Unionistas 3-1 Arenteiro: El Sísifo con botas y la paz de los 41 puntos

Metáfora de Sísifo aplicada a Unionistas de Salamanca.

Unionistas ganó sin épica, que a estas alturas casi es una rareza. Un 3-1 que acerca la permanencia, pero que no despeja la duda que acompaña al equipo desde hace meses: si está llamado a sobrevivir o a soñar. Entre la calma y el vértigo, este Unionistas sigue empujando su piedra sin saber muy bien si la cima es suficiente o si todavía queda montaña por delante.

🦑 Lunes de Calamares | Sísifo también gana partidos

Están las barras de las tabernas igual de llenas y, a la vez, más vacías. Eugenio, con un tercio en su último estrago y otro a la espera mientras espera su tapa de callos, ve vídeos de ejercicios para estar en forma sin levantarse de la silla. Pedro, junto a él, lee artículos de ciencia en la revista Pronto sobre “las tres frases que utilizan cada día las personas inteligentes”. Javi, atrapado por la televisión, aprende a hacer torrijas que no va a cocinar ni, desde luego, a comer. Nadie está del todo donde está. Y el sábado, en el Reina Sofía, pasaba algo parecido.

Unionistas jugaba un partido importante, de esos que sirven para ordenar la cabeza: o miras hacia abajo en caso de un mínimo tropiezo en caso de no ganar, o dejas cerrado el asunto de la permanencia sumando los tres puntos y te permites levantar la barbilla y ver qué hay más allá. Pero el ambiente no era de final, ni de urgencia, ni siquiera de entusiasmo. Era más bien el de una sala de espera: gente presente, mucha más de la esperada, pero con la cabeza en otra cosa. Quizá por eso el partido fue como fue.

Mario Simón agitó el once sin hacer ruido. Entraron Jan Encuentra, Aarón Piñán y Juan Artola. Salieron otros. Y, sin demasiada épica, el equipo resolvió el asunto antes del descanso. Artola remató como marcan los delanteros cuando no tienen tiempo para pensarlo. Piñán clavó el balón en la escuadra como si todavía fuera el traspaso más caro de la categoría y ninguna factura pendiente con las rodillas. Dos a cero y partido encarrilado. Y en la grada un silencio cómodo.

Unionistas había hecho lo que tenía que hacer. Ni más, ni menos. Y ahí es donde empieza lo interesante. Porque este equipo no vive en la tranquilidad sino en la metafísica de la duda. El equipo blanquinegro es un Sísifo con botas. Sube la piedra cada semana, la deja arriba con esfuerzo… y vuelve a verla caer al poco rato. No siempre en forma de derrota. A veces en forma de incertidumbre.

El Arenteiro, que venía con el agua al cuello, encontró un gol que no buscó demasiado. Bastida remató solo en el segundo palo al borde del área pequeña y el 2-1 devolvió al partido algo que parecía olvidado: la incomodidad. Otra vez florecieron las preguntas. Otra vez retumbó el murmullo. Otra vez esa sensación de que nada está del todo cerrado, para bien y para mal, mientras Unionistas esté en el campo.

Y, sin embargo, esta vez no pasó nada grave. Unionistas no se deshizo. No entró en pánico y no convirtió el partido en un drama. Encajó el golpe y Mario Simón ajustó el once con la entrada, primero de Vadik devolviendo a Gorjón al lateral derecha, y poniendo un dique de contención con Masllorens y Juanma Lendínez en el centro del campo. Y cuando el partido se abrió con el Arenteiro buscando una de sus última opciones de salvación, Chibozo corrió. Corrió como corre siempre, con esa mezcla de fe y desorden que a veces desespera y otras veces, por ese mismo caos, puede decidir partidos. Esta vez decidió haciendo el tres a uno. Partido cerrado. Victoria sin relato heroico que, bien mirado, empieza a ser una buena señal.

Durante toda la temporada este equipo ha vivido entre extremos: o el desastre o la ilusión desmedida, sin término medio. O te preparabas para bajar en septiembre o te venías arriba pensando en cosas que todavía no tocaban. Unionistas ganó un partido «normal» que a estas alturas de la temporada es media vida. Cuarenta y un puntos. Ocho jornadas por delante. La permanencia ahí, a un par de pasos de dejar de ser una idea para convertirse en un hecho. Y, al mismo tiempo, esa tentación de mirar hacia arriba, de pensar que quizá, solo quizá, haya algo más.

Pero aquí conviene detenerse. Porque lo importante no es si la piedra cae. Lo importante es por qué se sigue empujando. Albert Camus decía que había que imaginarse a Sísifo feliz. No porque alcance la cima, sino porque acepta el esfuerzo. Porque entiende el camino. Porque no necesita épica para justificar lo que hace.

Y este Unionistas se parece un poco a eso. Chibozo sigue corriendo aunque no siempre acierte. Piñán aparece cuando el cuerpo le deja. Artola aprovecha su oportunidad sin pedir permiso. Los que entran suman. Los que salen no restan. No hay grandes gestas, pero hay continuidad. No hay milagros, pero hay trabajo.

Y en Salamanca eso siempre ha sido suficiente. La esperanza aquí no es un eslogan. Es una costumbre. Es confiar sin garantías. Es ir al campo sabiendo que todo puede torcerse… y aun así volver la semana siguiente. Por eso, quizá, lo más valioso de esta victoria además de los tres puntos, es la sensación de normalidad.

Unionistas ya no necesita escenas épicas para sostenerse. Le basta con hacer bien lo pequeño, repetirlo una y otra vez e insistir sin volverse loco. No sé en qu´ñe batalla estará el equipo en las últimas tres jornadas, tampoco sé si hace falta saberlo ahora. Lo que sí sé es que ha aprendido algo más difícil: ganar sin hacer ruido y seguir caminando como si no hubiera pasado nada extraordinario. Y eso, en una ciudad donde la piedra no se mueve con discursos sino con paciencia, suele ser una muy buena noticia.

Deja un comentario