Unionistas en el Toralín: Una cita fallida y el regreso de la 'señora permanencia'
Hay partidos que no se pierden de golpe, sino a tirones. Como esas citas que empiezan bien, se tuercen en un detalle tonto y acaban cuesta abajo sin remedio. En Ponferrada, Unionistas fue mejor durante muchos minutos, tuvo el partido donde quería… hasta que encadenó una serie de errores que lo llevaron del posible 0-1 al 3-0. Una derrota que no solo duele por el resultado, sino porque vuelve a colocar al equipo frente al espejo: entre la ilusión del playoff y la realidad de la permanencia.
🦑 Lunes de Calamares | El partido de los bajones
Hay partidos que se pierden y ya está. Y hay otros que se pierden a trozos, como una cita que empiezas muy bien, promete demasiado y la terminas mirando el móvil de camino a casa preguntándote en qué momento exacto se torció todo. El choque de Unionistas en Ponferrada fue de los segundos, de estos que se pierden de a poquitos. Un partido que podríamos definir como el de los bajones, porque cada vez que estábamos en un punto álgido, que parecía que nos íbamos a salir con la nuestra… Surgía un contratiempo que lo echaba todo a perder.
Unionistas salió al Toralín como quien llega puntual, bien vestido y con la conversación preparada. Una primera parte muy seria, dominando, sintiéndose mejor que el rival, con esa sensación tan peligrosa de “esto está donde queremos”. Tocando bien la pelota, llegando al área rival, compitiendo en cada segunda jugada, en definitiva, convenciendo.
Hasta que empezó la cadena de desdichas. Porque hay días en los que todo se tuerce seguido, sin darte ni tiempo a recomponerte. Como cuando estás en una cita importante y, sin saber cómo, enlazas error tras error: dices una frase de más, haces un gesto raro, desapareces cinco minutos al baño y vuelves con una mancha sospechosa en el pantalón que ya no hay forma de explicar. Pues así. Primero, un error de Salvi en la salida. Después, una decisión dudosa que acaba en córner cuando parecía saque de puerta. Luego, un penalti en contra por estar a lo que no toca.
Y, aun así, sigues pensando que no pasa nada. Que puedes arreglarlo. Que la cosa va bien y que en otras ocasiones has provocado desastres mayores. Porque el fútbol, como las citas, tiene esa capacidad de engañarte. Y entonces llega el momento clave que te pone en bandeja una segunda oportunidad, la posibilidad de olvidarlo todo y empezar de nuevo. Penalti a favor en el último minuto antes del descanso. La oportunidad perfecta para resetear la historia, para volver a empezar. Lo iba a lanzar Víctor Olmedo… pero en el último instante aparece Álvaro Gómez, cambia el guion -me han hecho el penalti a mi lo tiro yo- y lo falla. Y ahí sí. Ahí el partido se fue al vestuario perdiendo por poco, no era más que un 1-0, pero con el peso de la sensación incómoda de haber dejado pasar algo importante. Como sabiendo que has cruzado una línea invisible y que, ahora, es poco probable que tenga arreglo.
La segunda parte empezó como un intento de recomponerse. Te peinas, te recolocas, te dices que todavía hay partido, que esto se puede levantar. Pero a veces, cuando ya has empezado mal, todo lo que viene después tiene un punto de cuesta arriba. Y volvió a pasar. Salvi -otra vez en el fregao- sale mal, genera una segunda jugada, Chibozo persigue sin freno, el rival se inventa un pase con el exterior y aparece Slavy —ese ex al que hace no tanto mirábamos con otros ojos— para hacer el segundo. 2-0 en el marcador. Y ya sabes que, por mucho que te recites tus frases favoritas de Paulo Coelho, no es lo mismo.
Aun así, Unionistas no se fue del partido. Insistió. Detectó dudas en el rival, esos gestos de equipo que empieza a protegerse demasiado pronto: caídas exageradas, pérdidas de tiempo, ese fútbol pequeño que aparece cuando alguien siente que puede perder lo que tiene. Y ahí volvió a asomar la ilusión. Más aún cuando la Ponferradina se queda con uno menos y hay dos jugadores, en posiciones clave que se están empezando a ver sobrepasados, amonestados. Se percibe un poco de nervio en el ambiente. Esa grieta por la que uno cree que puede volver.
Pero entonces apareció el tercer bajón. Frimpong robó un balón y soltó un zapatazo a la escuadra desde treinta metros. Un gol de esos que parecen sacados de una consola, de los que te hacen soltar un “pues nada” incluso antes de que el balón toque la red. 3-0. Y ahí sí, la cita estaba ya perdida.
Aun así, porque este equipo insiste incluso cuando no toca, Mounir marcó para acortar distancias. Un gol que no cambiaba el partido pero sí el ánimo. Un pequeño “y si…” que se cuela cuando todo parece terminado. Pero duró poco. En la siguiente jugada, una tontería. Un gesto. Un toque en la cara que el rival exagera como si le hubieran soltado un zarpazo. El árbitro revisa, decide y Mounir, en el día de su regreso, se va a la calle. Gol y expulsión. Y uno imagina la escena al llegar a casa: “Me han echado… pero he metido gol”. Porque en la vida, como en la literatura, el orden de los factores sí altera el producto.
Unionistas lo siguió intentando, más por inercia que por convicción, como quien alarga la conversación sabiendo que ya no hay nada que salvar. Pero no hubo más. Y el partido dejó una sensación clara. El playoff sigue siendo esa cita con la que todos fantaseamos, la que parece posible durante un rato, la que te hace venirte arriba en determinados momentos… pero que, cuando llegan los detalles importantes, te recuerda que aún no estás ahí. Que quizá todavía no es tu momento. Así que tocará, otra temporada más, convivir con otra compañía más realista. Menos rimbombante, menos excitante, pero bastante más fiable. Esa que no te promete grandes noches, pero sí cierta tranquilidad. La señora permanencia.

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