La hora de Juanma Lendínez en Unionistas de Salamanca

Juanma Lendínez disputa un partido con Unionistas de Salamanca

En el fútbol, como en la vida, las oportunidades suelen tener la cara sucia. Juanma Lendínez aterrizó en Salamanca con el aura del mediocentro elegante que pide el balón al pie, pero ha sido en el barro de Tajonar donde parece haber encontrado su verdadera voz. La lesión de Jota López ha forzado un cambio de guardia que el jienense ha aceptado con la madurez del que sabe que, en el Reina Sofía, la belleza es secundaria si no hay resistencia. Dejó de ser el recambio de seda para convertirse en el peón de brega; ha llegado la hora de que el heredero de un linaje de fútbol aprenda que, para mandar en el centro del campo, primero hay que aprender a mancharse las manos.

Las enseñanzas de Mario Simón y el nuevo Juanma en Tajonar.

Hay jóvenes que llegan con una idea de sí mismos y otros que llegan a la ciudad universitaria con un reto pendiente consigo mismos. Juanma Lendínez pertenece a esa segunda estirpe, el futbolista jienense, aterrizó en verano en Unionistas con la intención de reivindicarse y mostrar que está hecho para competir en categorías superiores. En estos meses, de frío en el banquillo y lecciones que golpean el orgullo por parte del míster Mario Simón, Juanma parece, en un acto de madurez inesperado, haber descubierto que el talento no basta, que la elegancia de su fútbol sin manchar de barro el uniforme es apenas un borrador que no pinta el futuro que ansía.

El pasado fin de semana, en Tajonar, ante Osasuna Promesas, el centrocampista de Unionistas firmó, por fin, ese partido que no se mide en asistencias ni en el colorido de los mapas de calor luminosos, sino en las cicatrices en los tobillos que escuecen y enorgullecen durante la semana con la certeza del trabajo bien hecho. No fue una actuación para enmarcar en el último tercio, ni un recital de pases imposibles. Fue otra cosa. Fue un partido de hombre que entiende que la permanencia no se negocia con arabescos, sino con piernas tensas y la frente manchada.

La lesión de Jota López le ha abierto una puerta que hasta ahora solo entreabría desde el banquillo. Y en el fútbol —ese oficio sin memoria— las puertas no esperan abiertas por siempre, hay que aprovechar el momento para colarse y aprovechar la oportunidad que parecía perdida.

De Jaén al sueño rojiblanco en Granada

Nacido en Jaén, hijo y sobrino de futbolistas, criado entre el eco del viejo estadio de La Victoria y las conversaciones interminables sobre partidos del domingo, Juanma creció entendiendo el fútbol como una herencia escuchando relatar los viejos episodios de muchas tardes de barro, brega y épica. Su padre brilló en el Torredonjimeno, donde Juanma empezó a despuntar, de los noventa; su tío Rafa defendió durante casi 270 partidos la camiseta del Real Jaén a lo largo de diez temporadas. El apellido Lendínez llevaba tiempo escrito en actas arbitrales antes de que él aprendiera a atarse las botas.

En el Granada CF encontró el trampolín y también la intemperie. Capitán del filial en el que pasó cuatro años en los que coincidió con jugadores como Bryan Zaragoza, Samu Omorodion o sus compañeros en Unionistas Álex Pachón -ahora en el Atlético Baleares- y Masllorens. Juanma se mostraba como ejemplo para los canteranos que le llevó a debutar en Segunda División de la mano de Fran Escribá en un partido disputado en el Nuevo Los Cármenes ante el Eldense de Dani Ponz. Media hora que justificaba años de residencia y silencios. “Debutar con el primer equipo es un momento que llevo soñando desde que llegué aquí”, dijo entonces.

Pero el fútbol cambia de dueño con la misma facilidad con la que cambia de discurso. Un verano después, ya no contaba. Pacheta había llegado al banquillo a finales de la campaña anterior y ya no le dio bola. Lo que parecía un ascenso natural se convirtió en una despedida prematura del club con el que había soñado empezar la temporada en Segunda División. Se marchó de Granada sin rencor, pero con esa herida íntima que deja el sentirse prescindible.

El reto de pasar de relevo a eje de Unionistas

Entonces apareció Unionistas de Salamanca CF. No como refugio, sino como desafío que es lo que representa el club de fútbol popular para jugadores que quieren hacerse visibles, reivindicarse y dar un salto adelante en sus carreras. Otros clubes de la categoría llamaban a su puerta, pero eligió el Reina Sofía porque intuía que aquí el fútbol no es trámite, sino identidad.

En su presentación se definió como un centrocampista al que le gusta tener el balón, ser protagonista. Venía de una cantera donde el juego se entiende como posesión y paciencia. Pero también dejó caer una frase que hoy cobra sentido: “Hay que dominar todos los aspectos del juego. Cuando no tienes el balón, hay que robarlo”.

Durante meses ha sido, para Mario Simón, un relevo, una pieza de rotación, 788 minutos repartidos en veinte partidos, seis titularidades, dos asistencias. Correcto, pero no decisivo. Un estilista que saltaba al campo para aportar su control del balón y el juego en los minutos finales cuando se requería una mente lúcida para no perder lo conseguido o acercarse a lo inalcanzable. Un rol muy concreto, limitante, en un equipo que a veces necesitaba un peón de brega. Hasta Tajonar. Ante Osasuna Promesas, Juanma Lendínez, sorprendió a propios y extraños. En el último encuentro no fue el mediocentro que pide la pelota al pie para que el partido respire. Fue el que fue a buscarla cuando quemaba. Recuperó, desplazó en largo, sostuvo. Entendió que hay días en las que el fútbol no se escribe con pluma, sino con pico y pala.

En una liga donde el descenso está a un suspiro y el playoff a dos zancadas bien dadas, la diferencia entre mirar hacia abajo o empezar a mirar hacia arriba no la marcan los discursos ni las frases de motivación, sino los futbolistas que aceptan incomodarse y enfangarse para que otros brillen cuando llegue la primavera. Juanma, que había vivido intentado hacerse con su sitio en el once a través del mérito de su brillo fugaz de haber debutado en Segunda División, ha masticado una terapia de cambio sentado en el silencio del banquillo. Ahora parece decidido a arremangarse. Salir del rol de estilista y convertirse en uno de esos centrocampistas que se hacen callos en los pies y en las manos. Que no preguntan qué partido toca, sino qué necesita el equipo.

En el partido ante el histórico Arenas Club de Getxo, Unionistas se juega algo más que tres puntos. Se juega la posibilidad de empezar a cambiar la conversación. De dejar de hablar de salvación como única meta y atreverse a mirar la tabla con ambición contenida. Juanma lo sabe. En su entrevista reciente lo decía sin estridencias: mirar la clasificación es humano, pero hacer cuentas antes de tiempo es una trampa. La única verdad es el siguiente partido. Ahí está su hora.

No porque la lesión de un compañero Jota López, jugador más de conducción y de pisar muchas zonas del campo, le haya regalado el sitio. No porque el entrenador haya decidido apostar por él. Su hora ha llegado porque ha entendido que el fútbol adulto no premia la promesa, sino la respuesta. El sábado, en el Reina Sofía, no hará falta que Juanma sea el más fino. Hará falta que vuelva a ser el más comprometido. Que vuelva a aceptar que, en determinados partidos, la belleza es resistir.

Y si lo hace, si sostiene esa versión de sí mismo que descubrió en Tajonar, Unionistas no solo ganará un mediocentro. Ganará un eje. Un futbolista que, como los personajes de las novelas lentas y hondas, aprende que la verdadera madurez no consiste en brillar, sino en quedarse cuando el partido se ensucia. La hora de Juanma Lendínez no es una promesa. Es una responsabilidad. Y ahora ya no hay verano que la retrase.

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