El sacho no se compra
¿Puede una herramienta de labranza explicar qué significa pertenecer a un club de fútbol? En Lugo, sí. El sacho ha pasado de las pequeñas parcelas de la Galicia rural a convertirse en uno de los símbolos del CD Lugo. Una historia de tierra, trabajo, memoria y fútbol que también habla de aquello que ningún propietario puede comprar.
En las paredes de la casa de mis abuelos, mi padre dejó un recuerdo, un legado. Colgadas, permanecen las herramientas de labranza en miniatura que las generaciones anteriores utilizaron para trabajar la tierra. Desde entonces, esas herramientas cumplen con otra función: trabajar la memoria. El CD Lugo, en los últimos años, utiliza una de ellas como símbolo del club: el sacho.
El sacho es un utensilio de labranza, cercano al azadón, que durante generaciones fue una prolongación de los brazos de quienes trabajaban sus pequeñas parcelas en Galicia. En los montes húmedos de la Galicia interior había que remover la tierra porque de ella dependía, muchas veces, que la familia pudiera llevar algo a la mesa. Sachar, un término ahora muy presente en las redes sociales del equipo lucense, era eso: trabajar. Remover la tierra, arrancar las malas hierbas, prepararla para la siembra, insistir y esperar. Porque quien sacha no recoge inmediatamente el fruto de su esfuerzo. Primero trabaja y después, si todo va bien, llegará la cosecha.
Por significado y por pura lógica cultural, el sacho ha terminado vinculado al fútbol en la capital lucense. El Club Deportivo Lugo lo convirtió en símbolo. La temporada pasada incluso lo llevó al centro de su campaña de abonados. En sus redes sociales, tanto por parte del club como de los aficionados, acabó convertido en un pequeño estandarte rojiblanco. Una herramienta transformada en emoji que resume una manera de entender la competición: humildad, trabajo, esfuerzo. Sachar es lo que se pide al equipo albivermello: salir al campo, agachar la cabeza y trabajar sin descanso durante los noventa minutos. Ya habrá tiempo, después, para mirar la clasificación.
El Lugo ha encontrado en el sacho un símbolo a partir del cual reconocerse, una palabra que resume muy bien la identidad que se espera del equipo. Es un término que no habla de victorias ni de épica, sino de algo mucho más sencillo: hay que trabajar. Más aún en una categoría como la Primera Federación, donde los presupuestos, los nombres y las expectativas se mezclan cada verano hasta hacer imposible distinguir quién será candidato al ascenso y quién acabará peleando por no caer. Quizá no sea una mala filosofía: sachar desde el verano, trabajar antes de celebrar, porque la cosecha no llegará hasta mayo.
El sacho forma parte de esa Galicia enraizada, de una identidad que se fusiona con cada uno de sus habitantes. Esa Galicia rural, la de las pequeñas parcelas en las que la tierra no es un paisaje, ni una fotografía con muchos likes, ni un decorado cinematográfico, es ante todo trabajo y sustento. Por eso, el sacho y el verbo sachar hablan de algo que va más allá del esfuerzo: hablan de pertenencia, de conocer el terreno que uno pisa y de la enseñanza ancestral de saber que lo que se terminará recogiendo dependerá del trabajo previo.
De esta forma, casi sin intención, el sacho se ha introducido en el fútbol lucense como una metáfora perfecta. El domingo se cosechan los frutos de lo trabajado durante la semana. El último día se ganará, se perderá o se celebrará. Las bufandas se moverán en el aire y se mostrarán con orgullo las camisetas del equipo, pero antes de que eso llegue, cada uno tendrá que trabajar humildemente su parcela de tierra. Tendrá que sachar.
El escritor Abraham Pérez entendió el poder de este símbolo hasta convertirlo en literatura. Sacho de seda: una microhistoria sentimental utiliza esa herramienta como punto de partida para recorrer la historia reciente del Club Deportivo Lugo y su relación emocional con la ciudad. El título ofrece una contradicción hermosa: sacho y seda. La aspereza de romper la tierra y la suavidad del tejido. La dureza de los callos y la delicadeza. El sudor del trabajo extenuante y el sentimiento inagotable de la pasión. Todo para hablar de algo tan sencillo y a la vez tan complejo como el fútbol. Más aún, del fútbol en Lugo.
Un club de fútbol es, en el fondo, una mezcla extraña de cosas materiales e inmateriales. Hay contratos, presupuestos, estadios y derechos televisivos. Pero también hay recuerdos que no aparecen en el currículum de nadie ni en su perfil de LinkedIn. Uno no incluye como bagaje los goles que recuerda décadas después, ni presume de conocer de carrerilla el once inicial de su equipo de hace quince años, ni cuando le piden hablar de un fracaso se refiere a aquel descenso que es mejor olvidar, ni acude a pedir una hipoteca poniendo como aval esa vieja camiseta que sigue guardada en el armario.
Pero el fútbol forma parte de la vida, de la memoria local, y por ello hay ocasiones en las que elementos en apariencia tan ajenos como el sacho y el balón terminan encontrándose. Lo curioso es que mientras el Lugo construye parte de su identidad alrededor de una herramienta que representa el arraigo y el trabajo de la tierra, el club ha cambiado de manos para recaer en alguien completamente ajeno a la cultura local.
La propiedad del CD Lugo no pertenece a alguien que haya crecido mirando hacia el mismo paisaje. Pertenece a Ronald Baroni, inversor y antiguo futbolista llegado desde Perú. El fútbol moderno tiene estas cosas: un club puede ser profundamente local y, al mismo tiempo, formar parte de una operación empresarial cuyos protagonistas proceden de miles de kilómetros de distancia. ¿Hay contradicción? Probablemente sí. Depende de dónde se mire. El propietario puede poseer todas las acciones, poner dinero, decidir quién se sienta en el banquillo, diseñar un proyecto e intentar hacer de su inversión un activo rentable. Pero hay algo que no podrá añadir en ninguna cláusula: la memoria.
Nadie sabe exactamente cuánto vale el arraigo. No figura en Transfermarkt cuando establece el valor de mercado de una plantilla, ni aparece en el balance de resultados de ningún equipo. La memoria es uno de los principales activos que posee un club, con la peculiaridad de que no puede venderse ni amortizarse. De ahí su importancia. El Lugo, ahora entrenado por Borja Fernández, antes por Yago Iglesias, volverá a cambiar de entrenador, de director deportivo, de jugadores y de propietario. Cambiará muchas cosas a su alrededor, pero lo que seguirá existiendo es una ciudad que ha decidido que aquel equipo también le pertenece sentimentalmente a través de una herramienta que lo representa mejor que cualquier fichaje de campanillas o una nueva mano de pintura en el estadio: el sacho. El reto del CD Lugo y de su propiedad es saber estar a la altura del símbolo.
Las ciudades pequeñas necesitan símbolos pequeños porque no pueden competir con los grandes relatos del fútbol. No tienen sus presupuestos, ni sus focos, ni su masa de seguidores. Tienen otras cosas. Algo similar a lo que ocurre en Salamanca y en otras ciudades de esta España vaciada y olvidada. Tienen personas que siguen hablando de su equipo en diferentes medios y formas aunque los escuchen cuatro. Tienen quien conserva una camiseta de un ascenso y se niega a cambiarla hasta que llegue el siguiente. Tienen quien escribe y habla con profundidad sobre su club cuando nadie más lo hace. Tienen seguidores que acuden cada domingo al estadio sin importar el clima ni el tiempo que les tome llegar. Tienen aficionados que cuadran sus agendas para disfrutar del partido del equipo de su ciudad. Todo eso es fútbol, la parte del fútbol que más cuesta comprar.
El domingo, el Lugo llegará al Reina Sofía para dar el pitido de salida a la nueva temporada. Habrá jugadores nuevos, entrenador nuevo y plantillas aún por cerrar. El CD Lugo saltará al campo con once futbolistas vestidos de rojiblanco intentando empezar la temporada con una victoria. Nada hay de novedoso en eso. Lo verdaderamente interesante será comprobar si el Lugo sabe sachar.
El Lugo se estrena ante Unionistas, un club que no se compra, no se vende y que, ante todo, sabe que el vínculo con un equipo, con una ciudad y con una comunidad se hereda, se aprende, se trabaja y, sobre todo, se lleva dentro.
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El sacho del CD Lugo: fútbol, tierra y memoria
Antes de ser un emoji y un símbolo del CD Lugo, el sacho fue una herramienta de trabajo en las pequeñas parcelas de Galicia. Hoy representa una forma de entender el fútbol basada en la humildad, el esfuerzo y el arraigo.

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