No lo puedes ver, pero lo vas a poder escuchar

En Miranda de Ebro hubo un tiempo en que el Mirandés jugaba los domingos a las tres y media de la tarde porque no había luz en el campo. Raúl Canales creció viendo aquellos partidos de Tercera cuando, los días buenos, acudían ochocientas o mil personas a Anduva. Después llegaron los ascensos, la Copa, la televisión, la Copa y más de diez años en Segunda. Cuando el Mirandés dejó de aparecer en la pantalla tras el primer descenso de Segunda División, Raúl y un grupo de aficionados decidieron hacer una radio, Onda Rojilla, para seguir acompañándolo. Esta es la historia de una afición contada por uno de los hombres que lleva décadas intentando explicar por qué sigue ahí.

Raúl Canales, de Onda Rojilla, durante una retransmisión del Mirandés

Las tres y media de la tarde de un domingo no suele ser una hora que marque la vida de nadie, excepto para Raúl Canales. A esa hora jugaba el Mirandés cuando él era niño. No había focos en el campo, así que, para evitar tener que jugar cuando llegasen las tempranas noches de invierno en Miranda había que jugar pronto. La iluminación artificial no llegó hasta febrero de 1992 con un partido que midió al Mirandés con el Dukla de Praga en el que jugaba, con 19 años, un tal Pavel Nedved. Los domingos, al contrario que en la mayoría de hogares españoles, en casa de los Canales tocaba comer antes para estar a tiempo en el campo. En especial los días importantes como podía ser un duelo ante el Calahorra o el Haro que podían llevar a duplicar la asistencia habitual al campo. Más gente significaba, quizá, superar las mil personas en las gradas. El Mirandés estaba, en aquellos años en los que Raúl era un crío, en Tercera División.

“De la primera temporada que tengo recuerdo es la campaña 1986-87”, cuenta Raúl.

Por entonces el Mirandés podía pasar algún año por Segunda B, se había estrenado en la categoría en el año 1977 donde estuvo hasta 1982 y a la volvería a finales de los ochenta, alguna temporada por Regional, pero volvía casi siempre al mismo sitio. Tercera División. Era su lugar habitual. Un equipo de una ciudad pequeña que jugaba contra otros equipos de la zona, principalmente riojanos y navarros. Raúl recuerda que la mayoría de sus amigos no iban al fútbol. Sus amigos decían ser del Real Madrid, del Barcelona, del Atlético. Eran muy pocos los que decían ser, además, del Mirandés. Él era una de esas pocas rara avis.

“Recuerdo tener un amigo que fuera al campo a ver los partidos que le pasa como a mí, que es del Mirandés de toda la vida”.

El resto iría llegando. Eso es algo que Raúl cuenta varias veces a lo largo de la conversación: el Mirandés que él conoció no era, ni de lejos, el Mirandés de ahora. No había nadie en la ciudad vistiendo la camiseta del equipo por las calles. No había niños jugando los mundialitos en la calle pidiendo ser el delantero del Mirandés. El equipo no aparecía ni un segundo en televisión. No había nada parecido a la certeza de que aquel equipo formaba parte de la infancia de una ciudad entera, ni siquiera de que formara parte de la vida cotidiana de la ciudad. Había un campo, Anduva,unos cuantos viejos, ochocientas personas y pocos niños que, como Raúl, estuviesen deseando que llegase el domingo para acercarse a ver al equipo.

La ciudad que había dejado de creer

Antes de que Raúl llegara al Mirandés de Tercera había existido otro Mirandés. En los años sesenta y setenta había tenido tirón. En 1978-79, en su segunda temporada en Segunda División B, el equipo estuvo a un paso de subir a Segunda. La ciudad se había ilusionado. Solo necesitaba conseguir un punto en las dos últimas jornadas para conseguirlo. La primera oportunidad de conseguirlo llegó en Tenerife. La oportunidad se fue con un penalti que en Miranda siempre estuvo visto bajo la sombra de la sospecha, señalado apenas un minuto después de que el equipo hubiese logrado el empate cuando quedaban cinco minutos para el final del partido.

Quedaba otra oportunidad. En casa, ante el conjunto asturiano del Langreo. El equipo rival no se jugaba nada. El ascenso se daba por hecho cuando el equipo se puso por delante en el marcador. Pero, inexplicablemente, en los últimos diez minutos de partido el marcador cambió dando paso a un 1-2. El Mirandés perdió y quedó para siempre el recuerdo de la que se conoce como La noche de los carnets rotos. La gente, rabiosa, salió muy enfadada del campo y rompió muchos carnets.

Raúl habla de aquello como una herida antigua que explica algo de lo que vino después. El seguimiento al equipo decayó y cuando él creció el Mirandés llevaba ya otra vida.

“A mí me tocó crecer con el Mirandés en Tercera, al que iban a ver los cuatro viejos, por decir así, y era un equipo que no enganchaba”.

Quizá por eso resulta difícil entender lo que sucedería en la historia reciente sin entender primero aquello que sucedió cincuenta años atrás. No hay nada como echar la vista atrás y hablar con quienes acompañaron al equipo en aquellos años para comprender que el Mirandés no pasó de la nada a aparecer en Segunda División. Primero hay que hacer sitio a la memoria en una ciudad que no esperaba demasiado, quizá nada, del fútbol y por una generación completa que creció sin sentirse del equipo de su ciudad. Aunque tiempo después, una generación completa, se vivió un momento que empezó a cambiar las cosas.

Once inicial del CD Mirandés de la temporada 1990-1991 con Roberto Olabe de portero.

Huesca, Lemona y el último minuto

Quienes desconocemos la historia del Mirandés, si tuviéramos que marcar un momento en el que cambia la historia reciente del equipo señalaríamos, sin dudarlo, el año 2012 y las semifinales de la Copa del Rey alcanzados como el momento de la catarsis. Raúl, por el contrario, sitúa el punto de inflexión una década antes, en el año 2003. 

El Mirandés llevaba más de una década entre la Tercera División y la Regional Preferente. La última vez que había estado en Segunda División B estaba en el banquillo Juan Manuel Lillo y defendía la portería del equipo Roberto Olabe. Casi nada. En la temporada 2002-2003 el equipo había hecho una campaña perfecta, acumulando más de 30 partidos sin perder que le hicieron merecedor de un premio otorgado por la revista Don Balón. Tras proclamarse campeón de su grupo tocaba disputar la liguilla de ascenso a Segunda División B.

En los dos primeros partidos de esa liguilla el equipo perdió la misma cantidad de encuentros que en toda la temporada, Cayó derrotado en los dos primeros encuentros y las opciones para subir eran mínimas. Para alcanzar la Segunda B tenía que ganar los cuatro partidos que le quedaban por delante. Lo hizo. Primero venciendo al Tropezón, después derrotando al Huesca a domicilio, en un partido al que Raúl recuerda irían 40 o 50 aficionados mirandesistas. Pocas esperanzas había en el equipo pero, aun así, el equipo consiguió ganar, de nuevo, en el último minuto.

Después llegó el doble duelo final ante el Lemona. El equipo vasco lo tenía todo a favor ya que, con un empate en los dos partidos, ascendería. El Mirandés, sin embargó, ganó el primer partido en tierras vizcaínas. En Lemona, se llevó al partido con un apretado 1-2.

““Con un gol de falta en el último minuto”.

Quedaba un partido. El último, que debía disputarse en Anduva. La ciudad de Miranda de Ebro se movilizó para ese encuentro. Cinco mil personas fueron al campo y abarrotaron las gradas de un campo en el que la gente tenía que estar de pie.

“De pronto, toda la ciudad, gente que nunca había ido al fútbol, se animó con el objetivo de llenar el campo”.

El Mirandés empezó perdiendo aquel partido y,además, se quedó con un jugador menos durante gran parte del partido. Aun así, consiguió igualar el marcador y llegar con opciones a los instantes finales. Y, al igual que en los partidos anteriores, volvió a ocurrir. En el último minuto Iván Agustín conseguía un gol que valía un ascenso a Segunda División B trece años después.

“Ese día se desató una euforia en la ciudad que nadie conocía, que no habíamos visto en los últimos años”.

Raúl lo cuenta sin necesidad de ponerles adornos. En una ciudad de apenas cuarenta mil habitantes, cinco mil personas habían acudido a ver a un equipo que poco tiempo antes jugaba los domingos a las tres y media porque no había luz.

Al año siguiente, todo siguió creciendo. El Mirandés, aupado por el ímpetu de su gente y los goles de David Gallo, jugó la promoción de ascenso a Segunda. No se consiguió la gesta, quien se llevó el premio fue el Pontevedra, y la temporada siguiente el Mirandés volvió a su territorio habitual de la Tercera División al consumarse el descenso. Pero algo había cambiado.

“Ya se había generado un caldo de cultivo y una vinculación que ya no desapareció”.

La gente que había descubierto al equipo se había quedado incluso tras el descenso para acompañar al equipo en Tercera. Tres mil socios sacaron sus carnets y se vivieron viajes multitudinarios. Dos mil personas viajando a la capital de la provincia  para vivir el duelo ante el Burgos. Un millar viajando hasta la ciudad amurallada de Ávila donde se vivió algo que explica a la afición del Mirandés mejor que cualquier fotografía. Llegaron a las puertas del estadio Adolfo Suárez  después de cuatro horas de viaje. Vieron el precio de las entradas, les parecieron que eran demasiado caras, un abuso, y decidieron no entrar. Se quedaron fuera del estadio, cantando y animando a su equipo desde los aledaños del estadio.

“En esos años se generó el ambiente de lo que es hoy el Mirandés y ya no se perdió”.

Ahí ya estaba el Mirandés que, años después, aparecería en televisión.

Pablo Infante jugador del Mirandés en un partido de Copa del año 2012

Cuando el Mirandés empezó a verse

Raúl no recuerda exactamente cuál fue el primer partido que vio del Mirandés por televisión. Tiene una razón de peso, siempre había estado en el campo. Su primer recuerdo del Mirandés convertido en imagen televisiva es en el año 2012 con la Copa del Rey y el equipo llegando a la eliminatoria de semifinales ante el Athletic de Bilbao de Marcelo Bielsa. Un duelo desigual entre el equipo vasco, frente al modesto equipo de Miranda que encabezaba Pablo Infante. El país descubría, merced a aquellas eliminatorias en las que dejó fuera a conjuntos como el Villarreal, Racing de Santander y RCD Espanyol, a aquel equipo pequeño que había llegado hasta allí. Pero para entonces, insiste Raúl, la masa social ya estaba construida.

“Para cuando vimos al Mirandés en televisión el caldo de cultivo de arraigo del equipo en Miranda ya se había creado casi una década antes”.

Es una precisión importante porque la televisión lo que permitió es hacer visible al Mirandés, pero ni lo creó ni le dio forma. El equipo ya estaba dentro de la ciudad. Ese mismo año, el equipo consiguió el hito de ascender a Segunda División y alcanzar el fútbol profesional con nombres entre los que aún se encontraba el de Iván Agustín.

El fútbol profesional lo que provocó fue otra cosa. Hizo aparecer al Mirandés fuera de la ciudad. Raúl lo explica desde su propia experiencia. Él vivió unos años en Argentina y allí conocían el Mirandés. No porque nadie se levantara a las cuatro de la mañana para ver un partido sino porque el nombre sonaba. Eso significa jugar en Segunda y que un equipo alcance el fútbol profesional. Los equipos dejan de ser invisibles, aparecen en medios nacionales, incluso a miles de kilómetros, y alguien descubre que existe.

“Ver al Mirandés por televisión y el fútbol profesional lo cambia todo”, dice.

Y entonces, tras cinco temporadas consecutivas en el fútbol profesional, llegó el descenso. Y con él, el apagón.

Miguel Ortiz miembro de Onda Rojilla durante una retransmisión del partido del Mirandés

Onda Rojilla, cuando el Mirandés dejó de verse

La caída a Segunda B supuso que el Mirandés desapareciese de la televisión. Raúl era periodista.Había vivido en Argentina y allí había colaborado con Furia Española, una radio partidaria del Deportivo Español de Buenos Aires. En Argentina, explica, incluso los clubes pequeños tienen radios hechas por aficionados. Gente que sigue al equipo a todas partes que retransmite y que informa del día de su club. Cuando el Mirandés bajó, Raúl pensó en aquella experiencia.

“Si ahora no hay televisión, toda la gente de Miranda que se había enganchado al equipo, ¿cómo va a seguirlo ahora?”.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

“Vamos a hacer una radio y vamos a viajar a todos los campos”.

Así nació Onda Rojilla, sin un plan empresarial encima de la mesa y sin que nadie hubiese detectado un nicho de mercado asociado a la ausencia del Mirandés en las pantallas del televisor. Lo único que había era gente que quería contar con la oportunidad de tener una ventana abierta para seguir a su equipo.

La primera retransmisión de Onda Rojilla fue un 19 de agosto de 2017 desde Leioa, una localidad situada a las afueras de Bilbao. Allí, en una jornada de intenso calor, a Raúl le pusieron una mesa donde poder colocar su ordenador. No había mucho más. Ni siquiera tenían muy claro qué aparatos necesitaban, era casi una emisión en pruebas hecha con la convicción de que no iba a escucharles casi nadie. Terminado de narrar aquel partido finalizado con empate a uno. Mientras recogían las cosas para regresar a Miranda de Ebro comenzaron a llegar mensajes de amigos, vecinas, aficionados que incluso estando de vacaciones habían escuchado la retransmisión. Había alguien al otro lado. Eso bastó.

“Vimos que teníamos un impacto que quisimos mantener”.

Después fueron llegando mejores equipos, un enfoque más profesional, una revista digital a la vez que más información y más y más campos y horas de retransmisión.  Onda Rojilla fue creciendo hasta convertirse en un medio de comunicación deportiva de referencia en Miranda. Pero Raúl sigue utilizando una palabra que dice mucho de la manera en que entiende lo que hacen: respeto por el oyente y todos aquellos que están al otro lado siguiéndonos porque necesitan de alguien que les cuente qué está pasando.

“Trabajamos por pasión más que por dinero porque cada uno de nosotros tenemos otros trabajos”.

Y hay una cosa que le sigue emocionando cuando camina por Miranda de Ebro. Es el hecho de que alguien le reconozca como el de Onda Rojilla y le digan cosas como “el otro día te escuché” o “no me gustó el comentario que hiciste el otro día”. Hasta una crítica le emociona porque significa que alguien estaba escuchando al otro lado.

Al otro lado hay gente de lugares que uno nunca imaginaría, como es el caso de  Willy Villegas, de Costa Rica. Nunca había estado en Miranda y se enganchó al Mirandés escuchando las retransmisiones de Onda Rojilla. Cuando finalmente viajó a la ciudad, Raúl y sus compañeros pudieron conocerlo y acompañarlo en su primera visita a Anduva También está el caso de Facundo, desde Argentina. Y están los muchos mirandeses que viven fuera, que tienen que trabajar en el horario de partido, que están de vacaciones o que no pueden ir al campo. A todos ellos Onda Rojilla les sirve de compañía.

“Onda Rojilla les ayuda a mantener el vínculo con el equipo y la ciudad”.

Una retransmisión cuenta un partido pero una radio que puede hacer otra cosa. Recordarte a dónde perteneces.

Una afición de campos de barro

Raúl utiliza otra frase que parece contiene varias décadas del Mirandés.

“Somos una afición de campos de barro”.

No lo dice con nostalgia triste ni con ganas de provocar lástima.

“Lo decimos con orgullo, sabemos reconocer de dónde venimos”.

Para Raúl el barro explica la forma en que Miranda entiende al Mirandés. Cuando llegó por primera vez a Segunda, todo el mundo decía lo mismo:

”Vamos a disfrutar de esto, que es un sueño que no vamos a volver a ver”.

El sueño duró cinco temporadas y, poco después, volvió de nuevo otras siete temporadas más. En total, doce temporadas en Segunda. Aun así, el discurso no cambió demasiado. Cada año era visto como un regalo. Estar cerca de Primera ya era otra cosa, algo fuera de lo común. Quizá esa manera de entender el fútbol tuvo también su precio ya que, para Raúl, al Mirandés le pudo faltar algo de ambición en determinados momentos y dejar de verse como la Cenicienta de la categoría. Pero nunca renunciaron a recordar de dónde venían.

Ahora el Mirandés vuelve a estar en Primera Federación. Y duele después de tanto tiempo en Segunda División pero, caer una división más abajo, no se vive como una tragedia.

“Hay que volver a los campos de barro y hay que disfrutarlo”.

El último partido en Irún llevó a 500 mirandeses. En Segunda había desplazamientos largos y caros, así como siempre estaba disponible una retransmisión de calidad en televisión. Ahora habrá más viajes cercanos, más carretera y a buen seguro viajes en los que el equipo estará muy bien acompañado por los suyos.

El Mirandés lo llena todo en Miranda de Ebro

En una ciudad como Miranda de Ebro que no llega a los 40.000 habitantes, haber tenido un equipo durante tantos años en Segunda División provoca algo que cambia la dinámica de la propia ciudad. En todas las conversaciones, en las rondas de bar, en los grupos de amigos, en las comidas familiares, antes o después, acaba apareciendo el Mirandés.

“Miranda es el fútbol y San Juan”.

Raúl dice que incluso la gente a la que no le gusta el fútbol está al tanto del Mirandés.

“El Mirandés lo llena todo”.

El paso por el fútbol profesional ha cambiado la relación entre el club y la ciudad. Raúl valora mucho la gestión deportiva y económica de los últimos años. Considera que el club ha sabido competir durante mucho tiempo con poco dinero y mantenerse saneado. Pero también percibe una pérdida definida como una mayor distancia social desde el club como institución con sus aficionados. Antes el club era menos modélico en algunas cosas, pero tenía una dimensión social mucho más fuerte. Ahora es al revés.

Es una contradicción que aparece cuando un club pequeño crece. El profesionalismo trae muchas cosas pero a costa de llevarse otras. Pero hay algo que, para Raúl, es lo más importante que ha conseguido el Mirandés en los últimos años. Ser el equipo de los niños y niñas de Miranda.

Los niños que ya son del Mirandés

Raúl sale a pasear por Miranda y ve a los niños y no tan niños, dando color a las calles y plazas de la ciudad con sus camisetas rojas del Mirandés. Una generación entera que ha tenido la oportunidad de vivir solo al Mirandés en sus mejores años. Gente para la que el Mirandés no es el segundo equipo sino el primero. Eso para Raúl es algo totalmente nuevo.

“Cuando era niño era muy difícil ser del Mirandés. Ahora miro a los niños jugando en los parques y siempre hay camisetas rojillas. Y cuando los niños juegan sus pequeños partidos se piden ser jugadores del Mirandés: Urko Vera, Camello… en vez de Mbappé”.

Raúl dice que los envidia.

“Me encanta verles porque los veo dentro de unos años y quiero seguir pensando que seguirán siendo del Mirandés”.

Y entonces aparece una de las frases más bonitas de toda la conversación que habla del paso del tiempo y de cómo puede cambiar una ciudad en un breve espacio de tiempo.

“Ahora puedes tener una camiseta del Mirandés, que cuando yo era niño era imposible. Que los niños te digan hoy que son del Mirandés antes que de Madrid, Barcelona, Atlético o el que sea es la hostia ”.

Eso es lo que Raúl mira cuando piensa en el futuro del Mirandés, no en la categoría en la que estará ni el objetivo que deberá perseguir ni del presupuesto que deberá manejar. El futuro para él, son niños con la camiseta del Mirandés.

Argentina, Madrid, La Línea

Raúl ha gastado mucho dinero en su pasión que es el fútbol. Lo dice sin rodeos y con orgullo al reconocer que una vez ahorró durante un año para poder volver desde Argentina, donde estaba trabajando, a ver un playoff del Mirandés. No era un playoff para ascender a Segunda. No, era para ver al equipo de su vida peleando por ascender desde Tercera División a Segunda División B. Un viaje que empezó en Argentina, con escala en Brasil para aterrizar en Madrid. De ahí, nada más poner pie en tierra, subirse a un coche para viajar hasta la Línea de la Concepción. Todo para ver un partido de la Balompédica Linense contra su Mirandés que terminó con empate a uno. Se quedó toda la semana para ver el partido de vuelta y regresar a Argentina sin haber celebrado ascenso alguno. Por surte, al año siguiente, repitió la experiencia y entonces, ya sí, pudo quitarse la espinita con el Mirandés ya en Segunda División B.

De su paso por Argentina le quedó otro amor. Esta vez por Racing de Avellaneda, club del que sigue siendo socio aun llevando fuera de Argentina más de diez años. Por el club argentino también está dispuesto a hacer sacrificios e intentando cuadrar sus vacaciones para regresar a Buenos Aires para ver partidos de Racing. En una ocasión, la última que Racing se proclamó campeón, Raúl cometió otra de esas locuras inexplicables. Era viernes, Raúl trabajaba y, nada más acabar su jornada, puso rumbo a Madrid para agarrar un vuelo directo a Buenos Aires. Llegó el sábado por la mañana y, por la tarde, vio a Racing salir campeón. El domingo regresó y el lunes estaba de nuevo en su puesto trabajando.

“Te pensarás que soy millonario, ni mucho menos. De los mil o mil quinientos euros que me gasté en esos viajes tanto por el Mirandés como por Racing de Avellaneda no me acuerdo. Ver a Racing campeón estando en el campo y vivir el ascenso con el Mirandés no lo cambio por nada. Lo haría una y mil veces más”.

Mural de Onda Rojilla situado en los alrededores de Anduva

El fútbol es mucho

Raúl habla del fútbol de una manera que termina alejándose del propio fútbol porque habla de ciudades, de las gente y de todo lo que descubre cuando viaje y entra en un campo de fútbol. Habla del origen de los fútbol y de aquellos clubes obreros que surgieron en la década de 1920 y 1930 vinculados a la comunidad, a la sociedad y la política. Clubes que entendían el fútbol como algo colectivo.

“El fútbol para mí es mucho, todo. El fútbol me gusta por lo que ocurre dentro del campo pero, sobre todo, por todo lo que cuenta de fuera y cómo te permite entender una ciudad”.

Cuando ya vamos a cerrar la conversación ponemos sobre la mesa quizá la pregunta a la que puede ser más complicado encontrar una respuesta. ¿Qué tiene el Mirandés que no sabes explicar? Raúl piensa en el fútbol y en todo lo anterior para dar una respuesta que ha salido de todo este recorrido por la historia del fútbol en Miranda que hemos hecho en su compañía.

“Cuando tienes esa pasión tienes que ser de un equipo. Ser del equipo de tu ciudad. Si al equipo de tu ciudad le va bien, a todos les va bien. Es una manera de compartir alegría”.

Por último nos hace referencia a un mural que Onda Rojilla, enorme, de camino a Anduva en el que se lee una frase.

“Cada partido me vuelvo a enamorar”.

Raúl la lee y la hace suya.

“Eso resume lo que es para mí el Mirandés. Yo cada fin de semana, me vuelvo a enamorar”.

Una historia de amor que dura toda la vida y que empezó un domingo a las tres y media de la tarde en un campo sin luz.

El domingo vuelve a haber partido en Anduva, ahí estará Onda Rojilla para acercar un nuevo capítulo de la radionovela que es el Mirandés para sus ciudadanos.

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