Unionistas 2025-26 Jornada 11: Soldados del fango

Bajo la lluvia se forjan los equipos y los recuerdos. En Lezama, Unionistas firmó otro empate con la portería a cero y me devolvió a los días de barro, botas húmedas y entrenamientos que valían más que una selectividad.

🦑 Lunes de Calamares | Manual para no empaparse del todo

Llovía en Lezama, y si esto fuera hace treinta años, hablaríamos de barro, patadones y rodilleras llenas de fango. Pero ahora el césped, la jardinería y las botas de goretex, convierten el diluvio en un espectáculo de ida y vuelta. El Bilbao Athletic y Unionistas firmaron un empate a cero de los que da gusto ver: partido abierto, ritmo alto y una portería a cero más —la cuarta consecutiva— para Unai Marino, que, sin despeinarse, salvó los muebles con una parada de las que se cuentan con los dedos de una mano.

Mario Simón no sorprendió con el once. Solo introdujo a Hugo de Bustos en lugar de Abde, y el equipo, aunque sigue creciendo, aún necesita definir los roles para que todos sepan qué tienen que aportar y cuándo. Juanje volvió a ser imperial, omnipresente, de esos que siempre están en la foto del choque y en la diana de los rivales, que se tiran al suelo como quien es víctima de la peor de las torturas cada vez que les sopla cerca. Detrás, la defensa fue un muro; delante, menos pólvora. Pere Marco se enredó en la más clara y Gastón Valles sigue buscando su primer remate entre los tres palos. Jota, de nuevo, una delicia. Y De la Nava, en su papel habitual de maestro intentando poner orden en un recreo donde todos corren, sin pausa, de un lado para otro detrás de la pelota.

El barro que nos enseñó a jugar

Cuando era adolescente, yo tenía una máxima: “Los días de lluvia también se entrena.” Era mi forma de ponerme serio con la vida, como Mario Simón saliendo del banquillo sin paraguas y zapatillas de tela. Mi madre me miraba desde la puerta mientras salía con la mochila al hombro, empapado, convencido de que mojarse era un acto de grandeza. Faltar al entrenamiento porque llovía era de débiles. Nunca lo hice. Nunca dije “no se puede.”

Dar patadas al balón sobre el barro me parecía un rito iniciático. En mi cabeza me veía como Iturrino, aquel extremo del Logroñés —y de la UDS— lanzando centros a Toni Polster bajo el diluvio de Las Gaunas, obedeciendo al teniente Abadía como si fuera una orden militar.
Mi madre, claro, pensaba que estaba loco viéndome llegar a casa rojo del barro de la Escuela de Fútbol de Garrido. Pero, cada entreno bajo la lluvia, lo hacía igual que un soldado voluntario repatando por las trincheras anegadas de agua en la batalla del Somme, persiguiendo el sueño imposible de meter un gol con botas empapadas.

Y si se juega como se entrena, no cuesta imaginar cómo lo hacíamos en los noventa en Salamanca: campos de tierra, de la Fede, de Pizarrales o de la Sindical. A la mínima llovizna, charcos como pantanos en las porterías. Los porteros —nuestros héroes— con su pantalón largo intentaban ser Busquets (padre) con los pies, pero solo se parecían a él en sus manos de mantequilla y la cara de quien no se entera de nada. Ganábamos poco, empatábamos algo y perdíamos casi siempre. Pero el barro nos curtía más que la LOGSE. No es casualidad que medio equipo de entonces hoy forme parte de cuerpos de seguridad del Estado. Las maniobras empezaron allí. Porque Salamanca no es cantera de futbolistas profesionales, pero de policías nacionales somos legión.

Este viernes, que no era día de escuela, los padres de colegio aprovechamos para,e en un acto de grandeza y de concicliación del AMPA, quedar para jugar un partido a la vista de nuestros vástagos a forma de entretenimiento y lección de vida. Jugamos en un campo de césped artificial. Ya no quedan de tierra. Y debo confesarlo: estuve más perdido que un regate de Laudrup en los recreos del siglo XXI. Mis compañeros, algo más jóvenes que yo, disimulaban mejor. Algunos hasta se atrevían con paredes y tacones. Yo, mientras tanto, veía en el reloj -ya hablaremos otro día del papel de los complementos en el fútbol- mis pulsaciones al máximo mientras trataba de escubuirme de todos los pases en profundidad quejándome a voz en grito de que teníamos que jugar al pie. Mientras, al lado, los chavales más mayores del colegio, de unos diez años, jugaban al toque con una precisión que parecía de laboratorio.

Y pensé: si el fútbol es el reflejo de nuestra sociedad, por mucho que nos quejemos, hemos ido a mejor. Nuestros hijos no tienen que ducharse con agua helada, ni frotar las boras con grasa de caballo al llegar a casa, ni convivir con mochilas que eran bombas biológicas. Y eso está bien. Pero, aun así, en el fondo sigo prefiriendo mi viejo sueño: jugar una eliminatoria de Copa del Rey en noviembre, bajo el barro de Las Gaunas, antes que una final de Champions en mayo sobre el césped impoluto del Allianz Arena. Porque bajo la lluvia también se entrena. Y, a veces, solo los que aprendieron a mojarse saben cómo no empaparse del todo.

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