Miguel Ángel Sandoval del fondo al palco: la fe en un fútbol mejor
Miguel Ángel Sandoval regresará al Reina Sofía como regresan quienes ya no pertenecen del todo a ningún sitio. Lo hará sin bufanda, sin liturgia, sin la necesidad de mirar a la grada para reconocerse en la mirada de los suyos. Caminará el perímetro del campo con paso lento, casi reflexivo, como si midiera el terreno antes de ocupar un lugar que no le corresponde por instinto, pero sí por responsabilidad. El sábado no se detendrá en el fondo de animación, su espacio natural durante años, ese donde el fútbol se grita y se vive de pie. Seguirá caminando. Sando siempre siguió caminando.
A Miguel de Unamuno le gustaba pasear Salamanca para pensar mejor. Decía que el pensamiento necesita piernas. Sandoval, salvando todas las distancias, ha hecho algo parecido con el fútbol: pensar andando, decidir moviéndose, incomodar sin pedir permiso. Salamanca es su ciudad y Unionistas su causa durante una década, una causa muy de pisar la calle, el cemento de la grada y recorrer un trayecto que va de la idea a la práctica. En sus años en el conjunto salmantino ayudó a dar forma a una idea que nació desde abajo, con principios férreos y la convicción —ingenua al principio, innegociable después— de que otra forma de club era posible. Durante diez años en primera línea sostuvo ese ideal, incluso cuando defenderlo suponía enfrentarse a todos: a rivales, a aliados y, a veces, a los suyos.
“Yo no estaría ahora aquí si no hubiese desaparecido la Unión Deportiva Salamanca, el único equipo con el que he sentido ciertas cosas”
Este fin de semana, sin embargo, subirá al palco con otro escudo bordado en el pecho. El del CF Talavera de la Reina. El equipo visitante. Desde allí observará el mismo césped por el que en su día peleó hasta la extenuación para convertirlo en casa para Unionistas, pero lo hará defendiendo intereses distintos, urgencias nuevas, una supervivencia que ya no se declama y grita desde la grada, sino que se gestiona. No hay traición en ello, aunque algunos quieran verla. Hay recorrido. Hay deambular. Hay una biografía que no cabe en una sola camiseta, la de alguien que conoce la grada desde dentro y la gestión de club desde la mesa del despacho. Una doble pertenencia que es incómoda y, a la vez, fascinante.
Como Unamuno, Sandoval nunca fue cómodo para nadie. Ni siquiera para sí mismo, puesto que obliga, y le obliga, a pensar de nuevo, a cuestionar, a no aceptar lo dado. Ha sabido transformar la rabia de la grada en herramientas de gestión, y esa transformación exige explicaciones, reproches y, sobre todo, comprensión. Volver al Reina Sofía con otro escudo no es un acto de traición ni una capitulación: es la continuación de un trayecto que empezó en la calle y que hoy se expresa en despachos y decisiones. Hoy, Sando no es de aquí y tampoco pertenecer del todo a ningún sitio y eso quizá sea la forma más honesta de la lealtad.
De la sentimiento de la grada a la responsabilidad del palco
Miguel Ángel Sandoval dice que no se reconoce en aquel chico que bajaba al Helmántico con una bandera al hombro y un megáfono en la mano. No porque reniegue de él, sino porque aquel Sandoval no tenía ningún plan. Ni siquiera una intuición de futuro. Era, como él mismo dice ahora, “un simple aficionado” que había recuperado los fines de semana después de años encadenando turnos en la hostelería. Un cambio de trabajo, horarios de lunes a viernes y la posibilidad de volver a viajar, de volver a animar, de volver a sentir ,le permitieron volver a dejarse llevar por la pasión en la grada cada semana. Nada más. Su mirada, cargada de nostalgia, también deja ver el aprendizaje de quien ha aceptado que el tiempo no solo cambió en los escenarios, sino los lugares desde el que uno mira y se mira. Madurez lo llaman.
“Yo no estaría ahora aquí si no hubiese desaparecido la Unión”, admite sin rodeos. La frase no tiene épica, pero contiene toda una verdad que pesa como una losa. A Sandoval no lo empujó una ambición profesional ni el deseo de mandar. Lo empujó un vacío. La desaparición de la Unión Deportiva Salamanca, el equipo de su vida: “el único con el que he sentido ciertas cosas”, sin matices. Si la UDS siguiera existiendo, Sandoval probablemente seguiría en la grada. Y eso, para él, no es una renuncia frustrada, sino una certeza.
“Ya no era solo animar. Era decidir. Era sostener. Unionistas no lo he podido sentir únicamente como aficionado; el sentimiento venía acompañado de la obligación”
Unionistas llegó después. Y con él, otra forma de sentir. Más intensa quizá, pero también más pesada. “Con Unionistas también he sentido muchas cosas, pero venían acompañadas de la obligación y la responsabilidad”. Ya no era solo animar. Era decidir. Era sostener. Era responder. “Unionistas no lo he podido sentir únicamente como aficionado”. La diferencia entre un club que sientes como tuyo y uno que, aunque ames, sabes que no te pertenece porque no permite la distancia cómoda de quien contempla un espectáculo, porque te obliga a decidir, a responder, a votar a y defenderlo. Un club en el que el sentimiento de pertenencia es mayor y no permite esconderse, de forma anónima, tras una bufanda.
Ese paso —de aficionado a dirigente— no fue buscado. De hecho, Sandoval insiste en que los despachos nunca le interesaron. “A mí lo que me gustaba era ir a animar, pasarlo bien con los amigos el fin de semana”. Su implicación empezó por donde empiezan casi todas las cosas importantes: ayudando. Organizando. Hablando con gente. «Siempre se me ha dado bien tratar con personas», dice, casi restándole importancia. Coordinando paellas, equipos de sonido, viajes. Haciendo de pegamento. Hasta que alguien decidió que aquel chico que no se escondía al hablar en público podía ser portavoz de la Plataforma de Aficionados de la Unión.. “Y de aquello, fíjate todo lo que luego acabó derivando”.
El salto a Talavera, el verano pasado, parecía contradecirlo todo. De un club popular a una Sociedad Anónima Deportiva. De socios a abonados. De la asamblea al despacho para sumarse a un modelo que, visto desde fuera, parecía incompatible con todo lo que había defendido. Pero Sandoval no lo vive como una traición, sino como una coherencia revisada. Él responde sin elevar la voz… “No he dejado de ser el mismo por ello”, sostiene. Lo que buscó —y lo que encontró— fue un proyecto donde pudiera trabajar sin violentarse a sí mismo.
El CF Talavera pertenece a un grupo de SAD que persiguen una idea poco habitual en el fútbol modesto: deuda cero. “Eso es lo que me gustaba del proyecto y lo que me permitía no entrar en confrontación con el modelo que he venido defendiendo”. La propiedad pone el dinero cuando es necesario, sí, pero el objetivo es no necesitarlo. Que el club se sostenga por sí mismo. Buscar ingresos, empresas colaboradoras, subvenciones, abonados. Exactamente lo mismo que hacía en Unionistas para evitar que la directiva tuviera que poner dinero de su bolsillo, solo que ahora esa responsabilidad es contractual, no voluntaria.
Sandoval aplica hoy aquello que reclamaba desde la grada: responsabilidad, palabra y sostenibilidad. “Si esto fuese una SAD con deudas, que no pagase al día, creo que no estaría aquí”. No por imagen. Por convicción y compromiso con la palabra dada. Porque hay líneas que no se cruzan sin romperse por dentro. Y porque, al final, el chico del megáfono sigue ahí. Solo que ahora sabe que animar un club también consiste en cuadrar cuentas, cumplir promesas y marcharse cuando el camino deja de parecerte honesto.
La reconversión del romanticista del fútbol popular
Cuando Miguel Ángel Sandoval dejó Unionistas, no quería volver a saber nada del fútbol. No es una exageración ni una pose. Era cansancio puro resumido en una frase tan seca como el carácter salmantino: “Cuando dejé Unionistas no quería volver a saber nada del fútbol.” El último mandato lo asumió porque nadie más dio un paso adelante y, a partir de ahí, todo se encadenó sin descanso: el partido del Real Madrid, la pandemia, los derbis con el Salamanca CF. Años de crecimiento acelerado, sí, pero también años ásperos, incómodos, que no concedían tregua ni dentro ni fuera del campo.
Defender la identidad de Unionistas en una ciudad todavía herida por la desaparición de la Unión Deportiva Salamanca fue una tarea que exigía convicción y resistencia. Sandoval fue rígido en ese punto. Creía —y sigue creyendo— que la UDS desapareció en 2013 y que ni Unionistas ni el Salamanca CF podían arrogarse esa herencia. Unionistas estaba para homenajear, para recordar, pero no para ocupar un lugar que ya no existía. Esa claridad, necesaria para construir un arraigo fuerte, tuvo un efecto colateral: personalizar el conflicto. Él lo asumió sin esconderse, orgulloso del mensaje que defendía, consciente también de que daba juego para ser señalado. ”Yo no tenía motivo para esconderme. Estaba orgulloso de lo que representábamos y del mensaje que lanzábamos.”
La identidad fuerte de Unionistas se construyó, en parte, a base de confrontación. Y toda confrontación necesita un rostro. El suyo. El desgaste fue profundo. No tanto por los ataques personales, que nunca le dolieron en exceso, como por la incomodidad que generaban en quienes le rodeaban. La identidad de Unionistas se forjó, en parte, en esa confrontación constante, y Sandoval se convirtió en el rostro visible al que dirigir cada reproche. Fue eficaz para el club, pero agotador para la persona.
“Volver al Reina Sofía con otro escudo no es un acto de traición ni una capitulación: es la continuación de un trayecto que empezó en la calle y que hoy se expresa en despachos”
Diez años. Una década completa entregada a Unionistas. Trabajar para vivir y, al mismo tiempo, dedicar cada resquicio de tiempo libre al club. “Todo mi tiempo libre se lo quitaba a mi pareja, a mi familia, a mis amigos…y se lo daba a Unionistas.”. Estar en todos los campos. Perderse celebraciones familiares, reuniones de amigos, momentos cotidianos que nunca regresan. Mientras otros salían del trabajo y desconectaban, él encadenaba reuniones, llamadas, decisiones. El fútbol no era una parte de su vida: lo ocupaba todo. Por eso, cuando decidió no continuar, lo hizo con una determinación silenciosa. Salió del todo. Se borró de grupos, de conversaciones, de canales internos. No quería estar como una sombra ni condicionar el camino de quienes venían detrás. Entendía que su presencia podía ser un obstáculo para que otros marcaran su propia línea. Necesitaba desaparecer para que el club pudiera seguir.
El primer año fuera lo vivió con una ligereza desconocida. Fútbol desde la distancia. Desde la grada. Sin responsabilidad. Más adelante, ya con la herida cerrada, volvió a ofrecerse para ayudar en lo puntual: algún viaje, alguna charla a jugadores recién llegados para explicarles qué era Unionistas, qué significaba el fútbol popular y por qué aquel escudo no se entiende sin su gente. Pero siempre desde un segundo plano. La verdadera ruptura llegó lejos de Salamanca. En el verano de 2024, en Colonia, durante la Eurocopa. Quizá fue la distancia, quizá el cansancio acumulado, quizá el impacto reciente de la pérdida de dos personas cercanas. Allí, casi sin dramatismo, comunicó a quienes le acompañaban una decisión: “Voy a dejar el trabajo”. No había dejado de trabajar desde los 18 años, pero sintió que aquel empleo ya no le permitía ser la persona que era. Necesitaba parar. “Necesitaba recuperar el control de mi tiempo”. Vivir y vivirse durante un tiempo sin urgencias.
Ese paréntesis no fue una huida, sino un espacio de recomposición. Mejoró su inglés, pensó mucho y, sin buscarlo, el fútbol volvió a aparecer. No desde el ruido, sino desde lo que siempre le había movido: el contacto humano, el día a día, la posibilidad de ayudar a otros a sentirse parte de algo común. Al mismo tiempo, fue exigente consigo mismo. Entendió que la experiencia, por sí sola, ya no bastaba. Que no podía volver apoyándose únicamente en lo vivido en Unionistas.
Decidió formarse. Gestión de entidades deportivas, inversiones, comunicación. No como un gesto de ambición, sino como un acto de responsabilidad. “No solo me valía lo que había vivido y aprendido en Unionistas”. Dotarse de herramientas para no improvisar más de la cuenta. Para estar a la altura de lo que el fútbol profesional exige incluso en sus categorías más modestas. Y entonces, sin haber llamado a ninguna puerta, llegó la llamada. “Me pilló por sorpresa”. Talavera regresaba a Primera RFEF y buscaba reforzar su estructura. Hubo entrevistas, otros candidatos, un proceso que Sandoval no esperaba porque no estaba buscando sitio. Había manifestado, de manera informal, su deseo de volver al fútbol, nada más. Pero el fútbol, como tantas otras veces, decidió volver a cruzarse en su camino.
La reconversión no fue un giro brusco ni una renuncia a lo anterior. Fue una consecuencia. Cuando el romanticismo deja de pagar nóminas y la épica agota, queda una pregunta incómoda: cómo seguir sin traicionarse. Sandoval creyó encontrar la respuesta no en dejar de creer, sino en aprender a gestionar aquello en lo que siempre había creído.
Aprender para no fingir
“Ahí estaba yo, un informático, sin estar formado en nada que pudiese aportar valor añadido, jugando a ser presidente”.
Miguel Ángel Sandoval no oculta que, durante mucho tiempo, se ha sentido un intruso. Alguien que estaba ocupando un lugar para el que no había sido formalmente invitado. Un impostor, dice él mismo, sin dramatismo, casi con alivio por poder nombrarlo. Su formación no estaba en los números ni en las leyes del fútbol. Era técnico en sistemas informáticos. Había gestionado personas, sí. Equipos de trabajo, conflictos, tiempos. Pero contabilidad, marketing, normativa federativa, derecho deportivo… todo eso le era ajeno cuando empezó. Llegó sin el lenguaje, sin los códigos y, durante mucho tiempo, sin la seguridad de estar a la altura. “En Unionistas yo estaba acompañado de Tejedor, un tipo que domina el tema económico como pocos en España. Roberto Pescador, un crack en todo lo relacionados con los aspectos legales, y Ampuero, un tipo con la asombrosa capacidad de resolver cualquier problema. Y, entre todos los demás que verdaderamente son unos figuras en lo suyo, ahí estaba yo un informático, sin estar formado en nada que pudiese aportar valor añadido, jugando a ser presidente”. Esa conciencia de límite, lejos de desaparecer, se hizo más nítida con el tiempo.
Por eso, cuando decide parar y formarse, no lo hace para legitimarse ante los demás, sino para dejar de fingir ante sí mismo. Empieza a estudiar gestión de entidades deportivas, inversiones, comunicación. A conocer gente. A entender el ecosistema desde dentro. A asumir que, en el fútbol, saber no es solo tener razón, sino manejar contextos, relaciones y silencios.
Lo que sí tenía como bagaje era tiempo —malgastado, entregado, exprimido— y una capacidad casi obsesiva para aprender sobre la marcha. En Unionistas, la gestión económica no era un complemento: era una línea roja. Bastaba una desviación mínima entre ingresos y gastos para que todo se tambaleara. Y Sandoval lo sabía. Por eso hubo semanas enteras durmiendo apenas tres horas, sentado junto a los responsables del área económica, repasando previsiones, ajustando escenarios, intentando que las cuentas cuadraran como una cuestión casi moral. “Si he llegado aquí, y a conocer el funcionamiento del fútbol en Primera RFEF, es porque le he echado todas las horas del mundo en los años de atrás” y, todas esas horas en vela son las que le dan, miranda con la perspectiva del tiempo, la base para sentir que tiene mucho que aportar en su nuevo reto en Talavera.
El último año fue el más duro. Unionistas cayó en puestos de descenso y el miedo dejó de ser abstracto. Ya no era solo el club. Era él. Era su salida. Sandoval se repetía que no podía marcharse dejando al equipo en una categoría inferior. No se lo podía permitir. Ni como dirigente ni como persona. “Era mi último año y como el equipo hubiese bajado a Segunda RFEF no me habría marchado , porque no me podía permitir a mi mismo bajarme del barco, tenía que dejar al equipo, al menos, en el lugar en la categoría que merecía estar”. Aquella presión le quitó el sueño y le llevó incluso a hablar con los jugadores desde un lugar que iba más allá del cargo.
Les pidió que salvaran la categoría por ellos, por su futuro, pero también por él. Se lo dijo a los capitanes sin rodeos. No como presidente, sino como alguien que necesitaba cerrar el círculo sin sentir que abandonaba el barco a la deriva. “Recuerdo decirle a los jugadores que había que mantener la categoría sí o sí, no solo por ellos que les iba la vida y su futuro en el fútbol, sino que les decía a los capitanes que tenían que sacar la situación adelante, que lo hiciesen también por mi”. La temporada terminó bien. Unionistas se salvó. Y Sandoval pudo irse.
En Unionistas ya había aprendido algo importante: que no basta con estar en la grada. Que llega un momento en el que hay que estar en el palco. No por estatus, sino por necesidad. Cuidar relaciones entre clubes. Generar confianza. Tener a quién llamar cuando surge un problema, cuando hay que facilitar una cesión, desbloquear una situación, evitar un conflicto mayor. El fútbol se mueve tanto por reglamentos como por agendas y teléfonos.
Talavera aparece así. No como destino buscado, sino como consecuencia. La propiedad conocía su nombre —quizá por ProLiga, quizá por trayectorias cruzadas con otros clubes y por Toni García, director deportivo del talavera con el que coincidió dos años en Unionistas de Salamanca— y le llama. No sabían demasiado de él. Ni él de ellos. Hablan. Les expone su visión. Lo que cree que puede aportar. Y deciden apostar por alguien que no viene del camino tradicional, pero que sabe escuchar y aprender.
Ya en el cargo, Sandoval descubre que el fútbol profesional está lleno de zonas grises. De soluciones improvisadas que no aparecen en ningún manual. Como el reciente acuerdo entre Zamora y Tenerife que ha levantado revuelo: 15.000 euros para evitar el aplazamiento de un partido por un conflicto de equipaciones. Una anomalía sólo en apariencia. Porque el reglamento dice una cosa, el delegado federativo otra, el árbitro puede interpretar distinto y, de repente, un partido está a punto de no jugarse. Ahí es donde aparece la gestión real. El acuerdo entre clubes. La voluntad de no perjudicar a aficionados desplazados, a televisiones, a plantillas. Resolver un problema sin convertirlo en un escándalo. Sandoval lo entiende rápido: “el fútbol no se sostiene solo con normas, sino con responsabilidad compartida”.
Quizá por eso el síndrome del impostor no desaparece del todo. Y quizá no deba hacerlo. Porque en un entorno donde abundan las certezas impostadas, dudar de uno mismo sigue siendo una forma honesta de estar. Como Unamuno, Sandoval parece haber entendido que pensar —y gestionar— también consiste en no dejar de preguntarse si uno está realmente preparado. Y, aun así, seguir adelante.
Talavera: una realidad sin épica
“Si esto fuese una SAD con deudas, que no pagase al día, creo que no estaría aquí. No por imagen. Por convicción y compromiso con la palabra dada”
La llegada de Miguel Ángel Sandoval a Talavera en verano no tuvo nada de ceremonial. No hubo toma de posesión ni sensación de aterrizaje controlado. Es más su presentación como nuevo director general del club tardó mucho tiempo en llevarse a cabo porque había asuntos urgentes que atender. Cuando cruzó por primera vez la puerta del club, el presidente estaba ya de salida. Era su último año y la propiedad buscaba algo distinto, aunque todavía no supiera muy bien qué. Sandoval decidió observar. Mirar cómo se trabajaba. Escuchar. Entender un club pequeño, sostenido por apenas cuatro personas en oficina.
Una semana después, el edificio se vació. El presidente dimitió. Se marchó el equipo de comunicación, redes y prensa. También la persona de la tienda y la responsable de la fundación. De repente, quedaron dos. “A mi llegada ee encuentro con que iba a trabajar con un equipo formado y que mi tarea iba a ser tener que gestionarlo y, de buenas a primeras, tuve que construirlo desde cero”.
Lo que había imaginado como una labor de gestión de un equipo ya formado se convirtió, de un día para otro, en una tarea fundacional. No desde el relato, sino desde la urgencia. Hubo que construir casi desde cero y decidir rápido. La primera decisión fue simbólica y práctica a la vez: la comunicación. Sandoval buscó a alguien que ya supiera cómo funciona un club de fútbol por dentro. Llamó a Víctor González, que estaba en el CD Guijuelo, a quien conocía de Unionistas. Le propuso el reto de dar un salto de categoría y de responsabilidad. Aceptó el reto.
Después llegaron los ajustes en administración. Con cautela. Sin conocer aún los ritmos ni las personas. El primer mes fue de tanteo, de medir antes de intervenir. Pero había un objetivo que Sandoval se marcó como prioritario: recuperar la concesión del CSD, que el club llevaba años sin obtener. “El primer reto que me puse fue conseguir la concesión del CSD que el club llevaba varios años sin obtenerlo. Me lo impuse como una prioridad y, gracias al buen hacer de todos, la conseguimos”. No era vistoso, no salía en redes, pero era estructural. Lo consiguieron. Y con ello, una primera señal interna de que el club empezaba a ordenarse.
Hasta entonces, Sandoval venía de un Unionistas donde los departamentos, con los años, habían ganado autonomía. En Talavera, en cambio, todo pasa por él. Fichas, transfers FIFA, cantera, relaciones institucionales, contabilidad, subvenciones, área comercial. Aprender haciendo. Resolver sobre la marcha. “Esta experiencia está siendo una experiencia de aprendizaje brutal, un máster del máximo nivel en el que, cada día, descubro algo nuevo”. Y en medio de ese caos funcional, una certeza: Talavera tenía mucha posibilidad de crecimiento. “De lo primero que mi di cuenta es que el club tiene un potencial muy grande. La ciudad está a una hora de Madrid y si logramos mantener la categoría se convertirá en un club muy atractivo”. El gran problema no estaba en el césped, sino en la grada. La afición llegaba desengañada, golpeada por una fallida opción de compra la temporada anterior. Cuando Sandoval llegó, ni siquiera se había lanzado la campaña de abonados. No había lema. Todo estaba a la espera de que se aclarara si habría o no un cambio de propiedad.
Su llegada fue, para muchos, la señal de continuidad. Si se contrataba a un director general, el club seguía. Y desde el primer día se pusieron a trabajar. Con normas nuevas. Con la rigidez que exige la Primera Federación. Ese fue uno de los primeros choques. “A la llegada tienes que imponer las normas de Primera Federación que son muy rígidas y no es fácil. Quería que todo fuera más rígido y profesional lo que me supuso mucha crítica por parte de la afición. La afición es muy crítica pero no entendían muchas decisiones que podían ser difíciles de entender pero necesarias”. Profesionalizar implica ordenar, y ordenar no siempre gusta. Hubo críticas. Muchas. Algunas dirigidas directamente a él, sobre todo en la semana del partido de la primera vuelta ante Unionistas de Salamanca, que fue especialmente dura.
Sandoval lo asumió con naturalidad. «A palos estaba acostumbrado. Venía entrenado de Salamanca». Con el tiempo, las percepciones empezaron a cambiar. La organización del partido de Copa ante el Málaga, después el del Real Madrid, y el cambio de entrenador mostraron una estructura sólida. No hubo problemas. Todo funcionó. Se vio un trabajo serio, casi invisible, que es el que más cuesta explicar.
Hasta fuera se notó. En la Supercopa de Arabia Saudí, gente de otros clubes y de la federación le preguntaban si finalmente se había producido el cambio de propiedad. Habían percibido mejoras. Agilidad. Orden. Eso, para Sandoval, fue una confirmación silenciosa de que el camino era el correcto. “La verdad es que después a raíz de la organización vista en el primer partido de Copa ante el Málaga, y luego con el Real MAdrid más el cambio de entrenador la opinión ha cambiado bastante. Han visto una organización profesional en la que no hubo problemas en ninguno de los dos encuentros y que se vio un trabajo muy serio por parte del club para que todo saliese de la forma más profesional posible”.
Pero si algo tenía claro desde el inicio es que, por muchas iniciativas que se propongan, el vínculo del aficionado con su equipo nace —y muere— en el verde. Aun así, había que reconstruir puentes. Desde el primer momento quiso conformar un grupo de trabajo con una idea clara: acercar el club a los aficionados desde la pasión, la ilusión y la transparencia. Se reunió con las peñas, desorganizadas entre sí, y les trasladó la necesidad de que encontraran una voz común. No para diluirse, sino para poder trabajar juntos.
El día que vino el Real Madrid, querían hacer un recibimiento, un tifo. Sandoval estuvo allí hasta las once de la noche, ayudando a buscar dinero, facilitando medios, acompañando. No por estrategia. Por instinto. Sigue siendo un hombre de grada. Cree de verdad que el aficionado es fundamental. Que la cercanía no es marketing, sino una fuente real de información, de quejas, de propuestas que de otro modo no llegarían nunca. “Tenía muy claro que tenía que conformar un grupo de trabajo y que una de nuestras premisas más claras fuera acercar el club a los aficionados desde la pasión, la ilusión y la transparencia que son la base para poder conseguir cosas bonitas”.
Aplicar el modelo de Unionistas en Talavera no es posible, y Sandoval lo sabe. Aquí no hay voluntarios, hay trabajadores con horarios. La implicación no puede ser 24/7, aunque la suya lo siga siendo. Llega al estadio a las nueve de la mañana y muchos días se va a las once de la noche. Un ritmo agotador, necesario al principio, que ahora empieza a modular. Reconoce que en los primeros meses quiso cambiarlo todo demasiado rápido, que se sobrecargó y sobrecargó a su equipo. Algunos procesos necesitan tiempo. Pero el modelo, poco a poco, va calando.
Uno de los mensajes que más ha insistido en trasladar a los abonados es que el sentimiento no depende de la propiedad. Que los propietarios pasan. Que los jugadores pasan. Que los directivos pasan. Los que se quedan son ellos. Y que, por eso, deben sentir el club como propio y pelear por él como si lo fuera.”Si la Unión Deportiva Salamanca no hubiese desaparecido, a buen seguro, yo seguiría tocando las narices en la grada a la directiva de turno manifestando y trasladando lo que creyese que era necesario mejorar. Jugadores, entrenadores, propietarios, directivos, son figuras que van y vienen, pero los que se quedarán siempre son los aficionados y son los que tienen que estar con el club pase lo que pase, y deben tener ese sentimiento de arraigo”. Porque ese es el lugar natural del aficionado.
Entiende el recelo hacia los propietarios. Entiende incluso la sospecha. Pero también sabe que un club de Primera RFEF como el Talavera no es una inversión rentable. Aquí no hay retorno económico directo. Quien entra lo hace por otros motivos: representación, contactos, vinculación local, fútbol. El beneficio llega por otros caminos. Nunca por la cuenta de resultados. Talavera no es una épica. No pretende serlo. Es una realidad que se sostiene con método, paciencia y trabajo invisible. Y Sandoval camina por ella como ha caminado siempre: dudando, escuchando, incomodando a veces, pero sin dejar de creer que, incluso en el fútbol profesional, todavía hay espacio para la honestidad. Aunque no salga en el marcador.
El nuevo fútbol modesto y su profesionalización
La nueva realidad profesional en el despacho no ha borrado la grada como centro del fútbol, la desplazó. Miguel Ángel Sandoval habla ahora desde una mesa con papeles, balances y normativas, pero el tono sigue siendo el mismo de quien aprendió a querer al fútbol desde el hormigón frío. Hay en su discurso una línea recta que no se ha torcido con el cargo: la convicción de que el fútbol modesto solo sobrevivirá si se toma en serio a sí mismo. Y que la profesionalización no es una traición a los principios, sino —precisamente— la única forma de protegerlos.
Para él, el primer aviso llegó pronto, casi sin darse cuenta. “El salto real se produce cuando llegas a Segunda B”, explica. Ahí el fútbol deja de ser un terreno homogéneo. Conviven clubes casi amateur con otros que ya funcionan como empresas deportivas. “Veías diferencias enormes. En cómo se trabajaba, en cómo se planificaba, en cómo se entendía el club”. Y esas diferencias, insiste, no eran solo deportivas: eran estructurales, culturales, casi morales.
El verdadero punto de inflexión llegó con el año del COVID y la posterior creación de la Primera RFEF. Una categoría que, sin decirlo del todo, empezó a comportarse como profesional. “Salarios mínimos, control económico, auditorías constantes, límites de gasto… Todo eso no es casual”. Sandoval no habla desde la nostalgia, sino desde la experiencia: la de haber visto demasiados clubes crecer deprisa y caer peor. “La idea es que, si algún día asciendes al fútbol profesional, no te encuentres perdido. Que no te pase lo que ya ha pasado en otros sitios”. Y Salamanca siempre aparece en silencio, como un recuerdo que no necesita ser nombrado.
“La profesionalización no es una traición a los principios, sino —precisamente— la única forma de protegerlos”
En ese nuevo ecosistema, la figura del director general se vuelve necesaria… y profundamente incómoda. “No es fácil cuando llegas a un club donde esa figura no existía”, reconoce. No manda como un presidente ni decide como un entrenador. Observa, corrige, acompaña. “A veces es empoderar para que otros decidan con tu respaldo. Otras, introducir matices para minimizar errores”. No es control por desconfianza, sino estructura para que el club no dependa de una sola persona ni de una buena racha. Sandoval cree en los modelos, no en los nombres. “Una de las claves es marcar pautas que estén por encima de las personas”. Que el club funcione aunque alguien se marche. Que los procesos sobrevivan a los cargos. Que haya margen para la iniciativa individual, pero dentro de un marco común. “Primero tengo que entender qué hace cada área, por qué lo hace así y qué resultados ofrece. Solo después puedes mejorar algo”. No hay atajos. Nunca los hubo.
Habla de otros clubes con respeto casi académico. Tarazona aparece como ejemplo recurrente. “Es casi un milagro que esté en Primera RFEF. Pocos medios, una localidad pequeña, pero una organización espectacular”. Para Sandoval, ahí está la clave: no en el dinero que entra, sino en cómo se gestiona lo poco que hay. Porque la sostenibilidad, insiste, no excluye que llegue un propietario con dinero, pero ya no puede depender solo de eso. “El retorno en estas categorías es nulo. Nadie invierte aquí por amor al beneficio directo”.
En Talavera, su horizonte inmediato es claro y modesto. Permanecer. Consolidar. Dejar algo que dure. “Estoy hasta el 30 de junio de 2026. La propiedad está contenta y el club da menos quebraderos de cabeza”. Dice “quebraderos” como quien sabe que, en el fútbol, eso ya es un logro. Le gustaría seguir. Hay margen de crecimiento en la comarca, instalaciones que mejorar, manos que hacen falta. “Estamos muy atropellados de tarea. Con más personal podríamos ser más eficientes”. No promete épica. Promete trabajo. Y quizá ahí está su legado: en haber entendido que el fútbol popular no se defiende solo desde la pancarta, sino también desde el Excel; que para que no vuelva a desaparecer ningún club, alguien tiene que aceptar el desgaste de pasar de la grada al despacho sin olvidar de dónde viene.
Como Unamuno, Sandoval sigue caminando. Ya no por la grada, sino por los pasillos del estadio. Discute, incomoda, se equivoca, corrige. Pero no se detiene. Porque, en el fondo, sigue creyendo en lo mismo: que el fútbol, para ser de la gente, primero tiene que aprender a sostenerse.
Sandoval no vuelve al Reina Sofía como héroe ni como antagonista. Vuelve como lo que siempre fue: un hombre atravesado por el fútbol y por la idea de que los clubes no son un negocio pasajero, sino una responsabilidad colectiva. Ya no se coloca en la grada, pero tampoco ha aprendido a mirar el fútbol desde arriba. Sigue caminándolo.
Defiende la profesionalización porque sabe lo que ocurre cuando no llega a tiempo. Porque vio caer a la Unión Deportiva Salamanca y entendió que la pasión sin estructura también se muere. Por eso insiste, incomoda y ordena. Por eso acepta el desgaste. No para borrar la esencia, sino para protegerla.
Quizá ese sea su legado en Talavera, y el rastro que dejó en Salamanca: haber demostrado que se puede pasar del cántico al despacho sin traicionarse; que los principios no están reñidos con las normas; que el fútbol popular no necesita mártires, sino gente dispuesta a hacerse cargo.
El sábado volverá al Reina Sofía con otro escudo bordado en el pecho. Pero el camino que recorra alrededor del campo seguirá siendo el mismo: el de quien nunca dejó de creer que el fútbol, si quiere sobrevivir, tiene que aprender a ser mejor sin dejar de ser suyo.

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