Unionistas y el Playoff: No me llames iluso, llámame salmantino
En octubre hablábamos de la permanencia como quien habla de encontrar trufa en la Armuña: posible, sí, pero solo para gente con más fe que sentido común. Hoy, una vuelta después, Unionistas encadena victorias, mira de reojo el playoff y en Salamanca empieza a asomar una ilusión tímida, de las que se dicen bajito para que no te oiga tu madre. No ha pasado nada extraordinario y, precisamente por eso, empieza a parecerlo.
🦑 Lunes de Calamares | Tierra, hambre y callos en las manos.
En otoño, al salir del Reina Sofía tras perder contra el Celta Fortuna, nos golpeábamos el pecho como si estuviéramos en una procesión pagana. La permanencia era un imposible, una quimera. Una palabra demasiado grande para este equipo. Era octubre y ya estábamos haciéndonos a la idea de estar en otra categoría, calculando presupuestos a la baja, pensando en otras vidas.
Mirábamos aquella primera semana de octubre la clasificación como quien mira una analítica médica esperando que el colesterol haya bajado solo por haberlo deseado fuerte. El pronóstico no era nada halagüeño. Y ahora, una vuelta entera después, estamos hablando de playoff. Playoff. En Salamanca.
«No me llames iluso porque tenga una ilusión», cantaba Lichis, aunque él siempre ha dicho que detesta esa canción. Y yo le entiendo. Porque la ilusión, aquí, dura lo que tarda tu madre en decirte que bajes de la nube y cojas una escoba. Mi madre —que es más del campo charro que la propia dehesa— siempre fue así. “Tierra, hambre y callos en las manos”, repetía cuando yo le hablaba de ser astronauta, futbolista o ajedrecista. Primero trabaja. Luego, si te quedan fuerzas, sueña. Y si puedes, sueña bajito que tus hermanas tienen que estudiar me repetía. Y es que en Garrido, la ilusión dura lo que tarda tu madre en mirarte mal.
Unionistas ganó 2-0 al Arenas de Getxo y no ha pasado nada extraordinario. Y ahí está lo extraordinario, que el equipo haya encadenado tres victorias seguidas y no sea visto como una proeza. Amanecer el domingo sin que la victoria copase, a toda plana, las portadas de los medios locales. No hubo un héroe desatado sin el que hubiese sido imposible la victoria. No hubo una actuación para enmarcar en la lista de los diez mejores partidos de su vida de ninguno de los jugadores de Unionistas. Hubo un equipo. Un equipo muy serio y muy adulto.
En lo individual me quedo con Chibozo que marcó un gol que la revisión posterior le anuló, pero donde de verdad brilló fue persiguiendo laterales, cerrando líneas, obedeciendo sin dramatizar. Serpeta hizo lo que tiene que hacer un delantero: marcar y vaciarse hasta quedarse sin gasolina. Aarón Piñán asistió y volvió a moverse como un bailarín como si todavía tuviera veinte años y las rodillas intactas. Álvaro Gómez convirtió el penalti que cerraba el partido como quien firma otro plazo de su renovación con la grada. Pero lo importante es que nadie estuvo por encima del resto. Ese es el truco. Ninguno hizo historia, todos hicieron su trabajo.
Mario Simón —ese hombre tranquilo que vino de Albacete sin aspavientos ni discursos inflamados— lo dijo sin decirlo: madurez. El miedo a perder se nota en la categoría, los equipos saben que dos semanas mañas te meten en un problema y hay que saber vivirlo. Unionistas ha aprendido a convivir con él y lo ha hecho sin descomponerse. Sabiendo, como quienes acuden a terapia, que el problema va a seguir estando ahí y no conviene descuidarse, sino ser consciente de que, ca da día, hay que seguir luchando y esforzándose por derrotar ese fantasma.
Tres victorias consecutivas. Treinta y seis puntos. Undécima posición y a dos del playoff. A nueve del descenso, cuando una vuelta atrás el equipo estaba último con tres puntos en seis jornadas. Ahora, sin embargo, Unionistas vive en esa horquilla absurda de cinco puntos donde conviven el tercero y el duodécimo no sabiendo si es momento de brindar o de recoger la mesa. Es lógico ilusionarse y muy humano. Pero, como ya sabemos, también es peligroso.
El año pasado también hubo un momento en el que miramos hacia arriba y olvidamos que el suelo existe. Y Salamanca, cuando olvidas el suelo, te lo recuerda rápido. Con un golpe seco contra la piedra fría que te deja el gesto torcido. De ese modo que mezcla de ironía y dureza castellana que no necesita levantar la voz para desmontarte el castillo. Pero algo ha cambiado. Este equipo no transmite euforia. Transmite control y mucho orden.
La salvación está a tres victorias. Eso no es una metáfora, es una cuenta atrás, que ha empezado. Y después… después ya veremos. Cáceres espera con mil gargantas dispuestas a invadirlo como si fuera una romería. La grada vuelve a creer, pero esta vez no desde el pecho golpeado, sino desde el cálculo frío y la templanza. Eso también es crecer.
No sé si estamos para playoff. No sé si este equipo tiene gasolina para esa pelea sucia donde nadie quiere caer. Lo que sí sé es que ya no jugamos con ansiedad. Jugamos con responsabilidad. Y eso es casi revolucionario. Así que ilusionémonos, pero con las medias manchadas, los pies hinchados, las uñas ennegrecidas y la mirada orgullosa. Como querría mi madre. Como esta ciudad exige.
No me llames iluso. Llámame salmantino: prudente, desconfiado y con la esperanza justa para no hacer el ridículo. Que aquí, cuando uno aprende a no volverse loco, suele estar más cerca de lo que cree.

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