Alfred Planas: lejos para quedarse.
Hay futbolistas que persiguen ascensos, contratos o estadios llenos. Y luego está Alfred Planas, que un día decidió perseguirse a sí mismo. Su carrera, hecha de curvas inesperadas, lesiones inoportunas, apagones literales y viajes que empiezan muy lejos de casa, lo ha llevado hasta la India, donde el aire huele a especias y el tiempo se mueve en otra cadencia. Allí, entre el caos organizado del fútbol local y la vulnerabilidad de empezar de cero, ha encontrado algo que en España siempre se le escapaba: un espacio para escucharse. Esta es la historia de un jugador que dejó de huir sin darse cuenta y empezó, por fin, a caminar hacia dentro.
El olor de un lugar que empieza dentro.
En Kozhikode el aire huele distinto. A especias, a mar, a humedad antigua. Alfred Planas habla despacio, como si todavía estuviera aprendiendo a respirar en otro ritmo. Cuando hicimos esta entrevista vestía la camiseta amarilla del Gokulam Kerala FC y esperaba, como tantos otros en la India, que la liga empezara de una vez. Ahora, semanas después, su camino ya ha girado de nuevo y defiende los colores del Inter Kashi con el que ha saltado a la Superliga India máxima categoría que, arranca, al fin este fin de semana. Pero lo importante no es el escudo. Lo importante es que, por primera vez en mucho tiempo, parece haber decidido quedarse consigo mismo.
«Ya hay ganas de empezar», decía entonces. Había llegado en septiembre y apenas había competido. Un par de torneos de Copa, amistosos, dos semanas de parón en Navidad y la incertidumbre de un calendario que nunca terminaba de concretarse. En India, el día a día es eso: día a día. «Aquí no puedes planificar un mes vista. Te avisan la noche antes, o incluso la misma mañana, de que se ha cambiado el horario del entrenamiento del día siguiente. Forma parte de cómo son. Te adaptas». Adaptarse. Esa ha sido la palabra que ha atravesado su carrera.
Un balón y un taxi hacia la infancia de Alfred Planas.
En la casa de Alfred siempre hubo una pelota para jugar sin para con ella junto a su hermano pequeño dos años menor, competitivo como él. Un salón convertido en un estadio en miniatura. Las primeras patadas al balón las daba con el escudo del Sant Pol para, después, hacerlo en una de las canteras con más tradición en Barcelona: la Damm. Y un taxi.
Planas vivía en las afueras de la ciudad condal y cada tarde recorría una hora de carretera para entrenar en Barcelona. Era el primero en subir al coche y el último en bajarse. Mientras recogían a otros chicos, él miraba a los mayores y pensaba que algún día quería ser como ellos, jugar en el juvenil de la Damm, convertirse en uno de esos héroes anónimos del fútbol base.
Muchos eran los días en los que llegaba a casa casi a medianoche después de esperar a que el último pasajero de ese taxi acabase de entrenar. Al día siguiente tocaba madrugar. Su madre, profesora, le enseñó que el fútbol no estaba reñido con los estudios. Que el talento no exime del esfuerzo. Esa mezcla de disciplina y obsesión empezó allí. Cada salto parecía un puerto. Cada puerto, una promesa. El RCD Espanyol lo incorpora a su cantera, con dieciséis años, llegó el primer salario. «Ahí entendí que podía vivir de esto». El fútbol dejó de ser solo juego para empezar a ser una disciplina. Alimentación, descanso, foco. La ilusión de un niño empezaba a profesionalizarse.
En el equipo blanquiazul apenas tuvo oportunidades por lo que, para su último año como juvenil, optó por regresar a la Damm. Fue un año fantástico su último en la Damm logrando ser subcampeones tras el Espanyol de Eric García y Marc Roca, por delante de Barça y Mallorca, y jugando la Copa en donde eliminaron al Málaga para, en la siguiente ronda, caer ante el Rayo vallecano. Un año inolvidable en donde compartir centro del campo con jugadores como Edu Expósito y Carlos Doncel lo hacía todo mucho más fácil.
El sueño y una rodilla que lo detiene todo.
Gracias ese gran último año como juvenil muchos clubes llamaron a la puerta de Alfred Planas. De entre todas las opciones. Eligió marchar lejos de Barcelona pero seguir pegado al mar. El destino: Andalucía. Allí le aguardaba la oportunidad de unirse al filial del Málaga para compartir vestuario con la que quizá, sea la generación más brillante del Atlético Malagueño en la que coincidieron nombres como Ontiveros, Pablo Fornals, Aarón Escandell, En-Nesyri.
Y entonces cuando el sueño de ser futbolista profesional empezaba a ser realidad, la rodilla. Ligamento cruzado roto en su primer año lejos de casa. Dieciocho años. Muletas. Un piso compartido. Compañeros entrenando mientras él aprendía a convivir con el dolor y la inmovilidad. Mientras ellos entrenaban, él tenía que contar los pasos que era capaz de dar sin muletas. «Fue muy duro. Ellos vivían el sueño y yo estaba parado». Cuando volvió ya para el segundo año, no se sentía él. Los dolores constantes le atenazaban el estómago y las piernas. El cuerpo también desconfía de sí mismo. Sentía que el ritmo, aún recién estrenada la mayoría de edad, se había perdido. El club decidió no renovarle. El fútbol, que parecía una línea ascendente, ya empezaba a enseñarle sus curvas.
Acabado el contrato la decisión de Alfred fue volver a casa para reencontrar al jugador que podía ser desde la persona que, dos años después, era ahora. En la UE Sant Andreu encontró algo más que minutos. Encontró la compañía, el saber y el ejemplo de los veteranos que ya han librado mil batallas. Llamas, Guerrero, Carroza. Gente que había vivido el fútbol sin romanticismos. «Me fijaba en todo: sus rutinas, cómo afrontaban los partidos, lo que les importaba y lo que no». Fue, probablemente, el año más feliz de su carrera y en el que aprender que el fútbol no es solo dar patadas al balón en el campo de juego. La temporada fue muy buena teniendo como premio la disputa Playoff de ascenso para alcanzar la Segunda División en donde el Castellón les ganó la partida. Alfred resume aquel año con la lección más importante que se llevó aquella campaña: el talento necesita contexto.
Segunda División y una mano que cambió un año entero.
El salto a Segunda División llegó pronto, un año después, con veinte años, en el Reus. Firmó para alternar filial y primer equipo, pero la pretemporada le abrió la puerta grande. Catena, Edgar Badía, Juan Domínguez… y él. El Heliodoro fue su primer gran escenario. Estreno goleador en Segunda División, victoria y el equipo que salía del descenso. «Fue mi primer gran día». Pero aquel equipo ya caminaba sobre arena movediza. Los problemas económicos ahogaban al equipo, impagos, rumores de todo tipo y, finalmente, la desaparición del equipo al acabar la primera vuelta del campeonato. El fútbol profesional también sabe a incertidumbre, a verte, de repente, inmerso en una situación, ajena a la que sucede en el terreno de juego, que condiciona tu presente y futuro inmediato. «No sabíamos si el club iba a seguir». De un día para otro, el proyecto se evaporó.
En aquella vorágine apreció el Alcorcón para rescatarlo. El conjunto alfarero lo incorporó para, acto seguido, enviarlo cedido el Elche CF que, por entonces, dirigía Pacheta. La historia en el equipo franjiverde fue bien distinta a lo que había vivido los meses previos en Reus. Su paso por el equipo queda reducido a apenas media hora ante el Oviedo. Era su primer partido. Recién llegado y en el minuto final de un choque que olía a empate. Alfred Planas comete una mano innecesaria. Penalti en contra. Minuto noventa y uno. Derrota. Silencio. Después, nada. «Me equivoqué. Fue una mano muy estúpida». Y, Pacheta, cerró la puerta a cal y canto.
Una acción, un impulso, un momento de pérdida de control y la oportunidad que todos sueñan se esfuma. De jugar toda la primera vuelta, una carrera que parecía llevarle con 22 años a hacer carrera en Segunda División, a no volver a jugar por una acción que, de un golpe seco, le despierta del sueño. «Era más rebelde. No gestionaba bien lo que no estaba bajo mi control». Con el tiempo entendió que la frustración también se entrena. A lo largo de su carrera ha acumulado más tarjetas de las que se esperan de un extremo. No por entradas duras, sino por carácter
Un apagón el iluminó el cielo de Salamanca.
Al año siguiente el Alcorcón decidió cederle de nuevo, ahora el destino es el Valencia Mestalla y llega la pandemia. Después de que el mundo se parase para todos, aparece el Marbella con una propuesta ganadora: llegar a Segunda División. Y un nuevo golpe. Un proyecto muy ambicioso que acabó, en el año de la reconstrucción de la categoría descendiendo. En la Costa del Sol aparecen en Alfred unos problemas de pubis arrastrados durante el año siguiente en Sabadell, otra vez el cuerpo diciendo basta. La mejor decisión en ese momento: parar para sanar. Otro salto de equipo le lleva a Cornellà y a conseguir una permanencia agónica en Los Pajaritos.
Unas semanas después se enrola Unionistas de Salamanca y vive una fecha que es historia del club. Tras pasar dos eliminatorias de Copa ante Gernika y Sporting de Gijón, en las que Alfred consigue hacer un tanto, llega la noche del apagón. «Fue marcar y se fue la luz», sonríe. Marcó. Y el estadio se quedó a oscuras. Fue con su gol de penalti al Villarreal con el que Unionistas empataba el partido y que llevó el partido a la prórroga. Una prórroga que, a consecuencia del apagón en el Reina Sofía sucedido tras el tanto de Planas, se jugaría al día siguiente. Algo insólito. El equipo salmantino aguanta el empate en el tiempo extra y llega una tanda inolvidable. El fútbol popular como escenario y él, por un momento, protagonista absoluto de una victoria que aún resuena en las gradas del Reina Sofía. Después llegó su último año en España jugando en Sestao. Y el descenso.
Viajar para dejar de juzgar.
La India no es una huida, es una elección. «Buscaba un choque cultural grande». Sin pareja, sin ataduras, con la sensación de que era el momento exacto. No quería un destino cómodo. Alfred quería distancia. «Lo primero que me llamó la atención fue el color. Como si llevara unas lentes amarillas». Y los olores. Y el espacio personal inexistente en situaciones cotidianas. Y la necesidad de confiar cuando te subes a una moto y entregas tu destino a un desconocido.
El fútbol indio le está sorprendiendo por lo físico. «Son atletas. Muy rápidos. Muy fuertes. Pero tácticamente desordenados». Mucha transición, poco control. El orden, dice, es lo que buscan cuando traen españoles. Otra forma de entender el juego. Otra exigencia y otras prioridades. La organización es caótica, pero las condiciones son buenas. Hoteles, césped natural, salarios al día. El tópico de la penuria no encaja con la realidad que Alfred está encontrando en los seis meses que lleva en el país.
Más allá del balón, India le ha enseñado otra cosa: vulnerabilidad. Su inglés era básico. Ahora se defiende. «Quería obligarme a hablar. A desenvolverme». Esta elección le ha ofrecido uno de los mejores regalos y experiencias que podría tener, viajar con su madre por Benarés, Agra, Nueva Delhi. Ha descubierto que en un mismo país caben muchos países. Y en uno mismo también. Que la pobreza convive con una élite riquísima. Que con menos tecnología a veces hay más humanidad.
«Viajar solo es dejar de juzgar». Lo dice con la convicción de quien ha descubierto una verdad que se le ha revelado y vivido de primera mano. Lo vive ahora en India y lo experimentó en sus últimas vacaciones. Este verano recorrió Tailandia en solitario, se apuntó a hacer submarinismo con desconocidos, se dejó llevar. «Cuando viajas solo estás más dispuesto. Sonríes más. Te muestras como eres». Y quizá esa sea la clave. Mostrarse.
Cuando le pregunto por el futuro, no habla de categorías ni de contratos largos. Habla de experiencia. «Mi idea es no volver todavía. Volver cuando ya haya cogido cosas de varios países». No suena a huida. Suena a búsqueda.
Alfred Planas ha cambiado varias veces de equipo. Ahora también ha cambiado de club dentro de la India. Pero, por primera vez, no parece cambiar para escapar, sino para crecer. El mar del Malabar —y ahora el polvo del norte, con el Inter Kashi— le han dado algo que no siempre encontró en el fútbol español: tiempo y un espacio para sí mismo en el que poder escucharse.
Hay jugadores que persiguen la cima. Otros persiguen la estabilidad. Planas ha cambiado muchas veces de equipo. Esta vez no ha cambiado para escapar, sino para quedarse. Hoy, persigue algo más íntimo: el derecho a empezar lejos y ser, por fin, sin corsés ni ataduras. Y quizá esa sea, por fin, su mejor versión.

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