Zamora 2-3 Unionistas: El día que la realidad rompió el relato

Carlos de la Nava celebra su gol con Unionistas en Zamora mostrando su camiseta.

Unionistas remontó en Zamora en el descuento, con tres goles que rompieron cualquier relato previo, y aun así lo más importante del domingo no estuvo en el marcador. Estuvo en la terraza, en la sobremesa, en ese instante en el que uno entiende que a veces el fútbol no pide análisis ni discursos, sino callarse y vivirlo. Porque hay días en los que insistir hasta el final es del equipo… y dejar de explicarlo es del aficionado.

🦑 Lunes de Calamares | El día que Unionistas me dejó sin discurso

Estaba cómodo, se había quedado buena tarde, así que opté por instalarme en el cliché bien posicionado en mi silla de plástico en la terraza de siempre para ver el partido de Unionistas como en los partidos de antaño en la preferencia del Helmántico: con gorra, bolsita de pipas, almohadilla y una cerveza fresquita para las gárgaras. Un plan sin riesgos y en el que no admitía preguntas. Con el discurso, como un buen político de taberna, ya hecho antes de empezar.

Llevaba anotados en un tarjeta todos los argumentos leídos y recopilados de las redes sociales en los días previos, incontestables por tanto, que me granjearían el respeto y admiración de los presentes como todo un experto en esto del unionismo: que si los desplazamientos masivos están gafados, que si los ex siempre nos fastidian los partidos, que si un día de mucho es víspera de nada. Tenía el mitin preparado y durante noventa minutos la gente asentía. Yo mismo me convencía de ser un gran estadista. Nada podía refutar ni uno solo de los argumentos esgrimidos.

Y entonces llegó Unionistas en el descuento y me dejó sin trabajo. Porque hay pocas cosas más incómodas que cuando la realidad te rompe una buena historia. Los goles de Carlos de la Nava y Pere Marco, sumados al zapatazo previo de Jan Encuentra, no solo remontaron un partido. Dinamitaron el relato. Me dejaron mudo, con la sensación de que llevo demasiado tiempo intentando explicar cosas que, en realidad, solo hay que vivir.

Esto de vivir y, además, tener que ganarse la vida es un lío serio. Porque mientras unos celebraban, yo pensaba en cómo contarlo para salir del apuro. Mientras la gente se abrazaba, yo buscaba el enfoque, un vericueto que me devolviese a la posición de experto. Mientras Unionistas hacía lo más puro del fútbol —insistir hasta que pase algo—, yo seguía atrapado en esa obsesión moderna por convertir cada minuto en algo productivo, en ser alguien. Soy, sin duda, una víctima más de ese capitalismo de uno mismo que no descansa ni cuando gana en el 98.

Pero ayer, en Zamora, hubo algo parecido a una rendición. Una decisión: quedarme callado. No decir nada en medio de la algarabía en la que mis compañeros de corrillo y taberna estaban inmersos. Parar de buscar razones para  lo inexplicable y disfrutar en silencio de lo que Unionistas acababa de hacer en la tarde del domingo.

Porque el partido ante el Zamora fue exactamente lo contrario a un relato cómodo. Unionistas fue mejor durante todo el encuentro. Durante muchos momentos, claramente mejor. Los blanquinegros tuvieron el balón, generaron las ocasiones, trasladaban la sensación de control total. Pero el fútbol no va de sensaciones sino de golpes, y el Zamora pegó. Y ahí, donde lo normal sería caerse, bajar los brazos y pensar que mañana será otro día, Unionistas optó por llevar la contraria e insistir, incluso cuando el reloj decía que no había tiempo. Ante un Zamora que defendía como si el 1-0 valiese un título, Unionistas siguió. Y lo hizo sin perder los nervios, sin descontrolarse, sin volverse lo loco.

Hasta que Jan Encuentra decidió que ya estaba bien de tanta espera y soltó un disparo desde fuera del área que no pidió permiso para besar la red. Y luego pasó lo que pasa cuando uno no se rinde: que el partido se rompe. El 2-1 en el 90, dos minutos después de haber empatado, habría sido, en otra vida, el final. El cierre. La excusa perfecta para volver al discurso de siempre.

Pero este Unionistas de Mario Simón ya no vive ahí. Centró Mounir y apareció  Carlos De la Nava como un “nueve” de los de antes para, con un cabezazo inapelable, volver a igualar el partido. Locura total en la que, el normalmente comedido capitán, se sacó la camiseta para mostrar el diez a la afición. “La ley del ex”, alcancé a decir en un último intento por recuperar mi autoridad, apelando al año de Carlos en Zamora.

Y sin tiempo para entender nada… Pere Marco cazó un balón que llovido del cielo y lo mandó a guardar. De nuevo el delirio y final. 2-3.

Hay equipos que viven de la épica; este empieza a vivir de otra cosa más peligrosa: la convicción. Porque lo de ayer en Zamora no fue un milagro. Fue la consecuencia de insistir y de creer en el plan incluso cuando el marcador decía lo contrario. Eso es mucho más serio que una remontada.

Así que ahora, con 44 puntos, con la permanencia prácticamente en el bolsillo y con siete partidos por delante, toca algo que no sé si sabremos hacer demasiado bien: disfrutar sin ansiedad. Sin necesidad de convertir cada partido en una nueva reválida para ver si pasamos el corte para entrar en la carrera por el playoff. Porque quizá el aprendizaje va por otro lado.

Quizá va de entender que no todo tiene que servir para algo. Que no todo tiene que escalarse, medirse o monetizarse. Que hay tardes —como la de ayer— que solo piden ser vividas. Yo, por mi parte, voy a intentarlo. Voy a dejar de trabajar durante los partidos de Unionistas y a ejercer, como el equipo durante noventa minutos, mi derecho a la resistencia. Porque esto de explotarse a uno mismo quita mucho tiempo para lo importante.

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