Pontevedra 0-0 Unionistas: El elogio de la pausa y el punto de Pasarón

Sobremesa con copa de licor y móvil, representando la desconexión durante el partido del Unionistas.

Unionistas empató a cero en Pasarón y, por primera vez en mucho tiempo, no pasó nada grave ni memorable. Y quizá ahí esté la noticia: un domingo sin épica, sin sustos y sin necesidad de mirar la pantalla como si nos fuera la vida en ello. Un partido gris que permitió algo casi revolucionario en estos tiempos de autoexigencia absurda: bajar el ritmo, escuchar a quien tienes delante y recordar que, a veces, lo importante no es el fútbol, sino la sobremesa que te estás perdiendo por mirarlo.

🦑 Lunes de Calamares | Parar también cuenta

Hay momentos en la vida en los que te das cuenta de que lo importante no es lo que estás haciendo, sino con quién lo estás haciendo.

El partido de Unionistas en Pasarón me pilló exactamente ahí, en ese punto incómodo en el que uno tiene que decidir si presta atención a la pantalla del teléfono o a la gente que tiene delante. En teoría debía estar siguiendo el partido para luego escribir esto, que no deja de ser una inversión de tiempo con rentabilidad económica cercana al cero absoluto. En la práctica tenía delante una sobremesa tranquila, un café, un orujo de hierbas, un cubalibre y una conversación que no necesitaba mirar el reloj. El saldo final fue de sesenta euros menos. En cambio. obtuve más vida. Buen negocio.

Vivimos en un tiempo extraño en el que todos somos, de algún modo, empresarios de nosotros mismos. Medimos el día a día por su rendimiento, su capacidad de generar ingresos ya sea en la cuenta corriente o en el pozo sin fondo de nuestro ego. Si hemos sido productivos, si hemos aprovechado las horas, si hemos avanzado algo en la lista interminable de tareas que nos prometen un futuro mejor. Incluso las relaciones empiezan a parecer proyectos que hay que optimizar como si fuésemos unos traders especulando en un mercado de futuros con vínculos afectivos.

Trabajamos más horas de las que deberíamos para después descansar —como dice Byung-Chul Han— solo con el objetivo de volver a trabajar más y mejor al día siguiente. Hacemos ejercicio para rendir más y aguantar lo que nos venga. Vemos tutoriales para no hacer el ridículo en el trabajo y hacer más cosas. Preparamos el menú semanal para reducir el tiempo de comer a la mínima expresión y volver antes al teclado. El descanso se ha convertido en otra forma de productividad. Por eso, ayer domingo, lo reconozco, hice algo radical: parar.

Dejé el partido de Unionistas en un segundo plano. Miré más a Marta que a la pantalla. Vi a Jimena correr con sus amigos como si el tiempo no existiera todavía para ella. Observé a Sergio disfrutar de esa calma que solo tienen los niños cuando no saben que el lunes llega siempre demasiado rápido. Por una vez en mucho tiempo decidí no mirar el saldo de la cuenta después de la sucesión de recibos de primeros de mes, ni los likes, ni las estadísticas de tráfico de una web que, siendo sinceros, tampoco iba a explotar por seguir el partido con más atención. Hay algo profundamente liberador en aceptar que estás cansado. Y preguntarte por qué.

Mientras tanto, en Pasarón, Unionistas y Pontevedra empataron a cero. No fue un partido para recordar dentro de diez años ni para sacar una edición especial del periódico. Ni falta que hace. Fue un partido áspero, incómodo, lleno de disputas y con un césped que parecía más un rincón de la dehesa después de la tormenta que un terreno de juego de Primera Federación.

Unionistas empezó bien. Serpeta tuvo una ocasión clara tras un error defensivo, Piñán mandó un balón alto y Chibozo generó algo de peligro en los primeros minutos. Pero pronto el partido se convirtió en lo que parecía destinado a ser: un duelo físico, trabado, con más pelea que fútbol. El Pontevedra dominó la posesión durante muchos minutos sin encontrar la manera de romper la defensa salmantina. Unionistas, por su parte, decidió no cometer los errores de la semana anterior en Cáceres y se agarró a la solidez defensiva como los que agarran a la barra del bar para evitar verse expuestos a un baile que exponga sus carencias.

El partido, los noventa minutos fue una sucesión de disputas, interrupciones y ausencia total de ocasiones. Mario Simón movió el banquillo buscando algo de profundidad, pero el partido siguió siendo un ejercicio de paciencia y supervivencia. Hasta que llegó el momento dramático habitual que exige todo partido de fútbol: Farru vio la segunda amarilla en el minuto 81 y Unionistas se quedó con uno menos.

Curiosamente, la ocasión más clara llegó entonces. En el minuto 90, Jota puso un centro perfecto al punto de penalti y Artola cabeceó con todo. Marqueta apareció con una parada providencial que evitó el gol blanquinegro. Hubiera sido uno de esos finales injustos que tanto nos gustan cuando nos benefician. No llegó y todo terminó como empezó: cero a cero.

Mario Simón lo resumió después con su calma habitual: un punto más cerca del objetivo. Nada de épica ni de grandilocuencia. Solo trabajo: rendimiento, clasificación, puntos acumulados, mapas de calor… El equipo suma ya 38 puntos, encadena cinco partidos sin perder y vuelve a dejar la portería a cero. No es un dato espectacular, pero sí un síntoma. En esta categoría, la estabilidad suele ser el preludio de las cosas buenas.

Mientras tanto, muchos después de acabado el partido, yo seguía en la sobremesa. Y entonces entendí algo. Hay partidos que no están hechos para ser vividos con intensidad. Son partidos que existen para que puedas mirar hacia otro lado sin perderte nada importante. Partidos que permiten bajar el ritmo, escuchar mejor a quien tienes delante y aceptar que el fútbol —como la vida— también tiene días grises. No todo tiene que ser memorable. A veces basta con no estropearlo.

Unionistas sacó un punto en Pasarón, uno de los campos más incómodos de la categoría. No pierde, no encaja y sigue avanzando hacia la salvación con esa discreción castellana que consiste en hacer las cosas bien sin montar demasiado ruido. No fue un domingo de épica y sí un domingo de pausa, una forma discreta de felicidad. Y quizá eso también cuenta. Porque hay momentos en los que lo importante no es lo que estás viendo en la pantalla, sino quién está sentado contigo cuando decides dejar de mirarla.

Superviviente Blanquinegro. Crónicas del fútbol que resiste.

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