Rubén Andrés. El Oficio Invisible: día a día de un director deportivo en paro.

ubén Andrés, director deportivo de Unionistas y Numancia, en un retrato reflexivo sobre el fútbol y el paro.

No sale en la foto del ascenso ni suele tener espacio cuando el balón entra en la portería. Una figura que trabaja en los márgenes del foco: apaga fuegos, ordena egos y sostiene proyectos que otros pisan sin mirar.  Rubén Andrés, un hombre que pasó por Numancia y Unionistas de Salamanca, cuenta cómo se vive el fútbol desde la pausa de un director deportivo en paro y qué le queda de su oficio cuando la grada calla.

Captura de pantalla del videojuego PC Fútbol 3.0, símbolo de la infancia y vocación de Rubén Andrés.

De la Liga Fantástica al despacho: Los orígenes de Rubén Andrés.

Hay trabajos que no aparecen en los resúmenes del domingo por la noche. No salen en la foto del ascenso ni suelen tener espacio cuando el balón entra en la portería. Son oficios que se ejercen en silencio, en los márgenes del foco, construyendo y sosteniendo estructuras que otros pisan sin mirar ni ser conscientes de su fragilidad ni de su importancia. El del director deportivo es uno de ellos. Un profesional que vive a medio camino entre el despacho y el vestuario, bajo una tormenta que siempre amenaza y a veces descarga con furia, manteniendo frágiles equilibrios mientras el fútbol —ese animal impaciente— exige resultados inmediatos. Rubén Andrés conoce bien ese territorio, porque lo ha recorrido desde dentro y también desde la orilla con su paso por el Real Jaén, Mérida AD, Inter DUX, Numancia de Soria y Unionistas de Salamanca..

Desde niño, el fútbol fue para Rubén algo más que un juego. “Desde que tengo uso de razón en mi cabeza siempre ha estado el fútbol como una religión y una forma de vida”. Una educación sentimental hecha de tardes interminables en la calle. De partidos improvisados con porterías hechas con cazadoras en el suelo hasta que anochecía. De largos ratos pegado a la pantalla del ordenador jugando al PC Fútbol 3.0 y de alineaciones enviadas por correo para la Liga Fantástica de diario Marca y de ansiosa revisión a las puntuaciones de los jugadores elegidos tras cada jornada .  junto a su hermano, el que fuera futbolista de Numancia de Soria y Unión Deportiva Salamanca entre otros, Víctor Andrés. El fiel retrato de la infancia de principios de los noventa de todos los apasionados al fútbol. Una forma primitiva de gestión, casi inocente, de crear algo con los recursos que te daban, que solo con el tiempo entendió como el germen de su vocación. “De eso no te das cuenta hasta que dejas de jugar”, explica. Cuando el balón ya no es una opción, el fútbol ofrece otras puertas. Él decidió empujar la que daba directamente a los despachos.

Antes de sentarse al otro lado de la mesa pasó por el territorio ambiguo de los representantes a través de su propia agencia de representación. Elaboración de cientos de informes, viajes continuos, llamadas interminables y sin descanso, contratos que se cierran y otros que se caen en el último minuto. “Ahí empecé a ver cómo se mueve todo”. La creación de una agencia de jugadores fue una escuela acelerada para entender cómo funciona, de verdad, el negocio. “Aprendí a conocer a las personas. A saber quién te busca solo por interés y quién realmente lo hace porque quiere ayudar”. Un máster no oficial, sin créditos ni sellos de universidades de postín, que acabaría marcando las bases de su metodología de trabajo cuando fue él quien empezó a recibir ofertas en lugar de hacerlas. “Pasar a la otra parte de la mesa fue el verdadero MBA que no aparece entre mi titulación académica”.

"Pasar a la otra parte de la mesa fue el verdadero MBA que no aparece en mi titulación académica."

Rubén Andrés trabajando desde la banda de un campo de fútbol, representando la figura del director deportivo.

El director deportivo como nexo: Más allá del mercado de fichajes.

El aficionado, incluso los más fieles y veteranos, solo valoran el trabajo en los despachos en función de los nombres de los fichajes y cuando el balón rueda cada semana en el césped, pero el verdadero trabajo empieza cuando el mercado se cierra. Rubén lo dice sin rodeos: “Ser el responsable del plano deportivo en un club de fútbol conlleva estar en medio y ser el nexo de unión de todo el cónclave del club”. Presidente, directiva, cuerpo técnico, empleados, jugadores. Lo primero en lo que debe aprender a desenvolverse todo candidato a director deportivo es a saber estar siempre en medio. Apagar fuegos, ordenar egos, traducir lenguajes distintos para que todos hablen el mismo idioma. Este es el verdadero trabajo que Rubén Andrés debe hacer en su día a día y que siempre queda relegado a la invisibilidad. Y hacerlo sabiendo que muchas de esas relaciones son frágiles, volátiles, tan expuestas al resultado del domingo como cualquier planteamiento táctico.

Porque el director deportivo no solo rinde cuentas por fichajes o clasificaciones. Rinde cuentas por los estados de ánimo de jugadores, entrenadores, directivos y de la afición. Por la confianza del entrenador, por la paciencia de la directiva, por la credibilidad ante el vestuario y el apoyo de la afición. Las relaciones con quienes toman decisiones son especialmente delicadas: hoy lo que parece sostenerse sobre la más firme confianza, mañana puede quedar erosionada por una racha de tres partidos sin ganar. El resultado manda, y en ese contexto la gestión humana es tan decisiva como cualquier informe de scouting.

Rubén insiste en que su trabajo no se disfruta menos por la presencia de tan alta presión continuamente cerniéndose sobre sus hombros. Soportar las miradas escrutadoras y devorados de miles de ojos pendientes de cualquiera de sus decisiones.. Al contrario. “Para mí es disfrutable al 100%”. Disfruta y aprende continuamente hablando de la preparación semanal de cada partido con el cuerpo técnico, viendo entrenamientos, debatiendo con scouts y secretarios técnicos sobre los encuentros vistos un domingo cualquiera. “Solo se ve un balón, pero este es un trabajo de personas”. Ahí está la clave.

Por eso la empatía pesa tanto o más que cualquier base de datos. “Tener empatía, generar buen ambiente y estar accesible para solucionar los problemas de la gente del club tiene el mismo porcentaje de importancia o más que tener la mejor base de datos del mundo”. En la confección de una plantilla puedes acertar con el jugador más barato y fallar estrepitosamente con el más caro, aunque venga avalado por estadísticas brillantes. “Pero, lo que he aprendido en estos años, es que es la relación humana con la gente que tienes en el día a día la que hace que puedas ganar más partidos. Es algo mucho más determinante que tener una plantilla top”.

Su trayectoria le ha permitido comprobarlo en contextos muy distintos. Mérida, Jaén, Internacional de Madrid, Numancia, Unionistas. Clubes con realidades sociales, económicas y emocionales muy diferentes. Él no concibe el trabajo sin mezclarse con la ciudad, sin sentirse un ciudadano más. “Me encanta sentirme un ciudadano más del sitio donde vivo”. Vivir el lugar, conocer a la gente, escuchar a aficionados y voluntarios. “En ese conocer gente te inculcan sentimientos que te hacen darle más valor y más peso al escudo que defiendes con tu trabajo”.

Esa idiosincrasia también se tiene en cuenta a la hora de fichar jugadores y elegir el técnico que debe liderar el proyecto.. Importan mucho las referencias personales que se tienen, quién se sabe de antemano que puede encajar y quién, al margen de su cualidades con el balón, no será capaz de hacer concesiones en su integración a un entorno nuevo. “Tenemos muy en cuenta quién puede pegar más o menos con esa idiosincrasia del club”. Y luego, también como un aspecto muy importante en su trabajo, está la importancia de saber transmitir con convicción y firmeza ese mensaje, acerca de lo que representa el club y lo que se espera de sus jugadores, cuando la pelota deja de entrar. “Es nuestra labor venderla a los nuevos y utilizarlo como mensaje de fortaleza cuando las fuerzas decaen”.

Rubén no se ve como un actor que cambia de papel según ha ido ganando experiencia o pasando por diferentes clubes. “En cuanto a valores y forma de ser siempre seré la misma persona”. Lo demás es aprendizaje y, como todo profesional, reseña la importancia de estar continuamente actualizándose, pero sin modificar los valores de base. “Intento mejorar año tras año”. El fútbol no funciona a base de fórmulas matemáticas, por mucho que ahora se aplique el Big Data y las estadísticas estén muy presentes, pero sí requiere, siempre, una exigencia íntima que no se verbalizada pero que es el mejor indicador de resultados: “Cuando me meto en la cama por la noche intento tener la conciencia tranquila de que todo lo que está en mi mano se hace de la forma más correcta posible”.

Cicatrices y aprendizajes: del descenso con el Numancia a Unionistas de Salamanca.

En Soria, su ciudad natal, vivió una montaña rusa completa. El primer año un ascenso a Primera RFEF que fue una gran alegría para él y la ciudad, y, al año siguiente, un descenso sufrido en la agonía de la última jornada. “Lo que viví en el Numancia de Soria es la viva imagen de la montaña rusa que es el fútbol”. En marzo el equipo estaba más cerca del playoff que del abismo. Sin embargo, un mes y medio horrible bastó para una caída sin red que amparase. “Aprendí mucho de aquellos años”. Sobre todo a “hacer remar a la gente en la misma dirección en los momentos duros”.

Esa experiencia, la vivida en Soria, no fue solo bagaje profesional; fue una cuestión muy ligada a la piel. Si en el Numancia Rubén gestionaba el peso de la responsabilidad de ver sufrir o disfrutar de la gente con la que compartía las calles de su infancia, en Unionistas de Salamanca se enfrentó un desafío de naturaleza distinta: el peso del alma popular que sostiene a un club tan diferente a los demás. Cambiar de provincia fue pasar de la exigencia de los íntimos a la de la voz vibrante y asamblearia del fútbol popular que encarna el conjunto blanquinegro. En el Reina Sofía, tuvo que aprender que su labor no era escrutada por una directiva convencional, sino por el corazón de los miles de dueños que entienden el fútbol como un acto de resistencia. 

En Unionistas Rubén Andrés tuvo que aprender el idioma de un club que no solo busca ganar, sino proteger una identidad que es sagrada para su grada. Tras un buen primer año con el equipo salvado sin apuros y clasificado para la Copa del Rey, en la segunda campaña el miedo al descenso se apoderó del ambiente. “Cuando las cosas no iban del todo mal hubo un nerviosismo desmesurado”. Rubén, partidario de mantener al entrenador Dani Llácer pese al cuestionamiento de su labor por una parte de la directiva y la afición, defiende la paciencia como un valor añadido en la idiosincrasia de todo club cuando hay trabajo detrás y de base que, sin la urgencia constante, se sabe que terminará dando su resultado. “Tirar el castillo de naipes del proyecto es pegarte un tiro en el pie”. No es casualidad, recuerda, que “las tres temporadas en las que he podido celebrar ascensos ha sido sin cambiar al entrenador”. De su paso por Unionistas, su último club hasta la fecha, se lleva, sobre todo, a la gente. “Unionistas es Unionistas gracias a ellos”. La cercanía, el apoyo constante, una forma de entender el fútbol que conecta con sus valores. “Forman y formarán parte de mí siempre”.

El futuro: Un proyecto de personas en un fútbol de algoritmos.

Hoy el fútbol lo observa, con calma, desde fuera. El paro como pausa obligada pero sin dejar de trabajar cada día para asumir el próximo reto con plenas garantías desde el primer día. “Intento mejorar y seguir aprendiendo todo lo que pueda”. Ver más fútbol, hablar con compañeros, analizar temporadas pasadas para detectar errores y cuestiones a mejorar en su desempeño. Y, fuera del fútbol, aprovechar el tiempo para disfrutar y compartir el día a día con su familia, aprender idiomas, relativizar. “Creo que hace falta muchas veces saber bajar pulsaciones”.

Si vuelve —cuando vuelva— no será por una ciudad, una categoría o un país concreto. Su próxima elección no vendrá definida por la urgencia de temer quedarse fuera de la rueda del fútbol. Se muestra claro a la hora de marcar los mínimos a la hora de definir su próxima aventura profesional: “lo más importante a la hora de decantarme por un proyecto la próxima vez, será que haya un proyecto duradero y buenas personas dentro de él”. Porque “si hay personas, hay proyecto”. Y si hay proyecto, lo deportivo y lo social acaban creciendo de la mano. Al final, para Rubén Andrés, el fútbol no es una hoja de Excel; es el café con el voluntario, la charla con el utillero y la conciencia tranquila al apagar la luz del despacho.

El fútbol cambia, introduce herramientas nuevas, se obsesiona con algoritmos, números y datos. Pero hay algo que no varía nunca. “Lo bueno que deja este trabajo son las personas que conoces”. Aficionados, empleados, compañeros, jugadores: “Personas que cimentan el día a día y que se convierten en amigos para toda la vida”. Ese es el legado invisible del oficio. El que no aparece en las clasificaciones ni en las vitrinas de las oficinas, pero sostiene todo lo demás.

Rubén Andrés lo tiene claro: detrás de cada estadística hay una persona, y es ahí donde se ganan los partidos. En un fútbol cada vez más devorado por los algoritmos, ¿crees que aún hay espacio para el romanticismo y la gestión humana en los despachos, o el dato ya lo es todo? Queremos conocer tu visión: deja tu comentario abajo y abramos el debate.

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