Ewan Urain: cuando el fútbol ya no espera, pero uno sigue

Del barro de Lezama al olor a sal del Adriático. Ewan Urain, delantero vasco con alma escocesa, vive una nueva etapa en el SS Manfredonia Calcio 1932, en la cuarta división italiana. Su camino, hecho de promesas, lesiones y reinvenciones, le ha llevado hasta una pequeña ciudad costera donde el fútbol aún se juega con orgullo y eco de campanario. Un superviviente más, buscando su sitio entre el viento y el gol.

El recorrido de Ewan Urain hasta Manfredonia

Hay futbolistas que no se entienden sin su geografía. Ewan Urain (Durango, 2000) es uno de ellos. Nacido vizcaíno, con alma escocesa y pies que hoy pisan el talón de la bota italiana, su trayectoria parece escrita con tinta salada y viento de costa. En el Miramare de Manfredonia —un estadio coqueto, de apenas cuatro mil almas y un eco que se confunde con el rumor del Adriático— el delantero vasco sigue buscando su lugar en el mapa del fútbol. Y lo hace como se hace todo en la Serie D: con humildad, con barro, con la esperanza de que el domingo traiga algo más que un empate.

Su historia arranca mucho más al norte, en Lockerbie, al sur de Escocia en un localidad que se dió a conocer internacionalmente a finales de 1988 a consecuencia de un atentado terrorista que causó la muerte a 259 personas, suceso que se recrea en la impecable serie protagonizada por Collin Firth: «Lockerbie: en búsqueda de la verdad». De allí venía su madre, de una familia que disfrutaba del fútbol sin caer en las trincheras del Celtic o el Rangers. Por cercanía, eran del Leeds United, y luego, por afinidades patrias, del Liverpool, cuando los “reds” se llenaron de acento escocés. Aquella calma rural, de vida medida por el ritmo de las estaciones, fue la que su madre llevó consigo cuando echó raíces en Euskadi. Ewan creció entre dos tierras de lluvia y carácter, pasando los veranos en Escocia, respirando ese mismo aire que, de alguna manera, le ha devuelto ahora el mar italiano.

En Lezama se formó de la mano de Bingen Arostegi y Ander Alaña. Se habló de él como se habla siempre de los jóvenes delanteros altos y bien plantados: “puede ser el nuevo Fernando Llorente”. Pero el fútbol, tan caprichoso como la mar, no sigue guiones. Las lesiones cortaron su progresión y su debut con el primer equipo del Athletic quedó en amistosos y promesas. Aun así, su talento y sus raíces le llevaron a vestir la camiseta de Escocia sub-21, convocado por Scott Gemmill, exjugador del Nottingham Forest y del Everton. La familia celebró aquella llamada entre pantallas y abrazos a distancia: era 2021, tiempos de resticciones por pandemia.

Después vino Unionistas de Salamanca, verano de 2023. El fichaje tenía el aroma de la oportunidad y el riesgo a partes iguales: un delantero con bagaje en Lezama pero dudas en su físico. En el Reina Sofía dejó la estela breve de los jugadores que no terminan de encajar: quince partidos, menos de quinientos minutos y el intento, fallido, de reconvertirlo en extremo para atacar el segundo palo. No hubo romance entre Ewan y el club blanquinegro. Simplemente no se entendieron. Como esos amores de verano que no llegan a septiembre.

De Salamanca a Badajoz. Segunda Federación. Tres entrenadores en un año (David Tenorio, Iñaki Alonso y Luis Oliver), dos goles que no evitaron el descenso y la sensación de haber luchado en un barco que hacía agua por todos lados. Luego llegó CDA Navalcarnero, verano de 2024. Allí sí encontró algo de paz. Cinco goles, dos asistencias y la confianza de Guillermo Fernández, que le dio el papel de “nueve” solitario, el hombre que fija, que pelea, que aguanta. El playoff se escapó en la última jornada, y las lesiones volvieron a recordarle que la constancia sigue siendo su mayor rival.

Este año, Urain ha cruzado la frontera. SS Manfredonia Calcio 1932, Serie D italiana. Un club que huele a historia modesta, a estadio con alma y a camiseta que se lava a mano. El Miramare fue, dicen, el primer campo del país en tener césped sintético. A su alrededor, la ciudad se abre al mar, con ese aire de puerto antiguo, de salitre y ruinas daunias, herencia de una civilización que hace tres mil años ya sabía lo que era resistir junto al Adriático.

Allí, entre el rumor de las olas y las gradas que parecen un anfiteatro de otro tiempo, Ewan Urain ha vuelto a sentirse futbolista. Dos goles y una asistencia en aquel loco 4-2 ante el Sarnese lo confirman. No son cifras que llenen titulares, pero sí pequeñas victorias personales, de esas que los “supervivientes” entienden mejor que nadie. Como diría Gianni Brera, “el fútbol es la guerra en tiempos de paz”. Y Urain, sin hacer ruido, sigue peleando su batalla.

Hoy, mientras el viento sopla desde el mar y el sol se esconde detrás del Gargano, Ewan sigue buscando su sitio. No en las portadas ni en los grandes estadios, sino en el juego, en el oficio, en esa delgada línea entre el fútbol y la vida. Y quizá, al final, eso sea lo que más se parezca a la felicidad.

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