvimos una semana.»
Allí, con las maletas y el taxi diciendo adiós, Pape Diamanka, como le pasó a muchos de sus compañeros, se encontró con que la residencia provisional donde conviviría con sus compañeros era, en realidad, una residencia de ancianos. Cada día había reuniones en torno al tema de qué pasaba finalmente con el Salamanca Athletic y el alojamiento. CAda día terminaba con las consabidas explicaciones acompañadas de una nueva promesa para endulzar el discurso. Pero las soluciones nunca terminaban de concretarse.
«Nos decían que no pasaba nada y que todo se iba a arreglar.»
Los días seguían avanzando, los contratos seguían sin firmarse porque nadie aún, había tenido los arrestos de imprimirlos, y que alguien pudiese estampar una firma en ellos que diese lugar a unas obligaciones por cumplir. La incertidumbre crecía y aparecía en cada conversación entre los jugadores y sus representantes. El mercado avanzaba inexorablemente hacia su cierre. por lo que Diamanka, cansado de esperar, tomó una decisión. Dilatar más tiempo la decisión podía costarle una temporada. Así que se marchó poniendo rumbo a Sestao. Y probablemente realizó el movimiento más inteligente de toda su carrera.
Una ciudad de luto da la espalda a Hidalgo
Mientras los jugadores empezaban a desconfiar, Salamanca seguía observando la situación desde una distancia emocional insalvable ocn un proyecto, el del Salamanca Athletic, que no lograba conectar con nadie. Quizá fue porque llegó demasiado pronto o quizá, demasiado tarde. La herida de la desaparición de la Unión Deportiva Salamanca seguía abierta, el duelo permanecía en unos aficionados que todavía estaban intentando procesar lo ocurrido. Mientras, aparecía este proyecto que, con el cuerpo aún caliente, ya estaba vestido con la ropa del muerto tratando de meterse en la que fue su casa.
Muchos veían el proyecto de Hidalgo como un intento de apropiarse del espacio dejado por la UDS, dando lugar a una desconfianza total en una iniciativa nacida desde los despachos que había dejado de lado a la afición en los últimos días mientras la UDS agonizaba. Mientras tanto, de forma más prudente y respetuosa con lo sucedido, comenzaban a consolidarse otras alternativas.
Surgían movimientos de aficionados que trataban de dar vida a proyectos populares mediante iniciativas construidas desde abajo. La diferencia de percepción era evidente. El Salamanca Athletic tenía dinero que siempre acerca nombres y facilita encontrar experiencia. Pero no tenía algo fundamental. No tenía gente a su lado.
El silencio antes de la caída
A mediados de agosto el tiempo empezaba a agotarse, el tic tac dejaba de ser un sonido de fondo a tener el estruendo de una campana. La primera jornada estaba cada vez más cerca, por lo que los jugadores entrenaban y el míster Gustavo Siviero llevaba a cabo una preparación minuciosa de cada sesión. La dirección deportiva trataba de pescar los últimos refuerzos pero, ante una situación que intentaba acercar una sensación de total normalidad, nadie era capaz de responder a la pregunta más importante. ¿Iba a competir, de verdad, el Salamanca Athletic?
En público Juan José Hidalgo mantenía el optimismo y la arrogancia propia de quien siempre hace lo que quiere, como quiere para acabar saliéndose con la suya. En privado, en corrillos lejanos a la figura del empresario, empezaban a aparecer los nervios. Porque el problema que afectaba al Salamanca Athletic no era deportivo, tampoco económico, incluso podríamos decir que no siquiera era social. Juan JOsé Hidalgo estaba dispuesto a seguir adelante con su club aunque no tuviese ni un solo socio.
El verdadero problema del Salamanca Athletic y Juan José Hidalgo era jurídico. Y estaba a punto de explotar mientras la Real Federación Española de Fútbol seguía estudiando el caso. Los plazos se estrechaban, el calendario avanzaba y los informes se iban acumulando Y mientras los futbolistas corrían detrás de un balón en campos prestados, el futuro del club se decidía a doscientos de kilómetros de distancia. Cuando llegó la respuesta definitiva, todo se derrumbó de golpe. No habría debut oficial, en la historia del Salamanca Athletic quedará un único partido disputado en Carbajosa ante el equipo local. No habría temporada en Segunda División B ni habrá Salamanca Athletic. El equipo fantasma estaba a punto de desaparecer antes incluso de haber existido.
Próximamente Parte 4 (Final de serie): El veredicto. Las horas más oscuras de Juan José Hidalgo, el desplante definitivo de la RFEF y las cenizas de un proyecto que murió antes de nacer. No te pierdas el desenlace de ‘El verano que nos quedamos sin fútbol’.

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