Dani Ponz y metodología en el PAOK: "enseñar fútbol es como enseñar a vivir"

En un rincón de Salónica, donde el aire huele a sal y los niños juegan descalzos en la playa o improvisan partidos en los descampados, un hombre observa el mar como si fuera una pizarra. Se llama Dani Ponz (Sollana, 1971) y lleva toda la vida enseñando: primero a leer, luego a jugar, siempre a pensar. De los campos de tierra valencianos al rumor del Egeo, su historia es la de alguien que entendió que el fútbol no se gana, se aprende. Y que, a veces, los verdaderos maestros no están en las universidades ni en los grandes banquillos, sino en esos lugares donde la paciencia todavía tiene sitio.

“De niño nunca dije que quería ser futbolista. Decía que quería ser profesor”

En los campos humildes de la Comunidad Valenciana, Dani Ponz aprendió que el barro también enseña. Fue portero hasta los treinta, entre viajes de madrugada y duchas frías, hasta que la realidad le recordó que los sueños también saben de horarios. Dejó los guantes y cogió la tiza, convencido de que la educación era otra forma de entrenar. En el aula entendió que cada alumno tiene su ritmo, y en el vestuario que cada jugador es un libro distinto. Dos escenarios, una misma vocación: enseñar.

En Salónica, a orillas del mar Egeo, un hombre que pasó media vida entre campos de tierra y pizarras de aula enseña fútbol con la misma calma con la que se enseña a leer. Hay personas que parecen hechas para vivir con una tiza en la mano y hacen de la pizarra un lienzo donde retratar, con sus lecciones, la vida. Dani Ponz es una de ellas, un hombre nacido para la pedagogía ya sea en un aulas de la escuela o  los vestuarios de un equipo de fútbol. Un tipo que se ha pasado media vida entre el eco de los balones y el murmullo de los pasillos de un colegio. Que aprendió a mirar al fútbol desde la docencia y a la docencia desde el fútbol. Que nunca necesitó la luz de los focos para sentirse en su sitio.

Dani Ponz quiso ser futbolista, como todos los niños y por tradición familiar, su tío, Manuel Estellés, jugó en el Levante en la década de los cuarenta dejando inculcando el amor, a través de generaciones, al equipo blaugrana. Dani también quiso ser jugador, intentándolo como portero, estando en las categorías inferiores granotas y, alargando el sueño hasta los treinta años en equipos de las divisiones provinciales y autonómicas de Valencia. Ponz sabe, en primera persona, que el barro es el primer uniforme que debe vestir un jugador de fútbol, y su mejor escuela Los viajes interminables, los campos sin gradas, las duchas de agua fría. Allí, entre el ruido sordo de las botas y el olor a linimento, Ponz entendió que el fútbol, como la vida, se construye más en los días grises que en los domingos de victoria. Nunca llegó al profesionalismo, pero quizá por eso aprendió antes que nadie que lo importante no es llegar, sino permanecer y trabajar cada día para no hacer pedazos las ilusiones que nos guían.

Cuando colgó los guantes, no hubo épica ni lágrimas. “Supe desde muy joven que no iba a ser futbolista profesional”, confiesa. El día de su adiós no hubo despedidas multitudinarias ni partidos de homenaje. Solo la calma de quien cierra una etapa sabiendo que empieza otra. La enseñanza fue su refugio, su forma de estar en el mundo. “De niño nunca dije que quería ser futbolista. Decía que quería ser profesor.” Esa frase resume toda una filosofía. Entrenar llegó por casualidad y amistad. Se unió a L’Alcudia para acompañar a un amigo como preparador físico y encargarse de la preparación de los porteros pero, por una sustitución improvisada, tuvo que dar un paso al frente. Se quedó para siempre. “Ahí descubrí que me apasionaba ayudar a otros a mejorar”, recuerda. Tal vez porque entrenar, en el fondo, no es tan distinto de enseñar.

“Entrenar, en el fondo, no es tan distinto de enseñar"

El fútbol de barrio lo convirtió en un entrenador de mirada paciente y verbo medido. En el CF Torre Levante dio sus primeros pasos; en la UD Alzira encontró su casa. Allí vivió ascensos, derrotas y, sobre todo, una certeza: que un equipo se sostiene sobre la confianza, no sobre la autoridad. “Si les pido el máximo, llega un momento en que ese máximo se agota”, dice. Por eso sabe irse a tiempo, porque en el fútbol —como en la escuela— también hay que saber dejar sitio al relevo. Alzira fue su universidad: allí aprendió que el método se enseña, pero el respeto se gana.

En sus comienzos al frente del C.F. Torre Levante llevó al equipo juvenil a competir en la máxima categoría: División de Honor, y en el estreno en la categoría lograr un brillante quinto puesto. De ahí un salto adelante pasando a dirigir la Escuela de fútbol del Levante U.D. para terminar dando el salto a Tercera División con el Atlético Saguntino. En estos primeros años descubrió que aquello que en un aula se aprende con libros, en un campo de fútbol se aprende con errores, con derrotas, con la escucha paciente e instrucciones sencillas.

En Alzira, Dani Ponz, encontró su primera patria futbolística. Allí, al frente de la UD Alzira a la que ha dirigido en más de 250 partidos, se hizo entrenador de verdad, un lugar en el que ponerse a prueba, y, más que eso, se hizo maestro de vestuario. No de libretas ni de pizarras, sino de gestos, de miradas, de silencios.  Ponz habla de ese periodo con cariño: “Es donde realmente me hice entrenador, donde entendí que el fútbol es acompañar procesos”. Allí vivió ascensos, promociones, derrotas y esa sensación de pertenencia que solo dan los clubes de barrio con alma. Aprendió que los equipos, como las clases, se sostienen sobre la confianza y el respeto, no sobre la autoridad. “Si les pido a los jugadores el máximo, llega un momento en que ese máximo se agota”, dice. Por eso opina, desde su experiencia, que sus ciclos como técnico deben ser, en teoría, de dos años en un club. «Uno debe saber cuándo marcharse. Saber cuándo dejar espacio a otro para que las cosas sigan creciendo».

"Uno debe saber cuándo marcharse. Saber cuándo dejar espacio a otro para que las cosas sigan creciendo".

Su recorrido por Atlético Saguntino, UD Alzira, CD Eldense supusieron años de una vida partida en dos: maestro por la mañana, entrenador por la tarde, marido y padre cuando se podía. Una rutina de pico y pala que se convirtió en su biografía. Un desgaste desarrollado durante quince años entregado a sus pasiones: familia, docencia y fútbol. Pero llega un momento en el que uno dice basta. En el año 2022 Dani Ponz pone su vida en una encrucijada. “Estaba cansado. Me planteaba dejar los banquillos”. Agotado, con 47 años, pensaba que quizá había llegado el momento de quedarse solo con la docencia y una vida más pausada dentro de las aulas del CEIP Pepita Graus de d’Alginet.

“Unionistas me devolvió las ganas de ser entrenador”

Cuarenta y siete años, dos empleos, tres pasiones: familia, docencia y fútbol. Ponz pensaba rendirse cuando apareció Unionistas de Salamanca, un club que es más manifiesto que institución. Llegó con una maleta y un plan; se fue con una historia y un tatuaje: Ad astra per aspera. Allí entendió que el fútbol todavía puede tener alma. Las tardes ante el Castilla, los viajes a Ceuta, los partidos de Copa frente al Villarreal o al Barça… pero sobre todo, la comunión con la grada. En Salamanca fue maestro y discípulo, catedrático y alumno de la vida. Y ese año y medio sigue siendo su lección más luminosa.

“Estaba hastiado, con el pluriempleo, el colegio por la mañana, los entrenamientos por la tarde, partido el fin de semana, la presión… Y entonces llegó Toni, con la propuesta”. Apareció Unionistas de Salamanca, un club distinto, con alma. El reto del equipo blanquinegro fue el abrazo que le faltaba. Allí volvió a creer en el oficio, en la posibilidad de hacer fútbol con sentido en apuesta en la que poder reivindicarse y encontrar el lugar en el fútbol por el que llevaba tiempo bregando. “En la entrevista creo que dejé a todos impresionados acerca de mi conocimiento del equipo y de lo que podríamos hacer para reconducir la situación”. Así, lo que empezó como una apuesta incierta, en un traslado solitario y una maleta con ropa para apenas unos días, terminó siendo una historia de comunión perfecta. Salamanca le ofreció lo que todo maestro necesita: un lugar donde su método tiene sentido, donde el esfuerzo se reconoce, donde la gente te mira a los ojos y entiende.

"Sentía que, por muy bien que hubiese hecho las cosas, me estaba enfrentando con un muro como es el de saltar de categoría para que el nome iba a llegar la oportunidad. Cuando llegó Unionistas, aun deseando al máximo asumir el reto, tuve miedo: dejar la familia, el colegio, irme lejos.. Pero sus ánimos y confianza en mi me dieron el impulso necesario"

Habla de esa etapa con una ternura que desarma. “Fue el club que me permitió ser entrenador profesional.” En Salamanca vivió el fútbol como si volviera a los días del barro, pero con la madurez de quien ya no necesita demostrar nada. La  victorias al Real Madrid Castilla, el viaje a Ceuta, la tarde de lo que pudo ser en Pasarón, los partidos de Copa del Rey ante Sporting de Gijón, Villarreal o FC Barcelona y, ante todo, el cariño de una afición para la que Ponz fue su catedrático, su Miguel de Unamuno, su Fray Luis de León. Todo eso sigue ahí, flotando en la memoria como una película que no cansa y que no quiere olvidar. Ni su contenido, ni su forma: de ahí el tatuaje que adorna su brazo recordando esta etapa con el lema del club: Ad astra per aspera.

Luego llegó Elda, el CD Eldense y la Segunda División. Una cima simbólica. El premio a tantos años sin descanso. “Estar en ese banquillo es algo que ya va conmigo para siempre.”  Y uno imagina a Dani mirando el campo con esa mezcla de orgullo y serenidad de quien sabe que la felicidad no siempre depende del marcador. Pero el fútbol profesional, con su ruido, su prisa y su vértigo, también le recordó lo que había perdido: el silencio, la mirada limpia, el tiempo. La vida, como el fútbol, también necesita pausas. Los meses después de su salida de Elda le abrieron el deseo, un nuevo anhelo.

“Necesitaba alejarme de la nube negra de los resultados”

El ruido de los estadios se cambió por el rumor del mar. Grecia le ofreció calma, propósito y horizonte. En el PAOK de Salónica ha encontrado un nuevo tablero donde desplegar su pedagogía: el desarrollo individual de los jóvenes. No corrige errores, cultiva fortalezas. No entrena piernas, acompaña mentes. “Muchos no llegarán al primer equipo, pero eso no significa que no puedan ser futbolistas”, dice. En sus sesiones hay psicología, pausa y conversación. Y cuando termina, el mar está cerca. Allí, entre la brisa y la tiza, Dani Ponz sigue haciendo lo que siempre hizo: enseñar sin levantar la voz, vivir el fútbol como si aún fuera un aula.

Por eso, cuando apareció Grecia, el mar y el PAOK de Salónica, Ponz entendió que era el momento de respirar. “Necesitaba alejarme de la nube negra de los resultados.” Allí no ha llegado a ganar, sino a construir. A empezar de nuevo, pero sin tener que demostrar nada. Le ofrecieron dirigir el área de desarrollo individual de la academia, y él lo entendió como una forma de volver a su origen: enseñar.  Grecia le ha ofrecido lo que buscaba: calidad de vida, tiempo, familia, un proyecto formativo con sentido. “Aquí el club ha apostado fuerte por el desarrollo individual. Desde el primer día me dieron recursos y confianza.”. El reto es convertir al PAOK de Salónica, club de gran tradición formativa y de cantera, en el club pionero en este área de trabajo en esta zona de Europa. Poner en marcha “una línea de trabajo, la del desarrollo individual en la que he puesto tanto hincapié en mi carrera, que apenas han instaurado ya diez clubes en el continente, y que perdure en el tiempo. Para ello, Dani no solo prepara a los jugadores, sino al personal del club para que esto que han iniciado perdure y ven que su labor, como la que Ponz llevó a cabo junto a Pau Quesada, Dani Llácer y otros, tiene sentido. A Ponz le gusta pensar que sigue siendo, ante todo, un profesor. “Siempre lo he sido. Me apasiona facilitar herramientas para que otros aprendan a usarlas. Eso vale igual en un aula que en un campo.”

Su trabajo consiste en acompañar a los jóvenes canteranos del PAOK que sueñan con llegar al primer equipo y acercarse a la élite. No tanto en corregir lo que hacen mal, sino en potenciar lo que ya son. “Muchos no llegarán al primer equipo, pero eso no significa que no puedan ser futbolistas.” Les enseña que el camino no es una línea recta, que hay curvas, desvíos, estaciones en las que bajarse a pensar. Les enseña que la fortaleza no está solo en las piernas, sino en la cabeza. Que un mal pase no es un error, sino una oportunidad para entenderse mejor. “Lo importante es ofrecerles amplitud de miras y herramientas para decidir bien, dentro y fuera del campo.”

Y mientras les habla, el mar está cerca. Ponz vive ahora en Salónica, con su familia, con tiempo, con calma. Sale a caminar, conversa, observa los partidos sin el nudo en el estómago del resultado. “Tenemos calidad de vida, tranquilidad, tiempo.” Quizá eso sea la victoria más grande: aprender a estar. No sabe si volverá a los banquillos. “Si llega algo irrenunciable, quién sabe.” Pero por ahora está donde quiere. En un lugar donde el fútbol vuelve a ser escuela, donde los jóvenes aprenden a ser adultos con un balón y una conversación. Porque eso ha sido siempre Dani Ponz: un maestro que enseña a jugar para enseñar a vivir. Alguien que no deja legado sino huellas, pequeñas, casi invisibles, en los demás.

“Siempre he sido profesor. Me apasiona facilitar herramientas para que otros aprendan a usarlas. Eso vale igual en un aula que en un campo”

Algunos entrenadores hacen que su carrera reluzca gracias a un brillante palmarés; otros, como Dani Ponz, lo hacen formando parte de la memoria afectiva y agradecida de sus jugadores. Un técnico que trabaja sin hacer ruido, pero deja huella en cada vestuario, en cada jugador, en cada ciudad que pisa. Hay algo profundamente humano en su manera de entender el fútbol, como si cada pase, cada corrección, cada charla en el borde del campo fueran una extensión natural de su oficio de maestro: enseñar para que los demás descubran por sí mismos. En el fondo, no hay tanta diferencia entre enseñar a sumar y enseñar a jugar. En ambos casos se trata de ayudar a otro a entender el mundo.

En Salónica, Ponz vuelve a casa con la calma de quien ya no corre detrás del resultado. Sabe que su tarea ahora no es ganar, sino acompañar. Que los partidos se borran, pero las lecciones permanecen. Y así, mientras otros entrenadores buscan victorias, él sigue buscando sentido. Porque Dani Ponz, maestro de aula y de vestuario, no dirige, educa. Y en esa diferencia discreta está su legado.

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