Mario Losada: el viaje interior de un futbolista que se escucha
Hay futbolistas que se definen por sus cifras y otros que se explican en los márgenes. Mario Losada (Madrid, 1997) pertenece a los segundos: un jugador que no busca titulares, sino verdad. Su viaje —desde las canchas de Vicálvaro hasta los inviernos de Polonia— es el relato de un guerrero contemporáneo, de un tipo que ha aprendido que el barro no se quita: se asume. Cada ciudad ha sido un espejo distinto, cada camiseta una capa más en la piel. Y lo que queda al final no es un marcador, sino el eco de todo lo vivido.
"El fúbol de Tercera te enseña lo que es el fúbol de verdad"
Antes de los contratos, antes de las gradas, existía el barrio. En Valdebernardo, entre porterías de metal oxidado y tardes sin reloj, Mario comenzó a entender que el fútbol no era solo un juego, sino un lenguaje. Un lugar donde se aprende a resistir, a buscar huecos donde no los hay, a caerse sin perder el hambre. El Rayo Vallecano fue la puerta a otro mundo; el Deportivo Fabril, su primer roce con la dureza de lo profesional. Pero lo esencial ya estaba sembrado: la intuición del delantero que no deja de correr aunque no se escuche su nombre por megafonía.
En Valdebernardo, barrio de fronteras invisibles y de rimas que rebotan entre los muros, el fútbol no era una vía de escape: era un idioma. En las canchas de cemento, entre porterías oxidadas y balones que sobrevivían a las aceras, Mario Losada aprendió las primeras lecciones sin saber que lo eran. La paciencia. El compañerismo. La mirada del que entiende que ganar no siempre significa vencer. Jugaba en Moratalaz, en el club del barrio, cuando aún no soñaba con contratos ni ascensos. Luego, el destino le dio su primera señal de grandeza: el Rayo Vallecano lo llamó. Allí, en la cantera de un club con alma de obrero, el fútbol empezó a parecerse a algo serio. No había cámaras, pero sí una disciplina que imponía respeto y el aprendizaje de un oficio.
Su último año en División de Honor fue perfecto: 22 goles, ritmo, confianza. Pero el fútbol tiene un modo muy concreto de recordarte tu lugar. Cuando llegó a pretemporada con el filial, el entrenador que había tenido el año anterior. Juanvi Peinado, le dijo sin rodeos que no contaba con él. Ni reproches ni explicaciones: un portazo sin memoria a lo que acababan de vivir y sin lugar para el consuelo. La primera lección de lo que es esto del fútbol, un lugar en los que los vínculos desaparecen como se construyen, en el aire. Y en ese portazo empezó, de verdad, la historia de Mario Losada.
Sin representante, sin nadie que le abriera puertas, tomó su primera decisión de adulto: moverse. No quedarse a esperar compasión, sino buscar minutos. Lo fichó el Trival Valderas, un equipo de Tercera, con campos donde el barro se cuela en las medias y el aire huele a esfuerzo. Allí el fútbol se vive en silencio, sin hashtags ni focos, pero con una intensidad que corta la piel. “Pasas de un fútbol limpio, juvenil en División de Honor donde todo parece un fútbol inmaculado como de salón de baile, a otro donde los rivales te muerden y los golpes duelen de verdad”, recuerda. En su primer año le costó adaptarse. En el segundo, ya entendía el lenguaje de la categoría: el de los cuerpos duros, los choques, el respeto que se gana a base de heridas y en el que cada acción es un examen final. Ganó seis kilos, aprendió a usar el cuerpo, pero también la cabeza. Aprendió a ser paciente, a esperar y a no esperar nada.
Compartía vestuario con Raúl Sánchez, hoy en México, y Sancris, ahora junto a Bordalás. Tipos de barrio, con hambre, que también sabían que la Tercera es un examen constante. “Allí entendí que el fútbol no te da nada: se lo tienes que quitar”, dice Mario. Mientras estudiaba INEF, se debatía entre seguir formándose o probar suerte en Estados Unidos, una vía cómoda, segura, casi académica. Pero el instinto, el mismo que empuja al guerrero a avanzar aunque no vea el horizonte, le hizo quedarse. Y entonces, cuando el fútbol ya parecía una quimera, el Alcorcón llamó a su puerta.
El salto fue corto en kilómetros, pero enorme en significado. En el filial, bajo la mirada de Dani Guindos, encontró un entorno que lo trataba como un profesional. Marcó 12 goles, jugó con solvencia, y al final del curso, debutó en Segunda División con Cristóbal Parralo. Quince minutos frente al Nàstic, quince frente al Granada. Para otros sería una anécdota. Para él, una epifanía. La primera vez que el niño de Valdebernardo pisaba el césped de los estadios que había visto por televisión. Y sin embargo, justo cuando el horizonte parecía abrirse, la puerta volvió a cerrarse. Cambio de propiedad, cambio de rumbo. Sin que mediara culpa, tuvo que marcharse. “Me fui con la sensación de que algo se estaba construyendo y se rompió de golpe”, dice. Era otro golpe, otra lección. En el arte de la guerra que es el fútbol, aprender a perder es tan importante como aprender a ganar.
Su siguiente parada fue La Coruña, donde firmó por el Deportivo Fabril, el filial del Dépor. Por primera vez, vivía lejos de casa. La distancia se le hizo extraña, pero también formativa. “El Dépor es un club enorme. Todo está hecho con una seriedad que impresiona. Aprendí mucho de cómo se trabaja de verdad en un entorno profesional.” El equipo venía de descender a Tercera, y el contexto no era fácil. Marcó once goles, sufrió alguna lesión y, cuando empezaba a coger vuelo, llegó la pandemia. El fútbol se detuvo, y con él, el tiempo. El club cambió de directiva, el primer equipo descendió, y el ambiente se volvió de plomo. Todo apuntaba que lo mejor era volver al punto de partida.
“Cada paso, cada club, me ha servido. En el Rayo aprendí la pasión; en el Trival, el sacrificio; en Alcorcón, la profesionalidad; y en Coruña, la paciencia. Son piezas del mismo puzle"
Pero, como en los viejos versos que leía en las paredes de las calles de Vicálvaro y las letras de las rimas que escuchaba en sus parques, Mario entendió que el silencio también es parte del ritmo. Que la calma forja tanto como la batalla. Allí, en la lluvia gallega, aprendió nuevas formas de resistir: no esperar nada y seguir trabajando igual. De aquel viaje quedó una enseñanza más importante que cualquier gol. Que el fútbol es un espejo que te devuelve lo que eres: cuando estás vacío, te vacía; cuando te sostienes, te multiplica. En esos años, desde el Rayo Vallecano hasta el Deportivo Fabril, Mario Losada fue aprendiendo el arte de que uno avanza no porque tenga claro su destino, sino porque no concibe la posibilidad de detenerse.
"A veces el rival no está enfrente, sino dentro"
Las Rozas fue la universidad del oficio: compartir vestuario con veteranos, aprender a medir los silencios, entender que el fútbol no siempre premia al que más corre, sino al que más observa. Después llegó Zamora, y con él, el ruido interior. “Fue mi año más oscuro”, confiesa. “Me di cuenta de que a veces el rival no está enfrente, sino dentro.” Entre la frustración y la autocrítica, Mario comenzó a hablar consigo mismo, a reconocerse en los días sin balón. De esa introspección nacería el jugador que estaba por venir.
Hay momentos en que el cuerpo te pide algo que la mente aún no sabe poner en palabras. A Mario Losada le pasó al terminar su etapa en el Deportivo Fabril. Tenía contrato un año más, pero sentía que quedarse era quedarse quieto, y quedarse quieto es, a veces, empezar a ir hacia atrás. “Desde el club me dijeron que no iba a contar para el primer equipo y no quería pasar otra temporada en Tercera. El cuerpo me pedía algo más. Ya había hecho goles en la madrileña y en la gallega, y necesitaba saber si podía competir más arriba.”.
El año era raro, como suspendido en el aire. La pandemia había dejado cicatrices y el fútbol español estaba en plena reconfiguración de categorías. “Nada estaba claro: ni el calendario, ni los grupos, ni siquiera cuándo empezaba la liga. Pero yo tenía claro que no quería quedarme parado.” Así que volvió a Madrid, su refugio natural, y firmó por Las Rozas, un club modesto, pero que había conseguido llegar a la categoría de bronce del fútbol español. “Habían logrado mantenerse en Segunda B, con Lolo Escobar, y me pareció el sitio ideal. Buscaba un entorno sano, un proyecto donde poder estar bien dentro y fuera del campo.”
El año empezó extraño y siguió torcido. Iván Helguera, el técnico con el que arrancaron, fue cesado tras cuatro jornadas. “Fue su primera y única experiencia como entrenador. Era un tipo normal, con buen trato, pero creo que se topó con cosas que no esperaba. El fútbol tiene eso, que no siempre se parece al mapa que te dibujan.” Aun así, para Mario fue una temporada valiosa. “Teníamos un vestuario con mucho recorrido: Jon Aurtenetxe, Marcos Gullón, Carlos Indiano, Lekic… gente con una vida entera en esto. Yo escuchaba mucho. Compartía coche con Indiano y las conversaciones con él me marcaron. Aprendí de sus historias, de cómo gestionaban las derrotas, los momentos malos. Me di cuenta de que el fútbol también se juega fuera del campo.”
Sonríe al recordarlo. “Me encantaban las charlas con Lekic. Una vez, tomando una cerveza, me contó cómo le marcó dos goles al Barça con Osasuna en apenas veinte minutos. Escuché recientemente a en una entrevista a Piqué que recordaba ese encuentro como el peor partido de su carrera. Y yo pensaba: esto es el fútbol también, esos días en los que pata uno todo encaja mientras que para el de al lado todo se hunde.” El equipoterminó descendiendo tras haber estado a un punto de quedarnos en la categoría en la primera ronda de aquella temporada loca de los subgrupos. “Fue una decepción, pero me fui con la sensación de haber crecido. A veces aprendes más en un vestuario que sufre que en uno que gana.”
Y entre las anécdotas de aquel año en Las Rozas, rememora una joya de su archivo de recuerdos que le ha dejado el fútbol: la noche ante el Eibar de Mendilibar. “Venía de pasar el COVID, solo entrené el día antes. Perdíamos 0-3, salí para activarme y marqué el 1-3. En diez minutos empatamos a tres. Fue una locura, aunque lo terminamos perdiendo en la prórroga. Pero ese día entendí lo que significa resistir porque estaba reventado, después de estar días encerrado sin poder salir de la habitación y sin fuerzas desde que hice las tres primeros sprints al salir al campo.”
Durante ese tiempo, Mario, como le sucedió a muchos durante los meses de confinameinto, llevó su obsesión por el control al extremo. “Me pasé. Medía todo lo que comía, pesaba la comida al gramo. Quería estar perfecto, en mi mejor forma. Perdí cinco kilos, y pensé que iba a volar, pero me pasó justo lo contrario: no me encontraba bien, me sentía débil, sin chispa. El exceso de control me quitó libertad.” Esa lección la aprendió rápido. “Desde entonces me cuido, claro, pero sin fanatismos. Hay que cuidarse para rendir, pero también hay que vivir para poder jugar.”
“Zamora fue el año más duro de mi carrera. No me encontré a mí mismo. Estaba apagado, desconectado"
Cuando la etapa en Las Rozas terminó, Zamora se cruzó en su camino. Un club de historia reciente, que venía de rozar el ascenso a Segunda. “Me llamaron muy pronto, incluso antes de que acabara la liga. Me sedujo el proyecto, el ambiente, el reto. Era el momento de probarme de verdad.” Pero el reto se convirtió en un espejo incómodo. “Zamora fue el año más duro de mi carrera. No me encontré a mí mismo. Estaba apagado, desconectado. En los días libres ni siquiera me apetecía volver a casa a Madrid.” Habla sin dramatismo, con una madurez que desarma. “Fue una temporada entera conviviendo con la frustración. Quería darlo todo, porque sabía que lo tenía, pero la cabeza iba en mi contra. Hacía algo bien y, al instante, mi mente se iba a lo negativo. Era como si me ahogara en mí mismo.” Cada acierto se convertía en una duda y cada error en un abismo en el que la autoestima de Mario se escapaba por las aguas del Duero desembocando en un lugar oscuro y profundo.
Ese año, dice, le cambió para siempre. “Fue el punto en el que me di cuenta de que la lucha no era contra el rival ni contra el entrenador. Era contra mí. Me arrepiento de no haber sabido resistir más, de haberme dejado vencer por la impotencia. Pero al mismo tiempo… necesitaba pasar por eso.” Tenía 25 años, una edad frontera, donde el fútbol empieza a medir a los jugadores por lo que ya son, no por lo que prometen. “Sabía que ese año podía definir mi carrera. Y me salió mal. Pero entendí que solo hay un camino: darlo todo, siempre. Lo que tenga que ser, será.” Habla de aquella etapa sin rencor, con gratitud casi estoica. “No culpo a nadie. Ni a Yago Iglesias ni a Movilla. El que no estuvo a la altura fui yo. Pero, gracias a eso, empecé a entenderme. A partir de ese año me prometí que nunca más iba a dejar que la cabeza me jugara en contra.” De esa aceptación surgió la semilla sobre la que comenzar a renacer.
En el fondo, Zamora fue un espejo y un maestro. “Aprendí a escucharme. A aceptar que el fútbol no siempre es justo, ni predecible. Que a veces hay que tocar fondo para entender qué te sostiene.” Fue su propio invierno, su extravío por el desierto. El momento en el que, como un guerrero, por fin, descubrió que la batalla más dura siempre se libra dentro. En Zamora aprendió a escucharse, a aceptar que el fútbol no siempre es justo ni predecible. Que a veces hay que tocar fondo para entender y descubrir qué es lo que te sostiene. La tierra de Viriato fue donde el Losada cayó, desapareció, pero también en donde empezó a conocerse. Porque solo quien atraviesa su propio silencio puede comenzar a hablar con voz propia.
“En Unionistas entendí que el fútbol también se juega con la gente”
Salamanca fue más que una etapa: fue un reencuentro con la esencia. Tras su paso por Zamora, Mario llegó a Unionistas con la cabeza limpia y el alma en modo reconstrucción. “Sabía que iba a ser uno más, que tendría que ganarme todo otra vez. Pero ya no me pesaba demostrar, solo quería disfrutar del proceso.” Una lesión en pretemporada retrasó su arranque, y cuando por fin empezó a sumar minutos, parecía que la historia sería breve. Hasta que el destino —como en una rima de Los Trovadores de la Lírica Perdida— giró la base. Se fue el entrenador, llegó Dani Ponz, y el juego cambió.
Después del año más duro de su carrera, Mario Losada necesitaba respirar. “Llegué a Unionistas de Salamanca bastante limpio mentalmente. Había hecho un ejercicio de autocrítica muy profundo sobre lo que me pasó en Zamora y venía con la cabeza despejada, sin rencores.” Su llegada se gestó a través de Toni García, director deportivo, que lo conocía de su paso por el fútbol madrileño. “Toni sabía quién era yo, lo que había hecho en Alcorcón o en Las Rozas, y me dio la oportunidad de volver a sentirme futbolista.” Mario sabía perfectamente cuál era su lugar de partida. “Llegué sabiendo que mi rol inicial era el de un jugador secundario. Estaban por delante De Miguel, Carlos de la Nava, Mawi… y que al míster, Raúl Casañ, me iba a costarle convencerle de que podía ser importante.”
Una lesión en pretemporada complicó todo. “Fue un inicio difícil. Logré tener una racha de partidos, incluso marqué dos goles, pero cuando el equipo estaba completo sentía que era el último de la lista. No lo vivía con ego ni frustración, simplemente lo veía claro: en ese contexto, iba a tener pocas oportunidades.” En enero, planteó su salida. “Fui honesto con Toni García. Le dije que quizá lo mejor era buscar una salida. Pero justo entonces se produce el traspaso de Jesús de Miguel al Castellón, y Toni me dijo: ‘Ahora no te puedes ir.’ Y ahí, sin saberlo, empezó a cambiar mi historia.”
Una semana después, el entrenador fue cesado. Llegó Dani Ponz, y todo dio un giro. “Desde el primer día con Dani sentí una conexión brutal. Enseguida hubo una energía nueva, con la grada, con el equipo, con el estadio. Yo tenía mucha rabia dentro, acumulada de meses sin poder expresarla en el campo. Y cuando Dani me dio la oportunidad… me quería comer el césped.” Esa rabia se convirtió en motor. “Contaba los días para que llegara el siguiente partido. Teníamos una racha increíble, y el ambiente en el Reina Sofía era único. Había partidos que no sabíamos explicar cómo los ganábamos. Era pura energía compartida, una conexión de verdad entre equipo y afición.” Mario recuerda ese momento como una epifanía futbolística. “Creo que esa comunión con la grada vino de que la gente veía que me vaciaba. En cada carrera, en cada duelo, estaba todo lo que llevaba dentro. El campo era el sitio donde podía liberar todo lo que no había podido sacar antes.”
Con el paso del tiempo, entendió qué hace especial a Unionistas. “A Farru, que fue compañero mío en el Alcoyano y ahora está allí, le dije una cosa: ‘Siente a la grada. Defiende a cada uno de los que están en ella. Puedes tener un mal partido, pero si te vacías, la gente lo nota y te lo reconoce.’ Esa es la esencia de Unionistas: la entrega total.” Cuando acabó la temporada, llegó el momento de decidir si seguir o no. “Dani Ponz me llamó, me dijo que contaba conmigo. Lo que había vivido con él y con el grupo era tan fuerte que decidí quedarme. Fue una decisión más emocional que profesional, pero la tomé convencido. Me quedé por lo que sentía.” Mario habla de Dani Ponz con una mezcla de respeto y gratitud. “Dani es una figura clave en mi carrera. Sin conocerme, confió en mí. Me pedía jugar de nueve, de diez, en banda… y lo hacía sin rechistar. Si me hubiera dicho que jugara de lateral, lo habría hecho. Con él entendí que el fútbol es confianza y compromiso.”
“Mi salida de Unionistas llegó porque me pregunté: ‘¿Qué más puedo aportar?’ Y no encontraba respuesta"
Pero toda etapa, por más luminosa que sea, tiene su cierre. “Mi salida de Unionistas llegó porque me pregunté: ‘¿Qué más puedo aportar?’ Y no encontraba respuesta. El club me dio una semana para decidir si seguir, pero sentía que ya lo había dado todo. No quería decidir con prisas ni forzar un ciclo que ya había terminado.” La exigencia había cambiado. “Desde dentro se empezaba a hablar de play-off, de metas más altas. Y yo no veía mal la ambición, pero sí el punto de partida. Unionistas, para mí, siempre fue otra cosa: un club que competía desde la humildad, desde el orgullo de lo que representaba. No quería perder eso.” La decisión fue dura. “Recuerdo perfectamente el día que el club publicó el comunicado de mi salida. Estaba en la playa, con Sandra, mi pareja. Lo leí y no pude evitar echarme a llorar. Eran muchas emociones juntas. Unionistas era, y es, mi casa. Lo que viví allí me marcó.”
De aquella etapa quedan también noches de Copa imposibles de borrar. “El partido contra el Villarreal fue de película: apagón, prórroga al día siguiente, penaltis… y acabamos ganando. Fue una locura hermosa. Contra el Barcelona también fue muy especial, aunque fallé una ocasión clara en el primer minuto y me costó olvidarlo. Pero de eso también se aprende.” Unionistas fue eso: resistencia, identidad y pertenencia. Un club que no solo lo ayudó a volver a disfrutar del fútbol, sino a reconciliarse con sí mismo. “Allí volví a sentir que jugaba por algo más que ganar partidos. Jugaba por la gente, por el escudo, por mí. Fue mi renacimiento.”
"Cuando un club depende de decisiones individuales y no colectivas, se tambalea"
Después del ruido emocional de Salamanca, Alcoy fue un nuevo intento de equilibrio. El proyecto prometía —un club histórico, un equipo competitivo, una vida junto al mar— y al principio todo parecía fluir. Pero el fútbol tiene sus propias mareas: una lesión, decisiones de arriba, un banquillo que cambia, una racha que se rompe. “En octubre estábamos casi líderes, y en dos semanas todo se vino abajo. A veces no entiendes por qué, pero sabes que no puedes dejar de remar.” En medio del caos, Mario volvió a encontrar refugio en lo simple: su pareja, los paseos junto al mar, la rutina silenciosa de quien sigue creyendo.
“Después de Unionistas sentía que necesitaba un cambio de aire, pero sin romper del todo el hilo que me unía al fútbol de verdad.” Así empieza Mario Losada a hablar de su llegada al CD Alcoyano, una etapa que asoma entre la nostalgia y la búsqueda. “Exploré la posibilidad de salir al extranjero, pero en ese momento las opciones no terminaban de concretarse. Apareció el Alcoyano, que ya había firmado a Jon Rojo, y me hablaron de lo que se vivía en El Collao, de su gente, de su historia. Me sedujo.”La decisión no fue solo deportiva. “Me ofrecía algo más: la posibilidad de vivir en San Juan (Alicante), junto al mar. Después de un año tan emocional en Salamanca, me apetecía esa calma, el sol, una vida tranquila con Sandra. No te voy a mentir: me imaginaba despertando con el sonido del mar y yendo a entrenar con otra perspectiva, con el corazón más descansado.”
Era un proyecto serio. “El club estaba construyendo un equipo potente, con jugadores contrastados: Atienza, Borja Granero, Ferni, Pastrana, Undabarrena, Jon Rojo… Gente con oficio, con recorrido, con hambre. Me hablaron de un papel importante y me sentí valorado desde el primer día.” Pero el fútbol, siempre imprevisible, volvió a recordarle que nada está garantizado. “Nada más llegar, me rompo un dedo. No pude debutar hasta la tercera jornada, contra el Murcia. Jugamos en casa, perdemos, pero para mí era un alivio volver a sentir el balón, competir otra vez.” El arranque no fue sencillo. “El equipo no empezó bien, pero pronto encontramos una buena dinámica. Empecé a sentirme cómodo, marqué un par de goles y llegamos a rozar el liderato. En la jornada 10, si no nos empatan en Mérida en el último minuto, nos hubiéramos puesto primeros. Estábamos en un momento muy bonito.” Y entonces, el viento cambió. “Llegó noviembre, los resultados se torcieron y el club decidió cesar a Vicente Parras, después de perder un partido aplazado contra el Villarreal B. Él llevaba seis temporadas en el club, lo conocía todo, respiraba Alcoyano. Fue una decisión dura, y a partir de ahí el equipo entró en una espiral complicada.”
Mario lo cuenta sin dramatismo, pero con la serenidad de quien ha aprendido a mirar atrás sin rencor. “Se quedó el segundo entrenador un mes, luego llegó otro técnico, hubo salidas, pero no llegaron refuerzos. Todo lo que se había hecho bien empezó a deshacerse poco a poco. Cuando un club depende de decisiones individuales y no colectivas, se tambalea. Lo sientes en el vestuario, en el ambiente, en la grada.” Aun así, Losada cumplió. “Si miras mis números, fueron buenos. Pero las sensaciones… eran de pena. Pena por la gente del club, por la afición, por la ciudad. Estábamos haciendo las cosas bien, y de repente se torció todo. Y en categorías como esta, cuando las cosas se tuercen, se tuercen de verdad. No hay colchón.”
Sus palabras adquieren un tono más grave cuando habla de la realidad invisible de los futbolistas de estas divisiones. “A veces la gente no lo ve, pero en estas categorías nadie lo pasa bien cuando las cosas van mal. Vivimos de contratos anuales, no tenemos estabilidad. Te llevas a tu pareja, tus cosas, tu vida entera, y de repente todo cambia. La gente cree que a los futbolistas nos da igual, pero no. Nadie que descienda se va a dormir tranquilo esa noche.” Pese al golpe, no hay reproche, sino aprendizaje. “El descenso dolió. Pero me quedo con la gente, con el cariño del club, con el trato humano. Alcoy tiene algo especial: su historia, su estadio encajonado entre montañas, su gente cercana. Me voy con más gratitud que tristeza.”
En esa despedida, junto al mar, Mario empezó a mirar hacia afuera. “Después del Alcoyano tenía claro que quería salir fuera. Sentía que era el momento de ponerme a prueba de verdad, de conocer otro fútbol, otra forma de vivir. Y la opción de Polonia apareció pronto.” Su voz se suaviza cuando lo recuerda. “La liga polaca está creciendo mucho. Era una oportunidad de seguir avanzando, de volver a sentirme futbolista profesional las 24 horas del día. Además, venir acompañado de Sandra hacía todo más fácil. Y tener a otros dos españoles en el equipo me ayudó mucho al principio, sobre todo por el idioma.” La frase final suena como un cierre de etapa y un nuevo amanecer:
“Hasta ahora solo puedo considerar esta experiencia como algo positivo. Siento que todo lo que viví antes —lo bueno, lo malo, los goles y los silencios— me trajo hasta aquí. Y aquí sigo, aprendiendo cada día a ser mejor futbolista… y mejor persona.”
"El fútbol aquí es el mismo deporte, pero a veces parece otro"
Polonia es el punto más lejano, pero también el más cercano a sí mismo. Allí, donde el fútbol huele a vapor y nieve, Mario descubre otro ritmo, otro idioma, otra manera de mirar el juego. En la distancia encuentra claridad, en el silencio encuentra voz, y en la mano de su pareja, la certeza de que el viaje solo tiene sentido si alguien camina contigo.
Hay un momento en toda historia en el que el ruido baja. Donde el guerrero deja de escuchar la voz de la batalla y empieza a oír el sonido del viento. A Mario Losada ese silencio le llegó en Polonia, en Mielec, una ciudad industrial del sureste, donde el fútbol se respira distinto y el invierno parece tener otro peso. Allí, entre campos helados y tardes que se apagan temprano, ha aprendido a jugar otro tipo de partido: el de la vida sin estruendo, el de la constancia, el de la calma que sigue al combate. “El Stal Mielec fue un equipo importante en Polonia hace unas décadas”, cuenta. “Ahora está en Segunda, después de cinco temporadas en Primera. Pero aquí el fútbol está creciendo mucho. El nivel de profesionalización es increíble: las instalaciones, el material, la preparación física, todo está muy cuidado. Hacemos vida en el estadio, tenemos dos gimnasios, sala de recuperación, personal que está pendiente de todo. Y eso, cuando vienes de abajo, lo valoras.”
Se nota en su voz la gratitud tranquila de quien ya no corre por reconocimiento, sino por coherencia. “La experiencia está siendo muy buena. Es cierto que el idioma es una barrera. El polaco es durísimo. Me esfuerzo por entenderlo, pero a veces resulta frustrante. No poder comunicarte del todo te hace sentir algo lejos de la afición. Pero intento compensarlo con el lenguaje universal del fútbol: correr, pelear, mirar al compañero y decirle sin palabras ‘vamos’.” Allí,en Mielec, Losada encuentra un nuevo tipo de paz. “Aquí el campeonato para en invierno. De diciembre a febrero no se juega. Creo que es un parón que me vendrá bien. El cuerpo también necesita parar, igual que la mentedisfrutando de ese descanso. Dejar que la cabeza respire.”
El técnico serbio Djurdjevic, que habla español y jugó en Ourense, fue un ancla en los primeros meses. “Me ayudó mucho. Un tipo brillante, que hablaba varios idiomas, muy humano. Cuando uno llega nuevo a un país así, tener una referencia cercana es oro. Ahora ha habido cambio en el banquillo, y ha llegado Marmot, un entrenador con mucha experiencia en la categoría. Esperamos remontar, enganchar una buena racha antes del parón. Pero ya no me obsesiona. Lo importante es estar bien, aportar, seguir creciendo.”
Le preguntas por las diferencias con España y no duda: “Es el mismo deporte, pero a veces parece otro. Aquí el jugador es muy potente físicamente, muy disciplinado. En España, desde niños, nos enseñan pequeños gestos que aquí faltan: cuándo lanzar una pared, cómo perfilarte, cómo romper una línea. Son automatismos que salen solos. Aquí hay fuerza, hay empuje, pero a veces falta ese punto de lectura. No es peor ni mejor. Es otra manera de entender el juego. Y eso me gusta, porque me obliga a adaptarme, a observar, a aprender.”
Su vida ahora transcurre entre los entrenamientos, los viajes, los días grises del este europeo y las pequeñas certezas que dan sentido al viaje. “Tengo contrato de un año más otro opcional. No pienso a largo plazo. Solo intento estar bien, sumar, disfrutar del fútbol. Lo que venga después, ya se verá.” Y entonces, casi sin proponérselo, su relato se vuelve íntimo, casi poético. “He aprendido a elegir las batallas. Antes quería ganarlas todas. Ahora sé que hay guerras que se pierden para poder seguir caminando. Que no hay derrota si sigues aprendiendo. Y sobre todo, he aprendido a no pelear solo». Tener a Sandra a su lado, ver el mundo con ella, saber que está, que le espera, que le escucha… Eso es lo que le da equilibrio. En el fondo, la mejor arma que tiene es su mano, ese hilo de dedos entrelazados que le ata a lo real.
El invierno polaco se avecina, el fútbol se detendrá por el frío, pero en Mario no hay pausa: hay rumbo. Ya no corre contra nadie, ni busca que nadie lo aplauda pero debe saber que, cada vez que vuelva al Reina Sofía, siempre habrá una ovación para recibirle y devolverle todo lo que sobre su césped ha dado.

Hay jugadores que dejan goles, y personas que dejan huella. Losada pertenece a ambos . Ejemplo para niños y mayores, para futbolistas y aficionados. Obrero del fútbol, maestro de la vida.
Muchas gracias por tu comentario. como bien dices, Mario Losada representa muy bien a todos los obreros del Fútbol a los que tratamos de dar voz en supervivienteblanquinegro.com