Felipe Marcos: El ojeador que encontró en la frontera el mapa del fútbol.
Hay pueblos que no salen en los mapas del fútbol y, sin embargo, explican mejor que nadie cómo funciona este negocio. Sobradillo es uno de ellos. Apenas un puñado de calles, campo abierto y horizonte limpio. Desde allí, lejos del ruido, se aprende a mirar. A escuchar. A intuir. Quizá por eso nuestro protagonista —ojeador de carretera secundaria y aeropuerto sin glamour— entiende el fútbol como se entienden las cosas importantes: con paciencia, memoria y botas manchadas de barro.
De Sobradillo al mundo. Y del mundo, de vuelta a Castilla-La Mancha. Este es el viaje de alguien que ha recorrido campos imposibles en busca de talento y que hoy, en Toledo, planifica ascensos en febrero mientras sabe que hasta junio todo puede saltar por los aires. Un superviviente blanquinegro con acento de frontera, que habla de estructura, de familia y de mercado con la misma naturalidad con la que recuerda una promoción perdida o un playoff cruel. Porque el fútbol modesto no se juega solo los domingos. Se trabaja cada día, en silencio. Y siempre empieza en algún lugar pequeño.
El 'ojo' y la filosofía
La labor de un ojeador, y mucho menos la vocación, no empieza en un despacho. Empieza en una grada: con el frío del cemento, el olor a césped, un café caliente, abrigo grueso, calcetín de lana y una libreta con su boli siempre disputo a tomar nota en una libreta que nadie más mira. El viaje de Felipe Marcos Simón en el fútbol no comenzó con un contrato, sino con una obsesión.
“Cuando era joven me gustaba ir descubriendo todo lo que era la Segunda División B. Era un devorador de revistas como Don Balón, pero la presencia de todo lo que no era Primera o Segunda era muy escasa”. La frase tiene mucho de arqueología. Habla de un tiempo, no tan lejano, en el que el fútbol terminaba donde empezaban las grandes categorías y sí en las revistas que, cada semana, se buscaban con ahínco, monedas en el bolsillo y mucha ilusión en las revistas que llegaban a los kioscos. El fútbol modesto, así como el internacional, eran un territorio sin cartografiar. Felipe vivía en el País Vasco y tenía una ventaja silenciosa para dar rienda a su pasión: muchos campos de Segunda B quedaban cerca de casa a los que podía viajar, cada fin de semana, sin moverse demasiado.
“Me acercaba a verlos. Luego las cadenas autonómicas comenzaban a dar partidos de esta categoría, los grababas y con otros igual de apasionados ibas intercambiando vídeos. Y, de este modo, vas conociendo a los jugadores y especializándote en un mercado que en aquellos momentos los clubes no tienen tan rastreado. De esta forma es como fui entrando yo en el mundo del fútbol”.
Intercambiar cintas como quien intercambia cromos. Mirar partidos con la atención del que sabe que ahí, en ese lateral zurdo que nadie comenta, puede haber una historia. No había, para este informático de profesión, todavía big data, ni softwares, ni plataformas de seguimiento. Había curiosidad. Y tiempo.
La labor del ojeador: hacer de ver fútbol una profesión
El traslado a Madrid para desarrollar su carrera profesional como informático supuso un salto, a su vez, vinculado al fútbol. Madrid fue otra frontera. Un territorio en el que, tener, al alcance numerosos partidos sin televisar a los que acudir cada fin de semana. Pero hecho desde la modestia de vivir en una población de apenas 2.000 habitantes, limítrofe con las Comunidad de Madrid. Porque si de algo sabe Felipe es de fronteras.
“Cuando llego a Madrid descubro que hay más ojeadores, más directores deportivos, en comparación con lo que hay en el País Vasco. Así, viendo partidos en la grada vas conociendo gente, compartiendo impresiones y, poco a poco, sin darte cuenta, acabas dentro de la rueda del fútbol”. La rueda del fútbol. Una expresión que no suena romántica, sino mecánica. Porque si algo aprende pronto quien decide vivir de mirar es que el fútbol no es un paisaje fijo, sino un engranaje que gira sin detenerse y que no espera a nadie.
“Optas por jugártela en un entorno como es el fútbol, que no es una cosa fija y tienes que estar continuamente buscando nuevos proyectos. Aquí dependes mucho de los resultados y de la figura del director deportivo, del secretario técnico, del entrenador… y es muy probable que te vayas con ellos porque formas parte de todo el equipo de trabajo. Sales del club con ellos y, a partir de ese momento, llega la etapa de tocar puertas”.
Tocar puertas, recordar relaciones, levantar el teléfono para que sepan que existes. Esa es, quizá, la parte menos visible, pero imprescindible, del oficio. Fuera del fútbol profesional, además, la apuesta es todavía más arriesgada. “A niveles fuera del fútbol profesional es complicado apostarlo todo a esta profesión ya que el salario no es muy alto y la incertidumbre es continua”.
Hay algo quijotesco en esa decisión. Viajes, informes por encargo, proyectos que duran dos o tres meses y vuelven a empezar. En muchos momentos Felipe, encuentra su lugar, gracias a su especialización en el mercado portugués; ya sea incorporándose a la estructura de dirección deportiva o secretaría técnica de un club o trabajando de manera independiente.
“Es habitual que haya equipos que se pongan en contacto con un ojeador para trabajos esporádicos y le elabores informes acerca de algún jugador por regiones o ligas concretas. Son tareas que te llevan dos o tres meses y luego de nuevo a seguir buscando. Este trabajo, con una conciliación familiar, es muy complicado ya que te demanda mucho tiempo fuera de casa, viajes, estar ocupado durante el tiempo libre de los demás…”.
El fútbol, visto desde dentro, no es glamour. Es agenda, muchísimos kilómetros de carreta y fines de semana dejando atrás tiempo con la familia. Pero todo ese viaje tendría poco sentido, ni sería posible, si no existiera una idea clara de qué se busca y estar acompañado de una pareja que está dispuesta a acompañarle en ese proyecto de vida, en su forma de entenderla. Y ahí aparece la filosofía.
“A la hora de detectar el talento ya no es suficiente con la capacidad para el juego. Tienes que saber de dónde viene, la familia… Los clubes ahora saben que para conseguir resultados lo que necesitan es construir un buen vestuario”. La frase desmonta la épica individual. El talento intermitente es muy seductor, es lo que rápidamente te llena, pero no sostiene proyectos que se quieren sólidos.
“Tener un jugador que te saque el talento a ratos, quince o veinte minutos, no es sostenible al medio y largo plazo. Formar equipos con jugadores que no te alcanzan un rendimiento de diez pero que te dan un siete todos los días te acerca más a los objetivos”.El siete constante frente al diez esporádico. Es una forma de entender la vida, no solo el fútbol.
“En un jugador no solo te fijas en su capacidad con la pelota, sino también en su actitud. En lo que hace cuando no tiene cerca la pelota, cómo maneja la frustración, la impotencia… Lo primero que te llama la atención es el físico. En mi caso me fijo en el que hace cosas distintas y, sobre todo, en los que no sacan los pies del tiesto, que no ponen malas caras y saben lo que tienen que hacer. Que cumplen con sus funciones. Luego tienes que valorar todo lo que es no fútbol”.
El “no fútbol”. Ese territorio invisible que no aparece en las estadísticas y que debe estar presente en la balanza de quien debe tomar la decisión final. Esto en un tiempo en el que las estadísticas están, y pesan. Pero que no deben ser el únicio criterio a valorar aunque sí ponderar. Algo que sorprende en una persona que viene de estar rodeada de ceros y unos como es la informática. “Vengo de la vieja escuela. Los datos en el fútbol está bien tenerlos, pero pienso que somos humanos. Los datos te pueden llevar a tener una visión equivocada”.
La explicación es sencilla y demoledora. “Puedes ver que un central tiene un porcentaje muy elevado de acierto en los pases, pero si estos son hacia su portero o al otro central, sin saltar nunca una línea… Los datos no te dan información acerca de cómo funciona en situaciones de presión, cuál es su entorno y cómo le afecta. A mí me gusta estar en el campo, ver cómo dialoga con sus compañeros, si da instrucciones… qué hace cuando el foco no está en él. Si cuando el balón está lejos ya se está colocando para anticipar la jugada”.
Mirar cuando nadie mira y donde no apunta el dedo. Ahí está la esencia del trabajo de un ojeador. De ahí la necesidad de su presencia en los estadios en un entorno multipantalla como el actual. Claro que el riesgo existe en la labor de ojeo y que la probabilidad de fallar en el diagnóstico es alta. Hoy, además, la probabilidad de error aumenta ya que los clubes, por necesidad o convicción, aceleran procesos. Futbolistas que saltan dos categorías en un verano.
“El caso más mediático es Fermín, que pasa del Linense al Barcelona”, recuerda sobre Fermín López y su salto al FC Barcelona. “Te puede salir mal, o bien. Es un salto que quizá no estén todos preparados. Muchas veces se da por necesidad del club, no por una apuesta deportiva. La irrupción puede ser fuerte, pero a la larga el fútbol acaba poniendo a cada uno en su sitio”.
Y aun así, el ojo también falla. “Recuerdo trabajos acerca del fútbol venezolano. Había un jugador, Aramburu, que estaba en La Guaira y ahora está en la Real Sociedad. Lo analicé y me sorprende, por lo que le vi, que pueda estar jugando allí”.Se refiere a su consolidación en la Real Sociedad. No lo dice como excusa, sino como advertencia: el ojeador no es un oráculo.
Quizá por eso guarda una última teoría, casi de contrabandista, de quien se ha proviene de una familia que se ha movido alrededor de frontera invisible entre España y Portugal, del mercado. “El mejor fichaje es el jugador que ha hecho una mala temporada anterior. El que viene de una buena lo quieren todos y probablemente no podrás entrar en la puja si no eres un club potente. El bueno es el que tuvo un gran rendimiento otras temporadas, aunque la última haya sido peor”.
Buscar donde otros dejan de mirar. Apostar por el matiz frente al titular. En el fondo, el viaje del ojeador se parece mucho al del caminante: avanzar despacio, detenerse en detalles que otros pasan por alto y aceptar que el paisaje, como el fútbol, nunca se repite del todo. Y seguir mirando. Siempre seguir mirando.
Portugal: un mercado como segunda patria.
En Sobradillo la frontera nunca fue una línea roja en el mapa, fue costumbre. Fue un mercado compartido, un acento mezclado, y una carretera secundaria que no entiende de aduanas. Portugal estaba ahí, al lado, como una conversación pendiente. Y en el caso de Felipe, esa conversación acabó convirtiéndose en oficio.
Porque vivir exclusivamente de ser ojeador, lo dice sin dramatismo, es terreno inestable. “Vivir de ser solo ojeador de fútbol es muy complicado si no lo haces en un club potente o en una categoría profesional. Yo trabajaba como informático y tenía lo de ser ojeador como un segundo empleo, un ingreso extra”. La frase tiene algo de confesión que no esconde ninguna épica. Mientras otros viajaban con acreditaciones oficiales, él compatibilizaba jornadas frente a la pantalla con noches de vídeo y fines de semana de carretera. Mirar fútbol no era un capricho, sino su disciplina. “Es una tarea que exige mucho tiempo, estudiar fútbol y formarte. Vas conociendo otras ligas…”. Y en ese conocer apareció Portugal.
“Por mis vínculos con Sobradillo, localidad cercana a la frontera, me llamó descubrir ese fútbol y los jugadores de allí. Me especialicé en ese mercado y más a partir de la experiencia de la UD Salamanca cuando firmó a Pauleta, Giovanella, Catanha, Tulipa, César Brito… Así, cuando estaba en verano me acercaba a ver partidos”.
Aquella Unión Deportiva Salamanca que miraba al país vecino funcionó como brújula. No era solo una cuestión sentimental. Era intuición estratégica. Durante años, el fútbol portugués ofrecía talento a precio razonable y con una formación competitiva. “El fútbol portugués antes era muy barato a la hora de firmar jugadores. Ahora ya se han equiparado los salarios”.
Portugal dejó de ser ganga para convertirse en mercado maduro. La Segunda Liga portuguesa, explica, “tiene ahora un nivel alto y muy profesional, con sueldos muy similares a los que hay en Primera Federación”. La diferencia, sin embargo, no está solo en el césped. “La gestión de los clubes portugueses es muy inteligente, con cláusulas adicionales en los contratos y porcentajes de futuras ventas o de propiedad de un jugador”.
Hay en su tono un reconocimiento casi académico. Portugal entendió antes que muchos que el fútbol es industria además de balón. El modelo es claro: “Su estrategia es traer a jugadores brasileños de divisiones bajas y darles un impulso para, con sus traspasos futuros, hacer caja. Es una fórmula centrada en hacer mucho negocio”. No es romanticismo, es capitalismo futbolístico.
Y mientras Portugal consolidaba su método, algo empezó a cambiar al otro lado de la frontera. El flujo de futbolistas se invirtió. “Ahora se ha producido un trasvase de jugadores españoles en dirección a Portugal. Antes el jugador español iba allí cuando bajaba su nivel de exigencia. Ahora ha cambiado el perfil. Ve que ir a Portugal le abre una vía para dar pasos adelante en su carrera”. El ejemplo más visible es el de Toni Martínez. O el de Cristo González. Casos que certifican que cruzar la raya ya no es descenso, sino trampolín.
El recorrido de Fran Navarro resume bien ese nuevo itinerario: del Valencia Mestalla al Gil Vicente, más de treinta goles en dos temporadas y salto al Oporto, que lo mantiene en órbita competitiva en el Braga. Trayectorias como la de Pau Víctor, también en Braga, o la de Gorka Larrazábal en el Casa Pia, donde se ha convertido en pieza importante, dibujan una cartografía distinta.
En un escalón más bajo, pero igual de revelador, aparecen otros nombres: Javi Vázquez, con pasado en Lugo e Ibiza, o Pozo, del Valladolid Promesas, compitiendo con el Torreense en las semifinales de la Taça de Portugal. Historias menos mediáticas que hablan de una tendencia sólida. Felipe lo cuenta sin grandilocuencia. Para él, Portugal no es una moda. Es continuidad. Es método. Es la prolongación natural de aquella frontera salmantina que despertó su curiosidad.
Hay algo casi manchego en su forma de explicarlo: sin aspavientos, con la calma de quien ha visto pasar muchas generaciones de futbolistas por delante de su libreta. Portugal no es solo un mercado. Es una segunda patria profesional. Un lugar donde el talento se cultiva con paciencia y se vende con inteligencia. Y mientras hablamos, uno entiende que para un ojeador las fronteras no se cruzan con pasaporte, sino con mirada. La misma que empezó en Sobradillo, cuando Portugal no era todavía estrategia, sino simple vecindad.
El viaje continúa. Pero en esa raya aprendió algo esencial: que el fútbol, como los caminos antiguos, siempre ofrece una ruta alternativa a quien sabe detenerse y observar.
El desvío inesperado rumbo a Bulgaria
Todo viaje, para ser verdaderamente inolvidable, necesita un desvío. Una carretera que no figuraba en el plan inicial. En el mapa sentimental de Felipe Marcos Simón, Bulgaria no era destino previsto. Fue más bien una llamada lateral, una oportunidad que exigía la misma virtud que pide el barro: atreverse. “He pasado por numerosos equipos: Fuenlabrada, Ávila, Numancia, Mallorca… En Portugal con diferentes clubes y últimamente con un club de Bulgaria, el Beroe Stara, con el seguimiento de jugadores de Portugal y de aquí de España”.
El nombre suena lejano, casi impronunciable desde una sobremesa castellana: Stara Zagora. Un club modesto de la liga búlgara que, sin embargo, ha aprendido a hacer ruido en silencio. “Un club modestísimo, que ha tenido cierta repercusión porque llevamos allí a varios jugadores españoles y ha conseguido hacer grandes ventas a partir de la figura de Paco Zaragoza, el director deportivo. Alrededor de dos millones de euros ha ingresado por traspasos en las dos últimas temporadas firmando a jugadores completamente desconocidos”.
Ahí está la clave: desconocidos. El proyecto para ser viable no debía sostenerse en nombres, sino dar rienda suelta a la intuición y aplicar, de forma estricta, el método acompañado de altas dosis de riesgo. “El proyecto se ha convertido en una opción muy atractiva para el jugador español, pero de entrada era muy complicado”. Porque salir fuera, en el imaginario del futbolista español medio, suele tener una motivación clara. “El jugador español que sale lo hace para ganar dinero. Pero este proyecto era diferente. Se le ofrecía la oportunidad de jugársela y competir en una Primera División, aunque sea en una liga menor y en un equipo pequeño”.
Jugársela Volvemos a la palabra. Bulgaria no prometía comodidad, sino escaparate y una apuesta a doble o nada del futbolista por sí mismo. “Se le daba la opción de sentirse futbolista profesional y de despertar el interés de ojeadores de la liga rusa o sueca, así como de los principales equipos del fútbol búlgaro, donde sí van a tener salarios altos”. Convencer al jugador no era nada sencillo. La geografía pesa y el desconocimiento mucho más.
“Convencer al jugador para que marche a Bulgaria… pese a ser un equipo con cierta historia, que jugó una Recopa en la que eliminó al Athletic y a la Juventus… no es fácil”. Historia tenía el club, en sus vitrinas, pero en el fútbol el presente es quien manda. El plan de Paco Zaragoza – que fue director deportivo del Lorca FC, Uniao Leiria y asesor del Brujas – era claro: juventud y margen de crecimiento.
“El proyecto se centraba en llevar gente joven, menores de 25 años, con los que el club pudiera obtener algo en forma de traspaso”. El foco, entonces, bajó un escalón. Primera Federación ofrecía poco margen: salarios altos, estructuras consolidadas, reticencias a cruzar media Europa por una incógnita. “Empezamos a poner el foco en Segunda Federación” y ahí aparece el ejemplo que resume el sentido del viaje.
“Alberto Salido estaba jugando en el UD Montijo y en el FC La Unión. Había crecido en la cantera del Atlético de Madrid. Asume el reto de ir al Beroe, mete doce goles la pasada temporada y en esta mitad lleva otros diez. Ahora ha llegado el Ludogorets y le ha firmado”. El Ludogorets, potencia económica del país, representa el premio al riesgo.
El salto interior que debe dar el jugador para embarcarse en un proyecto que le saco del confort de lo conocido y de un límite que en España sabe que no va a superar, justifica la apuesta exterior. “Convencerle no es fácil, pero ahora se ve la posibilidad de jugar fuera como una opción que se contempla. Dar el salto a Bulgaria ayuda a sentirse futbolistas, porque se ven en los medios, hay gente en las gradas… Viajar a un destino tan exótico les cambia la circunstancia”. Cambiar la circunstancia. Hay algo profundamente literario en esa idea. El jugador que parecía anclado en una categoría semiprofesional encuentra, de pronto, estadios, focos, retransmisiones. El viaje no solo es geográfico; es emocional.
Y mientras tanto, la figura del ojeador permanece en segundo plano. “Teniendo un papel crucial en muchas carreras, la figura del ojeador es invisible. El jugador se queda con el rostro del director deportivo, que es quien finalmente firma”. No hay queja en la voz sino la constatación de su realidad cotidiana. “Mi labor es sustentar la decisión final del director deportivo acerca de la conveniencia de firmar a un jugador porque se ajusta a lo que se necesita”. Sustentar, no protagonizar. Buscar el encaje preciso entre club y futbolista. Un binomio que, cuando funciona, deja una satisfacción silenciosa.
“Dar con el binomio de que el jugador y el club crezcan con la incorporación al proyecto es una satisfacción que me quedo para mí”. Habla entonces de Juanca Pineda. Del CD Torrijos al Guadalajara y de ahí a Bulgaria. Otro nombre que no ocupó portadas, pero que encontró su sitio en un lugar inesperado. “De lo que se trata es que mi valoración se ajuste al perfil que necesita tanto el club como el entrenador. Y eso no siempre se produce”. Porque el fútbol, como los caminos secundarios, nunca garantiza la llegada a un destino cierto. Solo ofrece la certeza de estar en un trayecto.
En Bulgaria, Felipe aprendió que el viaje del ojeador no consiste en buscar certezas, sino en gestionar probabilidades. Convencer a un chico de veintidós años de que Stara Zagora puede ser el comienzo y no el exilio. Entender que a veces hay que alejarse del mapa conocido para volver con más fuerza. Como en todo buen viaje a la Alcarria futbolística, lo importante no es la postal. Es el desvío.
El Salvador: nombres en la distancia
Hay viajes que no empiezan en un aeropuerto, sino en una llamada. El de El Salvador comenzó así: sin bandera propia, sin contrato federativo, sin foto oficial. Un trabajo en la sombra, como casi todos los suyos. “La relación laboral no era con la Federación de Fútbol de El Salvador, sino con el cuerpo técnico”.
El matiz importa. El seleccionador era español, David Dóniga. Antes lo había sido Rubén de la Barrera, y antes aún había coincidido con otros nombres del fútbol itinerante. Las conexiones en este oficio no son casuales; son hilos que se cruzan con los años. “La llegada de Dóniga a El Salvador coincide con unos meses en los que yo estaba haciendo informes sobre el fútbol centroamericano. Hablamos y, cuando le surgió la oportunidad allí, me contacta para trabajar con él, no con la federación, para echarle una mano”.
La tarea no era elegir al mejor nueve ni estudiar al rival de turno. Era algo más primario y más complejo, pero imprescindible. “Identificar, controlar y seguir a jugadores salvadoreños que estaban jugando en Europa y que podían ser seleccionables”. Identificar, una labor detectivesca, una palabra que en este caso significaba casi rastrear archivos, partidas de nacimiento, desentrañar un árbol genealógico… “Era una tarea de chinos, porque no hay muchos y tienes que estar buscando con paciencia y en profundidad hasta que vas encontrando jugadores, por ejemplo en Alemania o Dinamarca, que podrían incorporarse a la selección”.
El ojeador se convierte entonces en genealogista. En detective administrativo. Más que ver fútbol, había que descifrar pasaportes, orígenes familiares, requisitos federativos. “Es un momento en el que haces más un trabajo de identificación de quién puede cumplir los requisitos administrativos para ser seleccionable… como Itzel Colocho, un juvenil del Espanyol, o Isak Alamyehu, un joven nacido en Suecia de origen etíope y salvadoreño que ya había jugado con las inferiores en Suecia… que de ver fútbol”.
El mapa, por tanto, se amplía. Ya no es solo Castilla, Portugal o Bulgaria. Es Escandinavia, es Centroamérica, es la diáspora convertida en posibilidad deportiva. Buscar talento donde nadie lo está mirando o donde pocos saben que deben mirar.
Fue, dice, una etapa bonita. “Durante el año que estuvo al mando el equipo mejoró en su competitividad. Ganamos casi todos los partidos en la Liga B de Naciones de la CONCACAF, lo que daba lugar a entrar en la Copa Oro”. En el horizonte aparecía algo mayor. “De ahí iniciamos las clasificaciones para el Mundial, que además iba a estar más barata que nunca para esta zona con México, Canadá y Estados Unidos ya clasificadas. Las opciones eran mucho mayores”.
Por un momento, el viaje parecía dirigirse hacia la cita grande. La fasse de clasificación inicia con un empate, una victoria. La ilusión contenida de verse en un Mundial aunque no sea sobre el terreno de juego. Pero el fútbol no solo depende del césped. “Entraron cuestiones de Gobierno que querían apostar por otro cuerpo técnico. Hicieron la limpia y optaron por colocar a Hernán ‘Bolillo’ Gómez”. El técnico colombiano, con pasado mundialista, representaba otro rumbo. Otra apuesta política y deportiva. Y el ciclo se cerró como se cierran muchos en el fútbol: sin dramatismo público, pero con la sensación de haber estado cerca de algo que podía haber sido histórico.
El Salvador no fue un contrato largo ni una foto celebrando una clasificación. Fue otra cosa. Fue confirmar que el trabajo del ojeador no siempre termina en un fichaje; a veces termina en una lista. En un nombre añadido a tiempo. En una posibilidad abierta, un recorrido en el que Felipe aprendió que la patria del ojeador no es un escudo, sino la búsqueda. Da igual si el campo está en Stara Zagora, en Barcelos o si el nombre aparece en una base de datos alemana con apellido centroamericano. El oficio sigue siendo el mismo: mirar, identificar, sostener decisiones. Y aceptar que, como en todo buen viaje, no siempre se llega al destino previsto. Pero siempre se vuelve con algo aprendido.
CD Toledo: una última parada en casa sin dejar de viajar.
Después de Portugal, de Bulgaria, de listas en Centroamérica y llamadas a deshoras, el viaje regresa a una ciudad amurallada. Toledo no es exotismo, es volver a la raíz. Saber que los proyectos también pueden albergar un espacio para la memoria.
“Siendo un proyecto muy atractivo y teniendo incluso otras opciones, decidí vincularme, de nuevo, al CD Toledo porque me daba la oportunidad de poder pasar más tiempo junto a la familia”. A veces el desvío más importante es el que te acerca a casa y, en vez de aventura, ofrece equilibrio. El fútbol exige kilómetros, pero también pide renuncias. “El compromiso actual del club es a largo plazo, ir paso a paso trabajando junto a Paco Gallardo en la captación y detección de jugadores que nos interesen y que ellos puedan estar interesados en venir al CD Toledo”.
Captar y convencer, el doble movimiento básico que deben poner en liza los malabaristas de los despacho en el fútbol. Porque en estas categorías el escudo pesa, pero no siempre basta. “El CD Toledo, dentro de Tercera y Segunda Federación, es uno de los equipos grandes. Es atractivo para futbolistas de Madrid por la proximidad, al igual que de Castilla y León o La Mancha”.
El CD Toledo es grande en historia, grande en masa social, grande en aspiración. El Salto del Caballo no es un estadio cualquiera. Es memoria de tardes más altas en Segunda División. El objetivo, sin rodeos, es claro.” Ascender a Segunda Federación, que no es fácil. En el grupo hay mucha competencia, cuatro equipos muy fuertes peleando por el ascenso directo”.
Evocar al CD Toledo es pensar en “la época en Segunda División con Villalvilla, Marina, Emery… aquella promoción a Primera ante el Real Valladolid cargada de polémica”. Esa frontera, de llegar a la máxima categoría, que no se cruzó nunca en la historia del club. Después llegó la caída a Segunda B y el lento desgaste. Cuatro temporadas seguidas en Tercera Federación. Demasiado para un club que, como insiste Felipe, “tiene equipamiento y estructura para estar en categorías superiores”. La base está. “Hay una masa social sólida de casi 4.000 socios. Y ahora una nueva propiedad que apuesta desde la paciencia”. Paciencia. La palabra se repite como si fuera un mantra necesario en el fútbol modesto. Porque la realidad, como sabemos en estas divisiones, es áspera.
“En este momento de la temporada me encuentro en una disyuntiva complicada. Miro planificando que el equipo estará en Segunda Federación la próxima temporada, aunque estemos en febrero, pero sabiendo que igual te pegas el batacazo de no subir”. Planificar con doble mapa. Trabajar para un ascenso que no está garantizado.
“Duplicamos el trabajo, porque la mira es diferente. Miras todo lo destacado de Tercera Federación, pero también Segunda Federación. Y, en caso de ascenso, donde podemos llegar como proyecto potente, igualmente miras jugadores de Segunda Federación con nivel”.
El ojeador haciendo de funambulista. Diseñar una plantilla sin saber el escenario. Porque lo más crudo de estas categorías no es la derrota; es la incertidumbre. “Hasta junio no sabes en qué categoría vas a estar la siguiente campaña. Para la planificación deportiva es muy difícil”. Lo que para el aficionado es emoción alargada, para el despacho es tensión sostenida. “Son seis semanas de pura tensión. Llegas casi a julio y los jugadores que querías ya van firmando con otros equipos”.
El recuerdo de lo vivido los últimos años duele. “Hace dos temporadas nos la jugamos con el Almería B, con jugadores internacionales en categorías inferiores, y te quedas fuera. Mientras veías otras eliminatorias con menos nivel y una masa social muy baja que se llevaban el premio del ascenso”. El fútbol no siempre premia la estructura ni la historia. A veces premia el momento. Y el momento, en estas divisiones, es un alambre.
Aun así, el proyecto sigue. Paso a paso. Sin proclamas grandilocuentes. Porque en el fondo, después de recorrer media Europa y asomarse a Centroamérica, Felipe vuelve al punto de partida de todo ojeador: mirar campos, hablar con jugadores, imaginar cómo pueden encajar las piezas.
Toledo no es el final del viaje. Es otra etapa. Quizá la más compleja, porque aquí la mirada no se dirige a lo exótico ni a lo lejano, sino a lo propio. A reconstruir un histórico desde la paciencia y el método. Y mientras el Salto del Caballo espera el próximo domingo, el ojeador vuelve a su libreta. Sabe que en estas categorías no gana siempre el que más historia tiene. Gana el que acierta un poco más que el resto.
Mirar bien. Elegir mejor. Resistir. El viaje, al final, era esto.
