Antonio Paz: una visita a la trastienda de Unionistas.
En los pueblos el fútbol se aprende de una manera distinta. Primero golpeando un balón contra una pared, luego mirando partidos con otros ojos y, casi sin darse cuenta, intentando entender por qué unos equipos funcionan y otros no. Antonio Paz empezó así, como empiezan casi todos: jugando. Lo que nunca imaginó es que terminaría aprendiendo otro oficio más silencioso y mucho más difícil: decidir qué fútbol debe jugar un club.
Antonio Paz: la realidad de la gestión en Primera Federación.
El despacho del director deportivo no suele parecerse a los grandes despachos de ejecutivos que vemos en las series y películas de televisión. Son lugares en los que no hay una moqueta gruesa ni silencio de biblioteca, sino el trajín propio de un club como Unionistas de Salamanca en el que siempre hay algo por hacer. En una pared cuelga el calendario de la temporada, lleno de fechas subrayadas; en otra, una pizarra con los nombres de los futbolistas que han sobrevolado el equipo durante los últimos mercados. En medio de todo eso está Antonio Paz, enfundado en una vieja camiseta del Brighton -recordatorio de su año en Inglaterra- que escucha las preguntas que se le plantean con la misma calma con la que un hombre de campo observa el cielo antes de decidir si hoy toca regar o esperar un día más.
Porque Antonio Paz viene de Babilafuente, que es un pueblo conocido por la gran calidad del agua de su manantial, los cultivos de regadío y por contar con una planta de bioetanol que adorna el paisaje y anuncia la proximidad a Salamanca a quienes llegan por carretera o tren procedentes de Madrid a la capital del Tormes.En Babilafuente las cosas no se deciden a la ligera. Allí se aprende pronto que cada decisión tiene su tiempo y su consecuencia. Su padre se levantaba de madrugada para atender el horno del pan para después, enfriado el horno y la masa del día siguiente ganando volumen, marchaba al campo, como si el día tuviera dos jornadas distintas: la del pan y la de la tierra. Crecer en un lugar así deja un poso particular en la manera de mirar el mundo. Tal vez por eso Antonio habla despacio cuando se le pregunta por la responsabilidad de su cargo, como si aún estuviera midiendo el terreno antes de dar el siguiente paso.
Ser director deportivo en Primera RFEF consiste, en buena medida, en tomar decisiones sabiendo que serán inmediatamente juzgadas por quienes aguardan en la tranquilidad que da el domingo por la tarde. Elegir a un futbolista es, en cierto modo, sembrar sin saber del todo cómo vendrá la temporada, ni si el proyecto agarrará tierra a la primera, florecerá temprano, aguardará para un florecer tardío o si, por desgracia, será un año de una cosecha de tierra yerma. Y aunque el fútbol se empeñe en disfrazarlo de certezas, en el fondo se parece bastante al campo: uno hace lo que cree correcto, pero luego manda la realidad.
Durante los primeros meses en el cargo, Antonio Paz reconoce que hubo días en los que la duda se sentaba, sin pedírselo, cada día a su lado en el despacho. No es fácil pasar de ser uno más del vestuario, una figura con un perfil cercano a los jugadores alguien acostumbrado al trato de tú a tú, entre iguales, con jugadores en los años previos en sus labores en como secretario técnico con Toni García o Rubén Andrés, a convertirse en el hombre que firma las decisiones. A veces, incluso, aparece esa sensación que llaman síndrome del impostor: la sospecha de que quizá alguien descubrirá que todo esto es demasiado grande para uno mismo.
Antonio Paz lo cuenta sin dramatismos, como quien recuerda un invierno especialmente largo. “Al principio te preguntas si estás preparado”, admite. Pero luego el fútbol —como la vida en los pueblos— te obliga a seguir adelante. Porque las temporadas no esperan y los mercados de fichajes tampoco. Y porque, al final, uno siempre vuelve al mismo lugar del que salió: a la intuición, al trabajo y a la manera de entender las cosas que aprendió mucho antes de que existieran los despachos. En Babilafuente, por ejemplo. Donde las decisiones importantes nunca se toman deprisa.
Babilafuente: donde empieza todo.
En Babilafuente el fútbol no empezaba en un campo de fútbol. Cuando Antonio era niño el campo de fútbol se encontraba alejado del pueblo: había que salir a la carretera, cruzar la vía. Toda una expedición para darle patadas al balón en unas porterías reglamentarias. Así, como alternativa, el fútbol empezaba en cualquier sitio donde hubiese una pared y un balón. A veces bastaba con eso. Una pared encalada, un patio cualquiera, la esquina de una casa donde el eco devolvía el golpe seco del cuero. Y horas. Sobre todo horas.
Antonio Paz creció así, con esa naturalidad con la que en los pueblos los niños encuentran ocupación sin que nadie tenga que organizarla demasiado. El balón iba y venía entre calles tranquilas, parques pequeños y el patio del colegio donde la imaginación hacía el resto. “El fútbol me llega desde que tengo uso de razón”, recuerda. “Si miro por la ventana, aquí en Babilafuente, tengo enfrente una pared a la que le habré pegado un millón de pelotazos”. Lo dice señalando hacia fuera, como si aquella pared todavía guardara memoria de todos esos disparos de niño. “Si le preguntas a mi madre o a mi hermana te dirán que desde crío andaba siempre con el balón de un sitio para otro”.
En los pueblos el fútbol tiene algo de juego inventado cada tarde. Las porterías aparecen donde están los columpios, y los partidos duran lo que dura la luz. Paz lo cuenta como quien describe una escena demasiado común para darle importancia, pero en ese recuerdo se reconoce toda una manera de crecer. “Íbamos al parque del pueblo con los amigos y movíamos los columpios para hacer las porterías. O en la cancha del colegio, donde pasábamos muchas horas jugando sin parar con el balón”.
Luego estaba el equipo del pueblo, que en un lugar pequeño, Babilafuente es una población de mil habitantes, no es sólo un equipo. Es una especie de punto de encuentro. Allí empezó también su fútbol organizado, si es que esa palabra cabe del todo en las categorías más tempranas. “Tuve la suerte de poder jugar en el equipo del pueblo desde prebenjamines, con seis o siete años”, explica. “A esa edad jugábamos con chicos un poco mayores y eso es un auténtico privilegio. Poder jugar en el equipo de tu pueblo, con tus amigos, es algo que es verdaderamente único”.
“No sabía si estaba preparado para ser director deportivo, pero sabía que era una oportunidad que tenía que asumir”.
Dicho así parece sencillo, pero mantener un equipo en un pueblo nunca lo es. Hace falta gente que entrene, gente que organice, padres que lleven coches, campos que se mantengan y niños suficientes para formar un equipo. Y todo eso, casi siempre, sin más recompensa que ver a los críos correr detrás del balón.
“Ahora lo ves con perspectiva y te das cuenta de lo complicado que es que un pueblo tenga equipo”, reflexiona. “Ya no sólo por tener el número de niños suficientes, sino por todo lo que implica de dedicación y voluntad de mucha gente que de forma altruista dedica su tiempo para que los chicos tengan esa suerte”.
El fútbol de los pueblos también tenía sus peculiaridades. Algunas de ellas resultan difíciles de imaginar hoy. Babilafuente, por ejemplo, apenas jugaba como local en su propio campo. “Había una norma por la que los equipos de localidades que estuviesen a más de veinte kilómetros de Salamanca no podían jugar los partidos como locales en el pueblo”, explica Paz. “Así que nosotros los jugábamos en los campos de la Federación, lo que hoy son Los Toreses”. Aquello significaba que el equipo del pueblo, en realidad, jugaba casi siempre lejos del pueblo. “Recuerdo que sólo jugamos aquí contra la Unión Deportiva Salamanca”, dice. “Ellos, como club de referencia de la provincia, tuvieron ese gesto de cortesía y vinieron a jugar al pueblo. Aquella generación del 91, con Tanque, Nacho…”.
El resto del tiempo, incluso cuando el calendario decía que Babilafuente era local, el partido se disputaba en Salamanca. “Quizá también era una forma de desvincular el fútbol del propio pueblo, porque limitabas mucho que la gente pudiera venir a verte”, reflexiona. “Facilitaba las cosas a los equipos de Salamanca, pero para nosotros era diferente”.
Antonio Paz jugó allí durante toda su etapa benjamín. Después llegaría el salto que empezaba a cambiar la escala del fútbol. “Estuve en el Babilafuente hasta benjamines, y ya en alevines me incorporé a la Unión Deportiva Salamanca”. El equipo del pueblo todavía aguantaría algunos años más en categorías formativas. “La generación del 90 sí que pudo completar todas las etapas hasta infantiles”, recuerda. “Luego ya, en cadetes y juveniles, tocaba vincularse al equipo de Villoria”.
Como muchas historias del fútbol rural, la del Babilafuente también acabó apagándose poco a poco. “Ahora aquí en el pueblo ya no hay equipo de categorías formativas”, explica Antonio Paz. “Sí lo hay en Villoria, que está muy cerca, pero nosotros tuvimos la suerte de vivir aquello”. Hoy el nombre de Babilafuente sigue apareciendo en el fútbol modesto, aunque de otra manera. “Existe dentro de Futormes el Babilafuente Artesano”, cuenta.
Pero aquel fútbol de columpios movidos para hacer porterías, de viajes a Salamanca para jugar como local y de tardes interminables golpeando una pared pertenece ya a otra época. Una de esas que, sin saberlo, terminan explicando casi todo lo que viene después.
La década en la Unión Deportiva Salamanca: El sacrificio del canterano.
El camino de Babilafuente a Salamanca no es largo si se mide en kilómetros. Apenas veinte minutos de coche cuando la carretera está tranquila. Pero cuando quien viaja es un chico de doce años que empieza a entrenar en la cantera de un club profesional, la distancia se mide de otra manera: en madrugones, en favores pedidos a vecinos y en muchos bocadillos cenados en el asiento de atrás.
Antonio Paz empezó a recorrer ese camino cuando dejó el equipo del pueblo para incorporarse a la cantera de la Unión Deportiva Salamanca. Y aquello, que desde fuera podría parecer simplemente jugar al fútbol en un club importante, en su casa implicó reorganizar media vida y hacer esfuerzos invisibles, pero imprescindibles, para mantener vivo un sueño. “El salto a la Unión Deportiva Salamanca suponía un ir y venir constante por la carretera para poder ir a entrenar y jugar los partidos”, recuerda. “Mi padre, que era panadero y agricultor, tenía que hacer grandes esfuerzos para poder llevarme”.
En los pueblos las cosas funcionan muchas veces así: cuando una familia no llega, cuando tiene una necesidad, aparece la comunidad. “Si mi padre no podía, pedía favores a alguien del pueblo o a conocidos que tuviesen que ir a Salamanca para que me acercaran al entrenamiento o me recogieran a la salida”.
“La presión forma parte del cargo. Primero llegan los halagos y después los palos”.
Aquel trayecto que hoy parece breve tenía días en los que se hacía cuesta arriba. “Un viaje de poco más de veinte minutos que, algunos días, parecía una auténtica odisea”, dice Antonio Paz. “Recuerdo muchos bocadillos como cena en el coche porque al día siguiente tenía que ir al instituto”. Era una rutina exigente para un chico que todavía estaba empezando a descubrir el mundo, pero también una especie de aprendizaje temprano sobre el esfuerzo, la constancia y la importancia de los pequeños gestos que no se ven. “Vivías con la sensación de estar haciendo un gran sacrificio desde muy pequeño”.
Los fines de semana tampoco eran sencillos. La logística familiar se convertía en una pequeña expedición. “Muchas mañanas de sábado recuerdo, junto a mi madre, coger el autobús o el tren que paraba aquí muy temprano para ir a Salamanca”, cuenta. “Llegábamos a la estación y desde allí caminábamos hasta el Helmántico para jugar el partido”. Antes del encuentro había un pequeño ritual que todavía hoy recuerda con una mezcla de sorpresa y orgullo. “Desayunábamos en el hotel que hay junto al estadio”, explica. “Era una auténtica locura, pero por suerte mis padres también lo disfrutaban pese a los esfuerzos”.
La cantera de la Unión Deportiva Salamanca no sólo suponía entrenar más o competir en otra liga. Era, en cierto modo, adoptar una forma de vida. “Viajar por muchas localidades de Castilla y León, entrenar entre semana, estudiar… estar en la cantera de la UDS era casi un modo de vida”, reconoce. “Si no lo hubiésemos disfrutado tanto mis padres y yo, habría sido insoportable”. Y sin embargo, en medio de todo aquel esfuerzo había algo que compensaba cualquier sacrificio: la sensación de pertenecer a algo grande. “Para mí, que venía de un pueblo, pasar una década en la cantera de la Unión Deportiva Salamanca era un privilegio”, explica. “Te sentías especial por ser canterano de la UDS”.
En aquellos años el acceso era todavía más selectivo en la cantera blanquinegra. Apenas había un equipo por categoría, lo que convertía cada convocatoria en una pequeña confirmación de que uno seguía dentro. “Era como formar parte de un grupo de elegidos del que todos los chicos querían formar parte”. A veces esa sensación se hacía aún más evidente cuando llegaban las convocatorias con la selección autonómica. “Recuerdo ir alguna vez con la selección de Castilla y León y, en ocasiones, ser el único de Salamanca allí”, dice. “Te encontrabas con chicos que llevaban las botas último modelo y yo iba con mis gafas, el pelo rapado y las Joma que nos daba la UDS”. Pero en aquellos momentos el equipamiento importaba poco. Lo que quedaba era la conciencia de estar viviendo algo importante. “Tenía la sensación de estar en un sitio muy importante. Era cuando realmente te sentías futbolista”. Hay un recuerdo que resume bien esa mezcla de sorpresa y orgullo. Un viaje a un torneo en Tenerife con la selección de Castilla y León. “Recuerdo llegar al hotel con mis padres y tener la cena preparada al llegar”, explica. “Son cosas que, con doce años, te hacen sentir un verdadero privilegiado”.
El recorrido de Antonio Paz en la cantera fue completo. Año tras año fue avanzando categorías hasta alcanzar el filial del club. “Hice todo el recorrido en la cantera hasta llegar al filial, que estaba en Tercera División”. Era la temporada 2012-2013. Una de esas temporadas que luego se recuerdan con un punto de tristeza porque marcan el final de una época. Aquella fue la última campaña de la Unión Deportiva Salamanca antes de su desaparición. “Hice la pretemporada con Ángel Crego, pero decidieron cederme al Peñaranda”, recuerda. “Había exceso de centrales porque habían llegado un par de jugadores nuevos y también un chico del Sevilla C, así que parte de mi generación se desmanteló”.
El destino fue CD Peñaranda de Bracamonte, donde empezó a construir una etapa diferente. “Allí jugué casi todo, de central y mediocentro”, cuenta. “Estaban Ferreiro y Peque jugando en Regional Preferente y la verdad es que fue un buen año”. Cuando la Unión Deportiva Salamanca terminó desapareciendo, el fútbol salmantino quedó suspendido en una especie de incertidumbre. “El CF Salmantino intentó repescarme, pero la situación no estaba muy clara”.
Aquel verano, Paz recuerda un viaje que simboliza bastante bien el momento vital en el que se encontraba. “Me fui de vacaciones con Carlos de la Nava y David Gallego”, dice. Durante esos días llegaron llamadas preguntando por el futuro. Qué iba a hacer cada uno. Qué papel tendría el fútbol en sus vidas. “Yo no tenía claro qué lugar iba a ocupar el fútbol en mi vida o si iba a poder vivir de él”.
Había además un motivo personal que hacía todo aún más complejo. “Venía de un año duro por un problema familiar”. En ese contexto decidió quedarse donde se sentía más arropado. “En Peñaranda me habían tratado muy bien y opté por continuar allí porque lo sentía como una familia”. Con el tiempo, la decisión resultó ser la correcta. “Tuvimos muy buenos años, así que seguramente fue la mejor elección”. Y quizá también una de las primeras decisiones importantes que Antonio Paz tomó en el fútbol. Aunque entonces todavía no lo supiera.
El primer capitán de Unionistas: liderar el nacimiento de un sueño
Hay momentos en los que el fútbol sigue una continuidad natural. Y otros en los que brota como una necesidad. En Salamanca, tras la desaparición de la Unión Deportiva Salamanca, el fútbol quedó durante un tiempo suspendido en una especie de vacío extraño, como cuando en la plaza de un pueblo se apaga la luz y de pronto todo parece más pequeño.
“Unionistas tiene que seguir siendo un buen lugar para que los jugadores progresen”.
De ese hueco nació Unionistas de Salamanca CF, que al principio no era más que una idea que corría de conversación en conversación entre aficionados que no querían resignarse a que todo hubiera terminado. Antonio Paz llegó a aquel proyecto después de dos temporadas en CD Peñaranda de Bracamonte, cuando el club apenas estaba empezando a tomar forma.
“Yo conocía a Garci y a Sando”, recuerda. “A Miguel Ángel Sandoval -actual director general del Talavera CF y anterior presidente de Unionistas-lo había conocido en el viaje a Villarreal, en aquel partido en el que la Unión Deportiva Salamanca se salvó del descenso de forma agónica”. Tiempo después coincidieron de nuevo en un acto en Salamanca. “Fue en unas navidades de 2013, en un evento relacionado con un mural con fotografías de la Unión Deportiva Salamanca”, explica. “A partir de ahí las cosas empezaron a moverse un poco”.
El proyecto todavía estaba en fase embrionaria, pero había gente trabajando para convertirlo en un equipo real. “Astu ya estaba armando el equipo para que empezara a competir la temporada siguiente”, recuerda Paz. “Hablé con Garci y me dijo que contaban conmigo”. La propuesta implicaba empezar desde el principio. Literalmente. “Me sumé al proyecto aunque fuese en Provincial”, explica. “Quieras o no era un cambio grande, porque venía de jugar en campos de hierba en Liga Nacional en categoría juvenil o en Preferente y de repente volvías al barro”.
Pero lo que encontró en el primer entrenamiento fue algo difícil de explicar. “Desde el primer día estábamos flipando”, dice sonriendo. “Recuerdo el primer entrenamiento en La Sindical con gente en la grada, bengalas… una locura”. Aquel equipo todavía no había jugado un partido oficial y ya arrastraba una energía movida por una afición poco común en el fútbol más modesto. “Decías: esto es algo gordo”. Y no sólo por lo que ocurría en la grada. También por lo que se veía en el vestuario. “Mirabas alrededor y veías a gente que había jugado en Tercera, en Preferente o que venía de canteras como Santa Marta”, explica. “Desde el principio se notaba que la cosa iba muy en serio”.
En lo personal, Antonio Paz llegaba sin demasiadas certezas sobre su papel. “Yo veía que iba a tener que competir con Diego García, Jaime García o Hernán por el puesto, y además con Astu de entrenador, que no me conocía”, recuerda. “Entendía que jugar iba a ser difícil”. Pero entonces llegó una decisión que cambiaría su lugar dentro del equipo.
“El hecho de ser nombrado primer capitán me dio mucha confianza”, explica. No fue una elección casual. Había un componente simbólico en aquella decisión. “Creo que fue una indicación de la directiva: querían que el primer capitán de Unionistas fuese alguien con pasado en la Unión Deportiva Salamanca”, cuenta. “No éramos muchos. Estábamos Nacho Sánchez, Jaime González y yo”.
Finalmente, el brazalete fue para él. “Se decidió que fuera yo quien tuviera ese privilegio”. Desde entonces empezó a entender que aquel club representaba algo más que un equipo nuevo en la ciudad. “Desde el principio entendí muy bien lo que era el club y lo que necesitaba la ciudad”. Lo curioso es que, aunque los jugadores no cobraban, el día a día tenía mucho de fútbol profesional.
“A nosotros nos trataban como verdaderos futbolistas”, recuerda. “La ropa preparada, la foto en el vestuario, mucha gente en el cuerpo técnico, actos para firmar autógrafos… incluso una campaña con un vídeo después de la chilena que hizo en el partido ante el Monterrey que se estrelló contra el larguero”. También había algo que en el fútbol modesto no siempre abunda: atención mediática. “Había mucha prensa, una sección en la radio…”, explica. “No cobrábamos, pero era una vida de futbolista”.
De aquella primera temporada guarda recuerdos que en el club todavía se mencionan como pequeñas leyendas fundacionales. Uno de ellos es el partido contra el Monterrey en el Reina Sofía. “Es un partido que todos tenemos grabado”, dice. “El campo estaba completamente embarrado”. En su memoria aparece una imagen muy concreta. “Recuerdo el gol con un charco en medio del área”. Aquel partido tuvo de todo. “Hago una chilena, simulo una segunda amarilla y acabo expulsado”, recuerda entre risas. “Pasaron mil cosas”.
También hubo encuentros que para él tenían un significado especial, como el de Cantalapiedra.“Mi padre es de un pueblo cercano y muchos compañeros de instituto eran de allí, así que ese partido fue muy especial”. Y luego llegó el momento que todos buscaban desde el primer día: el ascenso. “En ese partido fui suplente, pero entré y marqué un gol”.
La temporada siguiente, ya en Preferente, el proyecto siguió creciendo.“Llegó gente de mucho nivel: Vitolo, Dela, Castillo, Juan Fraile…”, recuerda. “Era un equipo perfectamente de Tercera División”. Unionistas también empezaba a asentarse en otros aspectos. “Ya jugábamos en Las Pistas y entrenábamos muchos días en los anexos”. Y la masa social no dejaba de crecer. “La gente prácticamente se duplicó de una temporada a otra”. Pero lo que más recuerda Paz de aquella segunda temporada como capitán unionista es el ambiente del grupo. “Montamos un vestuario muy fuerte”, dice. “Éramos unos auténticos privilegiados”.
En lo personal, sin embargo, la temporada no fue tan sencilla. “Tuve la mala suerte de lesionarme en pretemporada en un partido en La Bañeza”. A partir de ahí vivió una situación que muchos futbolistas conocen bien. “Fue algo parecido a lo que puede estar viviendo ahora Ramiro”, explica. “Eres el capitán, vienes de jugarlo todo y de repente no acabas de entrar en el equipo”. No fue fácil asumirlo y tuvo que desempeñar un papel semejante al que Ramiro Mayor, capitán de Unionistas, desempeña en la actual temporada. “Me tocó ejercer mucho de capitán fuera del campo, pero como central tuve pocas oportunidades”.
Cuando llegó el ascenso a Tercera División, Paz empezó a sentir que necesitaba tomar distancia.“Había terminado el máster después de haberme graduado en Historia y estaba un poco agobiado”. Así que tomó una decisión que sorprendió a algunos. “Decidí no seguir y me marché un año a Inglaterra”. El destino fue Oxford, acompañado de un amigo de Babilafuente. “Nos fuimos un poco a la aventura”.
Allí encontró trabajo como camarero en un centro deportivo y compartió casa con personas de muchos lugares distintos. “Vivíamos en una casa con siete u ocho habitaciones, con gente de sitios muy diferentes”.Fue una experiencia que le cambió la perspectiva.“Aprendí mucho y abrí bastante la mente”, recuerda. También hubo momentos incómodos. “Viví algún episodio de racismo en una época en la que Inglaterra estaba bastante convulsa por el tema del Brexit”. Pero sobre todo fue un año de desconexión. “Me alejé bastante del fútbol y también de Unionistas”.
Cuando regresó a España, en junio, decidió volver a un lugar conocido.“Opté por volver a jugar en Peñaranda”. Durante aquella etapa empezó también a mirar el fútbol desde otro ángulo. “Comenté algún partido en la radio con Ricardo Montilla”. Y desde esa posición vivió uno de esos momentos extraños que sólo se entienden en el contexto emocional del fútbol salmantino. “Recuerdo el día del partido en Don Benito”, cuenta sobre aquel partido que supuso una primera decepción en la historia de Unionistas que vió cómo se le escapaba la primera oportunidad para ascender a Segunda División B en la temporada 2017-2018.
El viaje empezó con una parada en Mérida para comer y atender la situación del CF Salmantino, equipo de Salamanca con el que había una creciente rivalidad. “Vimos que el Salamanca CF iba perdiendo ante el Poblense la eliminatoria de ascenso”. Parecía una eliminatoria sentenciada. “Pensamos que aquello estaba hecho y apagamos el teléfono”. Pero al llegar al estadio de Don Benito descubrieron que todo había cambiado. “El Salamanca CF había conseguido darle la vuelta al partido”. Las caras en el vestuario de Unionistas hablaban por sí solas.“Era un poema”, recuerda Paz. Está convencido de que aquello tuvo consecuencias deportivas. “Siempre he pensado que ese partido no se sacó adelante por ese resultado”, reflexiona. “Había tanta rivalidad que ver cómo remontaban nos afectó mucho”.
Unas semanas después, en cambio, viviría uno de los momentos más felices del club como aficionado. El partido de Tarazona.“Recuerdo venir de León, donde había ido a examinarme de una oposición”, explica. “Conduje una hora y media para llegar justo a tiempo”. Aquella tarde Unionistas se clasificó para la final por el ascenso. “Y luego llegó la eliminatoria contra el Socuéllamos y la explosión con el gol de penalti de Razvan en el descuento”.Pero esa ya es otra historia. Y también otra etapa en la vida de Antonio Paz.
El salto a los despachos: Aprender a mirar para construir el futuro.
Hay un momento en la vida de muchos futbolistas en el que el juego empieza a cambiar de sitio. El balón sigue rodando, los partidos continúan cada fin de semana, pero la mirada se desplaza poco a poco a tener que mirar el juego desde el césped a hacerlo desde la grada. Es un proceso silencioso, casi imperceptible, como cuando un agricultor deja de correr detrás del arado y dedica tiempo a observar la tierra desde un poco más lejos para entender mejor cómo respira.
A Antonio Paz ese cambio le llegó dentro de Unionistas de Salamanca CF, aunque al principio no tenía nada de despacho ni de decisiones. Era, sencillamente, aprender a mirar el fútbol de otra manera. “Yo entro en el área técnica con Gorka Etxeberria”, recuerda. “Él llega con la idea de empezar a construir las bases de la estructura deportiva del club”. El organigrama era todavía pequeño, pero ya dibujaba una forma de trabajar. “Estaba Gorka como director deportivo, Iván Curiel en la Secretaría Técnica y yo para una labor de ojeo y scout”.
“Tenemos diez personas ayudando en el scouting que no cobran nada. Ese trabajo merece reconocimiento”.
Si el fútbol profesional se sostiene sobre muchas horas de entrenamiento, el fútbol que se decide en los despachos se sostiene sobre algo todavía más sencillo: ver partidos. Muchos partidos. “Mis primeras tareas eran ver fútbol”, dice Paz. “Mi trabajo, junto a Mario, era analizar toda la Segunda División B y mucha Tercera División”. Era una época en la que las herramientas todavía estaban lejos de la sofisticación actual. “No había tantas plataformas como ahora”, explica. “Nos manejábamos con WyScout y con los conocimientos de Big Data que tenía Curiel”.
A partir de ahí construían una especie de mapa futbolístico que después discutían cada semana. “Trabajábamos mucho en base de datos y luego compartíamos todo en reuniones semanales”. Entre las primeras ideas que intentaron desarrollar hubo una que respondía bastante bien a la identidad que el club quería construir.“Gorka empezó a poner en práctica lo que llamábamos Salamanca Plus”, recuerda. La idea era sencilla en su planteamiento, aunque exigía mucha constancia en la práctica. “Consistía en tener monitorizados a todos los jugadores que estuvieran a una hora de Salamanca”. Eso significaba observar constantemente ligas y equipos de las provincias cercanas. “Seguíamos mucho a jugadores de Ávila, Zamora, Valladolid o Cáceres, y por supuesto a todos los de la provincia de Salamanca”. Había una razón que iba más allá de lo meramente deportivo. “La idea era reforzar la identidad del club, pero también utilizar la cercanía con la familia como un incentivo para atraer jugadores al proyecto”.
Durante aquel primer año el trabajo fue dando resultados. Al menos en términos de organización. Pero el fútbol, como casi todo en la vida, tiene temporadas en las que las cosas se desvían del camino previsto. “Ese primer año trabajamos muy bien”, explica Paz. “Lo que pasa es que al verano siguiente se pierde un poco el foco”. Aquel verano estuvo marcado por una iniciativa impulsada por el propio director deportivo. “Fue el verano del famoso Foot Talent”, recuerda. El proyecto pretendía reunir a futbolistas de distintos lugares del mundo para que varios clubes pudieran observarlos en una especie de casting futbolístico. “La idea era atraer jugadores de diferentes zonas del mundo para medir sus habilidades y que varios clubes pudieran descubrirlos”. De aquella iniciativa salió incluso un fichaje para el club. “Jordan Blaise acabó llegando a Unionistas cedido por la Cultural Leonesa”, explica.
Pero el proyecto tuvo también efectos secundarios. “El problema es que Gorka se volcó tanto en el Foot Talent que se salió un poco del foco del mercado”. En el fútbol, perder el ritmo del mercado suele tener consecuencias. “Unionistas llegó muy tarde a la hora de firmar jugadores”, recuerda Antonio Paz. “Y en un mercado de verano la anticipación es fundamental”. A veces las decisiones que se toman en ese contexto acaban siendo más fruto de la urgencia que de la convicción. “Recuerdo el caso de varios jugadores que firmamos aquel verano.”, explica. “No eran las opciones prioritarias”. En los análisis internos ya aparecían ciertas dudas de antemano pero, aun así, se terminaron firmando. “Porque las otras alternativas que manejábamos ya habían encontrado equipo”.
Mirado con perspectiva, Antonio Paz lo resume con bastante claridad. “Creo que todo aquello del Foot Talent acabó generando una plantilla un poco extraña y descompensada”. El fútbol, sin embargo, rara vez se queda quieto. Las estructuras cambian, las personas también. Cuando Gorka Etxeberria salió del club en noviembre, el equipo tuvo que reorganizarse sobre la marcha. “La plantilla se reconstruyó en diciembre con Garci, con llegadas como Albístegui, José Ángel o Mario”.
Poco después llegaría un acontecimiento que alteraría todo el fútbol. La pandemia. “Se paró todo”, recuerda Paz. Tras aquella pausa forzada llegó una nueva etapa en el club con la reconfiguración de las categorías y un nuevo director deportivo. “Ahí llega Diego Hernansanz”.Antonio Paz continuó en su función de análisis. “Con Diego seguí trabajando como scout”. El enfoque del trabajo cambió ligeramente. “Él me pidió que pusiera mucho el foco en los grupos tres y cuatro de Segunda División B”.
Aquel seguimiento acabaría teniendo utilidad más adelante. “Al año siguiente nos sirvió mucho para tener bien señaladas opciones como Antonio Leal o David Vicente”. Cuando Hernansanz dejó el club, el área deportiva quedó durante un tiempo en una especie de terreno provisional. “Hasta que llegó Toni estuvimos en una situación de interinidad, con Garci, Mario y algunos más intentando adelantar trabajo”. La llegada de Toni García en junio de 2021 marcó otro pequeño cambio dentro del área técnica. “Con Toni fue cuando empezó a haber algo de presupuesto para que los scouts cobrásemos algo”, explica Antonio Paz.
“No era una gran cantidad sino algo simbólico”. Pero tenía un valor especial. “Ahí fue cuando percibí mi primer salario por trabajar en el área técnica de Unionistas”. La relación profesional entre ambos tardó un poco en consolidarse, siempre las relaciones, entre castellanos, tarda en fraguarse. “Al principio la relación con Toni fue un poco fría”, reconoce, pero con el tiempo fue cambiando. “Poco a poco fuimos rompiendo barreras y empezamos a trabajar muy bien juntos”.
La confianza llegó sobre todo en la segunda temporada de Toni García al frente de la dirección deportiva. “Fue entonces cuando se creó la figura de secretario técnico”. Ese paso supuso también un cambio en su implicación diaria. “Empecé a estar mucho más en el día a día del club”, explica y que coincidió, además, con otra decisión personal importante. “En ese momento también dejé de jugar al fútbol en Peñaranda”.
El área deportiva en esa temporada empezó entonces a adquirir una estructura más estable. “Se montó una secretaría técnica más profesional, con varios scouts”. Entre ellos, nombres como Iván Varela o Dani Ugarte. “A partir de ahí se empezóa a dar pasos en Unionistas para consolidar una estructura con un funcionamiento más profesionalizado”. Y, sin que apenas se notara desde fuera, Antonio Paz había pasado definitivamente de correr detrás del balón a dedicarse a observarlo. Algo que, a veces, exige incluso más paciencia. Y mucha más memoria.
Antonio Paz como director deportivo: sostener decisiones.
En el fútbol, como en los pueblos, hay decisiones que no se anuncian con grandes discursos. Llegan de repente, casi sin avisar, y obligan a quien las recibe a detenerse un momento para pensar si está preparado para lo que viene. A Antonio Paz le ocurrió algo parecido cuando el club empezó a buscar nuevo responsable para la dirección deportiva de Unionistas de Salamanca CF.
Hasta entonces, su lugar estaba claro dentro del organigrama. Trabajaba codo con codo con Rubén Andrés, con quien había construido una relación profesional y personal muy sólida. “Yo estaba muy a gusto trabajando con Rubén, tanto en lo profesional como en lo personal”, explica Paz. “Además, él tenía por contrato la renovación en caso de salvación”, pero desde el club se decidió que lo mejor era que no continuase.
La temporada anterior, 2024-2025, había sido complicada, aunque no tanto como parecía desde fuera.“El problema fue el exceso de expectativas”, reflexiona. “Eso hizo mucho daño a todo el mundo”.El contexto había cambiado rápido en Salamanca. El club venía de crecer mucho en masa social, de vivir noches grandes como la eliminatoria copera frente al FC Barcelona y de cerrar temporadas competitivas, con un rendimiento muy por encima de lo objetivamente posible, con entrenadores como Dani Ponz. “Se había generado una sensación de que todo tenía que ser siempre hacia arriba”, explica. “Y parecía que si el equipo iba octavo no servía de nada lo que se estaba haciendo”.
“El trabajo de la dirección deportiva no es fichar. Es todo lo que ocurre antes”.
Desde dentro, sin embargo, la lectura era distinta.“Había partidos en los que te quedabas con empates que podían haber sido victorias como fue en Ourense o ante la SD Amorebieta, pero el equipo estaba bien”. Aun así, había factores que pesaban como una losa. “Estaba el tema de no ganar fuera de casa, y también la figura del entrenador, Dani Llácer, que desde el primer momento estuvo muy cuestionada desde el entorno”.
La plantilla tenía nombres importantes, pero el fútbol no siempre responde a los nombres. “Sobre el papel era una plantilla muy potente, pero cuando analizas la categoría ves que te exige muchas piernas y no tanto nombre”. Todo eso terminó generando un cóctel difícil de gestionar. “Se juntaron muchas cosas para que todo fuese cuesta abajo”.
En medio de ese escenario, Antonio Paz no esperaba que el siguiente paso del club tuviera que ver con él. “La verdad es que no esperaba que se me ofreciera la posibilidad de ser director deportivo”. Aunque desde el club sí había pensado en esa posibilidad cuando creó la figura de secretario técnico. “Cuando se creó ese puesto también se hizo con la idea de que, en el futuro, quien lo ocupase pudiera dar el salto”.
Durante semanas el club exploró otras opciones.“Mientras el club hablaba con otros perfiles, yo tenía el compromiso con Rubén de que, si le salía alguna oportunidad, podría irme con él”. Pero la situación fue cambiando. “Las opciones que se iban manejando fueron cayendo”. Y entonces llegó la pregunta que lo cambiaba todo.“Cuando me ofrecen el puesto no sabía si estaba preparado o no”, admite.
No lo dice desde una falsa modestia, sino desde una conciencia muy clara de lo que implica el cargo. “Sé que tengo carencias y lagunas, y que había situaciones que no sabía muy bien por dónde empezar a resolver”. Pero también había algo que jugaba a su favor. “Conozco muy bien lo que es el club, su funcionamiento y su capacidad económica”. Al final, la decisión fue una mezcla de prudencia y confianza personal. “Sabía que era una gran oportunidad, y también tengo confianza en mí mismo”.Así que aceptó. “Decidí asumir el reto”.
A partir de ese momento empezó una etapa distinta. En el fútbol, la responsabilidad de decidir trae consigo otra inevitable: la de sostener esas decisiones cuando llegan las dudas. “La presión que viene con el puesto hay que intentar llevarla con naturalidad”, explica. Sabe que forma parte del cargo y que “va vinculada al rol que ocupas”.
Durante los primeros meses se apoyó mucho en lo que ya conocía. “Tenía mucha confianza en el trabajo previo que habíamos hecho”, Y también en las personas más cercanas que serían la mano a la aferrarse en los momentos de zozobra ante las dudas acerca de cada decisión tomada. “Mi familia y mi entorno fueron fundamentales para atravesar, sin miedo, pero con prudencia esos primeros momentos”.
Porque el inicio en un cargo así suele tener dos fases muy distintas. “Primero llegan los halagos y las felicitaciones, pero luego sabes que van a venir los palos”. No lo dice con resentimiento, sino con cierta serenidad sabedor de que iba a estar en el punto de mira desde el inicio. “Es un puesto que muchos desearían ocupar, y a veces por envidias o egos se pierde un poco la empatía”. Eso no significa que rechace la crítica. “Cada uno tiene derecho a expresar su opinión, y yo sé que hay muchas cosas que puedo mejorar”. Pero hay matices que deberían tenerse en cuenta a la hora de lanzar ciertas opiniones, más aún cuando se dispone de un altavoz importante. “A veces la crítica no busca mejorar, sino hacer daño”. Si el cargo ya venía con una carga importante, el inicio de temporada añadió una dificultad inesperada.
Todo empezó con la salida de Oriol Riera al finalizar la tercera jornada, con el equipo con tres derrotas, cero puntos y la sensación de que la temporada iba a ser un desastre. “Yo me entero dos días antes de que ocurra”, recuerda Antonio Paz. La primera señal llegó tras un viaje. “Volviendo del partido contra el Arenteiro, el director general David Mata ya nos dice que parece haber algo”. Pero la confirmación llegó poco después. “El viernes antes del partido en Guadalajara comemos con el agente de Oriol y nos traslada que la salida a Croacia se va a producir”.
La situación era delicada. “De repente te ves en la tercera jornada con el equipo colista, sin entrenador”. Además, el proyecto deportivo estaba muy ligado al técnico. “El modelo de plantilla se había construido mucho en torno a su idea de juego”. La apuesta había sido clara. “Buscamos jugadores jóvenes con hambre, pensando en un equipo con mucha energía y capacidad para llegar rápido al área rival”. Pero en el campo esa idea no terminó de verse conforme se acercaba el inicio de la temporada y los primeros encuentros. “Oriol, pese a hacer un gran trabajo diario, no fue capaz de trasladar lo que quería a los partidos”. Con su salida, el plan inicial se desmoronaba.
“Y el fútbol no espera”, resume Paz. “Hay que encontrar soluciones”. El mercado tampoco ayudaba demasiado. “Convencer a jugadores para venir a Unionistas en verano fue muy complicado”. La percepción externa del club había cambiado. “Ya no éramos el Unionistas que venía de jugar contra el Barcelona”. Ahora la imagen era distinta entre los futbolistas. “Se nos veía como un equipo que se había salvado en el último momento, con el presupuesto reducido y con una grada muy exigente”.
Los futbolistas, claro, hablan entre ellos. “Ese feedback circula entre los jugadores, y a veces pesa a la hora de decidir”. Aun así, había argumentos que seguían funcionando. “Unionistas seguía siendo un buen contexto para jugadores jóvenes, para revalorizarse y crecer”. Y también estaba el ambiente del estadio Reina Sofía. “El ambiente del Reina sigue siendo algo muy especial”.
Con el paso de los meses el panorama fue cambiando gracias al trabajo del nuevo técnico: Mario Simón. “En enero el mercado ya fue distinto”, explica. Había muchas más confianza en el proyecto “tanto en mi figura como en la dinámica del equipo”. La llegada al banquillo de Mario Simón también ayudó a estabilizar el contexto. “El discurso de Mario tuvo mucho peso, por ejemplo en fichajes como el de Serpeta”.
Además, el club había trabajado con antelación algunas situaciones. “Teníamos controlados jugadores que no estaban teniendo los minutos que querían en Segunda División”. Aun así, como en cualquier mercado, hubo operaciones que se quedaron a medio camino. Una de ellas fue especialmente cercana. “Este invierno nos quedamos con la espina de no firmar a Martín Tavares”, reconoce. El acuerdo estaba prácticamente cerrado con el delantero portugués, un nueve rematador, poderoso y de área que podía complementar muy bien el rol de Pere Marco. “Teníamos todos los papeles preparados”.Pero finalmente el delantero terminó fichando por el Racing de Ferrol.
También, en verano, hubo otro caso que dejó un sabor parecido.“Óscar Carrasco, del SD Eibar”.El joven mediocentro acabaría cedido en la SD Tarazona con la que está jugando a un alto nivel. “Ellos pudieron ofrecerle algún incentivo en forma de bonus al que nosotros no podíamos llegar”. Así funciona muchas veces el fútbol fuera de los grandes focos: con decisiones medidas, presupuestos ajustados y la certeza de que no todas las puertas se abren cuando uno llama. Pero también con la convicción de que, al final, el trabajo consiste precisamente en eso. En decidir. Y en sostener esas decisiones cuando el balón empieza a rodar.
El futuro por venir en Unionistas.
En el fútbol, como en el campo, el futuro nunca se planifica del todo cuando todavía no ha terminado la temporada. Primero hay que asegurar la cosecha. Después ya se pensará en la siguiente siembra. Antonio Paz habla del año que viene con esa prudencia aprendida en los pueblos, donde nadie da por hecho que la cosecha está salvada hasta que el grano está en el granero.
“La idea es poder seguir, ojalá, en Primera Federación”, explica. “Y trabajar desde ya para que así sea”. El objetivo inmediato es sencillo de formular, aunque nunca lo sea de conseguir. “Lo primero es lograr la salvación cuanto antes”, dice. “Eso te permite empezar a planificar la siguiente temporada con más tranquilidad”. Porque en los despachos el trabajo del futuro empieza mucho antes de que termine el presente. “Si conseguimos esa tranquilidad podremos avanzar en renovaciones y en la confección de la plantilla”, explica.
La idea de fondo no cambia demasiado respecto a lo que el club ha sido en los últimos años. “Unionistas tiene que seguir siendo un buen lugar para que muchos jugadores puedan progresar”. Pero antes de pensar en el mañana, Antonio Paz mantiene una mirada prudente sobre el presente. “Ojalá en abril podamos tener la salvación en el bolsillo”, admite. “Pero yo sigo mirando hacia abajo”. Las cuentas son claras. “Dos victorias y un empate nos pueden dar esa tranquilidad”.
“La maquinaria de la dirección deportiva nunca se detiene”
Cuando se le pide que mire la plantilla actual con perspectiva, Paz habla de algunos nombres con una mezcla de respeto y agradecimiento. “Por línea me quedaría con varios jugadores”, reconoce. En la portería, el nombre aparece casi sin dudar. “Salvi es un lujo que podamos tenerlo aquí”. En defensa valora especialmente el peso que algunos futbolistas tienen más allá de lo puramente deportivo. “Me quedaría con Víctor Olmedo, por su liderazgo y por cómo entiende el club”. En el centro del campo, el análisis mezcla rendimiento y equilibrio. “Juanje es un jugador muy importante, aunque Jota está a un nivel superlativo”. También menciona a quienes sostienen el vestuario en los momentos menos visibles. “Los capitanes, Hugo de Bustos”. Y a futbolistas que han entendido rápido el lugar al que han llegado. “Aarón Piñán ha entendido muy bien lo que es este club, y tiene mucho peso en el vestuario”.
Mientras tanto, el trabajo en la estructura deportiva sigue evolucionando poco a poco. “Tenemos que seguir profesionalizando el área”, explica Antonio Paz que también entiende que hay muchas cuestiones, su futuro incluido, dependerá de la nueva directiva que asuma el cargo en el mes de abril. Eso implica mejorar herramientas, procesos y recursos. “Nos gustaría tener más herramientas para el equipo de scouting”.
Porque detrás de cada fichaje hay muchas más personas de las que aparecen en la foto final. “Ahora mismo hay unas diez personas colaborando con nosotros”, cuenta. La mayoría lo hace por compromiso con el proyecto. “No reciben ningún salario, y aun así hacen un trabajo fundamental”. Antonio Paz lo explica con un respeto evidente a quien ha pasado por ese mismo camino. “Muchos ponen incluso parte de su dinero y mucho tiempo para ayudar a Unionistas”. Por eso cree que su trabajo merece algo más que un agradecimiento informal. “Creo que necesitan reconocimiento”.
En cuanto al modelo de estructura deportiva, no cree que exista una única fórmula válida. “Cada club se decanta por un modelo distinto, y todos pueden ser válidos”. Pero tiene claro cuál es el que mejor encaja en este caso. “La estructura que tenemos ahora creo que es la mejor para Unionistas”. Mientras tanto, él sigue formándose para entender mejor el oficio que ahora ocupa buena parte de sus días. “El curso de dirección deportiva me está ayudando mucho, sobre todo en temas de gestión de presupuestos”.
Allí ha podido conocer modelos de clubes muy distintos y alejados de la realidad económica de Unionistas de Salamanca. “Por ejemplo, los del RC Celta de Vigo o el CA Osasuna”. No se trata de copiar, sino de entender. “Te ayuda a conocer ideas y luego adaptarlas a la realidad de cada club”. También observa con interés cómo evoluciona el uso de la tecnología en el fútbol. “El Big Data está cambiando mucho la forma de trabajar”, explica. “Te permite no centrarte sólo en ligas concretas, sino buscar perfiles muy específicos”.
Pero hay algo que sigue siendo igual que siempre. Las relaciones personales. “En este mundo es muy importante tener buenos contactos”, reconoce. Mientras tanto, la maquinaria del club sigue funcionando incluso cuando no se ve. “Ahora ya estamos trabajando sobre campogramas concretos”, explica. Eso significa estudiar perfiles que puedan encajar en el equipo del futuro. “Miramos jugadores en clubes que pueden descender, otros que están en Segunda Federación y que pueden quedarse en tierra de nadie, pero que son diferenciales en sus equipos”.
Después llega la parte más silenciosa del proceso. “Analizar en profundidad cada perfil”. Porque el trabajo de una dirección deportiva rara vez se limita a fichar. “Aquí hay muchísimo trabajo previo, de recopilación de datos, filtrado y selección”. Un trabajo constante.“La maquinaria siempre está en marcha”.
Y quizá ahí, en ese movimiento continuo, haya algo que conecta al Antonio Paz de hoy con aquel chico de Babilafuente que golpeaba un balón contra la pared durante horas. Porque al final, tanto en el fútbol como en la vida de los pueblos, casi todo consiste en lo mismo: observar con paciencia, esperar el momento adecuado y confiar en que el trabajo, tarde o temprano, encuentre su recompensa.

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